SABADO 7 de diciembre de 2002- Año 85 -Nº 29215
Internet Año 7 - Nº 2325 | Montevideo - Uruguay
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Liberalismo ja ja

Estados Unidos y Europa hablan mucho de libre comercio pero en los hechos impiden que los países pobres vendan sus cosechas.

The New York Times

Cuando los agricultores mexicanos recorren sus campos detrás de arados arrastrados por burros, tienen una sola meta: ganarse la vida. Cada vez más, sin embargo, terminan con montañas de cosechas que no pueden colocar porque los granjeros de Kansas y Nebraska venden su propio maíz en México a precios que están muy por debajo de los de de sus colegas locales. No es que los productores estadounidenses sean más eficientes: su verdadera ventaja proviene de los enormes subsidios financiados por los contribuyentes de su país, que les permiten vender en el extranjero por debajo del costo real de producción.

En otras palabras, los estadounidenses subsidiamos tan abundantemente a nuestros agricultores que estos pueden vender sus productos en el extranjero a precios más baratos que los de sus competidores locales. Y además, por las dudas, hemos creado barreras arancelarias que hacen extremadamente difícil que muchos granjeros del Tercer Mundo puedan venderle su producción a Estados Unidos. Lo mismo pasa con Europa y Japón. El sistema agrícola del mundo está manipulado para favorecer a los ricos.

Hay un dicho muy viejo que dice: dale un pescado a un hombre, y lo alimentarás durante un día. Enséñale a pescar, y lo alimentarás toda la vida.

Háblele de "subsidios agrícolas" o "política comercial" a alguien y obtendrá sólo una mirada de indiferencia. Pero lo cierto es que estos asuntos son el núcleo mismo de lo que está manteniendo en el subdesarrollo a los países subdesarrollados. El aumento del 50% en la ayuda exterior que la administración Bush ha prometido para los próximos años palidece en comparación con lo que una reducción en los subsidios agrícolas significaría para el combate a la pobreza mundial. A los más pobres del planeta —unos 3,000 millones de personas que viven con menos de dos dólares por cabeza al día— quienes vivimos en Occidente les arrojamos olímpicamente unos cuantos pescados, pero les impedimos sistemáticamente que pesquen por su cuenta.

Un sector agrícola saludable, orientado a las exportaciones, basado en las tierras y mano de obra barata que muchos países pobres tienen en abundancia, debería ser el primer paso en la escalera del desarrollo económico. Pero, a lo largo de Africa, el sur de Asia y América Latina, esa ruta para salir de la pobreza ha sido perversamente bloqueada por los subsidios que Estados Unidos, Europa, Japón y otras naciones ricas pagan a sus granjeros y agroempresas. El mundo en desarrollo paga más de 300.000 millones de dólares al año en subsidios agrícolas, siete veces más de lo que dona como ayuda para el desarrollo.

Esos incentivos a la producción crean una sobreoferta de productos como azúcar y algodón, que posteriormente son vendidos a precios de dumping en los mercados mundiales, asfixiando a los productores tropicales. Los subsidios también distorsionan los precios mundiales de los vegetales, las flores y los granos, muchos de los cuales, de no ser por esto, podrían ser vendidos a precios competitivos por los países del Tercer Mundo.

Estados Unidos no es el que peor actúa en este sentido: es Europa. Pero Estados Unidos está en un cercano y vergonzoso segundo puesto. Los líderes occidentales predican habitual y acertadamente las virtudes del libre comercio al mundo en desarrollo, y promueven con energía la eliminación de los aranceles sobre bienes manufacturados y la remoción de barreras a las inversiones. Pero en el único terreno en el que la mayoría de los países desarrollados corren con ventaja —debido a los costos de producción más baratos— Occidente no está dispuesto a practicar el libre comercio.

A principios de este año, Washington aprobó una nueva ley que aumentó los subsidios agrícolas en 180.000 millones de dólares para la próxima década. En octubre, líderes alemanes y franceses llegaron a un acuerdo para extender el alcance y aumentar el volumen de la política común agrícola de Europa, que ya en la actualidad cuesta más de 40.000 millones de dólares al año.

Han surgido significativas propuestas de reforma. Robert Zoellick, representante comercial de la administración Bush, ha exhortado a una reducción coordinada en los subsidios agrícolas de Estados Unidos y Europa, el equivalente de un acuerdo de mutua reducción de armamentos. Franz Fischler, el comisionado agrícola de la Unión Europea, ha propuesto cambiar los subsidios basados en el máximo de producción por una ayuda agrícola basada en metas de conservación del ambiente. Sin embargo, estas propuestas no serán aprobadas si no logran obtener un apoyo más vigoroso que el que han recibido hasta ahora por parte de los líderes políticos y la gente.

Continuar con la perversa línea de acción de hoy aumentará la inestabilidad social y la devastación ambiental a lo largo y ancho del mundo en desarrollo. Significará un incremento de la inmigración ilegal en busca de trabajo en países más ricos, en lugar de un aumento en los empleos e ingresos en el Tercer Mundo. Cualquier esfuerzo serio por combatir la pobreza extrema, promover el desarrollo en el Tercer Mundo y compartir con mayor justicia los beneficios de la globalización debe empezar por un ataque radical a los subsidios agrícolas.

Y debe empezar ahora. t



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