CARINA NOVARESE | EL PAIS EN HAITI
El 95% de la población de Haití es negra, descendiente de los africanos que desde el siglo XVII fueron "importados" por los colonialistas españoles y franceses para trabajar en las plantaciones de una isla paradisíaca, rodeada de mar cálido, con panoramas asombrosos y, por aquellos años, gran futuro.
Un siglo después de este comienzo, los negros decidieron tejerse su propio destino y así medio millón de esclavos se levantó en armas bajo la conducción de su líder, Toussaint. Luego de varios años de lucha, Haití fue la primera república negra en independizarse, en enero de 1804.
Los auspicios de un futuro grandioso terminaron poco después. Entre lo poco que queda de aquellas épocas está el recuerdo admirado de Toussaint, que posa orgulloso en una estatua frente al Palacio Presidencial, en Puerto Príncipe. Desde esa plaza se escuchan los disparos provenientes de Bel Air, uno de los barrios más populosos y peligrosos de la capital, plagado de pandillas rivales y con muertes diarias.
En Haití casi todo anda muy mal: todos los días mueren 29 niños por desnutrición, sumando por año 38.000, un tercio de los cuales fallecen como consecuencia de la mala alimentación y las enfermedades relacionadas a esa condición. La expectativa de vida apenas supera los 50 años. La deforestación dejó desnudos los suelos que ahora no sirven para plantar y se desmoronan en las épocas de lluvia. La sanidad es casi inexistente y hay muchos casos de paludismo, dengue, fiebre tifoidea, malaria, rabia, sarna y tuberculosis, entre otras.
En este país, devastado por la corrupción, los constantes enfrentamientos políticos y el nuevo mapa de pandillas guiadas por el narcotráfico internacional, viven 772 uruguayos. Comenzaron a llegar en junio de 2004, poco después del último de los levantamientos populares que terminó derrocando a Jean Bertrand Aristide, un presidente que había sido electo en el año 2000 por el 3% del electorado.
Los uruguayos, junto a otros 6.000 efectivos de paz de 16 nacionalidades, llegaron a Haití, de nuevo y por enésima vez, para paliar la necesidad de todo: orden, apoyo, democracia, libertad, derechos humanos y tantos otros ideales. Antes, otras misiones de las Naciones Unidas que ha intervenido en el país desde 1993 intentaron lo mismo con nulo o escaso éxito. Muchos de los soldados uruguayos que vivieron nueve meses en el Congo creen que "a esto no lo soluciona nadie". Pero igual se arriesgan. Por necesidad.
MAMA. Soledad Rodríguez, de 37 años, es una de las uruguayas que decidió vivir en Haití durante casi un año. La aventura y la intención de ayudar a un pueblo sumido en la pobreza, fueron razones que pasaron por su cabeza durante los meses y meses que le llevó tomar la decisión de viajar. Pero fueron los casi 20.000 dólares que recibirá de la ONU por su calidad de oficial del Ejército esta odontóloga del cuartel de Tacuarembó los que la convencieron de dejar a su hija Florencia, de cuatro años, en Uruguay.
Separada y con grandes problemas económicos, Soledad resistió lo que pudo. Cuando la vivienda se quemó, cerró los ojos y se apuntó en la misión. A su llegada a Haití, pasó un mes con el resto de la tropa uruguaya en un campamento de tránsito. Con temperaturas que superaban los 40 grados y bajo un techo de chapa, los soldados y oficiales uruguayos esperaron alimentándose con raciones de combate a que la ONU terminara de ordenar su desplazamiento hacia la zona compuesta por tres departamentos que desde entonces cubre el Batallón Conjunto Uruguay I.
En esos días hacía lo que podía para hablar con su hija. Al principio compraba las tarjetas internacionales que, a veces si y otras no, la dejaban conectarse con Uruguay e intentaba hablar con Florencia. La nena lloraba durante los 10 minutos, hasta que se terminaba la tarjeta. Luego lloraba Soledad.
Como ella, otras 18 mujeres, profesionales, oficiales y soldados rasos, formaron parte de la primera de las bases que desplegaron los uruguayos en Haití, la de Les Cayes. Algunas viajaron impulsadas por el sueño de recorrer mundo y vivir aventuras. Otras con la voluntad de ayudar a un pueblo en problemas. La mayoría, la gran mayoría sin diferencia de sexos, por el dinero que nunca podrían ahorrar con sus sueldos uruguayos. Diez mil dólares en el caso del personal subalterno y veinte para los oficiales, más el beneficio de un sueldo y medio de los de Uruguay por cada mes que pasaron fuera de casa.
Con el tiempo Florencia y su mamá se adaptaron a sus nuevas vidas. Hoy se encontraron en Montevideo. En su última conversación la nena le dijo que tenía "pinturas" y que se iba a ir bien linda para recibirla. Soledad dice que no irá a más misiones.
EL CAOS. En Haití, mucha gente no se entera de ninguno de los aterradores datos que caracterizan a su país. No leen, no escriben y no existen para nadie. Parte de la población no tiene electricidad, muchos tienen luz sólo de noche y el 80% del aprovisionamiento de agua es contaminado.
Los efectos de esta realidad pavorosa se ven a cada paso: calles caóticas en las que no existe semáforo y la ley que prima es la del bocinazo, mercados callejeros cubiertos de suciedad, en los que se puede comprar desde una remera a un pedazo de hielo lleno de tierra pasando por varios tipos de carnes sin refrigerar, cantegriles inmensos que llenan las ciudades y se extienden en las casuchas desmoronadas del interior .
Los efectos del caos se ven sobre todo en los niños, quienes a pesar de todo mantienen sonrisas enormes, y uniformes coloridos de colegios a los que no todos pueden asistir.
En un país donde uno de los eslóganes más recordados de Aristide fue el de "pasar de la extrema pobreza a la pobreza con dignidad", coexisten Fuerzas Armadas que ya no deberían, porque fueron disueltas hace 10 años pero a las que nunca se les sacó las armas, los chimeres (bandas violentas creadas por Aristide para combatir a sus rivales), pandillas de criminales comunes y la amplia gama de corruptos del gobierno.
GONAIVE. La necesidad de los haitianos, esta vez aún más extrema, fue la que impulsó a 190 efectivos uruguayos a intervenir voluntariamente en lo que según ellos mismos piensan puede haber sido una de las principales operaciones humanitarias emprendidas por Uruguay en la historia.
En setiembre, el huracán Jane azotó a buena parte de la isla. La peor parte se la llevó la tercera ciudad del país, Gonaive. En pocas horas el lugar se convirtió en un inmenso charco de agua y barro, en el que flotaban más de 3.000 cadáveres.
El batallón argentino destinado en ese lugar quedó pronto bajo agua. Uruguay ofreció su ayuda y así comenzó un viaje de 350 kilómetros que duró dos días a paso de hombre debido al estado de las carreteras, muchas inundadas. Comandados por el mayor Darío Lombardo, la misión de los militares uruguayos era brindar seguridad a las organizaciones de ayuda humanitaria que comenzaban a repartir alimentos a la población desesperada. Pero hicieron mucho más.
Varios meses más tarde y a punto de retornar a casa, Lombardo no disimula su orgullo cuando recuerda imágenes de horror y heroísmo. En 15 días los soldados uruguayos repartieron toneladas de comida, alimentaron al menos a 30.000 personas y contuvieron a las masas que buscaban entrar a los depósitos de comida para saquearlos. Muchos de ellos llegaron al límite.
Además, la médica Laura Silveira que había ido para atender a los uruguayos en caso de cualquier problema comenzó a encargarse de las heridas y partos que abundaron en un improvisado hospital que se montó en un colegio. Junto con tres enfermeros de combate atendió en esos días 56 partos. Lombardo todavía recuerda su desolación, cuando dos bebés murieron, tal vez por falta de los recursos necesarios para atenderlos. Silveira tiene tres hijos.
EL HAMBRE. En Haití, dicen los uruguayos, casi nadie se muere de hambre pero muchos desean comida diferente a la que siempre acceden. Las cercas que rodean a la base uruguaya en Les Cayes, están repletas de niños y jóvenes que montan guardia durante horas para conseguir algún sobrante del día. Los soldados, por orden de la ONU, tienen prohibido repartir comida entre ellos. Pero casi ninguno respeta esta regla.
En las calles destrozadas, el panorama se repite indefinidamente: mulas cargadas de gente y mercaderías, casas destruidas, ropa colgada sobre los matorrales, mujeres acostadas en los porches con sus bebés asomando por detrás con enormes ojos asombrados, mucho calor y más polvo.
Buena parte de la población, explican los uruguayos, es honesta y trabajadora. En los últimos años, sin embargo, se "acostumbraron" a las constantes misiones de paz de la ONU y de varias organizaciones. Ahora, siguen exigiendo ayuda.
No me saque la foto, déme de comer, era el argumento repetido varias veces a lo largo de los caminos. O, "usted está acá para ayudarme, cómpreme algo", en el caso de la horda de artesanos y vendedores callejeros que a cada paso asedian a los extranjeros.
Casi nadie puede calcular los miles de millones de dólares que desde hace años incontables organizaciones humanitarias vuelcan en Haití. El World Food Program gastó 20 millones de dólares en 2004 y acaba de comenzar otro programa que insumirá 40 más.
PAZ. Hace tiempo que esta industria de la paz dejó de ser exclusiva del Ejército y se convirtió en fuente de ingresos del país entero, alegan los militares. Incluso dicen que alguna vez ocupó el segundo lugar como fuente de ingresos de Uruguay. ONU debe cerca de 28 millones de dólares al Ejército. A pesar de las protestas por sueldos atrasados aunque no es el caso de la misión de Haití, los militares siguen apuntándose en las listas de misiones. Ahora se evalúa la posibilidad de traer más personas a Haití, a pedido de la ONU.
LA VUELTA. El regreso a Uruguay, aunque para la mayoría cargado de emotividad y alegría, también tiene su cuota de sabor amargo. Muchos uruguayos llegaron a Haití pensando que, además de dinero, podrían colaborar con la población. Esto se produjo en contadas ocasiones, aunque todos reconocen que las acciones que desarrollaron en vigilancia y apoyo para que finalmente haya elecciones tal vez den sus frutos. Las normas de la ONU son estrictas y el cuidado de comandantes y jefes aún más.
A pesar de todo, no hay norma que pueda contra los uruguayos, que pronto comenzaron a contactarse con los locales y hasta terminaron hablando su complicada lengua de mescolanzas, el creole. En cada base del Batallón Uruguay había "mascotas", niños que visitan el lugar y se convierten en expertos en cultura popular uruguaya, con dichos tan orientales como "dale que va" o "vamo arriba".
La clave de la simpatía que suscitan es explicado por los propios uruguayos debido al respeto. En las calles de Les Cayes es común ver a los soldados saludando con un apretón de mano a los lugareños, refiriéndose a ellos como "maman" o "papan" (algo así como señor o señora) y respetando sus costumbres.
Buena parte de los militares que estaban en Haití desde el comienzo fueron revelados por otros pares que recién inician sus nueve meses de misión. En estos días abundarán los bajones de presión por el calor agobiante, las afecciones cutáneas generadas por el pesado equipamiento que cargan los soldados que realizan patrullas, y los problemas de convivencia que se generan en alojamientos donde duermen muchos militares juntos durante tanto tiempo. Luego, dicen los "expertos" que ya volvieron a Uruguay, será la hora de "la plancha", el término que utilizan para definir la mezcla de bajón y tristeza que los afecta durante un tiempo, tras la novedad inicial.
JUSTICIA POR MANO PROPIA Y AJENA
En Haití, donde la ley existe pero pocos la aplican, siguen apareciendo casos de una costumbre antigua pero muy viva. Sobre todo en el interior del país, donde están ubicados los cascos azules uruguayos, aún se acude a la justicia por mano propia, generalmente a través de linchamientos a quienes cometen delitos que van desde el robo hasta las violaciones.
Los uruguayos han tenido que intervenir al menos tres veces para impedir estos hechos de violencia. El último caso se produjo en Jeremi, donde se encuentra la segunda base uruguaya en ser desplegada. Allí un grupo de habitantes furiosos estuvieron a punto de linchar a un policía, luego que éste cometiera un acto de abuso de poder y le terminara quebrando las dos piernas a un detenido. Los cascos azules fueron alertados del problema y llegaron hasta la casa del hombre, fuera de la cual la multitud intentaba entrar para sacarlo a la fuerza. Al final lograron evacuarlo, bajo una lluvia de piedras y manotones, para luego entregarlo a la Justicia. Una justicia que, reconocen, en Haití casi no funciona.
En Puerto Príncipe, aunque los linchamientos no abundan, la justicia por mano propia también es moneda corriente. La Policía Nacional Haitiana tiene 1.500 hombres para cubrir una ciudad de más de dos millones de personas. El miércoles, el general brasileño Heleno Pereira, jefe de la misión Minustah de la ONU en Haití, dijo que los problemas a los que hacen frente los casi 7.000 hombres a su cargo, son casi todos generados por la carestía económica. En declaraciones a la BBC, el militar agregó que los 1.500 policías de Puerto Príncipe son un escaso número ya que en San Pablo y con una población similar, hay casi 20.000.
REPUBLIQUE DE L’URUGUAY
Pierre-Emile Rouzier nació en Haití. Hijo de una acaudalada familia francesa, además de su fortuna también heredó un título de su padre. Cuando éste murió, se convirtió en el "cónsul honoraire" en Haití, según reza su tarjeta.
Su padre se había convertido en cónsul honorario uruguayo a través del fútbol. Rouzier llegó a ser vicepresidente de la FIFA, en los años en que Uruguay era uno de los grandes, recuerda Pierre-Emile.
El cónsul vive en la capital con su esposa francesa, Magali, y sus dos hijas de 10 y 8 años. La vida, dice Magali que se mudó desde Francia hace 12 años no es fácil en Haití. Y el miedo es cada vez mayor. El año pasado la hermana del cónsul fue secuestrada. Luego de liberada se mudó con sus tres hijos a Miami. Y no quiere volver. A pesar de todo, Pierre-Emile se quiere quedar en el país que considera su patria. No tiene necesidad de hacerlo porque su familia posee negocios en varias partes del mundo. Su esposa accede, por ahora.
La vida de los Rouzier tiene sus buenas y malas. Entre los buenas está su casa, ubicada en la zona más cara de Puerto Príncipe, Petain Villain. Entre las malas está el miedo, ese que los lleva a cerrar las puertas de su negocio de venta de gomas cada vez que resuenan tiros afuera. El mismo que los obligó a contratar seguridad para el local, aunque Pierre-Emile se niega a pagar guardaespaldas, costumbre obligada para ricos.
Magali se indigna cuando piensa en los millones de dólares que la ONU y varias organizaciones gastan en su país adoptivo sin demasiadas consecuencias. "Esta es una misión de estabilización, pero aquí todavía no hay nada para estabilizar", dijo. Su opinión, es compartida por muchos en Haití. Incluyendo al cónsul de Uruguay.
BASES AZULES
Desde junio de 2004, cuando comenzaron a llegar los primeros uruguayos, el Batallón Conjunto Uruguay I ya se desplegó a tres zonas del sur de Haití y ahora planea una cuarta base, en Miraguanes. En total cubren un área de casi 5.000 kilómetros cuadrados, 85% de la cual está cubierta de montañas.
La primera base, y la más numerosa, está en Les Cayes. La segunda se instaló a fines de diciembre, en un balneario llamado Port Salut, conocido sobre todo por ser el pueblo natal del ex presidente Jean Bertrand Aristide y por sus playas caribeñas. En febrero fue el turno de Jeremi, una zona de acantilados y espectaculares vistas al Caribe en la que viven cerca de 200 efectivos uruguayos.
En todos lados la situación es similar, aunque cada población tiene sus particularidades. En lugares como Les Cayes hay electricidad permanente, mientras que en Jeremi las luces se prenden desde la siete de la tarde a la medianoche. En Port Salut no se prenden nunca. En los tres lugares hay un suministro de agua "potable" para los parámetros haitianos, es decir, repleta de colibacilos para los uruguayos que cargan sin chistar con las Unidades Potabilizadores de Agua de OSE (UPAs) para todos lados, con tal de evitar cualquier intoxicación.
En las tres bases las actividades de los uruguayos son similares: colaborar con la inscripción de ciudadanos en los registros electorales, dar seguridad a la zona y hacer checkpoints, un mecanismo por el cual decomisan armas y drogas en revisaciones al azar, y al que los uruguayos ya bautizaron "che-point".
Al final, los militares terminan haciendo casi cualquier cosa, incluyendo diplomacia con los integrantes de las ex Fuerzas Armadas de Haití, que se agrupan en diferentes lugares del país y que fueron claves en el proceso que finalizó con la renuncia de Aristide. Estas personas oficialmente ya no son más militares porque las Fuerzas Armadas se disolvieron hace 10 años, pero siguen siéndolo porque nunca se les retiraron las armas ni se les pagó lo que se les debía. En Les Cayes, por ejemplo, 40 personas se identificaron ante la ONU como integrantes de las ex Fuerzas Armadas. Tienen su propio cuartel y visten cualquier uniforme militar que puedan conseguir en las ferias, incluyendo los camuflados que dicen US Army.
Luego de algunas idas y venidas, los uruguayos les encontraron el talón de Aquiles: mostrarles deferencia. A partir de ese momento la situación se mantiene en calma.
Haití en Números
- Haití ocupa la porción occidental de la isla de La Española, ubicada entre el mar Caribe - el océano Atlántico. Comparte esta isla con República Dominicana - tiene 1.771 kilómetros de costas.
- El país tiene una extensión de 27.250 km2, unas siete veces menor que el territorio urugua-o. El 80% de la superficie es montañoso. Debido a la tala indiscriminada de árboles omo consecuencia de la escasez de combustible a raíz de un bloqueo estadounidense de este producto sólo un 2% de la superficie permanece forestado.
- En la isla predomina un clima tropical, caliente - húmedo, con promedios de temperaturas de 26.7º C. En verano pueden llegar incluso a 54º C. Existen dos estaciones de lluvia bien diferenciadas: una va de abril a junio - la segunda de octubre a noviembre. Los huracanes arrecian entre julio - octubre. Se espera que este año 14 de ellos azoten a Haití, con diferentes grados de intensidad. Los vientos pueden llegar a 240 km por hora.
- La población es de 8.5 millones de habitantes, con más de dos millones en Puerto Príncipe, la capital. El 95% de los haitianos es de raza negra, descendientes de esclavos africanos. También ha- mestizos - una minoría de origen europeo - oriental.
- Se hablan dos idiomas principales: francés - creole. Este último es la lengua hablada por la ma-oría - se compone de una mezcla de africano, español e ingles, además del francés antiguo.
- El 80% de los haitianos son católicos, pero el 50% practica el vudú.
- La población activa es de 3,6 millones. El 80% están por debajo de la línea de pobreza.
- Los principales productos de exportación son el café, el mango, la caña de azúcar, arroz, sisal, tabaco, coco, mandioca, frijoles, plátanos, cacao, maíz - algodón. Apenas un 20% del suelo es utilizado como tierra de labranza.
- Sólo 1.011 kilómetros de los 4.160 que ha- de carreteras, están pavimentados.