Sebastián Cabrera
Es un día como cualquier otro en Montevideo. La ciudad sigue su ritmo, pero en 18 de Julio y Yaguarón se vive en un mundo paralelo. Cientos de personas —la mayoría mujeres, de muy distintas edades— están prácticamente hipnotizadas por las máquinas tragamonedas del casino Maroñas.
El salón está repleto, no cabe un alfiler, a pesar de que es día laborable. Nadie conversa, todos tienen la mirada concentrada en la pantalla. Sólo se escucha una repetitiva y acalambrante melodía de las máquinas y, muy de vez en cuando, el repiquetear de las monedas al caer. A un lado, un cajero automático ayuda a que no falte nunca el dinero. El lugar es lujoso y limpio, hay varios encargados de seguridad, que cuidan que todo esté en orden. Nadie se mueve de su silla y algunos clientes hacen cola esperando que quede algún lugar libre. Están allí con la ilusión de triunfar.
Algunos son jugadores compulsivos. Pierden el control y hacen lo que sea por el juego: sólo piensan en conseguir más dinero para seguir apostando. Es el caso de Facundo (*), de 37 años, que empezó a jugar por curiosidad hace casi una década. Pero de un día para otro su vida pasó a ser ingobernable: comenzó a vivir por y para el juego, y llegó a ir hasta seis veces por día al casino, según admite hoy, cinco años después de haber jugado por última vez.
"El juego me quebró emocionalmente, robé, estuve a punto de perder mi familia y el trabajo. Lo más importante es que se llevó mi ser, mi autoestima, mis valores", cuenta. Su voz retumba en un enorme salón de la iglesia de Fátima, en Silvestre Blanco y Brito del Pino, donde todos los lunes y viernes se reúnen los Jugadores Anónimos.
La "comunidad", como les gusta decir a sus integrantes, existe en Uruguay desde hace más de una década. Hoy cuenta con cuatro centros, con más de 120 personas que acuden a las reuniones, y la cifra va en aumento. Por momentos parece casi una secta: la contraseña para entrar al salón parroquial es tocar dos veces el timbre y sus integrantes se llaman entre sí "hermanos".
Pero el papel del grupo puede ser importante frente a la pasividad de las autoridades. Si bien no hay cifras oficiales, es un hecho que han aumentado las consultas a estos grupos de jugadores compulsivos, las máquinas tragamonedas surgen como hongos en los bares frente a los ineficientes controles estatales, las salas de juego privadas y públicas lucen repletas a cualquier hora del día, y las autoridades de la Dirección Nacional de Loterías y Quinielas se frotan las manos ante el gran número de apuestas, que significan mucho dinero para el Estado.
En 2004 ingresaron unos 25 millones de dólares por los juegos de azar administrados por esa dirección (Quiniela, Tómbola, Cinco de Oro, Cinco de Oro Revancha y Lotería Uruguaya); por cada sorteo de Cinco de Oro hay unas 200.000 apuestas en promedio.
A pesar de que recauda fuertes sumas de dinero por el juego, el Estado no tiene un programa específico que trate esta adicción. El director general de Salud, Jorge Basso, dijo que se trata de una patología nueva y que no existe un sistema de vigilancia del Ministerio de Salud Pública.
En la Dirección de Loterías, donde las autoridades planean la contratación de psiquiatras en el correr de los próximos cuatro años, para estudiar el impacto de los juegos en la salud de la población. Pero solo "en la medida de que existan recursos suficientes", aclaró el director Orestes González.
Para González "el Estado tiene responsabilidad absolutamente en todas las tareas que encara".
Pero, al menos por ahora, no puede hacerse responsable de los ludópatas.
Con este panorama, la asociación civil Montevideo Capital lanzará este año el Programa Uruguayo Contra la Ludopatía, que junto a Jugadores Anónimos será otra posibilidad para quienes buscan ayuda. Uno de sus responsables asegura que "se trata de una iniciativa sin fines de lucro que busca concientizar a la población, y asistir a personas con problemas de juego compulsivo".
"Hemos detectado un importante crecimiento del problema, así como la ausencia de respuestas desde lo público y la sociedad civil", dijo Alejandro Sosa, encargado de relaciones institucionales de Montevideo Capital.
Oscar Coll, docente de la clínica psiquiátrica de la Facultad de Medicina, estudió el tema en profundidad y asegura que Uruguay es un país "muy jugador". Coincide en que en los últimos años el fenómeno tuvo un aumento notorio, pero dice que también se ha producido un cambio importante en el perfil del apostador.
"Antes el ambiente de las salas de juego era más que nada masculino y el juego estaba cerca de lo clandestino: las personas se escapaban para ir a jugar, eran lugares más bien nocturnos, y había todo un ceremonial. Ahora, con este fenómeno de los centros de juego en los shoppings y la aparición de Maroñas con varias sucursales, se ven más mujeres y gente joven apostando. Son lugares muy frecuentados a cualquier hora del día", afirmó Coll.
Cerca del 10% de la población es usuaria de algún tipo de juego de azar, según relevamientos internacionales que manejan los responsables del Programa Uruguayo Contra la Ludopatía. Otros estudios muestran que entre ocho y 10% de los jugadores tienen tendencia a la ludopatía, aunque las empresas de juego entienden que la cifra apenas llega al 2%.
El ex presidente de Hípica Rioplatense, Martín Cánepa, dijo a El País en 2004 que se buscaba lograr que los adictos no ingresen a los locales: "es un problema para el apostador, para su familia y también para nosotros".
Coll entiende que en Uruguay se estimula a jugar, "pero no hay advertencias acerca de que en determinados casos el juego puede resultar trágico". "Así como en la cajilla de cigarrillos se pone un mensaje diciendo que es perjudicial para la salud, en las salas de juego tendría que haber un cartel solicitando precaución. Porque el juego también puede ser perjudicial para la salud", afirmó el médico.
Está convencido de que lo más grave es que ahora hay muchas más posibilidades de juego que antes, pero no existe regulación en cuanto a los riesgos que genera el juego. "Hay un silencio muy peligroso", advirtió.
"Más bien es al revés. Se estudia la psicología del jugador para ver cómo captarlo: qué lo puede atrapar, cómo poner las luces, qué colores tiene que haber en las salas de juego. Pero no se hace lo opuesto: prevenir la probable entrada en una adicción", concluyó Coll. De hecho, en las últimas semanas dos acciones confirman que las autoridades se preocupan por el fomento del juego, pero no por informar sobre su potencial peligro. El presidente Tabaré Vázquez se reunió el 27 de diciembre con los intendentes de Durazno, Rocha, Treinta y Tres y Rivera, y les prometió apoyo a una iniciativa que flexibilizaría el régimen de instalación de casinos en complejos hoteleros, informó Últimas Noticias.
Sólo unos días antes, la Banca de Quinielas lanzó con bombos y platillos un nuevo juego de azar denominado Kini, que se presenta como una propuesta atractiva que invita al apostador a ganar mucho arriesgando poco, dijo a El País, el presidente de la Banca, Roberto Palermo.
Adrenalina
Hasta hace cinco años, Facundo estaba convencido de que podría vivir del juego toda su vida. Que la suerte siempre estaría de su lado, como si lo hubiera tocado una varita mágica. "Me preparaba para triunfar cada mañana", recuerda. Y, de hecho, llegó a ganar hasta cien días seguidos. "Pero el problema es que la enfermedad siempre me vencía. Yo quería más y más, no tenía límites y no sabía cuándo retirarme".
A Facundo lo entusiasmaban los lugares clandestinos, donde se apuestan grandes sumas al sevelé o al póquer. La única forma de entrar allí es con la recomendación de alguien, y para él eso "era maravilloso, por la adrenalina que había ahí adentro". Pero el ambiente pesado que encontraba en estos lugares no lo terminaba de convencer y por eso pasaba la mayoría de sus horas en los casinos: jugaba a la ruleta, al punto y banca y sobre todo al black jack.
Para Facundo, padre de familia, el juego tenía un efecto similar al de algunas drogas. "Vivía acelerado, necesitaba sentir constantemente la sensación de respuesta. La adrenalina me hacía estar despierto toda la noche para poder bancar esa madeja".
Cuando le faltaba dinero, se las arreglaba y engañaba a sus socios en el comercio que dirige. Usaba parte del dinero de la caja para apostar, con la permanente ilusión de luego poder devolverlo. "En realidad también se me pasó por la mente salir a robar a la calle, pero nunca lo concreté. Hay muchos jugadores que han terminado en la cárcel", relató.
Facundo también se transformó en un experto en inventar historias. "Iba con mi señora en el auto y paraba en la esquina de un casino, le decía que necesitaba un baño y me metía a jugar un rato. Uno se arma una vida basada en la mentira". En otra ocasión arruinó su propia fiesta de cumpleaños. Su esposa tenía todo organizado, pero él llegó, después de haber perdido todo y con un insoportable mal humor: "me acuerdo que tiré todas las cosas que había hecho mi señora, rompí los vidrios, y terminaron ella y mis hijos a los llantos".
Sin límites
Distinta es la situación de Marta, una funcionaria universitaria que hoy tiene 60 años y empezó a jugar hace más de una década. El suyo fue un problema emocional: usó el juego para olvidar las penas de una pérdida familiar.
Marta eligió como lugar de juego el Parque Hotel. Podía pasar en el casino desde las dos de la tarde hasta las dos de la mañana, o aun más, hasta que no quedaba dinero en el monedero. "Si un día me levantaba y decía: hoy voy a jugar, nadie me lo sacaba de la cabeza", relató la mujer, que hace nueve años ingresó a Jugadores Anónimos.
"Me acuerdo que entraba al casino muerta de vergüenza, porque en esa época jugaban pocas mujeres. Buscaba los lugares más escondidos. Si me encontraba con alguien conocido, me podía dar un ataque".
Los pocos jugadores con los que tenía relación la admiraban porque no se le movía un pelo, ganara o perdiera. "Pero la procesión iba por dentro, no en vano tuve gastritis y cuando salía del casino me desquitaba como podía", dijo. Marta pasaba noches enteras sin dormir, pensando en cómo arreglar las deudas que había contraído el día anterior y cómo conseguir más dinero para volver a jugar.
Así perdió la casa y el auto. Pero una de las pocas cosas que no abandonó fue la relación con su familia, y dice que eso la salvó: "me apuntalaron mucho, sobre todo mi compañero y mis hijos. Me daba vuelta y estaban atrás mío. Gracias a eso no me quedé en la calle durmiendo o no me morí".
A diferencia de otros jugadores, Alberto, uno de los fundadores de Jugadores Anónimos, no concurría a un único casino, sino que tenía establecida una ruta de juego. Hacía un continuado: cuando cerraba un casino seguía en otro local, que cerraba más tarde.
Alberto mueve sus manos y ojos todo el tiempo en forma rápida y nerviosa. Es transportista, también tiene 60 años, pero parece mayor. Con la mirada perdida, recuerda algunas de sus peores pesadillas. "Uno hace de todo para jugar: vende cosas, usa los ahorros que le quedan, o directamente afana. En su fantasía, en su ilusión, uno saca dinero que no le corresponde, pero piensa que lo toma prestado".
Alberto pedía dinero a todo aquel que se le pasara por delante y rara vez lo reponía. "Si ganaba, no pagaba. Razonaba: ahora tengo más dinero, voy a ganar mucho más. Pero el azar es muy efímero. Si jugás todos los días sin límites, siempre terminás perdiendo".
Sin embargo, volvía a su casa cada día con una sonrisa, para disimular. Pero con el paso del tiempo los guiones se le terminaron y las excusas dejaron de funcionar. "Al final las mentiras me las creía hasta yo. Que presté dinero, que me afanaron, que no me pagaron", recordó.
Hoy no sabe cuánto dinero perdió, pero sí que vendió el auto, su casa, los electrodomésticos y las alhajas de la mujer.
"Cuando uno sale derrotado de una casa de juego no sabe ni para dónde agarra. Y ahí te das cuenta que gastaste tu plata, la del trabajo y la de tus familiares...", dijo casi susurrando.
Las historias de los jugadores compulsivos son parecidas. Hay una primera etapa de jugar por diversión, y luego se pasa a una fase de juego regular donde se empieza a intentar recuperar lo perdido. "Cuando se quiere acordar, el individuo se deslizó a un estado de juego patológico. En algún momento se llega a una situación límite que lo hace reflexionar y comprender que necesita ayuda para salir de ese problema. Lamentablemente, cuando una persona busca ayuda es porque realmente ha sucedido algo muy grave, y en ocasiones el daño ya es irreparable", explicó Alejando Sosa, del Programa Uruguayo Contra la Ludopatía.
La familia
Igual que con otras adicciones, la familia sufre las consecuencias de la conducta de los jugadores compulsivos. Y como pasa con los drogadictos o los alcohólicos, los parientes generalmente se enteran de la situación cuando el enfermo ya tocó fondo.
En el caso de los ludópatas, la situación muchas veces explota cuando aparecen deudas inexplicables. Así le sucedió a Nina, de 57 años, cuyo marido se convirtió en jugador compulsivo luego de jubilarse. Se hizo adicto a la quiniela y a la tómbola. Pero no jugaba de a diez pesos: hacía boletas de 5.000 pesos a la cabeza, y su récord consiste en haber realizado cien apuestas al Cinco de Oro en un solo día. "Llegó a calcular a través de un programa informático cuántos Cinco de Oro tenía que hacer para ganar", contó Nina.
También concurría a mesas clandestinas, donde jugaba al póquer. Iba a un club en la Aguada. En ese club apostaba a las cartas, a la paleta, al que ganara en Peñarol-Nacional. Todo servía. "El jugador apuesta a lo que sea, es brutal. Cuando él me decía que estaba en tal club, a mí me parecía bárbaro. Yo iba a misa, él me dejaba y después a las dos horas me iba a buscar a la iglesia. No le veía nada malo. Pero lo malo era que en un rato él se jugaba 10.000 o 15.000 pesos", relató la mujer.
Un día Nina recibió en su casa a un cobrador de OCA con una importante deuda. "Entonces le empecé a preguntar, ¿esto de qué es? ¿Tenés otra mujer? ¿Un hombre? ¿Otro hijo? Yo no entendía nada, y fue ahí que me dijo que lo había gastado en el juego".
Terminaron pagando más de 200.000 pesos en deudas atrasadas. Pasaron un año y medio "a arroz y fideos", mientras él concurría a Jugadores Anónimos y ella a un grupo de familiares de jugadores.
Nina sufrió tanto o más que su marido. "Yo era una mujer buena, tierna, y me volví una ponzoña, una araña venenosa. Decía que él tenía la responsabilidad de todo lo que pasaba: si llovía, era culpa suya". Durante un largo período la mujer no podía dormir, no comía, bajó de peso, no trabajaba. Nina no tenía voluntad de nada; había perdido las ganas de vivir.
Pero la vida de la pareja se recompuso hace tres años, luego de pedirse perdón y con la ayuda de las terapias grupales. A comienzos de 2004 el hombre falleció de cáncer, sin deber un centésimo y luego de haber dejado el juego.
"Nosotros estamos tan o más enfermos que ellos. Porque los jugadores cuando están frente a una máquina se desahogan, la adrenalina fluye. Pero la nuestra no, y eso nos hace un gran daño", dijo Lola, cuyo hijo jugó desde los 18 a los 29 años y mantiene su abstinencia desde 1999.
Lola, que también concurre a los grupos de familiares, relata que su mayor dolor fue cuando el hijo admitió que robaba dinero de un negocio familiar para poder apostar en el Parque Hotel.
A pesar del daño monetario que les provocó, la familia decidió mantenerlo en su puesto de trabajo, pero bajo estrictas medidas de seguridad. "Él tiene su sueldo, yo no se lo puedo negar. Sólo que trato que no nos haga depósitos. Y cuando hace cobranzas, siempre está acompañado", dijo Lola.
Mientras, en Uruguay cada vez hay más salas de juego, ya son 37 en Uruguay. Y cada vez con horarios más extendidos y con mayor cantidad de máquinas.
"¿Así que le fue mal?", pregunta la encargada de la ropería a una mujer que se retira del local de Maroñas de 18 de julio y Yaguarón.
"Sí... pero a mí siempre me va mal", responde la señora, entrada en años, y con evidente decepción. La misma decepción con la que seguramente se retirará al día siguiente.
(*) Los jugadores citados en la nota prefirieron que sus apellidos no se publiquen.
ADICCIÓN PSICOLÓGICA
Distintos perfiles
Los estudios sobre ludopatía diferencian tres grupos de jugadores compulsivos. Uno está formado por personalidades adictivas, asociadas al consumo de tóxicos. De hecho, muchos jugadores fuman o abusan del alcohol.
Otro grupo está integrado por personas ansiosas o depresivas, que utilizan el juego para escapar de estados emocionales negativos.
Un tercer grupo lo forman jugadores compulsivos que entran en contacto con el juego en forma casual. En estos casos no se observan trastornos asociados, hay conciencia de la enfermedad y la recuperación puede ser rápida.
La ludopatía es una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Se trata de una compulsión al juego.
"En vez de ser algo recreativo, el juego se transforma en compulsivo y patológico, se vuelve autodestructivo para la persona y también afecta a la gente que la rodea", explicó Oscar Coll, docente de la clínica psiquiátrica de la Facultad de Medicina.
NIÑOS DEAMBULANDO EN PUNTA DEL ESTE
Mi hijo eltragamonedas
El 5 noviembre Qué Pasa publicó una denuncia que realizó el edil del Partido Nacional, Nelson Balladares, en la Junta Departamental de Maldonado. Según Balladares, en el shopping de Punta del Este los padres abandonan a sus hijos para irse a apostar en el local de tragamonedas de Casinos del Estado.
La denuncia, que reprodujo el semanario Realidad, de Maldonado, en el centro comercial, además del casino hay un rincón infantil: "hemos podido saber por conversaciones con las funcionarias destinadas al cuidado de este sector que hay niños, algunos muy pequeños, que son llevados muy seguido a la sala de juegos, permanecen solos muchas horas, sin comer y sin tomar nada en algunos casos. Incluso en horas de la noche, algunos llegan a dormirse contra los vidrios de la sala de slots esperando que sus padres los vayan a buscar".
Cuatro meses después de formular su denuncia, el edil Balladares dijo que nada había cambiado en ese shopping. "Todo sigue igual. Yo me había enterado por empleados del shopping de esa realidad, entonces fui y lo comprobé con mis ojos", dijo.
Según explicó Balladares, a raíz de su denuncia el Inau envió una visitadora social a conversar con el directorio del shopping Punta del Este, y acordaron fijar un encuentro para tratar la problemática. Aún no se fijó fecha para esa reunión.
22 HORAS DE CORRIDO
Las primeras y los últimos
"¿Qué hora es?", pregunta impaciente una mujer mayor. Son las 9.55, y la señora está parada desde hace media hora en la entrada del local de juego de Maroñas, ubicado en 18 de Julio y Yaguarón. La enorme puerta se abrirá a las 10 en punto.
Pasa menos de un minuto y llega una señora que camina encorvada y se ayuda con un bastón. Aparece otra mujer mayor, y otra, y otra.
Algunas llegan en taxi y están elegantemente vestidas, otras parece que recién se levantaron de la cama. Cuchichean, sonríen, y se cuentan historias de juego.
"Ayer vine a las 11 y no me fui hasta las cinco de la tarde", cuenta una. "¿Ganó?", le preguntan casi a coro. "Sí, pero después perdí. Tengo un amigo que siempre me dice: si empezás a perder, cambiá de máquina. Esa es la clave".
Se abre la puerta, y todas se abalanzan rápidamente hacia adentro. Cuesta entender el apuro: el local estará abierto 22 horas continuadas, no cerrará hasta el día siguiente a las ocho de la mañana.
"Elegí la diversión de Maroñas, elegí ganar", dice un cartel en la puerta, que lleva el logotipo de Casinos del Estado. En pocos minutos la clientela llega a unas 30 personas. Cerca del mediodía el salón ya está casi repleto.
Dentro del local no hay ventanas y se pierde la noción del tiempo.
El panorama es bien distinto casi un día más tarde. Hay unas 20 personas, casi todos hombres, que aprovechan los últimos minutos antes de que el casino cierre sus puertas. Son las 7.40, afuera dos taxis esperan que algún cliente haya tenido una madrugada triunfal.
Las personas son "invitadas" a retirarse cuando el reloj marca las ocho. Algunos se saludan con el portero como si fueran amigos de toda la vida. La mayoría sale caminando rápido, con la mirada fija, casi con vergüenza, y desaparece en el centro de Montevideo. Son casi todos hombres jóvenes, pero también hay algunas parejas.
Los taxistas no han tenido suerte esta vez.
Dentro de una hora y 55 minutos las señoras de siempre comenzarán a acercarse a la puerta.