La cumbia suena desde una radio perdida en una montaña de basura. El olor intenso impregna el ambiente pero no es de los peores días. Las condiciones de trabajo son duras -hace frío y hay viento- aunque quienes trabajan allí prefieren abrigarse a soportar el calor del verano que potencia el hedor. Cada día abren unos 90.000 kilos de bolsas llenas de desechos de montevideanos y apartan los materiales reciclables. Detrás de ellos, se elevan los cerros de basura. Desde sus cimas se divisa toda la ciudad.
El Cantón Felipe Cardozo es un grupo de clasificadores que hace poco más de dos años tiene un terreno de trabajo dentro del predio municipal del Servicio de Disposición Final de Residuos de la Intendencia de Montevideo (conocido como Usina 5), en Felipe Cardozo y Cochabamba. Antes clasificaban en una calle cortada cerca de allí. Y hace ya más de cinco años entraban a buscar la basura dentro de la cantera, esquivando la seguridad.
Richard Rodríguez, uno de los clasificadores, recordó que encadenarse a la puerta de la usina fue sólo el principio. Fue con ese recurso que lograron firmar en 2002 un convenio con la intendencia: todos los días una treintena de camiones descarga bolsas de basura en el predio que les asignaron para que ellos revuelvan, clasifiquen y se queden con lo que les sirva para vender, para alimentar a sus animales y, por qué no, para comer.
Al principio competían por la basura; en marzo decidieron empezar a trabajar como cooperativa, aunque todavía no lo han formalizado. Son apenas 74, de los miles de uruguayos que viven de la basura.
Según el censo realizado por la comuna de Montevideo (donde se concentra la mayoría de los clasificadores del país) habría 8.800 hurgadores en el departamento, aunque la Unión de Clasificadores de Residuos Sólidos (Ucrus) y diversas ONGs en el tema afirman que la cantidad sería mayor. Y además hay que tomar en cuenta a sus familias, que también viven de la basura.
Trabajar en la cantera de disposición final tiene sus ventajas relativas: todo el tiempo de trabajo es de clasificación, los ingresos son mayores, y no tienen que acumular la basura en sus casas. Desde que funcionan como cooperativa -hace unos tres meses-, acumulan en forma conjunta lo que clasifican, y algunas empresas van a comprarles en forma directa, salteando intermediarios. De esa manera sus ingresos han mejorado 30 o 40%, dicen. Según el diagnóstico del programa Uruguay Clasifica, del Ministerio de Desarrollo Social, "en la cadena de depósitos se aumenta en dos, tres y hasta cuatro veces" el precio de los materiales. La práctica del pesaje "a ojo" también hace que los clasificadores pierdan parte del valor de su trabajo. En el sector se habla de "la mafia de los intermediarios", que compran barato y revenden caro, haciendo poco y nada.
Ecopet y Rotondaro, dos de las empresas que empezaron a comprar directamente a este grupo de clasificadores, señalaron que la cooperativa es muy responsable y aprendió rápidamente a acondicionar los materiales de la manera que las empresas les exigen. Cada día les compran cerca de 1.500 kilos de material cada uno. El cartón se vende, aproximadamente, a un peso el kilo; el papel blanco, a tres; las botellas de plástico, a cinco.
La jornada laboral de estos hurgadores -que trabajan de lunes a sábado de 9 a 18- se desarrolla entre una mínima parte de las más de 1.500 toneladas por día de basura montevideana que llega a Felipe Cardozo. En mayo el servicio municipal les descargó un promedio 93 toneladas de residuos por día para que clasificaran, de la que recuperaron 5,3 toneladas, según datos municipales. De esta forma, ahorraron a la intendencia unos 30 dólares por día (el costo del entierro en la usina, no es mucho pero todo suma); alimentaron de materia prima a las empresas recicladoras, y consiguieron un ingreso (variable) en torno a los 6.000 pesos por persona.
Cooperativa en la selva
En junio de 2007 el trabajo del Cantón Felipe Cardozo es muy distinto a lo que era hace cinco años. Antes se metían a escondidas en las montañas de basura del servicio municipal para seleccionar y llevarse lo que pudieran, aunque estaba prohibido hacerlo. Las palas mecánicas de la IMM trabajaban entre niños -hoy los menores no pueden entrar al terreno-, hombres, mujeres y ancianos que encontraban allí su forma de sobrevivir.
"Trabajar con gente en la pista era imposible", dijo el ingeniero Federico Charbonier, del Servicio de Disposición Final de Residuos. Mientras las máquinas arrastraban la basura, la gente se metía en el camino. Había muchos riesgos de accidentes, además de los sanitarios, por lo que la intendencia empezó a prohibir la entrada de manera más tajante.
"Nos sacaban a palos y a veces pasábamos el día en la comisaría", recuerda Richard Rodríguez, mientras algunos de sus compañeros juegan un picadito en la parte más despejada de la pista de trabajo. Es que ahora que el grupo de clasificadores tiene su lugar en tierra municipal todo es mucho más tranquilo: el predio está cercado y hay vigilancia permanente.
Recién están empezando a trabajar en forma conjunta. Antes era "la ley de la selva". Las 30 personas con más poder eran, como ellos dicen, "los dueños de los camiones" -se apropiaban de la basura que éstos cargaban- y llegaban a ganar más de 10.000 pesos por semana. El resto "miraba", trabajaba con las sobras, o clasificaba para los otros por un pago irrisorio.
Viviana Basanta, trabajadora social de Uruguay Clasifica, los conoció en esa etapa a través de su trabajo en extensión de la Facultad de Veterinaria. "Se daba una competencia entre grupos y personas para ver quién se quedaba con los mejores residuos. Había grupos de poder que mandaban sobre los otros, se quedaban con su trabajo, o excluían a los que tenían menos posibilidades". Para ella, el planteo de trabajar en forma conjunta no tiene una sola causa. "Por parte de la intendencia se empezó a cuestionar cómo estaban trabajando, algunos clasificadores se quejaron, y Ucrus estaba preocupada porque no había miras de un trabajo conjunto".
En esa etapa, algunos clasificadores se separaron y formaron otras cooperativas. Su relativo éxito también motivó a los integrantes de Felipe Cardozo. Ahora los camiones "son de todos" y todos ganan lo mismo.
Pero el grupo todavía tiene lazos muy débiles. Inicialmente eran unos 150 los habilitados a clasificar en ese predio municipal. De a poco se han ido yendo por la agresividad del ambiente o porque consiguieron algo mejor. Al momento de pasar a un trabajo conjunto quedaban 90 clasificadores. Actualmente son 74; hace dos semanas la mayoría de la asamblea decidió echar a 16 personas que, según los otros cooperativistas, tenían bajo rendimiento. La situación es complicada.
Nicolás Minetti, coordinador de Uruguay Clasifica, señaló que están cambiando las reglas originales porque están autorizados a entrar a trabajar los 157 que había inicialmente, no la cooperativa como tal. "Una de las que se fue es Selva. Tiene 62 años y de los que estaban ahí debía ser la que más tiempo llevaba en el vertedero. Y obviamente, no rinde como un gurí de 22 años. Pero ella iba a trabajar todos los días", contó.
La semana pasada hubo días de tensión. Uno de los integrantes -que no estaba entre los expulsados- convocó a los que habían sido relegados a trabajar al predio. No dice su nombre, pero repite "nosotros estamos acá para trabajar, no para echar gente". El resto de la cooperativa dejó que los que acudieron a su llamado trabajaran con la basura de un camión, para no armar lío.
Aunque la gran mayoría son hombres, también hay mujeres. Ellas tienen una tarea especial. Clasifican el plástico que los hombres separaron de la basura y llevaron hasta el rincón del predio en el que trabajan. Entre las mujeres hay dos hermanas gemelas embarazadas. Una de ocho meses y medio y otra de seis. En una pausa del trabajo, fumaron cigarrillos. Todavía no saben qué va a pasar con sus sueldos cuando nazcan sus hijos.
Adolfo García, presidente de la cooperativa, comentó que la idea de los integrantes de la comisión es seguir pagándoles el sueldo en ese período. Pero del dicho al hecho… Parece que hay quienes se quejaron de la propuesta con frases como: "a mí que me importa, el hijo no es mío" y "si fuera mi mujer la mato a patadas".
Según Minetti, las embarazadas son cuatro. Y los incidentes por los seguros de salud tienen antecedentes. "Ya pasó con un compañero que tuvo que ser operado y algunos de la cooperativa plantearon hacer una colecta, darle jornal o mitad de jornal y no fue posible. Para no perder el ingreso fue su mujer a trabajar, que estaba embarazada", contó. Falta mucho para que el grupo sea realmente una cooperativa, admitió Minetti, y no quiere prometer resultados.
Cuando los ingresos bajan, algunos quieren volver a las condiciones anteriores; dejar de ser cooperativa. En los últimos meses, según dicen, les llegó menos material útil en la basura y por lo tanto ganan menos. Algunos le echan la culpa a la bolsa naranja, que implica que las personas clasifiquen en sus casas y los hurgadores identifiquen mejor el material reciclable dentro de los contenedores. A medida que se mejoren los circuitos limpios de recolección, en los que la basura se separa en origen, se espera que llegue menos material a la usina.
Es a este tipo de sistemas, que cambiaría totalmente las condiciones de trabajo de los clasificadores, que apuesta el programa Uruguay Clasifica, dando como ejemplo la experiencia piloto de recolección puerta a puerta en la costa de Canelones. Por eso cuestionaron el apoyo de un trabajo en estas condiciones que "no se pueden mejorar sustancialmente, porque ellos viven de que les tiren los camiones mezclados". Sin embargo, aceptaron trabajar con ellos para que el grupo esté en mejores condiciones de aprovechar el planteo que promete la intendencia: una planta de clasificación.
Este proyecto es para los clasificadores "un programa para Europa": dos edificios, depósitos en forma de embudo, cintas transportadoras, los clasificadores sacando lo que les sirve en el recorrido. La planta es uno de los requisitos incluidos en la licitación de la intendencia para la gestión de la usina por los próximos siete años.
Hermanos y vecinos
Los camiones descargan en la parte del predio que tiene piso de material, alrededor todo está embarrado. Coordinaron que los camiones que les destina la intendencia sean de barrios con pocos clasificadores, como Costa de Oro o Pocitos. Algunos hurgadores trabajan con guantes, otros no. Abren las bolsas, separan lo que les sirve para vender (cartón, papel, chatarra, plástico, nylon) y desechan el resto. Aunque no les gusta decirlo, muchas veces comen de ahí: restos de yogur, pedazos de frutas, sobras de galletitas, lo que sea. También vichan algún que otro diario o revista que descubren en las bolsas. Pero lo mejor para ellos es cuando encuentran algún objeto de valor que pueden vender en la feria los domingos para hacerse unos pesos extra. Eso no se lo queda la cooperativa.
Los hallazgos son de todo tipo, gratificantes y espeluznantes. Hace tiempo un clasificador encontró 70.000 pesos y los usó para casarse y armar su casa. Encontrar billetes es bastante común. Pero también hubo una vez, hace años, que encontraron un feto.
A la hora de descanso Rodríguez se tomó unos minutos para hablar. Tiene 38 años, está casado y tiene seis hijos, de los cuales cuatro van a la escuela y dos a la UTU. Hace 15 años que vive de la basura, aunque esporádicamente tuvo algún otro trabajo. Contó que ahora, para trabajar allí, se les exige tener el carné de vacunas y de hurgador al día y la cédula de identidad vigente.
Además, la intendencia les cedió un galpón que tiene un techo de chapa nuevito. Se colocó hace un mes y medio. Allí hay baños con ducheros, comedor y lavadero, aunque casi todo está para arreglar.
A pocos metros Fredy, de 27 años, ya retomó sus tareas. Tiene dos hijos y hace cinco años que es clasificador. "A nadie le gusta trabajar acá. El hambre, la necesidad, lo es todo", explicó. Su hermano también es hurgador. Él terminó la escuela, estudió en la UTU e hizo un curso de manejo de alimentos en una escuela de gastronomía que le permitió trabajar en paradores, panaderías y supermercados. "En ese momento era soltero, no tenía responsabilidades. Pero después no me dio la plata y terminé acá". Dice que hoy gana entre 80 y 90 pesos por día, si la jornada es buena.
César Quevedo, de 31 años, también trabaja en el lugar desde 2002. Tiene mujer e hijos y aseguró -como todos sus compañeros- que "no hay otras fuentes de trabajo". Además, "o buscás trabajo o venís a trabajar". Todos repiten que viven el día a día y que perderse un jornal para buscar trabajo y no encontrar no está en sus planes. Directamente dejaron de ofrecerse. Su dos hermanos varones también trabajan allí y uno de ellos, Edison, es directivo de la cooperativa.
Edison llega todos los días en carro "desde Saravia", en Piedras Blancas. Vive con su mujer y sus hijos (dos propios y uno "adoptado" que en realidad es nieto de su esposa) en las viviendas de Teniente Galeano y Mendoza. Antes de llegar a la Usina 5, trabajó ocho años en la construcción y tres para una empresa de televisión por cable. Ahora gana menos que cuando era "dueño de un camión", pero reconoce que antes "trabajaban algunos sí y otros no" y afirmó que el objetivo es "apuntar a mejorar".
Como Edison y César, casi todos los que trabajan allí tiene un hermano o primo reciclando a pocos metros. Además, muchos son vecinos. Llegan desde Piedras Blancas, o de los asentamientos de La Cruz de Carrasco o El Horno, cercano a la zona. La mayoría cobra el ingreso ciudadano del Plan de Emergencia, por lo que no son muy abiertos a decir cuánto ganan exactamente, no sea cosa que les quiten el beneficio.
Al presidente del proyecto de cooperativa, Adolfo García, sus tres hermanos lo llevaron a trabajar al lugar. Antes jugó al fútbol en la Primera B de Cerrito. Dice que sus hijos se "matan de risa" cuando juegan al Playstation 1 y pueden elegir a su padre como uno de los integrantes del plantel de Cerrito. Pero para él su pasaje por el fútbol no fue para nada divertido. Cuando tuvo una oferta, el club pidió demasiado dinero por él y quedó estancado. No le pagaban todo su sueldo, así que se fue a trabajar a Felipe Cardozo. Era otro de los que era "dueño" de un camión. Ahora se muestra muy convencido del empeño cooperativo y de su trabajo de clasificador. "Tengo mi casa puesta, mis gurises van al liceo. La verdad, no tengo inconvenientes".
En un rincón del predio trabajan las mujeres. Eliana y Lourdes (las dos gemelas embarazadas), Silvia, Lilián, Isabel y Elena hacen la clasificación secundaria. A ellas no les gustó nada que la asamblea de la cooperativa haya echado a 16 compañeros. "Si estaban acá era porque precisaban", afirma Elena, la más grande del grupo, aunque se niega a dar su edad. "La edad no se dice", dice entre carcajadas. Y sus compañeras la imitan.
Unos segundos después de las risas, se ponen serias. Les preocupa que cuando todo sea formal las obliguen a aportar y ganen menos. Les importa poco y nada tener acceso a una mutualista. "La salud no es tan importante. Yo cuando trabajé estuve ocho años en el Casmu y nunca lo usé", dice Elena. Y se queja de que para tener sociedad hay que tener plata porque siempre hay un tique que pagar. Sus compañeras asienten y dicen estar conformes con la atención gratuita de Salud Pública.
Tener derecho a jubilarse tampoco es una de sus preocupaciones. Pareciera que el futuro directamente no está en sus planes. "Si tenemos descuento preferimos no trabajar. Apenas nos da sin aportes. Sí, podemos pensar en el día de mañana... pero si nos morimos pasado ¿qué pasa", continúa Elena.
Dicen que son "solas" pero al menos dos tienen a sus esposos presos. Ni se les ocurre buscar otro trabajo. "Acá sabés que todos los días llevás plata, poco o mucho pero llevás. Y nos fuimos quedando, nos fuimos quedando. Y ahora somos vitalicias", dice Elena. Ni el embarazo, ni el "aguanieve" que cayó esa mañana las detuvo. Llegaron ahí a través de familiares o vecinos y ahora aprendieron a vivir el día a día. Dicen que "lo que se hereda no se roba", porque sus familiares también vivían de la basura. El Mides ya ha detectado bisnietos de clasificadores que heredaron esta tarea, y niños que crecen jugando a clasificar la basura.