Sábado | 09.12.2006
Montevideo, Uruguay | 10:28
 Que Pasa
Uruguayos de segunda generación, ¿uruguayos de segunda?
Los de afuera no serán de palo
Adoptaron la actitud militante de sus padres, pero los critican. Sufren el desarraigo y la falta de memoria. Un reciente estudio echa luz sobre los hijos del exilio uruguayo.

A DIEGO LO LLEVARON sus tíos hasta la frontera de Uruguay con Argentina. Era 1975 y estaba escondido bajo el asiento de un Fusca. Descendieron del vehículo y dieron unos pasos con él de la mano. Sus padres, que habían escapado unos meses antes, lo esperaban del otro lado del puente. Desesperadamente, gritaban que siguiera andando. Y con dos años, logró caminar solo y llegar hasta ellos.

De esa época, Diego no recuerda nada. Lo primero que viene a su mente es cuando bajó del avión que lo llevó a Suecia, dos años después. Más tarde, vinieron las pesadillas recurrentes; soñaba que a sus padres se los llevaban presos. Lo que le sucedió a Diego, lejos de ser la excepción entre los hijos de exiliados, parece ser la regla. Eso es parte de lo que plantea el libro El Uruguay del exilio. Gente, circunstancias, escenarios, presentado el 30 de noviembre en Montevideo y coordinado por la historiadora Silvia Dutrénit.

Entre 1964 y 1981 aproximadamente el 14% de la población (363.000 personas) abandonó Uruguay. De ellos, el 65% de quienes se fueron partió hacia Argentina. En ese país, según la publicación, emigraron más de 60.000 personas por razones políticas y/o económicas. Otros destinos que albergaron uruguayos fueron España (15.500), Chile (unos 3.000), Cuba (más de 1.200), México (400) y la Unión Soviética (70).

La publicación plantea que el exilio político sigue vigente 21 años después del retorno democrático. Las secuelas en esos niños, hoy treintañeros, fueron notadas por la historiadora Cristina Porta, coautora del libro.

A los hijos de exiliados no les resulta fácil expresarse sobre la actividad que desarrollaron sus padres antes de partir. "Es como muy difícil criticar o hasta incluso acusar de errores a las víctimas de un disparate como lo fue la represión. Siempre sentís que les hacés más daño aún, y eso es terrible", confiesa en el libro Daymila (1973), una joven que vivió en Argentina entre 1975 y 1986.

Incluso, quienes hoy son padres cuestionan "con firmeza" que sus propios padres los tuvieran en las condiciones de peligro que implicaba la militancia.

La emigración es de por sí un proceso traumático, pero adquiere características más dramáticas cuando la producen razones políticas, señaló Laura Romero, otra de las coautoras de la publicación.

Romero reelaboró un estudio realizado a partir de 300 entrevistas a exiliados que retornaron a Uruguay entre 1984 y 1992 y se integraron al Programa de Asistencia de Liberados y Retornados del Centro de Orientación de Consultas (COYC).

Un punto de análisis fue cómo partieron los exiliados. La mayoría salió de Uruguay de forma abrupta y clandestina. El 82% de las familias dejó el país separadas. Las parejas sin hijos estuvieron más dispuestas a partir en conjunto (46%). Algunos se reunieron a los pocos días. Otros, demoraron años.

La mayoría de quienes se fueron (60%) eran parejas jóvenes, con menos de 30 años y poco tiempo de constituidas. Juan y Marta, por ejemplo, llevaban menos de un año de casados y ella estaba embarazada de cinco meses. Habían alquilado un apartamento y de a poco pensaban amueblarlo. Cuando Juan fue detenido al salir del trabajo, Marta sabía que no tenía tiempo para despedirse. Se reencontraron cuando su hijo tenía 9 años. Conocía a su padre por una foto carné.

Decepción por el gusano loco

Lo intempestivo de la salida de Uruguay, sumado a la urgencia de abandonar Chile a partir de 1973 y a la vida o la huida de Argentina a partir de 1976 fueron factores que contribuyeron a dividir al núcleo familiar.

Según el estudio de Romero, la amplia mayoría de las parejas (80%) tenía una buena relación cuando debieron abandonar Uruguay. Sin embargo, el 53 % de los que se fueron, se separaron durante su vida en el exterior. Si se toman en cuenta quienes pasaron a residir en países de habla no hispana el guarismo llegó al 60%.

La cotidianeidad tuvo también otros inconvenientes. En los países de habla hispana el 80% logró establecer amistades, pero de quienes se fueron a sitios donde se hablaban otras lenguas, sólo cuatro de cada diez pudieron hacer amigos.

En Argentina, señaló Porta, los niños solían adoptar "conductas y actitudes propias de los adultos exiliados". Es decir, evitaban comentar que eran uruguayos, aceptaban como natural que en sus casas no se recibieran visitas de amigos y les parecía normal que los encuentros entre famillas cercanas fueran en parques y plazas.

Natalia nació en 1977 en la República Democrática de Alemania y llegó a España cuando tenía un año. Sus padres le recomendaron "no hablar de política" en la escuela y "no colgar el poster de Lenin". "La necesidad de preservar la seguridad obligaba a realizar reiteradas mudanzas de casa, de barrio y de ámbito escolar, generando una inestabilidad que hoy, al paso del tiempo, evalúan como marcante", dijo Porta.

La inestabilidad con respecto al ámbito escolar y al barrio dificultaba que entablaran amistades. Las mudanzas frecuentes generaban estados de ansiedad y de angustia cuyas huellas son aún visibles, señala el estudio. Daymila contó: "Sufro si tengo que mudarme, si tengo que cambiar de casa me desespero".

El entorno en que crecieron estos niños estuvo signado por el mantenimiento de la actividad política de los adultos, traducida en reuniones, campamentos y festivales de solidaridad. Esas características, señaló Porta, dieron a la segunda generación el valor de la denuncia a la injusticia social.

Una de las estrategias aplicadas fue la creación en los países de Europa de "escuelitas uruguayas", donde se les enseñaba historia y geografía. "Los hijos iban asimilando también que aquel lugar al cual se anhelaba retornar era, por entonces un lugar terrible y peligroso: esa percepción iría generando en ellos, de manera subliminal, un sentimiento de miedo", sostuvo la especialista.

La mayoría de quienes se fueron de Uruguay por razones políticas vivieron la posibilidad del retorno como un objetivo que les hacía el día a día más sencillo.

En muchos casos, la decisión de volver a Uruguay fue tomada en forma individual. Según el estudio, 47% de los cabezas de familia decidieron el regreso.

Querer volver no era ni cerca sinónimo de tener todo resuelto. Sólo el 33% consideraba que tenía posibilidades de obtener trabajo y algo más, el 36,6%, estaba en condiciones de adquirir o alquilar una vivienda. Esos pronósticos pesimistas se cumplieron. En el exilio, el 80% de las personas estudiadas tenían una buena situación económica. Tras el regreso, el guarismo bajó dramáticamente al 10%.

Los padres trataban de que sus hijos tuvieran una buena inserción en el país de exilio y también buscaban que no perdieran nexo con Uruguay. "En el imaginario del retorno, transmitido por la primera generación y decepcionado por la segunda, Uruguay era un país que asumía un rol de tierra prometida", señaló Porta.

El imaginario de los pequeños es que volverían a una tierra "maravillosa". En Uruguay los esperaba parte de su familia, playas hermosas, un buen clima y poder jugar en las calles. Para los que llegaron de países desarrollados, Uruguay provocó desencanto y asombro. Pedro tenía 13 al llegar y se desilusionó en 1985 de la rueda gigante del Parque Rodó, porque le habían dicho que era "enorme". Diego (12) reconoció que le impactó ver un carrito de basura y el aspecto de abandono de Montevideo, hermosa sólo en sus sueños.

Hubo quienes tuvieron también dificultades de adaptación. Para quienes no eran dúctiles en el castellano, entender chistes y bromas se volvió complicado. Pero Daymila, que vivió en Argentina, tenía un problema adicional: su acento porteño no le hizo fácil sus primeros tiempos en Montevideo.

Estrategia de supervivencia

Sin memoria y sin juguetes

Un dato que caracteriza a los jóvenes entrevistados para el libro son los olvidos de meses e inclusos años de su vida. En algunos casos tuvo relación con situaciones de violencia. En otros, con aspectos de la vida cotidiana. "El olvido fue una estrategia de preservación", señaló Porta.

Salomón (1975) tenía 7 años cuando junto a su familia partió hacia Israel. Durante su infancia vivió en permanente tensión, ya que sus padres alojaban a militantes perseguidos. Tiene recuerdos escasos de algún allanamiento. Su estrategia de adaptación al estado judío pasó por "borrar a Uruguay".

Verónica residía en Chile, cuando por el golpe de Estado de 1973 su padre debió refugiarse en la embajada argentina. Tras una larga peripecia llegó a Holanda, mientras ella con su madre retornaron por un tiempo a Uruguay. Al llegar al aeropuerto de Carrasco, el personal de la aduana les rompió "todo", incluso las muñecas. Detuvieron a su madre, pero esa parte "la borró". Hasta hoy tiene "terror a los cohetes y petardos" por las noches de constante tiroteo que presenció en Santiago.

Además de las "lagunas", en la construcción de la memoria también incidió que durante muchos años los hijos evitaron preguntar a sus padres respecto a los hechos de violencia del pasado. La explicación que dieron al ser consultados, es que con su actitud querían evitar remover las cicatrices.

Al dejar personas atrás se le sumó la pérdida de objetos, que en el caso de los niños, tiene un valor especial desde el punto de vista afectivo. Varios de los testimonios coinciden en el sentimiento de pérdida al tener que elegir qué dejaban y qué conservaban al trasladarse de un país a otro.

Andrés contó que, a los 10 años, al irse de Nicaragua, tuvo que dejar un montón de historietas. Lucía, entonces de 4 años, no pudo llevarse un pequeño tocador. Y Diego debió partir sin un solo juguete. También tenía apenas 4 años.

Otra vez Juan Carlos de Borbón

El rey mediador

El 26 de diciembre de 1983 una visita sacudió Uruguay. Un avión trajo a 154 niños, hijos de exiliados en países de Europa, que tenían entre 3 y 18 años.

Las autoridades uruguayas pusieron muchas trabas para concretar la experiencia, tomada por su impulsor, Artigas Melgarejo, de un viaje que niños palestinos habían realizado desde Portugal a Madrid, según consignó Enrique Coraza de los Santos, coautor de la publicación.

Los niños volaron acompañados de un grupo de senadores, diputados y representantes de organizaciones españolas.

"A fin de proteger a los niños frente al régimen uruguayo, el rey de España y la Cruz Roja Internacional asumieron, en su momento y en sentido simbólico, la patria potestad", sostuvo Coraza de los Santos.

Con esa medida, contaban con protección. Mediante una cláusula se estableció que no podían ser detenidos bajo ningún concepto, y que, en caso de serlo por alguna actitud personal, debían ser trasladados a lugares previamente designados.

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