Octavio Martí, El País de Madrid
El fantasma de la revuelta de los inmigrantes recorre Europa. La opinión pública se interroga ante esta llamarada de protesta que sorprendió a Francia.
Ahora se buscan las razones o las excusas de la revuelta. Un Estado moderno, rico, democrático y avanzado se tambalea. ¿Qué o quién provoca la crisis? Pues unas bandas de adolescentes no organizadas, sin jefe ni programa, sin bandera ni proyecto, que coinciden en dos cosas: una voluntad de destrucción de todo lo que pueda representar el Estado y sus servicios públicos —pero no exclusivamente—, y la satanización del ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.
Tras quemar más de 7.000 coches en apenas 15 días, destruir un centenar largo de edificios públicos, desvalijar y prender fuego a centenas de comercios, tras poner en evidencia a un Estado impotente, conviene preguntarse qué hay de específico en la crisis francesa y qué puede repetirse en otros países.
1) Un populista y un sistema enfermo
Un primer elemento a tener en cuenta es el carácter de bombero-pirómano del populismo de Nicolas Sarkozy, el ministro del Interior de Francia. Él no es el único populista de Europa, ni mucho menos, pero su gesticulación amenazante, sus palabras despectivas, su comportamiento de jefecillo de gang —un ministro no debería decir que va a "limpiar los suburbios a manguerazos", ni tratar de "gentuza" a quienes le abuchean e incluso le apedrean—, ha rebajado la imagen del Estado a la de un clan de privilegiados que arremete contra clanes de desharrapados.
No hay tampoco otros países en los que el presidente se haya hecho elegir y reelegir —en 1995 y 2002— en nombre de combates políticos que, una vez obtenida la victoria electoral, abandonó de inmediato. En 1995, Jacques Chirac era el paladín de la lucha contra la "fractura social", y en 2002 eliminó a Lionel Jospin de la segunda vuelta del escrutinio al acusar al socialista de incapaz de hacer frente a los problemas de "inseguridad ciudadana".
Pese a ello, en diez meses de 2005, las llamas se llevaron 30.000 vehículos de los suburbios franceses, símbolo de una fractura social que ya no es una grieta, sino una sima, y de una violencia urbana que testimonia la desaparición del Estado en ciertos territorios de la República.
En Los Ángeles, Londres, Detroit, Boston, Washington, Rotterdam o Chicago saben de barrios abandonados al control de las bandas, pero eso se asume como imponderables de una política que abandona el gasto social.
2) El fracaso del Estado omnipotente
En Francia, debido a una tradición que se remonta a Luis XIV y que consolidan la Revolución Francesa, Napoleón y De Gaulle, el Estado tiene una importancia casi soviética, protector e impulsor. Cuando falla o se desatiende, el motor no funciona.
Además, a lo largo de los años, de cohabitaciones sucesivas y de incapacidad de reformarse, ese Estado está en manos de una clase política escasamente representativa. Chirac, en la primera vuelta de 1995 y 2002, no fue votado ni siquiera por el 20% de los votantes. Partidos o movimientos cuyo peso electoral está por encima del 5% —la extrema derecha, pero también el trotskismo— carecen de representación parlamentaria. La credibilidad del sistema político es, pues, muy escasa, y la inconstancia chiraquiana la acrecienta.
La Francia moderna, nacida de 1789, es un país que cree en valores universalistas, que propone asimilar, integrar o insertar —cada verbo corresponde a una época— a los inmigrantes que llegan a su territorio. Todo se hace en nombre de la igualdad, igualdad de oportunidades y derechos. El comunitarismo y el multiculturalismo tienen mala prensa en un Estado que, en teoría, no toma en consideración ni la religión ni el origen ni la raza de sus ciudadanos. Todos son franceses. Pero un francés es también alguien que tiene grandes dificultades para comprender que lo que dicen las leyes, lo que se escribe en los periódicos o tratados, no siempre corresponde con la realidad. Y en las banlieues (los suburbios), teoría y práctica andan divorciadas. No se respeta la igualdad. Como escribió Jacques Julliard en Le Nouvel Observateur, "el comunitarismo anglosajón es inadaptado, pero la integración francesa es inaplicada".
3) La falta de horizontes personales
Es grave, sobre todo porque Francia es el país de Europa que tiene un mayor número de extranjeros en su territorio y el que más ha recibido en los últimos 20 años.
Claude Imbert, en la revista Le Point, denunció "una inmigración tan extranjera a nuestras creencias, costumbres y leyes que ya de entrada hacía difícil el lento trabajo de biología social que requiere una integración feliz". Imbert recurrió a la metáfora médica, a la asimilación de un cuerpo extraño para referirse a esos grupos de muchachos de color —un porcentaje muy alto de los pirómanos de estos días son negros— que, según la escritora negra Calixte Beyala, tienen como únicas banderas "la denuncia del esclavismo y el racismo de los blancos".
En ese sentido los jóvenes bárbaros de Imbert y Beyala son idénticos a los que pululan por las barriadas estadounidenses, tan idénticos que se autodenominan blacks. Y en su caso el islam, las convicciones religiosas, no son determinantes, aunque forman parte del panorama.
La Unión de las Organizaciones Islámicas de Francia lanzó una fatwa (pronunciamiento religioso) recordando que "a Allah no le gustan los que siembran el desorden", pero eso no impidió que los coches siguieran ardiendo. El papel de "policía colonial" que Sarkozy pretendía delegar en las organizaciones islámicas francesas no fue asumido por los supuestos creyentes.
El caso francés es un espejo en el que mirarse en tanto que las consecuencias de la desindustrialización son parejas en muchos países de Europa y porque en muchos de ellos afectan de manera especialmente intensa a los inmigrados. Los jóvenes y adolescentes galos —hijos de inmigrantes o no— tienen la misma falta de horizonte y utopías, un mundo en el que el único valor es un triunfo individual que se mide en presencia televisiva y dinero. Zidane es su Dios, la palabra del futbolista tiene una credibilidad de la que carece el más honrado e irreprochable de los políticos.
Los jóvenes queman coches para salir en televisión, y salen en televisión porque queman coches. Ese círculo, más estúpido que vicioso, lo rompieron las autoridades galas y los medios de comunicación el día en que han dejado de contribuir a la competencia de la quema de vehículos: se acabó dar cifras, participar en la información sobre nuevos records de autos abrasados, de población más destructora. Una lección a retener.
También hay que retener que los millones que gana Zidane u otros triunfadores pueden transformarse en un bumerán, tal y como sucede con las indemnizaciones millonarias que acompañan el despido de ejecutivos cuyo mayor mérito, a menudo, ha consistido en poner en la calle a miles de trabajadores para satisfacción de los accionistas. El caso del presidente de Carrefour y sus 34 millones de euros de "subsidio de paro" no contribuye precisamente a la paz social.
4) Liberté, ¿égalité? y fraternité
Francia paga también la transferencia del esfuerzo inversor del Estado: lo que antes se dedicaba a lo social, ahora se invierte en lo penal y policial.
Cada día hay más gente en la cárcel, y más policías. Sarkozy promete expulsar a 120 extranjeros cuando menos de diez fueron ya considerados culpables por la Justicia.
Estados Unidos es, en ese sentido, el modelo, sólo que ellos, además de en cárceles, gastan sobre todo en ejército, no en vano se han autoarrogado el papel de centro del imperio.
La creación de guetos es un fenómeno también común a muchos países desarrollados. En su momento, los franceses creyeron poder combatirlo a base de renovación urbanística e inversión en educación. En vano. Cuando un barrio pasa a acumular todos los inconvenientes —desempleo, delincuencia, desestructuración familiar, bajo nivel cultural, miseria moral, etcétera— acaba por homogeneizarse, por expulsar a quienes no tienen la misma religión, los mismos códigos de conducta y el mismo color de piel.
"Hoy los jóvenes de 14-15 años que viven en esos barrios son incapaces de escuchar a un blanco", señaló Calixte Beyala. La solución no pasa por el famoso multiculturalismo. "Hoy lo único a compartir es la incultura", dijo el politólogo Alain-Gérard Slama.
La escuela, a pesar de los millones volcados en ella, es impotente ante familias y guetos que no hablan en francés, ante familias polígamas de cuatro esposas y 30 niños que duermen por turnos y crecen en la calle, abandonados a su no futuro. En definitiva, hoy, de la famosa divisa de la República Francesa —liberté, égalité, fraternité—, el segundo término, la "igualdad", se aplica poco y mal.
APARTAMENTOS SUPERPOBLADOS
La culpa es de la poligamia
Elaine Sciolino, The New York Times
En la búsqueda de explicaciones para los recientes disturbios en Francia, algunos políticos e intelectuales señalan una novedosa: la poligamia.
En una entrevista con radio RTL, Bernard Accoyer, líder parlamentario del partido del presidente Jacques Chirac, Unión por un Movimiento Popular (UMP), dijo que la poligamia "de seguro es una de las causas, aunque no la única". Y responsabilizó al gobierno socialista del ex primer ministro Lionel Jospin por haber sido "flexible en una forma extraña" al aplicar la ley que prohíbe la poligamia.
Pierre Cardo, diputado del partido de Chirac en el Parlamento, dijo que los delincuentes juveniles más difíciles provienen "con frecuencia de familias poligámicas".
Gerard Larcher, ministro de Trabajo, dijo que las grandes familias polígamas en ocasiones generan "una conducta antisocial" entre los jóvenes que carecen de una figura paterna.
Helene Carrere d’Encausse, historiadora y secretaria permanente de la Academia Francesa, fue más concreta: "todo el mundo está sorprendido; ¿por qué los hijos africanos andan en las calles y no están en la escuela? ¿Por qué sus padres no pueden comprar un departamento? La razón es clara. Muchos de estos africanos son polígamos. En un departamento, hay tres o cuatro esposas y 25 hijos".
"Tiene más problemas el hijo de un inmigrante de África negra o del norte de África que el de un sueco, danés o húngaro", dijo el ministro del interior Nicolás Sarkozy, hijo de padre húngaro. "Porque la cultura, la poligamia, los orígenes sociales, contribuyen a que pase más penurias".
Estas declaraciones han desencadenado protestas y acusaciones de racismo. MRAP, un grupo contra la discriminación, acusó a los líderes políticos de derecha de "desempeñar un papel extremadamente peligroso al alimentar a nuestro país con el racismo que causa el daño que conocemos. Estas acusaciones avergüenzan al país, y no son aceptables en los representantes responsables de la República".
En la extrema derecha, el presidente del Frente Nacional Jean-Marie Le Pen, erigido en paladín contra la inmigración del Tercer Mundo, acusó al gobierno de hacer como si la poligamia le preocupase.
Grupos de derechos de las mujeres estiman que las familias poligámicas pueden ser unas 30.000. Provienen en su mayor parte de Malí, Senegal y Gambia. La costumbre se da en menor medida entre la mayor y más antigua población inmigrante árabe del norte de África.
"No se puede establecer un vínculo tan estrecho entre poligamia y violencia urbana", dijo Jean Francois Cope, vocero de Chirac. "La crisis en los vecindarios desfavorecidos tiene múltiples causas. La poligamia es antes que nada un problema de las familias que están en viviendas con poco lugar".
INTRUSO EN MI PAÍS
Ya lo dijo el rap
Patricia Ortega Dolz, El País de Madrid
"Si el ministro del Interior de Francia Nicolas Sarkozy hubiera escuchado rap seguramente lo que sucedió en Francia no habría pasado. Estaba todo escrito ahí". Fue la escueta opinión de Sako, conocido rapero de Francia líder del grupo Les Chiens de Paille (Los Perros de Paja).
Dos jóvenes franceses muertos electrocutados al huir de la policía en el barrio de Cliché sous Bois, más de 7.000 coches quemados en el último mes (y 30.000 en los diez meses anteriores), colegios y edificios públicos ardiendo, un ejército de policía en el cordón suburbial de París, miles de barrios en llamas.
Una violencia que plantea la pregunta más repetida estos días: ¿Qué está pasando en Francia y por qué? Y casi todas las respuestas están escritas en forma de rap: "¿Cuánto tiempo más va a durar esto? Hace ya muchos años que todo hubiera debido explotar. / La guerra de los mundos la habéis querido, aquí la tenéis. / ¿Qué esperamos para incendiarlo todo? / ¿Dónde están nuestros modelos? De toda una juventud quemasteis las alas / sin sueños, se agota la savia de la esperanza". Fue el rap que escribió el francés Joey Starr en 1995. Y dos años después otro, La Rumeur, cantaba: "Desarraigado, un carné de conducir hacia las fronteras, aquí un DNI francés caducado / mi gran nariz, el pelo crespo y seco anulan su validez. / Un estatuto de paria aquí, de intruso en mi país, / una cultura disuelta y corrupta del todo".
Los ejemplos se cuentan por cientos. Son las letras que hace años anunciaban el presente. Son los problemas de muchos jóvenes que se sienten olvidados, frustrados, abandonados por un sistema que no da soluciones. Su forma de decirlo: el rap. Importado desde los barrios de Brooklyn y Harlem, en Nueva York, en los años 80, se convirtió en una forma libre de expresión verbal rimada de los barrios deprimidos. Una manera de hacerse oír. Años y años escribiendo canciones de denuncia en los bancos de parques y en las canchas de básquetbol. Canciones que hoy se han convertido en profecía. Años y años graffiteando muros y trenes para hacerse ver. Hoy, los aerosoles de colores han sido sustituidos por cócteles molotov que incendian barrios enteros, y el soporte publicitario ya no es un muro, sino la propia televisión estatal. "Es triste", comentó Sako. "No es el camino, pero la desesperación del ser humano a veces acaba en violencia".