Seguramente no es lo que el presidente George W. Bush tenía en mente cuando lanzó su campaña para democratizar Medio Oriente.
Desde los territorios palestinos hasta el Líbano y desde Egipto hasta Jordania, el avance de la democracia en la región ha producido un efecto no deseado, al menos desde el punto de vista de Washington: en lugar de apuntalar a partidos moderados y amistosos con Occidente, las elecciones afianzan, cada vez más, a grupos islámicos fundamentalistas críticos de Estados Unidos.
"La tendencia general es que los grupos islámicos radicales ganarán cada vez más terreno", dijo desde Estocolmo Magnus Ranstorp, experto en terrorismo y director de investigaciones del Instituto Nacional de Defensa de Suecia.
"Los problemas sociales y económicos y el conflicto en Irak están fomentando los llamados a un islam más radical como una alternativa y como un desafío a Occidente", señaló.
En efecto, estas organizaciones proponen un mensaje de cambio frente al fracaso de gobiernos que se perpetúan en el poder, pero que no logran resolver los problemas de la gente. Y, en parte, también las políticas de Washington en la región parecen ser las responsables del fortalecimiento de estos grupos.
Washington enfrenta un dilema, ya que su discurso de apoyo a la democracia le impide vetar la participación en los comicios de estas organizaciones, a muchas de las cuales incluso califica de "terroristas".
Pero también están quienes recuerdan lo que pasó en Argelia —donde la ilegalización del Frente Islámico de Salvación, en 1992, desató la guerra civil— y afirman que incluir a estos grupos en la vida política es la mejor forma de forzarlos a dejar la violencia.
Eso es lo que los más optimistas esperan de Hamas: que siga la estrategia de Hezbollah, que pasó de ser una organización militar clandestina a un partido político y que, desde julio pasado y por primera vez en su historia, es parte del gobierno libanés (incluso cuando Washington siga considerándolo un grupo "terrorista").
SORPRESAS. Además de Hamas y Hezbollah, también los Hermanos Musulmanes de Egipto sorprendieron en las urnas a fines de 2005. Después de que el presidente Hosni Mubarak, presionado por Washington, permitió la celebración de las primeras elecciones multipartidarias en Egipto, los candidatos de esta organización —que se presentaron como independientes porque el gobierno considera al grupo ilegal— obtuvieron el 20% de los escaños del Parlamento. Ese resultado los convirtió en la primera fuerza opositora del país.
Pese a tener un pasado violento, los Hermanos Musulmanes, al igual que la mayoría de las organizaciones islámicas, ganaron su prestigio a través de actividades de beneficencia y de ayuda a los pobres. También como los demás, aspiran a llegar al poder para establecer un Estado islámico y basaron su campaña en el lema: "El Islam es la solución".
Ese fue el eslogan del Frente de Acción Islámica —considerado el ala política de los Hermanos Musulmanes de Jordania—, que en 2005, obtuvo 20 de los 84 escaños del Parlamento de su país.
Ni siquiera en Irak —un país bajo su ocupación— logró Estados Unidos imponer a sus candidatos. Las elecciones parlamentarias de diciembre dieron el triunfo a una coalición de partidos chiitas religiosos que dejaron muy atrás a los grupos seculares que apoyaba Washington.
El gran interrogante es si la participación política podrá transformar a estos grupos en partidos moderados y respetuosos de la democracia. O si, en cambio, seguirán los pasos de Irán, donde el régimen islámico no deja de enviar señales preocupantes a Occidente.