FERNÁN R. CISNERO
Hay momentos así. Instantes en que los planetas se alinean en una extraña conjunción. En general son ratos pequeños, que los testigos ocasionales dejan pasar, pero que a pesar de su perfil bajo alcanzan para cambiar el mundo de una vez y para siempre.
Cuando el 6 de julio de 1957 (¡ayer hizo 50 años!), un tal John Lennon y otro muchacho, Paul McCartney se dieron su primer apretón de manos, iniciaban una avalancha que no sólo sacudió el negocio de la música sino que, en igual medida, revolucionó su tiempo y su entorno.
Para algunos eso puede parecer una exageración. Son los que sólo piensan que los Beatles, el engendro que se formó a partir de aquel primer encuentro entre Lennon y McCartney, son (apenas) el mejor ejemplo de la música popular del siglo XX. Los Beatles son, incluso hoy que el sueño ya terminó, un modelo musical del que siempre se puede abrevar. Su influencia artística es incombustible.
Pero fueron también una actitud. Sus fanáticos contemporáneos, que en Uruguay abundan y son fundamentalistas, suelen recordar el momento en que los escucharon por primera vez. Fue una epifanía y esa sensación se repitió en todo el mundo. Fue la primera vez, dicen muchos, que se percataron que eran adolescentes y que esa era una categoría intermedia (e independiente) entre la parte divertida de la infancia y la aburrida vida de adulto. Los Beatles inventaron la adolescencia. Desde entonces un montón de párvulos se sintieron movilizados por estos jóvenes millonarios que se parecían tanto a ellos.
Fue allí que se inició la primera rebelión globalizada a la que se conoció como "generación del 60" provocada por la búsqueda de un lenguaje común entre aquellos jóvenes. En Europa, el asunto terminaría con los incidentes de 1968 y en Estados Unidos como los movimientos pacifistas contrarios a la guerra de Vietnam.
La influencia de los Beatles alcanzó a la moda como parte de una revolución cultural que le enseñó a tantos a derribar las barreras de su creatividad. Sus discos eran globos sondas de hasta dónde se podían llegar. Aún lo son.
Pero el 6 de julio de 1957 todo eso estaba muy lejos. Ese día, Lennon que tenía 26 años tocaba con los Quarrymen, su banda. En el público, McCartney se sintió identificado con ese rock and roll básico del grupo que tanto se parecía a la música que escuchaba en casa. En un entreacto, conoció a quien sería su socio creativo durante los próximos 13 años. Ese fue un momento mágico y misterioso.
En siete años, estos dos muchachos de clase humilde y hogares disfuncionales de Liverpool, se convertirían en la sensación mundial que ameritan estas páginas. En ese tiempo pasarían de ser los Quarrymen a los Beatles, integrarían a los dos restantes miembros clásicos (George Harrison y Ringo Starr) y cruzarían el Atlántico para la conquista de Estados Unidos, primera escala hacia el dominio mundial.
Hasta 1970 mantuvieron una carrera que fue dejando disco tras disco de imbatible genialidad, como si no tuvieran que pagar el precio por crecer en público y tener tanto talento. Sus últimas fotos juntos comparadas con aquellas primeras e inocentes instantáneas, los muestran maduros y con el cansancio de haber llevado el peso del mundo sobre sus hombres durante toda una década.
Eso es lo que importa acá; que la calidad de su música tiene otros lugares para ser juzgada. Su hechizo, que uno quiere creer se encendió el 6 de julio de 1957 (¡hace ya 50 años!) está en la capacidad de conformar a todos y, sin embargo, generar una saludable disconformidad con el mundo que los rodea. Eso es saludable, el tiempo después hace su trabajo en todos nosotros.