NAUSÍCAA PALOMEQUE
Cultivos para alimentar personas o para mover automóviles de los países industrializados: ése es uno de los extremos que plantea la polémica internacional sobre la expansión de los cultivos para obtener combustibles en América Latina y exportarlos, sobre todo a Estados Unidos, Japón y la Unión Europea.
El precio del petróleo y su carácter no renovable, el calentamiento global y las presiones internacionales para buscar alternativas menos contaminantes aumentaron el interés por los biocombustibles: combustibles renovables de origen biológico. Los problemas empezaron con los llamados agrocombustibles, obtenidos de cultivos agrícolas extensivos como la soja, caña de azúcar y el maíz.
Los crecientes negocios de etanol entre Brasil y Estados Unidos y la expansión de los monocultivos en América Latina para generar combustible desataron el debate. En un extremo, el dictador cubano, Fidel Castro, y el presidente venezolano, Hugo Chávez, plantean que la expansión de los agrocombustibles para exportar es una nueva forma de dependencia y empobrecimiento latinoamericano. En el otro, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y el brasileño Lula Da Silva dicen que disminuye la dependencia del petróleo y se trata de una estrategia de desarrollo necesaria y ecológica.
Castro inició en marzo una campaña mediática contra los agrocombustibles con una serie de notas que publicó en el diario Granma, uno de sus canales de comunicación desde que está convaleciente. Dice que se trata de un "silencioso genocidio de los países pobres", que las cosechas se usarán para generar combustible en lugar de alimentos, los alimentos van a ser más caros, los suelos perderán su riqueza y los países pobres serán más pobres sólo para satisfacer las demandas de energía de Estados Unidos. Con él coincide su aliado político Hugo Chávez. Lula le contestó a Castro en un artículo en el Washington Post el 31 de marzo. Según el brasileño, los biocombustibles serán la próxima revolución energética y los cuestionamientos a su desarrollo se basan en mitos como la amenaza a las selvas amazónicas y a la producción de alimentos. Dijo que los suelos amazónicos no son los propicios para la caña y que se utiliza sólo el 1% de las tierras cultivables en Brasil.
La discusión no es inocente y no siempre es clara. Estados Unidos y Brasil son los primeros productores de etanol, obtenido de productos agrícolas. Por su parte, Venezuela es uno de los principales exportadores de petróleo, es aliado político de Castro y sería comprensible que comparta el rechazo por los agrocombustibles si no fuera porque está iniciando proyectos para desarrollar y exportar biocombustibles a partir de cultivos de soja. La posición de Cuba parece más ideológica que estratégica, tiene cultivos de caña de azúcar y está iniciando proyectos pilotos para producir biocombustibles con ellos.
En medio de la discusión y la retórica, un informe del Centro Latinoamericano de Ecología Social, Claes, plantea un diagnóstico crítico que analiza los impactos sociales, ambientales y económicos de los agrocombustibles. Claes es una ONG con base en Montevideo que trabaja en temas de desarrollo sostenible en América del Sur para agencias de Naciones Unidas y centros de investigación. "El debate que desencadenó la pareja Chávez-Castro puso el asunto en la discusión pública, pero se necesita más profundidad en los argumentos y el análisis", dijo Eduardo Gudynas, director del Claes, uno de los autores del informe, titulado Agrocombustibles y Desarrollo sostenible en América Latina y el Caribe.
Demandados
Brasil, Argentina, Bolivia y Guatemala exportan agrocombustibles y hay proyectos en casi toda Latinoamérica y el Caribe. Por lo menos nueve países están produciendo agrocombustibles. Uruguay está en sus primeros pasos.
El interés por estos combustibles fue promovido desde distintos ámbitos. El protocolo de Kioto estimuló su desarrollo al exigir a los países industrializados que reduzcan las emisiones de gases originados en la quema de combustibles fósiles y al atribuirle emisión cero a la quema de agrocombustibles. Desde entonces el primer mundo ve en América Latina el territorio indicado para que se expandan los cultivos para obtener agrocombustibles.
La Unión Europea fijó como objetivo que para 2020 el 10% de su consumo de combustible anual provenga de biocombustibles. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) anunció en abril la creación de un fondo de U$S 300 millones para promover los agrocombustibles y está organizando ocho proyectos de producción de etanol en Brasil con un costo de dos mil millones de dólares. Estados Unidos, aunque rechazó el protocolo, presentó el plan "20 de 10", que busca reducir 20% el uso de gasolina durante los próximos 10 años. Las empresas de automóviles también están interesadas. La mitad de la producción de General Motors, Ford y Chrysler funcionará con combustibles compuestos en un 85% en base a bioetanol, según se comprometieron con Bush.
Brasil pronosticó que usaría hasta 200 millones de hectáreas para cultivos con destino a agrocombustibles y se está preparando para abastecer el 15% del consumo de etanol estadounidense para 2017, lo que implica multiplicar por ocho su producción anual. "Vamos a convertir a San Pablo en la capital mundial del etanol", dijo Eduardo Pereira de Carvalho, presidente de la Unión de la Industria de la Caña de Azúcar de Brasil, presentando la Cumbre del Etanol, que reunió esta semana a productores de caña de azúcar, inversores, políticos y técnicos para discutir el futuro del biocombustible. Para flexibilizar su comercio, Brasil busca que se le otorgue el reconocimiento de materia prima al bioetanol bajo las reglas de la Organización Mundial del Comercio y reclama que Estados Unidos reduzca los aranceles a sus importaciones, una protección indirecta para la producción de bioetanol estadounidense a partir de maíz, que es más caro que el de caña de azúcar.
Argentina realizó en mayo su primera exportación comercial, 200 mil litros de biodiesel de soja hacia Alemania a un precio de U$S 1, 75 millones. En 2005 aprobó un programa que estimula la producción y el uso de biocombustibles por un período de 15 años, que incluye incentivos fiscales, la creación de una institución que fomente las investigaciones y normas de calidad. En Bolivia hay 17 destilerías en construcción para producir bioetanol, y sus exportaciones promedian los 50.000 metros cúbicos anuales.
Impacto social
"La obtención de combustibles bajo la actual estrategia de monocultivos de amplia escala no es sustentable desde el punto de vista ambiental y social, y es dudosa su sustentabilidad económica", concluyó el informe del Claes. El debate en América Latina, explicó Gudynas, debería centrarse en el impacto de los monocultivos de gran escala que se necesitan para satisfacer su demanda externa. Uno de los problemas que analiza es que el uso industrial de los cultivos y la obtención de comida para animales y de combustibles con fines exportadores, genera más dinero que el uso de los cultivos para alimentar personas. "Los agrocombustibles tienen todos los atributos para acentuar estos conflictos, porque pueden tener niveles de rentabilidad mayores que los obtenidos con los alimentos, en especial cuando son exportados", dice el informe y cita el caso de las tortillas de maíz mexicanas, una comida tradicional y alimento básico de la dieta de los sectores populares de ese país. El aumento de sus precios, y las protestas que lo siguieron, se debió al incremento de la demanda de maíz de Estados Unidos para producir bioetanol.
El informe plantea una contradicción preocupante: Bolivia, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Paraguay son países con altos niveles de subnutrición y, al mismo tiempo, son importantes agro exportadores. Tienen más del 10% de su población subnutrida y más del 25% de sus exportaciones son alimentos de origen agrícola. Ése es uno de los factores que explica que la región aumente su producción agropecuaria y reduzca muy poco sus niveles de subnutrición (13% en 1992, 10 % en 2001-2003).
Además, explica que los cultivos extensivos para agrocombustibles están acentuando la concentración de la tierra y perjudican a los pequeños y medianos productores rurales, que venden sus tierras o las arriendan a las empresas del sector, pierden sus empleos, empobrecen y migran a las ciudades.
Se analiza que las precarias condiciones laborales en que se trabaja en el campo, los bajos salarios y el escaso cumplimento de normas básicas de seguridad y salubridad laboral, propician que sea barato desarrollar cultivos extensivos para agrocombustibles. El año pasado murieron 450 trabajadores de la caña de azúcar en Brasil, como consecuencia de accidentes de transporte o quemados cuando se incendiaban los campos de caña para ser cosechada. En las inspecciones realizadas por el Ministerio de Trabajo de ese país entre el 19 y el 22 de marzo se encontraron 288 operarios que trabajan en condiciones inhumanas en seis usinas de agrocombustibles del estado de San Pablo. Se registraron condiciones de trabajo insalubres, falta de agua y de registro de los trabajadores. En la usina de alcohol de Iguatemí, en el estado de Mato Grosso Do Sul, los fiscales de la delegación regional para el trabajo rescataron a 409 personas que trabajaban sin agua ni comida.
Para el Claes, los cultivos de agrocombustibles avanzan sobre los ecosistemas del centro y el trópico brasileño, el oriente de Bolivia y Paraguay, el norte de Argentina, las zonas amazónicas de Perú, la región caribeña de Colombia y los valles interandinos. También hay tierras de tradicional uso agropecuario que se están orientando a los agrocombustibles, especialmente en Guatemala y Honduras. En el cono sur, Chile, el centro de Argentina, el sur brasileño y el litoral uruguayo.
El informe plantea algunas de las paradojas de estos agrocombustibles. Para producir bioetanol con caña de azúcar se quema la caña durante el cultivo y se generan grandes emisiones de gases que desencadenan el efecto invernadero; suele requerir grandes volúmenes de agua y un uso intenso de agroquímicos. El consumo de agua es uno de los problemas que plantea la soja. En 2004 China importó 18 millones de toneladas de soja a diferentes países, incluido el Cono Sur, y en esos sitios esa soja consumió unos 45 billones de litros de agua, lo que equivale a dos tercios de toda el agua que se usa para consumo humano en el planeta.