Milagros Pérez Oliva, El País de Madrid
Tenemos un problema grave. El uso de combustibles fósiles está enloqueciendo el clima y las reservas de petróleo comenzarán a agotarse pronto. Según los pesimistas, a partir de 2010, según los optimistas, a partir de 2030. Mientras el precio del crudo se acerca al equivalente del que desencadenó la crisis de 1973, la energía nuclear volvió al debate para ofrecerse como alternativa.
Estados Unidos ya decidió prorrogar por lo menos 60 años la vida de 30 reactores nucleares y se propone aplicar esta medida a la mayoría de los 104 que están operativos. El gobierno de George W. Bush se dispone no sólo a terminar con la moratoria nuclear, sino a dar un fuerte impulso a este tipo de energía con la autorización de nuevas plantas para cuya construcción ya se han formado dos consorcios.
Hoy funcionan en el mundo 441 centrales, que proporcionan el 17% de la electricidad, y hay otras 25 en construcción, la mayoría en el tercer mundo.
Vuelve, pues, la energía nuclear, pero esta vez lo hace, qué paradoja, con argumentos ecologistas y padrinos de renombre. Fue el prestigioso científico británico James Lovelock, autor de la teoría Gaia (que considera a la Tierra un organismo autorregulado), quien a principios de 2004 irrumpió en favor de la energía nuclear con el argumento de que el peligro del calentamiento del planeta es mucho peor que el hipotético riesgo de accidente nuclear. "Soy ecologista y ruego a mis amigos del movimiento que abandonen su equivocada objeción a la energía nuclear", dijo. En la misma línea se sitúan otras ambientalistas como Patrick Moore, Stewart Brand o Hugh Montefiore.
Desde que los accidentes de Three Mille Island (1979) y Chernobyl (1986) llevaran a una moratoria que ha mantenido la fisión nuclear a la defensiva durante más de 20 años, han cambiado fundamentalmente dos cosas: que ya nadie serio se atreve a decir, como hace unos años, que el cambio climático es la muletilla de un grupito de ecologistas fanáticos; y que el petróleo se acaba.
Todos los expertos consultados, más allá de su posición sobre la energía nuclear, coinciden. "La crisis que se avecina es mucho más grave de lo que se quiere admitir porque se superponen dos problemas: el efecto invernadero que provoca el uso de los combustibles fósiles y el agotamiento del petróleo. No podemos seguir contaminando como lo hacemos, pero además la extracción de petróleo, esa fuente de energía barata, accesible y fácil de manipular sobre la que se basa todo nuestro modelo económico, entrará pronto en una fase de declive irreversible", dijo Mariano Marzo, catedrático de Recursos Energéticos de la Universidad de Barcelona.
En ambos frentes, los hechos se están precipitando. Una racha de desastres naturales ha castigado diversos lugares del planeta, y el barril de petróleo superó en agosto la barrera de los 60 dólares. Todos los analistas contemplan como un escenario plausible que pronto llegue a los 80 dólares, un precio equivalente al que desencadenó la crisis económica de 1973.
"El incremento sostenido de la demanda de energía provocará una enorme tensión por la dificultad de satisfacerla con las fuentes ahora disponibles", explicó Marcel Coderch, secretario de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos de España, una entidad que promueve el uso de energías alternativas y el ahorro energético. "La propia Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que entre 2002 y 2030 la demanda de energía primaria crecerá casi 60% y que se doblará el consumo de electricidad. La previsión es que el 85% del incremento de la demanda se cubra con combustibles fósiles, es decir petróleo, gas natural y carbón, pero eso implica aumentar también un 62% los actuales niveles de emisiones de dióxido de carbono, algo que el sistema climático del planeta no podrá soportar".
Energía para calor y frío
El confort, basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, tiene un precio, el cambio climático. El efecto invernadero sería razón suficiente para cambiar el modelo energético. Pero la crisis se precipitará por la misma razón por la que el precio del barril no deja de subir: el petróleo comenzará a agotarse muy pronto sin que existan fuentes alternativas limpias y seguras.
"Se estima que la demanda crecerá en el mundo en torno al 2% anual acumulado, y eso si los países desarrollados aumentan la eficiencia de sus sistemas energéticos y aplican drásticas medidas de ahorro. Tal aumento de ningún modo se podrá satisfacer con los actuales niveles de producción. Es un problema gigante y es un problema a 20 años", afirmó Cayetano López, responsable del área de energía del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) de España. La cuestión es qué energías podrán usarse para satisfacer esa enorme demanda sin dañar todavía más el medio ambiente.
La mayor parte del crecimiento de la demanda se producirá en los llamados países emergentes. En China crece a un promedio del 8,2% anual. El 76% de la electricidad que consume el país la obtiene del carbón, por lo que China se convirtió en uno de los principales responsables del efecto invernadero. La energía hidráulica le aporta el 19% de la electricidad, el petróleo apenas un 3% y el gas y la energía nuclear no llegan al 1% cada uno. Teniendo en cuenta que el transporte es el principal consumidor de petróleo, cabe imaginar qué ocurrirá cuando los chinos quieran cambiar la bicicleta por el auto.
La distribución actual del parque automotor no puede ser más desigual. En Estados Unidos tienen un coche cada 1,8 personas, en la Unión Europea uno cada 2,8, en África uno cada 110 y en China uno cada 1.350. Pero no será siempre así. Se estima que sólo en Asia el parque móvil crecerá en cinco millones de coches por año, y que en diez años habrá 875 millones de vehículos circulando por el mundo.
La AIE estima que dos terceras partes del incremento de la demanda energética se destinará al transporte, dada la dificultad para crear alternativas energéticas para la locomoción. La agencia descarta que el desarrollo de los vehículos híbridos (batería eléctrica-gasolina) y el motor de hidrógeno puedan tener un impacto significativo antes de 2030. La previsión para ese año es que el 54% de la producción de petróleo se destine a los automotores, frente al 47% actual.
En el World Energy Outlook 2004, la AIE estima que la demanda de petróleo, que ahora es de 82 millones de barriles diarios, seguirá creciendo hasta alcanzar 90 millones en 2010 y 121 en 2030, y eso contando con que los países ricos apliquen severas medidas de ahorro y protección ambiental, lo que está por verse.
Marzo repite en sus conferencias una frase contundente: "señores, el petróleo barato, abundante y para todos se ha terminado". Los mercados ya lo tienen claro, y por eso es cada vez más caro. "De hecho ya han comenzado las carreras por situarse en una posición favorable ante los proveedores", insiste. "Todos los países tratan de diversificar sus fuentes, todos corren a asegurarse contratos de suministro y en esta estrategia se sitúa no sólo el control político de Medio Oriente, sino también las tensiones desestabilizadoras en países como Venezuela o Guinea, donde se presume que hay reservas por explotar".
Mil barriles por segundo
"Ahora las compañías privadas apenas controlan el 13,2% de las reservas de petróleo y gas", dijo Marzo. "El resto está en manos de empresas estatales, y por eso el petróleo está en el centro de todas las tensiones geoestratégicas. Se supone que Arabia Saudita, Irán y los países del Golfo son los que tienen las mayores reservas. Hasta ahora Occidente vendía tecnología y poder financiero a cambio de suministros. Pero cuando el petróleo sea realmente escaso, esa ecuación se romperá y el precio se disparará".
En estos momentos se extraen casi 1.000 barriles de petróleo por segundo. "Algunas petroleras dicen que queda para 40 años, pero no son la fuente más fiable. Las reservas reales de cada país son el secreto mejor guardado, pero hay indicadores que permiten realizar estimaciones razonablemente fiables, y no son tan optimistas", afirmó Marzo.
Pedro Gómez-Romero, investigador del Instituto de Ciencias de los Materiales de la Universidad Autónoma de Barcelona, acopió los estudios realizados al respecto: "la incertidumbre es tremenda, porque de estos cálculos dependen muchas decisiones de enorme trascendencia. En resumen, se estima que en 2003 se habían gastado 0,95 billones de barriles. Diferentes estimaciones calculan que hay entre 1,5 y tres billones de barriles aún por extraer. Estamos pues ya a la mitad o muy cerca".
Teniendo en cuenta que llevamos un siglo consumiendo petróleo alegremente, si todavía queda tanto o el doble del que hemos consumido, ¿dónde está el problema?
Pues sí, hay un problema y se llama curva de Hubbert.
M. King Hubbert (1903-1989) fue un geofísico estadounidense que trabajó para las petroleras. Hubbert conocía bien el subsuelo y sospechaba que aquella felicidad no sería eterna, de modo que se propuso calcular cuánto petróleo quedaba. Corría 1956 cuando dio a conocer su famosa predicción: el petróleo alcanzará su pico de máxima extracción en Estados Unidos en 1970, y a partir de ese momento, comenzará a agotarse a la misma velocidad y en la misma proporción en que crecieron las extracciones.
Sus previsiones dibujaban una curva en forma de campana según la cual al principio se extrae una cantidad pequeña que va aumentando progresivamente durante unos años y de repente experimenta una fuerte subida hasta alcanzar un punto máximo que coincide con la mitad; a partir de ahí, se produce una inflexión y las extracciones sufren un rápido descenso hasta agotarse.
No lo tomaron en serio. Pero las predicciones de Hubbert se cumplieron a rajatabla y si no se produjo una debacle fue gracias a las nuevas reservas halladas en el Golfo de México y a las importaciones masivas, que en estos momentos alcanzan el 55% del consumo estadounidense. La misma ecuación se cumple inexorablemente en todos los pozos. Hubbert dijo: "nuestra ignorancia no es tan grande como nuestra incapacidad para aprovechar lo que sabemos".
"Desde que la curva de adición de nuevas reservas empieza a estancarse y a declinar, hasta que se alcanza el punto de máxima extracción, pasan unos 40 años. Se han mejorado las tecnologías, pero eso apenas ha incidido sobre los tiempos", explicó Marzo.
En la primera parte de la curva de Hubbert, todo es fácil: el petróleo es de buena calidad, menos viscoso y más ligero, está a menor profundidad y se obtiene con poco esfuerzo. Pero en la segunda, a partir del punto de máxima extracción, cada vez fluye menos crudo, está más profundo y cuesta más extraerlo y refinarlo, porque es de peor calidad. Y el esfuerzo energético necesario para extraerlo es cada vez mayor.
Esto se ha visto claramente en el Mar del Norte, cuyas reservas se agotan rápidamente. Al comienzo de las extracciones se necesitaba invertir un barril de petróleo para obtener 100. Ahora con un barril sólo se obtienen ocho. Este caso es paradigmático: en 1983 había 14 campos de extracción abiertos y se obtenían 100.000 barriles diarios de cada uno. En 2003 había 157 campos, pero sólo se obtenían 10.000 barriles diarios de cada uno.
Cuando se alcance el punto de máxima producción mundial, la disponibilidad de crudo disminuirá a un ritmo que puede llegar al 3% anual. ¿Cuándo se alcanzará ese punto? Depende, según Gómez-Romero, de las reservas conocidas y de las que pudieran descubrirse. "El problema —dice— es que, pese a la fiebre perforadora, hace décadas que el número de yacimientos descubiertos está en drástico declive y los nuevos pozos ni siquiera cubren el aumento de la demanda".
Diferencia de 20 años
La mayoría de los geólogos independientes estiman que el punto crítico de existencia de petróleo se alcanzará al final de esta década. El servicio geológico de Estados Unidos y muchos economistas son más optimistas. Calculan que, con las mejoras tecnológicas de perforación y extracción, ese pico se producirá más tarde, a partir de 2030.
O sea, que entre los más optimistas y los más pesimistas sólo hay 20 años de diferencia. Muchos menos de los que son necesarios para poner a punto las alternativas que habrán de sustituir al petróleo, pero muchos más de lo que dura una legislatura, que es el horizonte temporal en el que se mueven los gobiernos.
El problema es que las estimaciones que hacen los países del Golfo sobre las reservas de las que disponen no tienen mucha credibilidad. "Lo que sí está claro es que hoy el petróleo es insustituible en el transporte. En la situación de escasez que se avecina, será inevitable reservarlo para el transporte y para la industria petroquímica que lo usa como materia prima. La electricidad tendrá que obtenerse de otras fuentes", insistió Cayetano López.
"Deben aumentar los impuestos sobre la energía para poder destinar más dinero a reparar el medio ambiente y a investigar fuentes alternativas. La única medida eficaz para avanzar en esta dirección es que el petróleo sea caro. En Estados Unidos aún cuesta entre un cuarto y un tercio de lo que se paga en Europa. Los estadounidenses han vivido en un mundo feliz. Pero eso se terminará".
Hasta ahora, los países que han diversificado sus fuentes energéticas han recurrido al gas natural y al carbón. Pero ambos combustibles tienen el mismo problema que el petróleo: emiten gases de efecto invernadero y las reservas, aunque mayores, también son limitadas. Al ritmo de consumo actual, habría reservas de petróleo para unos 40 años, de gas para unos 70 y de carbón para 200.
Las esperanzas a largo plazo están puestas en la fusión nuclear, pero mientras esta expectativa no se confirme y sea operativa, algo que no ocurriría antes de 2030, sólo hay dos tipos de energías que no producen emisiones perniciosas para la atmósfera, las renovables (eólica, solar, biomasa) y la nuclear.
Cambios radicales
La seguridad y los residuos siguen siendo un obstáculo para apostar a la energía nuclear.
El prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) encargó un estudio a un panel de profesores. El resultado fue The future of nuclear power, publicado en 2003, que se convirtió en un referente. Su conclusión es que la energía nuclear puede tener un papel importante en las próximas décadas, pero antes debe resolver dos importantes problemas: su seguridad y qué hacer con sus residuos.
Para que pueda tener un impacto en la reducción del efecto invernadero, la energía nuclear debería, como mínimo, mantener su actual cuota de producción de electricidad, que es del 17%. Ello obligaría a construir entre 1.000 y 1.500 nuevos reactores en todo el mundo. Es decir, que de aquí a 2050 habría que triplicar o incluso cuadruplicar las centrales.
"Es cierto que eso evitaría verter a la atmósfera entre 800 y 1.800 millones de toneladas anuales de carbono, pero eso tendría un impacto global relativamente pequeño sobre el cambio climático, pues si el resto de la energía se obtuviera de combustibles fósiles, apenas reduciría las emisiones un 10%", dijo Marcel Coderch, de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos.
Con los actuales parámetros, la energía nuclear tampoco sería competitiva. Para serlo, el informe del MIT recomienda reducir 25% los costos de construcción y 8% los de explotación, además de rebajar el tiempo de edificación a cuatro años, algo que no parece fácil. Las últimas plantas construidas en Estados Unidos necesitaron entre diez y 12 años.
Coderch está de acuerdo con el diagnóstico del MIT y no cree que puedan cumplirse las condiciones que el estudio considera necesarias. En especial, las relativas a la seguridad y a los residuos: "la mayoría de los problemas que plantea no se van a poder resolver".
"La mayoría ya están científicamente resueltos. Sólo hay que desarrollar las tecnologías", replica Javier Dies, director de la sección de Ingeniería Nuclear de la Universidad Politécnica de Cataluña.
Cayetano López, responsable del área energética del Ciemat, considera que la energía nuclear no se podrá rehabilitar si no se dan dos factores: "en primer lugar, un cambio de percepción social. Desde Chernobyl, nuclear es sinónimo de peligro. La población está dispuesta a aceptar incluso ciertas limitaciones en el uso de la energía, antes que apoyar el desarrollo de nucleares".
"Tendrían que introducirse cambios en el diseño de las centrales, para garantizar que no se producirá otro Chernobyl, y en el manejo de los residuos, por la vía de producir menos cantidad o por la vía de transmutarlos", agrega. Sobre ambos problemas existen ideas de cómo resolverlos, pero para convertir esas ideas en soluciones técnicas se precisan programas experimentales, y el prejuicio negativo que existe hacia lo nuclear es un obstáculo para la investigación".
El factor humano
La seguridad sigue siendo, entonces, el principal problema. El accidente de Three Mile Island puso el tema en cuestión y el de Chernobyl lo confirmó. En ambos casos se fundió el núcleo de la central atómica, pero en el primero no hubo emisión de radiación y en el segundo sí. Nadie discute que el accidente de Ucrania tuvo efectos tan devastadores porque a una tecnología deficiente se sumó lo que Cayetano López describe como "una actuación desastrosa de un grupo de personas como elemento desencadenante".
Pero el factor humano existe.
El informe del MIT sostiene que si se aceptara ampliar sustancialmente el parque mundial de centrales nucleares habría que mantener al menos la tasa de riesgo actual, que se estima en menos de un accidente grave (con emisiones radioactivas) cada 50 años. Eso obligaría a dividir por diez la tasa actual de fallos puesto que al aumentar el número de reactores, también aumentaría la probabilidad de que uno fallara.
"La investigación se dirige ahora no a que las nucleares sean más seguras, que ya lo son, sino a que los mecanismos que las hacen seguras estén incrustados en la ingeniería de la propia planta, de manera que su aplicación no dependa del factor humano o de mecanismos electrónicos", explicó Enrique González, de Ciemat.
"Supongamos que se produce un recalentamiento de una zona. Ahora tenemos sistemas de alarma y mecanismos electrónicos que bombean el agua en un proceso que a veces requiere la intervención de operarios. En la seguridad pasiva, el diseño de la planta incluye mecanismos para que se active un dispositivo físico de modo que el agua cae por el mero efecto de la gravedad. Se trata de eliminar dependencias e incertidumbres".
Pero mucho más difícil será resolver el problema de los residuos. "Ningún país lo ha hecho satisfactoriamente", dice el informe del MIT. De momento, la solución más plausible es construir almacenes geológicos profundos, como el que Estados Unidos proyecta en el desierto de Nevada. El rechazo a estas instalaciones obedece a que su potencial contaminante se prolongará durante decenas de miles de años. A ese temor, Carlos de Villota responde con una pregunta: "¿preocupa que unos residuos sean activos durante mil años y no que se derrita el Ártico dentro de 30?".
Entre las soluciones posibles hay una en la que los ingenieros nucleares tienen puestas sus esperanzas: la transmutación. Antes de hacerse cargo de la sección de fisión del Ciemat, Enrique González dirigió la de transmutación, una palabra llamada a tener un gran protagonismo. "Puede cambiar radicalmente la consideración de los residuos nucleares", explica. Los residuos ya no serían esa pesada carga que una generación egoísta y derrochadora transmite por miles de años a sus descendientes, sino una preciada reserva de combustible que legar a las generaciones futuras.
Existen proyectos de nuevos tipos de reactores nucleares que podrían usar como energía los residuos nucleares que han dejado las plantas actuales.
Sin embargo, el informe del MIT considera que estos prototipos no están suficientemente probados y aconseja dejar un tiempo para que puedan demostrar su seguridad.
Además, los problemas de seguridad no se circunscriben sólo al interior del perímetro de hormigón. Las nucleares han sido siempre vulnerables como posible objetivo militar, pero ahora hay terroristas suicidas y organizaciones como Al Qaeda. Y eso cambia radicalmente la situación. Cerca de París se ha construido un reactor para fines de investigación cuyos muros de hormigón ya no tienen un metro de grosor sino dos.
Francia ha vivido recientemente un escándalo por la filtración de un documento secreto en el que se indicaba que el European Presured Reactor sería vulnerable frente a un ataque suicida con un avión comercial, como los del 11 de Setiembre.
La seguridad es la mayor preocupación de Mohamed el Baradei, principal del Organismo Internacional para la Energía Atómica. Producir una bomba atómica convencional requiere un nivel científico y tecnológico al que pocos países tienen acceso, pero no ocurre lo mismo con las llamadas bombas sucias. En este caso, basta con obtener una pequeña cantidad de plutonio o de residuos, y puesto que mantienen el 85% de la radiactividad original, hacerlos estallar junto a una bomba convencional. No sería una bomba nuclear, pero haría muchísimo daño.
Si se construyen más centrales nucleares, hay más posibilidades de que los terroristas consigan desechos atómicos. Por eso, el informe del MIT recomienda restringir "las instalaciones de enriquecimiento y procesamiento" a unos pocos países. Pretenden que los países pobres puedan tener centrales nucleares, pero no el control de su combustible ni de sus residuos.
La economía del hidrógeno
Hoy el hidrógeno es la única alternativa al petróleo en el transporte. Pero tiene un problema: no está libre en la naturaleza. "No es una fuente de energía. Está en el agua, pero atrapado en el oxígeno con enlaces muy fuertes de modo que para liberarlo se necesita mucha energía, más de la que luego proporcionará como combustible de vehículos", explicó el investigador español Pedro Gómez-Romero.
A efectos de ahorro energético, no ganamos nada. Tampoco ganamos nada a efectos de cambio climático si para producir hidrógeno tenemos que usar energías que contaminan. Pero si el hidrógeno se puede obtener con energías limpias, la cosa cambia.
Ésa es ahora la nueva apuesta de la energía nuclear. De madrugada, las nucleares podrían producir hidrógeno o vapor de agua. Ya se han construido dos reactores experimentales, en Japón y en China, que producen vapor de agua.
El movimiento ecologista rechaza que para producir hidrógeno se utilicen combustibles fósiles o energía nuclear y proponen usar energías renovables. Estados Unidos ha apostado fuerte al hidrógeno. La Unión Europea también, pero a diferencia de Estados Unidos, que pretende obtenerlo con energía nuclear o combustibles fósiles, intentará producirlo sólo con energías renovables.
Con frecuencia se ha planteado el debate energético en términos antagónicos: o renovables o nucleares. Los detractores de la energía nuclear argumentan que los enormes intereses de la energía atómica han impedido el desarrollo de las energías alternativas. Ahora temen que, en la nueva disyuntiva, se opte de nuevo por el camino más fácil de lo nuclear, y ello se haga en detrimento de las energías renovables.
Sin embargo, la crisis que se avecina es de tal magnitud que todos los expertos consultados coinciden en que estamos ante un nuevo paradigma. ¿Qué ha cambiado exactamente? "El tiempo que nos queda", afirmó el investigador Gómez-Romero. "Ahora tenemos 30 años menos para tomar decisiones".
Nadie apuesta abiertamente por lo nuclear. Pero nadie descarta que pueda ser necesario como energía de transición. "Alguien tiene que hacer las cuentas y decirle a la opinión pública qué alternativas tiene realmente. Hay que abrir un debate transparente y en profundidad", sostuvo José Ignacio Pérez Arriaga, autor del Libro Blanco sobre la Energía.
El Consejo Mundial de la Energía de la ONU estima que el 30% de la energía se malgasta. Algunos gobiernos han comenzado a tomar medidas.
La segunda prioridad es potenciar las energías renovables. La Unión Europea se ha propuesto que alcancen el 12% de la energía primaria en 2010, pero para eso será preciso invertir mucho en desarrollos eficientes. Entre 1972 y 2002, los países de la OCDE sólo le dedicaron a las energías alternativas el 8% de las inversiones, mientras que la nuclear se llevó el 57%.
"Las renovables tienen que poder cubrir al menos una parte importante del incremento de la demanda", explicó Cayetano López, catedrático de física teórica de la Universidad Autónoma de Madrid. "Es una apuesta que hay que hacer. El problema de las energías renovables es la intermitencia. Una nuclear llega a funcionar más de 8.000 horas anuales, un parque eólico a pleno rendimiento no llega, en promedio, a las 2.500 y una planta solar fotovoltaica no alcanza las 3.000 en un año con mucho sol".
La energía solar goza de mucha simpatía, pero todavía contribuye poco a resolver el problema energético. Es útil para obtener agua caliente, pero aún no aporta cantidades importantes de electricidad y consume mucho espacio.
Está claro que las energías renovables son el futuro, pero ¿serán suficientes para satisfacer los incrementos de la demanda? "Con su actual nivel de penetración y el ritmo de crecimiento del consumo, desde luego que no", dijo Pérez Arriaga.
"El hecho de que las energías renovables no estén en condiciones de responder ahora a las necesidades energéticas no debe significar de ningún modo que se olviden", afirmó Gómez-Romero. "Efectivamente es más fácil apostar por las nucleares, pero sería un error no seguir invirtiendo en mejorar las renovables. Hay un peligro: que la urgencia nos haga tomar caminos equivocados. Que hipertrofiemos la tecnología que ya tenemos, la nuclear, y olvidemos las posibles alternativas. Yo no cerraría las nucleares, porque las vamos a necesitar. Incluso es posible que tengamos que construir alguna más. El problema se va a hacer tan urgente, a base de inoperancia y dejadez por parte de quienes han de decidir, que al final no habrá otro recurso que lo nuclear. Pero lo nuclear no puede ser la solución del futuro. En todo caso, sería una energía de transición".
Marcel Coderch sostuvo que "el problema, tal como está planteado, no tiene solución. Hay que cambiar el planteo. La única solución es evitar que la demanda crezca tanto, renunciar a un modelo económico que exige un consumo tan intensivo de energía y reducir las expectativas de crecimiento económico al que puedan proporcionar las fuentes renovables, invirtiendo al máximo en su desarrollo para que puedan ir sustituyendo a los combustibles fósiles".
"En las sociedades pobres, pequeños aumentos en el consumo de energía suponen importantes saltos en el desarrollo económico y social —corroboró Gómez-Romero— pero a partir de determinado nivel de riqueza, consumir más energía ya no aporta mejoras sustanciales en el desarrollo humano, sino sólo un mayor confort, a veces completamente superfluo".
Un estudio de la ONU correlaciona el consumo de electricidad con el nivel de desarrollo humano. Canadá y Estados Unidos gastan el doble de electricidad que Australia o Japón y el triple que Holanda o Reino Unido. ¿Podría decirse que viven el doble o el triple de bien? No. A partir de cierto nivel, las diferencias ya no indican desarrollo, sino despilfarro.
Un chino gasta 1,9 barriles de petróleo al año, un europeo 12 y un estadounidense 25. Pero en este mundo capaz de organizar vuelos de turismo espacial, todavía hay 1.600 millones de personas que no tienen acceso a la electricidad. Es evidente que los países ricos pueden ahorrar mucha energía sin arriesgar su bienestar. Pero en la base de la pirámide hay muchos países pobres que quieren dejar de serlo, y países emergentes como China, India, Brasil, Ucrania o México que suman la mayor parte de la población del planeta y que pugnan por escalar posiciones en la coordenada del desarrollo. Tienen fuertes expectativas de crecimiento, pero para ello necesitan mucha energía.
Estados Unidos apuesta claramente por la energía nuclear. Europa se muestra dubitativa. Países como Alemania, Suecia, Bélgica, Italia o Dinamarca aprobaron moratorias nucleares y el cierre de sus plantas, pero las encuestas muestran cambios en la opinión pública.