Sábado | 26.08.2006
Montevideo, Uruguay | 23:07
 Que Pasa
Para The Economist fue Hezbollah
¿Quién ganó en Medio Oriente?

The Economist

HASSAN NASRALLAH Y EHUD OLMERT dicen que ganaron la guerra. Pero en una guerra desigual, la medición de la victoria es también asimétrica. El primer ministro de Israel se impuso una meta absurda -la destrucción completa del poder de Hezbollah en el Líbano- y no consiguió alcanzarla. Más astuto, Nasrallah dijo que la victoria consistiría simplemente en sobrevivir, y Hezbollah, aunque apaleado, sobrevivió. En el último día no sólo seguía en pie, también disparó un récord de 246 cohetes hacia Israel.

Siendo Hezbollah lo que es, Nasrallah no perdió el tiempo en proclamar que esta fue "una victoria estratégica"; multitudes en Teherán gritaron que Israel había sido "destruido". ¿No mató Hezbollah 159 israelíes, incluyendo a 116 soldados sionistas? Los adversarios políticos de Olmert no perdieron el tiempo denunciando los errores del primer ministro, mientras Israel se hundía en una desilusión colectiva ante la decepcionante muestra de su ejército y el debilitamiento del poder de su país a largo plazo.

Olmert, coreado por Bush, dijo que Israel ganó porque transformó el Líbano. Bajo la resolución 1.702 del Consejo de Seguridad, que habilitó el frágil cese al fuego, Hezbollah debe entregar el norte del río Litani al ejército libanés junto a una reforzada fuerza de las Naciones Unidas, y desarmarse. Según Israel, si esto ocurriera, se pondría fin al "Estado dentro del Estado" de Hezbollah. Pero podría no suceder. A unos días del cese al fuego, Nasrallah dijo que era "demasiado temprano" para discutir el desarme. El presidente de Siria, Bashar Assad, también lo afirmó. Y la probabilidad de que el ejército libanés o la fuerza de las Naciones Unidas desarmen a Hezbollah en contra de su voluntad es nula.

El hecho es que si Hezbollah alguna vez abandona sus armas y se transforma en otro partido político, será a través de la presión de otros libaneses, no como resultado directo de la guerra con Israel. La diplomacia, por lo tanto, no debería ser construida sobre la discusión acerca de si Israel ganó la guerra o no. Cuanto más insistan Estados Unidos e Israel, menos capaz será el gobierno de Siniora, atrapado en el medio, de desviar las simpatías de Nasrallah. Una mejor idea sería sacarle a Hezbollah los pretextos que ha inventado para mantener su guerra, por ejemplo, que Israel entregara las granjas de Shebaa, el territorio sirio que Hezbollah dice es del Líbano, y aceptara un intercambio de prisioneros.

Pero Israel necesita salvar su imagen también. Olmert no tiene ningún interés en realizar concesiones que refuercen la idea de que llevó a su nación de guerreros a una derrota. Los israelíes sienten que no pueden soportar que su país parezca débil. Y ahora hay ominosos signos de que así puede ser. Assad ha empezado a hablar de nuevo sobre las Alturas del Golán. Habiendo negado previamente armar Hezbollah, Irán empezó esta semana a alardear acerca de las armas que mandó. Si Israel entrega Shebaa deberá obtener algo grande a cambio, como la real eliminación de las armas de Hezbollah al menos en el sur.

La soberbia que cegó a Israel después de su victoria en 1967 se aclaró décadas atrás. Desde los 80 por lo menos dos primer ministros, Yitzah Rabin y Ehud Barak, dieron todo en la búsqueda de la paz. El primero pagó con su vida y el segundo con su trabajo. Hasta el halcón Ariel Sharon se dio vuelta. Sacó a Israel fuera de Gaza y limitó la expansión del movimiento de asentamientos israelíes. Israel ha cometido errores. Esta guerra probablemente fue sólo eso: un error de respuesta ante la provocación y no una trama calculada, ya sea por Israel y Estados Unidos contra Irán, o por Irán contra Israel y Estados Unidos, según rezan las enfrentadas teorías de la conspiración.

Pero la paz no depende sólo de Israel. Seis años atrás Israel acordó con Líbano una frontera dificultosamente demarcada por las Naciones Unidas. Hezbollah siguió su lucha. Como Irán, dijo que su objetivo era la destrucción de Israel. Aunque es un auténtico movimiento político con una agenda propia para el Líbano, es también un declarado movimiento antisemita. Su estación de televisión al-Manar es una predicación del odio: una serie muestra judíos matando a niños cristianos para usar su sangre en el pan de Pascua. Es difícil establecer si Hezbollah e Irán se proponen seriamente destruir a Israel, pero es lo que siguen diciendo y tienen sus imitadores. El movimiento palestino Hamas no se ha atrevido aún a decir en alta voz que acepta el principio de compartir Palestina con un estado judío.

Tras la retirada de Sharon de Gaza, Olmert esperó seguir su ejemplo movilizando asentamientos en parte de Cisjordania. Pero Hezbollah ha enterrado la posibilidad de que Israel entregue territorios de nuevo, sin tener como contrapartida avances fuertes y claros en seguridad. Por lo tanto, Israel no se irá de Cisjordania hasta que haya un trato. Israel debe encontrar una manera de recobrar el diálogo con los palestinos, pero por ahora no está ni siquiera hablando con Hamas. Y Hamas, después de la guerra del Líbano, peligra suscribir de nuevo la vieja ilusión de que Palestina puede ser liberada por la fuerza. Horizonte oscuro para Oriente Medio.

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