El asesinato del presidente Kennedy convenció a la gente de todos los estratos —y desde luego también a la sociedad uruguaya— que ni siquiera los hombres mejor custodiados y más celosamente protegidos estaban a salvo de las conspiraciones de los poderosos, sin importar de qué signo ideológico fueran éstas. Este periodista conserva entre sus recuerdos más dolorosos, la última conversación que mantuviera con su amigo Zelmar Michelini en Buenos Aires, 20 días antes de que éste fuera secuestrado, torturado y muerto como parte de la Operación Cóndor: "me han informado que quieren matarme, pero no tengo forma de evitarlo. ¿Acaso no lo hicieron con Kennedy que era el hombre mejor vigilado del mundo?". Lo realmente dramático fue que además de esa impotencia se instaló otra en el ánimo de la gente: los asesinatos de los líderes no se podían evitar, pero tampoco era posible llegar hasta sus ideólogos. A veces, caían los brazos ejecutores. Los cerebros, que estaban mucho más arriba, rara vez aparecían. En el caso del presidente de Estados Unidos, se acusó a una persona que ni siquiera pudo ser juzgada porque un mafioso proxeneta y abastecedor de drogas estrechamente vinculado a la policía de Dallas, lo silenció a tiempo. Trece años después, mucho más cerca de nuestros corazones, cuando mataron a Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini en Buenos Aires, nunca pudieron ser apresados ni sus secuestradores, ni sus asesinos ni aquellos que dieron las órdenes correspondientes.
Las contradicciones y las falsedades de la comisión que investigó el crimen de Dallas fueron tan flagrantes que no resisten el menor análisis lógico, aún el de aquellas personas ajenas a toda pesquisa policial. Veámoslas punto por punto.
¿Oswald envolvió su arma y con ese paquetón subió hasta el sexto piso?. ¿A nadie le llamó la atención que un hombre que había estado en Rusia, que había sido detenido por distribuir folletos procastristas, que en alguna oportunidad había sido vigilado por sus ideas y era sospechado de profesar ideas comunistas llegara hasta una ventana que dominaba el paso del presidente precisamente el único día en que éste iba a pasar en un auto descubierto? ¿Realmente hubo controles estrictos ese día o se hizo la vista gorda?
De acuerdo al informe oficial, Oswald efectuó tres disparos en cinco segundos y medio. Consultado por quienes niegan la responsabilidad de Oswald, Hubert Hammerer, campeón olímpico de rifle, declaró que no existía ningún tirador en el mundo capaz de efectuar tres disparos bien dirigidos en el lapso de menos de seis segundos. La revista Life, tratando de colaborar en la investigación, contrató al director de la Nacional Rifle Association para que hiciera varios intentos. El perito nunca pudo bajar los seis segundos y fracción. ¿Era entonces Oswald un tirador excepcional? No, tampoco lo era. Las pruebas que había hecho estando en la Infantería de Marina, lo sindicaban como uno de los peores de su grupo y su expediente demostraba que su puntaje era muy bajo. Por otro lado, de los tres disparos que se dice partieron en poco más de cinco segundos desde el depósito de libros, dos de ellos fueron efectuados en menos de dos segundos, lo cual es totalmente imposible, tratándose de un rifle que debe ser recargado con un movimiento de palanca y teniendo en cuenta además que el blanco es móvil y hay que volver a apuntar.
Las tres balas partieron desde atrás, según las explicaciones del Informe Warren. Sin embargo, los médicos que examinaron a Kennedy en el Parkland Memorial Hospital y que lo operaron menos de 30 minutos después del atentado, coinciden en afirmar que el primer disparo lo hirió de frente y el último en ángulo, desde atrás. El New York Times correspondiente al 27 de noviembre, decía lo siguiente: "el doctor Kemp Clark que certificó la muerte de Kennedy, dijo que una bala le había herido más o menos debajo del nudo de la corbata. Siguió una dirección descendente dentro de su pecho y no salió". Esta versión fue confirmada por una película sacada por un aficionado —el único testimonio auténtico de lo sucedido— según la cual en el momento en que se produjo el primer disparo, el presidente se encontraba mirando para adelante, enfrentado a la estación de ferrocarril. Por lo tanto era imposible que una bala dirigida desde atrás, le penetrara en la garganta. Analizando los hechos con un mínimo de sentido común, no parece sensato creer que todos los médicos que intervinieron confundieron un agujero de bala de entrada con uno de salida como expresó la investigación oficial. El doctor Robert Mc Clelland, uno de los cirujanos, declaró al Saint Louis Dispatch que "él y sus colegas veían heridas de bala todos los días, a veces varias el mismo día y que reconocían fácilmente el menudo orificio característico de una bala que entra en contraste con el agujero más grande y con desgarradura que produce una bala que sale". Existió un informe posterior elaborado en el Bethesda Naval Hospital de Washington donde se le efectuó la autopsia al presidente asesinado, en el cual se dijo que Kennedy presentaba una herida en la espalda que los médicos de Dallas no habían encontrado. De hecho, los cirujanos de Dallas recibieron una semana después la visita de dos agentes del Servicio Secreto que les mostraron la nueva autopsia y les pidieron que se retractaran de sus declaraciones anteriores ya que existía una herida en la espalda del presidente que ellos seguramente no habían advertido por haberlo puesto boca arriba. Para dar crédito a esta versión hay que dudar mucho de la eficiencia de los cirujanos de Dallas, quienes al desnudar al gobernante para llevarlo a la mesa de operaciones no se percataron de la herida en la espalda ni en su ropa manchada de sangre y que ésta, que sin duda seguía fluyendo durante la intervención quirúrgica no hubiera llamado la atención de nadie. ¿En ningún momento los cirujanos dieron vuelta el cadáver y pudieron apreciar la herida posterior? Todo eso es difícilmente creíble, y conduce a pensar que todos los médicos cirujanos del hospital de Dallas eran ineficientes, tontos y distraídos.
¿Las innumerables investigaciones posteriores (incluso se rodó una excepcional película de Oliver Stone con Kevin Costner en el papel de un fiscal que estaba seguro que había existido una conspiración de extrema derecha) estuvieron acumulando año tras año, gran cantidad de pruebas que contradicen a la tesis oficial del asesino único. El libro de Thomas Buchanan Quién mató a Kennedy aporta con lujo de detalles, las evidencias de la existencia de varios complotados, uno de ellos, tal vez el más cándido e inexperiente, fue Lee Harvey Oswald.
Como casi todos sus colegas, Buchanan apuesta a que el asesino principal no se encontraba apostado en el depósito de libros, sino en el parapeto de cemento armado que se desplegaba frente al auto, separando la calle de las vías del ferrocarril. La primera bala partió exactamente desde allí, donde la visión era inmejorable y se incrustó en el nudo de la corbata del presidente. Kennedy se llevó la mano a la garganta, tal como lo testimonia la afortunada filmación de un testigo de apellido Zapruder que luego adquirió la revista Life, al tiempo que su esposa exclamaba "¡oh, no!" y en una actitud de desesperación trepaba por el asiento del auto hacia atrás. En ese momento el asesino arrojó su arma, corrió unos metros agachado para que no lo vieran desde la calle, luego atravesó las vías totalmente solitarias y se alejó. Una gran cantidad de testigos afirmó haber escuchado cuatro balazos y no tres, incluso el primero quedó grabado en equipos policiales. Tan evidente fue el origen del primer balazo, que un agente se adelantó a subir corriendo la cuesta de césped que conducía a la pared de hormigón y allí se topó con una malla que le impidió el paso. ¿Por qué ese intento? Naturalmente, porque el disparo había procedido de allí. El asesino atravesó las vías y muy probablemente se introdujo en las oficinas del diario Dallas Morning News, ubicadas más allá de las vías, que en ese momento se hallaban desiertas porque todo su personal había bajado a la calle a presenciar el paso del presidente y su esposa. Sin embargo, —vaya coincidencia— en la redacción había una persona llamada Jack Ruby, quien se encontraba preparando la publicidad de su club de striptease. Curiosamente, la persona que después ultimaría a Oswald porque, según sus palabras, "no podía soportar la pena de Jackie y sus niños", quien además, según sus abogados, sentía una adoración poco común por Kennedy, ni siquiera se tomó la molestia de bajar un piso hasta la calle a vivarlo mientras su coche desfilaba. Se quedó adentro, solo, y su actitud resultó providencial porque horas después, negó que ningún extraño hubiera pasado por el diario, con lo cual dio pie para que el verdadero asesino desapareciera sin dejar ningún rastro que permitiera buscarlo. Poco después del crimen, los policías de Dallas encontraron un Máuser tirado entre las vías, pero al aparecer la Cárcano en el sexto piso, este detalle fue olvidado.
Hubo también un segundo asesino, que hizo tres disparos desde el depósito de libros, lo cual produjo una tremenda confusión. Por una rara coincidencia, Curry, el jefe de Policía de Dallas, viajaba en la caravana unos cien metros detrás de Kennedy y al producirse el atentado, se encontraba a pocos metros del depósito de libros. Se bajó de inmediato de su limusina y dio la orden de que fuera rodeado el edificio. Prontamente todos los agentes que había en los alrededores, incluido el que había pretendido acceder a la vía del tren, cercaron el local. Se calcula que eran unos 500. Era imposible que quien había efectuado los disparos, hubiera tenido tiempo de bajar los seis pisos por la escalera, ya que el ascensor estaba atascado. Sin embargo, no encontraron a nadie. Solamente a Oswald que estaba tomando una Coca Cola en el segundo piso. Y éste, cuando fue interrogado por el policía que entró primero, dijo solamente "que trabajaba allí" y fue suficiente. ¿Pero cómo pudo escabullirse el asesino? Buchanan esboza una sola explicación: estaba vestido con uniforme policial y de ese modo, se fue sin que a nadie llamara la atención. También Oswald pudo salir sin dificultades y eso hizo que la prestigiosa revista estadounidense US News and World Report en su edición del 23 de diciembre entrevistara a U. E. Baughman, quien durante tres años había estado al frente del Servicio Secreto y éste se preguntara asombrado: "lo que todavía no entiendo, es cómo hubo gente que pudo salir de aquella casa. Yo no hubiera dejado salir a nadie". Hubo un cómplice número tres, que permitió la salida del asesino número dos y de Oswald. Un cómplice de alta jerarquía.
¿Qué ocurrió en los minutos posteriores? Algo tan falto de lógica que es imposible dar crédito. La policía (que había revisado todos los edificios linderos para evitar problemas cuando pasara Kennedy pero se había olvidado de hacerlo con el depósito de libros) hizo que Roy Truly, el jefe de la oficina, convocara a todos sus empleados para ver si faltaba alguno. Y éste —de acuerdo a los informes oficiales— realizó esta tarea en sesenta segundos. Téngase presente que todos se encontraban en la hora de descanso para almorzar, que estaban en la calle, presenciando el desfile, que al conocer el atentado andarían por todos lados, comiendo en lugares apartados, escuchando la radio, mirando los televisores, comentando lo sucedido o hablando por teléfono a sus casas. Sin embargo, Truly logró juntarlos en un minuto y ahí se dio cuenta que faltaba uno: Lee Harvey Oswald. Este por lo tanto, tenía que ser quien había efectuado los disparos.
De inmediato se envió a las radios su filiación, mientras se confiaba que el cómplice número cinco, el agente Tippit lo detuviera y el cómplice número seis, un policía de civil, lo siguiera para que no se escapara. ¿Qué se perseguía con esto? Algunos, como el periódico francés L Aurore expusieron la tesis que "toda la conspiración estaba dirigida por gangsters con la ayuda de un policía corrompido (Tippit) que tenía que ayudarlo a salir de la ciudad ocultándole en su coche patrulla, pero éste lo traicionó, intentó detenerle (para convertirse en héroe) y Oswald lo mató". La segunda interpretación es la de que había que lograr el silencio definitivo de Oswald, ya que éste había aportado el arma y estaba al tanto de la conspiración. La persecución de Oswald llegó a extremos tan grotescos que el jefe de Policía de Dallas relató en rueda de prensa posterior, un diálogo mantenido por aquél en un ómnibus, el primer vehículo que tomó y luego cambió por un taxi porque iba muy despacio: "dijo a una señora en el autobús que le habían pegado unos tiros al presidente y luego se rió muy fuerte". Si Oswald quería pasar ignorado y ajeno al atentado, su actitud suena como propia de un demente.
A esta altura habría que analizar detenidamente la actitud y los antecedentes del agente Tippit, un hombre que resultó muerto en la conspiración, quien para muchos resulta una pieza clave y que una vez echadas todas las culpas sobre Oswald, resultó olvidado con extraordinaria rapidez. Primer motivo de sospecha: la hermana de Ruby, señora Grant declaró a los periodistas que su hermano y Tippit eran muy amigos, casi hermanos. Segundo motivo: Tippit violó esa tarde tres normas reglamentarias. 1) Se encontraba lejos del centro, cuando la orden había sido que todos los policías se concentraran allí. 2) Estaba solo en su patrulla, contrariando las disposiciones vigentes en todos lados de andar siempre acompañado. 3) Al identificar a Oswald no lo notificó por radio como era su deber. Su obligación, de acuerdo a lo resuelto por los conspiradores, era que detuviera al sospechoso y lo eliminara, lo cual lo convierte en el cómplice número siete. Oswald llegó hasta al patrullero confiado y sonriendo, según algunos testigos, pensando que esa sería la vía que lo sacaría fuera del país. Pero Tippit convencido de su nuevo papel de héroe nacional lo traicionó, desenfundó y resultó muerto porque Oswald fue más rápido. Probablemente nadie informó a Tippit, un agente bastante incompetente que en diez años nunca había ascendido, que su tarea era ultimar al sindicado como homicida del presidente porque eso hubiera sido hacerlo partícipe de la conspiración. Se piensa que se le dijo que debía matar a un peligroso delincuente a quien se estaba persiguiendo. Pero Tippit, terminó estropeándolo todo.
Muerto Tippit, Oswald comprobó que las cosas no eran tan fáciles como le habían dicho. Su tarea había sido llevar el arma al lugar donde trabajaba, lo cual podía hacer en forma más o menos disimulada por tratarse de un funcionario. Luego que otro u otros cumplieran el macabro operativo, tenían que obtenerle formas de ponerse a salvo. Cuando vio que Tippit no lo iba a proteger sino todo lo contrario, lo asesinó y se refugió en un cine. Allí fue denunciado por el boletero, que había visto su cara en la televisión y al salir fue detenido. Recién entonces se dio cuenta en forma definitiva que quienes decían ser sus amigos lo habían traicionado. Oswald no era tonto, sabía la magnitud de lo hecho por sus cómplices y estaba convencido que a nadie le servía que se mantuviera vivo. Reclamó abogado primero ante la policía y luego ante los periodistas. En ambas ocasiones se lo negaron, violando la Constitución. A los dos días, Ruby se encargó de silenciarlo para siempre. La conspiración, ya no tuvo testigos.
El día previo a la visita del presidente Kennedy, circuló profusamente en Dallas un panfleto. En él, se veía una foto del presidente de frente y de perfil. Debajo un gran titular: "Reclamado por traición". El texto explicativo decía, resumido.
1) "Por traicionar la Constitución que juró defender. Está transfiriendo la soberanía de los Estados Unidos a las Naciones Unidas. Traiciona a nuestros amigos (Cuba, Kananga, Portugal) y confraterniza con nuestros enemigos (Rusia, Yugoeslavia, Polonia).
2) Ha cometido errores en innumerables resoluciones que afectan la seguridad de los Estados Unidos.
3) Ha descuidado la Ley de Registro de los Comunistas.
4) Ha apoyado y alentado las manifestaciones raciales de inspiración comunista.
5) Ha invadido ilegalmente un Estado soberano con tropas federales.
6) Ha nombrado constantemente anticristianos para ocupar cargos federales.
7) Ha sido sorprendido en fantásticas mentiras al pueblo americano, incluyendo algunas de tipo personal, como su anterior matrimonio y divorcio.
Otro de los panfletos decía: "se acusa al traidor John F. Kennedy de prestar apoyo y ayuda a los enemigos de Estados Unidos". Bajo la frase, se veía un nudo corredizo en forma de horca.