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QUÉ PASA EN QUÉ PASA
Temblaron las raíces de los árboles

Leonardo Haberkorn

Hace mucho tiempo, Tabaré Vázquez anunció que cuando fuera presidente temblarían hasta las raíces de los árboles.

Efectivamente, Vázquez llegó en 2005 a la Presidencia y las raíces de los árboles temblaron como nunca por obra de un ciclón extratropical que mató a diez personas y desnudó la inoperancia de la Dirección Nacional de Meteorología, el atraso científico del Estado uruguayo y la impunidad absoluta de la que gozan los funcionarios públicos.

En cuanto a los actos de gobierno, Vázquez no se mostró muy partidario de hacer temblar demasiado las cosas.

El mayor temblor ocurrió al investigar el paradero de los restos de los desaparecidos durante la dictadura. El hallazgo de los esqueletos de varios de los presos asesinados o muertos en la tortura durante el régimen militar fue un gran éxito del gobierno, un bálsamo para el dolor de los deudos y una fuente inagotable de imágenes morbosas para canales de televisión sedientos de rating.

Lamentablemente, los beneficios que este hallazgo pudo aparejar se vieron disminuidos por la superficialidad con que se manejó el asunto.

Que se conozcan los horrores del pasado reciente sin duda sirve para que futuras generaciones eviten repetirlos. Pero mejor hubiera sido oír de boca de los responsables de las instituciones que practicaron el terrorismo de Estado un pedido oficial de perdón, una autocrítica a fondo, un compromiso de "nunca más", que en 2005 no se escuchó. Ver entre las fotos del año —que se publican en esta edición— al ex dictador Juan María Bordaberry sonriendo de oreja a oreja, saludando con ironía a los familiares de los muertos de su dictadura, es escandaloso. Los chilenos han logrado borrar la sonrisa irónica del rostro de Pinochet: está visto que no sólo en lo económico nos han sacado mucha ventaja.

Algo similar vale decir para los que alentaron la violencia política en los años 60. En ellos también se nota la misma falta de autocrítica respecto al daño causado. El ministro José Mujica, por ejemplo, pierde la compostura las muy pocas veces que algún periodista se atreve a preguntarle si pedirá perdón por su pasado violentista. Entonces deja de lado sus modos de viejo sabio y grita. Hace poco le gritó a una periodista en Canal 5 que todos los que le piden que se disculpe son gente que se acomodó con la dictadura. Mujica debería saber que la mayoría de los uruguayos no eran nacidos o eran niños cuando ocurrió el golpe de Estado.

No menos contraproducente fue la frase del propio presidente Tabaré Vázquez, quien dijo que todos somos igualmente responsables por los horrores de la dictadura.

Nada más injusto, más equivocado y más lejano a la realidad. No todo el mundo mató, no todo el mundo torturó, no todo el mundo secuestró, no todo el mundo aplaudió a la dictadura y no todos se dedicaron a dinamitar alegremente la vieja democracia uruguaya. Es cierto que hay muchas culpas, pero no son todas equiparables. Y si todos somos igualmente responsables, nadie lo es. Debería saberlo el presidente.

El otro gran cambio que impuso el nuevo gobierno fue el de reinstalar los consejos de salarios. Los trabajadores, que perdieron el 25% de sus sueldos en el gobierno divertido de Jorge Batlle, volvieron a tener aumentos luego de años de pagar cada vez más y ganar cada vez menos.

Vázquez también tomó algunas medidas de ahorro (como apagar las luces de los edificios públicos de noche) y puso fin al escandaloso romance entre el Estado y la industria tabacalera, cuyos productos matan a 15 uruguayos cada día. Pero habrá que esperar a marzo para saber si las nuevas normas antitabaco serán aplicadas rigurosamente.

No hubo otros temblores ni cambios mayores: el Iname ahora se llama INAU, el Comcar ahora se llama Compen, el impuesto a los sueldos ahora se llama impuesto a la renta, pero los tres siguen siendo, en líneas generales, la misma vergüenza de siempre.

Grandes problemas del país fueron enfrentados con medidas discutibles y muchos ni siquiera fueron abordados. La miseria fue combatida con programas asistencialistas de dudoso efecto. El empleo no creció lo esperado. No se sancionó una ley sobre el financiamiento de los partidos políticos ni sobre la transparencia de la democracia. Los funcionarios públicos continúan escondiendo información pública: no se aprobó una ley que lo impida. Las cifras del delito, que ya eran altas, subieron todavía más. La racionalización de la administración pública continúa pendiente. La dependencia energética absoluta del petróleo sigue ahogando al país. Ha pasado otro año sin que se hayan dado pasos significativos para fomentar el uso de energías alternativas que Uruguay tiene al alcance de la mano: la leña, el viento, el sol, la biomasa, el biodiesel. Seguimos siendo un país que vive para pagar su deuda externa y comprar petróleo.

La única gran esperanza es la llegada de dos plantas extranjeras de celulosa que no pagarán impuestos por estar en una zona franca y que, una vez construidas, emplearán unos 300 empleados cada una, menos de la mitad de los que trabajan en este diario.

Es cierto que ni siquiera ha terminado el primer año del gobierno. Y a favor de Vázquez —además de los logros arriba anotados— se puede decir que su accionar, en general, no le generó problemas extras al país: no apareció todos los días en los noticieros diciendo una cosa distinta, no insultó a pueblos hermanos, no descalificó a los integrantes de su propio gobierno, no lloró por cadena de radio y televisión.

No es demasiado. Pero algo es algo.



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