CRITICA | FABIAN MURO
Si faltaba algún indicio, algo que reafirmara definitivamente el status actual de La Trampa en las escala jerárquica del rock uruguayo, ya no. Los tres conciertos consecutivos del grupo en el Teatro de Verano —todos ellos con entradas agotadas— significaron la contundente confirmación de la popularidad alcanzada.
También quedó claro que la banda se encuentra en una fase de cambios. Hacia dónde se dirige no es del todo evidente aún, pero sí está a la vista que las condiciones para el grupo han cambiado. En consecuencia, ha cambiado la forma en la que La Trampa se relaciona con su público en una oportunidad como esta, la presentación oficial de un disco.
Durante años, público y crítica se acostumbraron a ver a La Trampa como un grupo cuyos espectáculos eran predominantemente musicales, austeros en lo visual y sin grandes o extravagantes despliegues escénicos. En esta ocasión, la ambición de ofrecer un espectáculo fuera de lo común, uno que diera cuenta de que los músicos ya forman parte del "star system" uruguayo, era evidente incluso antes que los músicos entraran al escenario.
El que firma fue incontables veces al Teatro de Verano a cubrir conciertos de bandas uruguayas e internacionales, pero nunca antes había visto tres pasarelas que salían desde el escenario y llegaban hasta el público. Un poco más atrás, tres podios se elevaban sobre el piso del escenario. Cuando los tres —Spuntone en el medio, Ráfols de un lado y Arakelian del otro— se paraban sobre ellos, la imagen de estrella de rock, la del artista y su música bastante por encima de la audiencia, ilustraba con claridad la coyuntura de La Trampa.
A eso hay que sumarle un juego de luces diseñado respetando la tradición del grupo —que emplea a menudo estructuras que sostienen diagonalmente los focos— pero con más recursos.
La impresión generada era la de una banda que se encuentra en un punto divisorio, tanto en lo que hace a la puesta en escena como en lo musical. Porque el presente de La Trampa, sin desdeñar ni renegar del pasado, parece estar signado por un afán de superación y variación. Tocar mejor y probar cosas nuevas parece la consigna a tener en cuenta para el porvenir.
Además de presentar íntegramente Laberinto, La Trampa recorrió una parte de su historia musical, con el énfasis puesto en los éxitos —Caída libre, Luna de marzo, Calaveras, Mar de fondo, etc— coreados por la tribuna. Con un público ganado desde mucho antes (las entradas para los primeras fechas se habían agotado un par de semanas antes), La Trampa no necesitó salirse del libreto para generar entusiasmo y tal vez faltó algo de espontaneidad en el espectáculo. Pero esa sería la única objeción para una seriEl triunfo de La Trampa se multiplica por tres
CRITICA | FABIAN MURO
Si faltaba algún indicio, algo que reafirmara definitivamente el status actual de La Trampa en las escala jerárquica del rock uruguayo, ya no. Los tres conciertos consecutivos del grupo en el Teatro de Verano —todos ellos con entradas agotadas— significaron la contundente confirmación de la popularidad alcanzada.
También quedó claro que la banda se encuentra en una fase de cambios. Hacia dónde se dirige no es del todo evidente aún, pero sí está a la vista que las condiciones para el grupo han cambiado. En consecuencia, ha cambiado la forma en la que La Trampa se relaciona con su público en una oportunidad como esta, la presentación oficial de un disco.
Durante años, público y crítica se acostumbraron a ver a La Trampa como un grupo cuyos espectáculos eran predominantemente musicales, austeros en lo visual y sin grandes o extravagantes despliegues escénicos. En esta ocasión, la ambición de ofrecer un espectáculo fuera de lo común, uno que diera cuenta de que los músicos ya forman parte del "star system" uruguayo, era evidente incluso antes que los músicos entraran al escenario.
El que firma fue incontables veces al Teatro de Verano a cubrir conciertos de bandas uruguayas e internacionales, pero nunca antes había visto tres pasarelas que salían desde el escenario y llegaban hasta el público. Un poco más atrás, tres podios se elevaban sobre el piso del escenario. Cuando los tres —Spuntone en el medio, Ráfols de un lado y Arakelian del otro— se paraban sobre ellos, la imagen de estrella de rock, la del artista y su música bastante por encima de la audiencia, ilustraba con claridad la coyuntura de La Trampa.
A eso hay que sumarle un juego de luces diseñado respetando la tradición del grupo —que emplea a menudo estructuras que sostienen diagonalmente los focos— pero con más recursos.
La impresión generada era la de una banda que se encuentra en un punto divisorio, tanto en lo que hace a la puesta en escena como en lo musical. Porque el presente de La Trampa, sin desdeñar ni renegar del pasado, parece estar signado por un afán de superación y variación. Tocar mejor y probar cosas nuevas parece la consigna a tener en cuenta para el porvenir.
Además de presentar íntegramente Laberinto, La Trampa recorrió una parte de su historia musical, con el énfasis puesto en los éxitos —Caída libre, Luna de marzo, Calaveras, Mar de fondo, etc— coreados por la tribuna. Con un público ganado desde mucho antes (las entradas para los primeras fechas se habían agotado un par de semanas antes), La Trampa no necesitó salirse del libreto para generar entusiasmo y tal vez faltó algo de espontaneidad en el espectáculo. Pero esa sería la única objeción para una serie de conciertos en los cuales La Trampa se puso el traje de banda grande y celebró el nuevo ropaje junto a su numeroso público.
LA TRAMPA
Fecha. 25 de marzo
Escenario. Teatro de Verano
Invitado. Fernando Cabrera
e de conciertos en los cuales La Trampa se puso el traje de banda grande y celebró el nuevo ropaje junto a su numeroso público.
LA TRAMPA
Fecha. 25 de marzo
Escenario. Teatro de Verano
Invitado. Fernando Cabrera