Con sus ojos escrutadores y su rostro severo, atravesado por un bigote grueso y espeso, el coronel Alberto Ballestrino -conocido como "El Chancho" por sus camaradas de armas- llamó a la prensa para decirle algo muy importante a todos los uruguayos. Con gesto solemne, reveló estar preocupado por el alto índice de homosexualidad imperante en el país.
Así dio cuenta del hecho el diario El Día del miércoles 27 de octubre de 1976: "Iniciamos una activa campaña para combatir la actividad perniciosa del homosexualismo que ambienta en gran medida brutales asesinatos como el que acabamos de aclarar", dijo el coronel.
El diario destacó las declaraciones en sus páginas bajo el sugestivo título Contra los depravados, y lo acompañó con la crónica del esclarecimiento de un crimen cometido hacía más de un mes y cuya víctima y victimario eran notoriamente homosexuales.
"El Coronel Ballestrino -rezaba el destaque de la conferencia de prensa- agregó que inquieta el incremento de la homosexualidad que se ha palpado en los últimos tiempos en Montevideo. `En tal sentido ya impartí ordenes expresas al Departamento de Orden Público para que amplíe aun más la actividad represiva de este tipo de desviación que muchas veces se materializa en la calle en una forma ostensible`".
300 "pederastas" a la jaula
El crimen reseñado en esa misma página había despertado la alarma pública. No se trataba de un "bárbaro y sangriento episodio". No hubo en la ocasión diez o más puñaladas. Tampoco podía clasificárselo de "macabro". Nadie había resultado descuartizado, ni había aparecido dentro de una cámara séptica o congelado dentro de una heladera. Era un ataque como cualquier otro. No había nada nada que destacara especialmente la opción sexual de la víctima o del victimario.
El caso se había puesto al descubierto la mañana del 30 de setiembre de 1976. Alertada por el vecindario, la policía irrumpía en el domicilio de Roberto Varela, Guayabo 1674, y lo encontraba tendido en medio de un charco de sangre en la cocina, con varias contusiones en la cabeza. Inconsciente, pero con vida.
En la escena, los policías técnicos sólo habían encontrado una hoja de cuaderno en la que habían sido anotadas cuatro partidas de conga, disputadas por cuatro personas. Una de las iniciales correspondían a Roberto Varela, las otras eran incógnitas a revelar.
El caso recayó en la Brigada de Homicidios, comandada por el comisario inspector Yamandú Castro. Ese año, ya en octubre, no tenían ningún crimen sin aclarar. Algo insólito, que no iba a volver a repetirse. De inmediato la Brigada procedió a buscar nuevos horizontes en materia de prevención del delito. En una quincena detuvieron a más de "trescientos pederastas", según versiones de Castro a El Diario.
Roberto Varela recuperaba por momentos la conciencia, pero se negaba a hablar o decía cualquier cosa, para engañar la acción policial. "Así -dirá a El Diario Yamandú Castro- el esclarecimiento del caso se entorpeció por las declaraciones del homosexual, que en el curso de su prolongada agonía en el Hospital de Clínicas aportó datos falsos sobre sus asesinos". Varela falleció el 14 de octubre.
No se sabe cómo la brigada dio al fin con el homicida de Varela. Lo cierto es que el 27 de octubre de 1976 capturó en un domicilio de Gaboto y Galicia a Aníbal A. El hombre admitió ser uno de los matadores de Varela. Dijo que el móvil había sido el hurto y que eran dos sus compinches, obviamente prófugos. Agregó también que desde que cometiera el crimen había estado borracho, angustiado y temeroso.
El martes 29 de setiembre, Aníbal A. se había encontrado en un bar de la calle Colonia y Minas con sus dos compinches, Nestor L y Humberto T. y allí habían decidido ir al domicilio de Varela.
Recordó que llegaron y vieron la pelea de box entre Mohammed Ali y Ken Norton. Bebieron vino y jugaron a las cartas hasta la señal convenida. Después, a golpes de ladrillo y martillo, entre Néstor y Aníbal lo ultimaron para finalmente robarle unos discos y dos relojes.
Pero esta no dejaba claro por qué Varela se había negado a dar el nombre de Anibal si éste lo había atacado para robarle. Evidentemente el móvil debió ser otro, mucho menos material. Tal vez había una razón de índole afectivo. Varela no era una persona acomodada. Por el contrario, era un modesto asalariado público.
El asesino fracturado
Pero esto poco importaba. Para el Jefe de Policía y su gente había material de sobra para iniciar una fuerte campaña, "para reprimir en la medida de nuestras posibilidades esta perniciosa actividad".
El homicida de Roberto Varela, fue presentado en sociedad como una víctima más, "fruto de un hogar destruido". Los cronistas policiales, hurgaron en la vida de Aníbal A.y supieron que desde muy chico había padecido los efectos de un familia fracturada por la muerte de la madre en la temprana infancia. El relato abundaba en las turbulencias afectivas del asesino: su padre se había enamorado de otra mujer que a su vez detestaba al niño. Aníbal había conocido a Varela en la plaza de los Bomberos hacia dos meses. Ahora, lo pagaría con años de prisión
Por esa razón, "El Coronel Ballestrino hizo finalmente un llamado de alerta a los padres para que extremen la vigilancia de sus hijos y no los dejen al libre albedrío callejero ya que las malas compañías, como el caso de los homosexuales, los pueden llevar por un camino equivocado y reprobable" (El Diario, 27 de octubre)
La policía de Montevideo se puso un uniforme moralizante y salió, a partir de octubre de 1976, a reprimir "el flagelo de la pederastia".
Es imposible determinar con exactitud o precisión cual fueron los resultados que obtuvo la policía de Montevideo en esta singular cruzada.
No existen en el país estadísticas anuales -al menos para ese período- del número de procesados penales y menos aún especificadas por delito. Existe, si, un "Libro/Indice de Causas" correspondiente al Juzgado de Instrucción de 4º Turno (uno de los cinco juzgados que hasta 1980 iniciaban las causas hasta llegado la etapa del Plenario) entre los años 1969 a 1978.
Tomando como muestra sólo a los encausados con apellido que comience con "A", entre 1970 y 1978 se anotaron un promedio de 31 causas anuales.
De los delitos cometidos entre 1970 y 1975 solo figuran una "violación" en 1974 y otra en 1975. El resto son en su mayoría hurtos, o apropiación indebida. En 1976 las violaciones fueron tres. Para el año siguiente el promedio no bajó, se mantuvo en tres y se agregaron dos procesados por un delito significativo en esos años: la corrupción de menores.
Uno de los más antiguos receptores penales de Montevideo, Daniel Más, recuerda: "allá por el 76 o 77 era una cosa de locos. Orden Público salía con un par de órdenes de allanamiento para, vamos a suponer, la seccional 24 del Cerro y volvían con dos viejos maricas, conocidos y por lo general con muchos antecedentes, y con diez o doce gurises enganchados y se los procesaba por corrupción".
También era frecuente que la Policía detuviera a hombres dentro de un auto en situación sospechosa. Si había menores en el hecho, no importaba corroborar demasiado si había habido sexo entre ellos. El mayor iba a la cárcel dos años o más sin pericias ni el debido proceso.
La represión corporal y la persecución a la pornografía a mediados de la dictadura
Tiempo de pelo corto, faldas largas y el sexo sueco
1976 estaba condenado a pasar a la Historia como uno de los años más duros de la dictadura. Además de la brutal y despiadada represión político-social desatada, los hombres que detentaron las riendas del poder, optaron también por poner un fuerte freno a todo lo que incitara a lo sexual.
Lo que ocurrió de ese año en más, en materia de represión sexual aún no ha sido investigado. Tampoco sus consecuencias, aunque hoy día las vivamos.
Ese año se cortó, y cuando no se ató, pelos en escuelas y liceos. También se bajaron los ruedos de las faldas por debajo de las rodillas y se implantaron medias -grises o azules- que cubrían pantorrillas. Se prohibieron los colores que salieran de la gama del azul o el gris. Los escotes fueron certeramente cerrados y anudados con asexuadas corbatas.
En mayo de ese año, el intendente de Montevideo, Dr. Oscar Rachetti, promulgó un decreto-ley impidiendo la exposición de objetos, figuras, libros y publicaciones pornográficas para su comercialización y/o tenencia.
"Desde hoy será reprimida con severidad la exhibición de materiales pornográficos", rezaba un destacado en la página principal de El País del 7 de mayo de 1976. También es cierto que a partir de entonces floreció un mercado negro de pequeñas revistas, en formato de 15 x 18 cm., en technicolor, plagadas con fotos de sexo explícito, de supuesta procedencia sueca.
El testimonio de Petru Valenski
Seducidos y extorsionados
En la década de los 70 el ambiente gay era muy distinto de lo que es ahora. El actor Petru Valensky comenzaba a frecuentar los más bien secretos círculos del mundo homosexual, y recuerda la represión y la violencia policial: "Claro que me acuerdo. En aquella época no había boliches, no había nada, lo que sí habían eran trampas que se hacían para `cazar` a los gays y meterlos presos. Te hacían el cargue, es decir, te cargaban, y después te extorsionaban o directamente te llevaban preso. Eso no lo viví nunca, pero sé de gente que lo ha vivido, igual que las famosas trampas que se hacían en fiesta de disfraces, aunque fueran casas particulares. Se armaba la reunión, por ejemplo en una casa que quedaba por la calle Simón Bolívar, donde se hacían muchas, se corría la voz, llegaba la gente y ahí venía lo tragicómico, cuando aparecían los milicos salía todo el mundo corriendo para la azotea, todos disfrazados, a esperar a que se fueran".
Aunque en esos primeros años de la represión contra los homosexuales Valensky no tuvo mayores problemas, finalmente cayó en una redada célebre por su magnitud y su violencia, ya a fines de la dictadura: "La detención en la que caí yo fue muy violenta. El 12 de enero de 1982. Fue muy triste. Fue frente por frente a El País, en la calle Zelmar Michelini. El boliche en aquella época se llamaba Gente. 162 personas caminando ante la mirada atónita de los que cargaban los diarios, que no podían creer tanto maltrato. A quien era jefe de policía en ese momento la vida me llevó a conocerlo, incluso a tener que hacerle una nota. Yo le pregunté qué había pasado esa noche, por qué había sido eso, y él me contó que estaba muy apretado, que lo habían obligado".
La comunidad gay de la época era más secreta y más arriesgada: "El ambiente de la época era muy tranquilo pero tenía otro sabor. Tenía el sabor ese del peligro, había más unión, más complicidad. Yo era de los más jóvenes en aquella época, pero los veteranos fueron los que más la sufrieron".
Pero también había problemas internos: "Los milicos se enteraban de las fiestas por medio de las famosas `maricas alcahuetas`, a las que después se les dejó de hablar y de tener contacto con ellas. Eran las miliqueras, había médicos, abogados, gente muy conectada con el régimen".
"Por eso ahora todo este `destape` que hay en el país me llama mucho la atención y me alegra -reflexiona Valensky-. Yo no pensé nunca en poder vivirlo, que por lo menos se hable de la condición sin tanto tapujo y sin tanta cosa. Y con otro respeto".