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Diario de viaje de un uruguayo recorriendo China
La seducción de la gente
En los rincones de China se mezclan el glamour y la pobreza más tradicional. A los chinos no les gusta tomar sol, y fotografían a los occidentales como atracciones turísticas.

SILVIO SIELSKI

¿Te vas para China?", me preguntó mi padre. "¿Sabés qué vas a encontrar ahí?", agregó, para luego responderse a modo de chascarrillo: "Muchos chinos".

El chiste era malo pero cierto. Porque China seduce por muchas razones, pero la principal es la gente. Esa gente con la que hay que comunicarse de otra manera. Como en aquella película de Jim Jarmusch en la que el heladero y su cliente se convierten en mejores amigos sin entenderse una palabra.

China es un lugar de contrastes y Shanghai es una de las ciudades que mejor lo ejemplifica. El bund es la rambla sobre el río Huangpu. Mirando al río, al frente está el futurismo de Pudong, mientras que detrás queda el Shanghai colonial y sus antiguos hoteles, símbolo de un glamour que sigue vivo, pero no ahí, sino en otra parte de la ciudad, en la llamada Concesión Francesa. Allí está la casa donde se celebró el primer congreso nacional del Partido Comunista Chino. Es un museo y uno de sus guardias quiere saber mi procedencia. Cuando le respondo, es gracioso verlo moverse simulando una gambeta. Basta con cruzar la calle para encontrarse rodeado de bares y restaurantes, esos que aparecen en las revistas internacionales de diseño que marcan tendencia. Esos que mantienen asociada la palabra chic a la ciudad.

Cerca de los precios exorbitantes, conviven las callecitas serpenteantes de los hutong, los barrios tradicionales sin veredas a los que sólo se puede acceder a pie o en bicicleta, con sus cientos de minúsculos talleres de costura, carros de vendedores de frutas inimaginables, puestos improvisados de reparación de casi todo, señoras colando fideos en la puerta de la casa o lavándose la cabeza, bebés sin pañales, hombres en camiseta jugando al mahjong, pescaderías con grandes latones llenos de anguilas vivas.

En los barrios, las mujeres siguen caminando bajo el sol cubriéndose con su paraguas porque en verano el calor es abrasador, pero por sobre todas las cosas para mantener el status que brinda la palidez. Al montar en bicicleta, llevar unas mangas elastizadas y un visor que cubra la cara es la solución que garantiza una palidez pareja digna de admiración.

A tres horas de Shanghai está Nanjing, capital durante varios períodos y sitio de una brutal masacre en 1937 durante la invasión japonesa. Hoy es una ciudad con una importante comunidad universitaria, tanto local como extranjera. El flamante subterráneo de Nanjing es un oasis con un aire acondicionado que permite reponerse del calor y que presenta una limpieza inmaculada, cosa no muy habitual en China, donde la gente es muy cuidadosa en el aseo personal, pero donde la higiene en general, en especial en los baños públicos, es escasa. Además está generalizada la costumbre de salivar en cualquier sitio.

Todos los días, al cruzar la puerta del campus de la Universidad de Nanjing, había un viejo campesino tocando un instrumento tradicional. Siempre me sonreía y dejaba ver su cara marcada por las arrugas, su boca desdentada y su sobrada simpatía. Me ofreció tocar ese instrumento similar a un violín pero con una sola cuerda del que nunca pude aprender el nombre y mucho menos sacarle un sonido. Alguna vez le dejé una moneda que me agradeció con música y sonrisas.

Para ir a Beijing el medio de transporte elegido es el tren nocturno. Puntuales, con camarotes con cuatro camas impecables y azafatas elegantes y simpáticas, demuestran que la crisis de las compañías aéreas es mucho más grave de lo que se cree.

Beijing se está preparando para ser en poco menos de un año el anfitrión de las Olimpíadas. La gente ya lo tiene muy presente, sobre todo los niños, que saludan constantemente con un: "bye, bye" ante sus padres orgullosos que los incitan a practicar el inglés aprendido en la escuela. El merchandising olímpico está en todos lados, el oficial y el otro. Las mascotas son cinco y si se junta el nombre de todas se lee "Bienvenido a Beijing". Ver el estadio olímpico es emocionante. Aunque en obras, su representación de un nido es imponente.

La Gran Muralla siempre figura a la cabeza de la lista de lugares a visitar en China. Pese a la obviedad, no deja de impactar. Hay varias zonas diferentes por las que se puede acceder. Por su cercanía a Beijing, la de Badaling es la más turística, con todas las contras que eso implica. La de Mutianyu, en cambio, se puede recorrer tranquilamente aunque requiera algún esfuerzo físico debido a ciertos tramos muy empinados. La muralla está situada en lo alto de la montaña. Para llegar se sube por teleférico y para bajar se puede optar por un tobogán que serpentea la ladera de la montaña. Al sacar la primera foto en la Muralla y descubrir que la cámara se quedó sin batería, uno se acuerda de aquella línea de la película Whisky: "Igual, la belleza de las cataratas sólo se aprecia estando ahí".

Para nosotros, occidentales, y con una mirada superficial, China es un lugar raro. Pero estando ahí, el raro es uno, y es el centro de todas las miradas. Mucho más si estás con tus hijos y tus suegros. Mucho más si tus hijos son rubios. Les van a sacar fotos. Muchas fotos. Los niños se van a cansar de que les saquen fotos. Pero nunca va a ser porque los vean como freaks. Te ven como a esa familia de los carteles publicitarios. Porque en China ya no hay afiches de propaganda a dos tintas que retratan a la familia de campesinos y al joven soldado. Ahora se ve publicidad, a todo color, que enseña el camino de la felicidad. Ese Xanadú que puede ser un apartamento de lujo o el automóvil extranjero al que todos desean acceder. Y la imagen de uno, a los ojos de los chinos, es muy similar a la del póster.

De vuelta en Nanjing, vuelvo a encontrar al músico callejero con la cara tallada de arrugas. Cargando bolsos y valijas me despido definitivamente de él. Esta vez mi hija menor deja un billete en la funda de su instrumento. A la cuadra siguiente, mientras esperamos el taxi que nos traslade a la estación de tren, lo vemos venir a la carrera trayendo dos botellas de refresco: una para cada una de mis hijas. El billete con el que pagó las bebidas era el que le dejamos nosotros. Mientras nos alejábamos en el taxi, se quedó despidiéndonos con la mano.

Yo ya había elegido lo que más me había gustado de China.

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Barrio. Viviendas y comercios en un calle de China.
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