Sábado 30 de julio de 2005 | Año 87 - Nº 30161
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El crimen más conmovedor del siglo XX (II)
Muerte violenta del supuesto matador

Nadie lo imaginó ni se atrevió a preverlo. Cuando el supuesto asesino del presidente Kennedy se encontraba en la comisaría central, un delincuente conocido de la policía e integrante del submundo de las drogas y la prostitución, mató a Oswald delante de las cámaras de televisión.

Por más que resultara absolutamente falta de lógica, la teoría de que una conspiración comunista había sido determinante en el asesinato del presidente Kennedy, fue la primera que se manejó en todos los ámbitos de Estados Unidos. Incluso fue divulgada a nivel mundial una foto en la que Oswald aparecía fotografiado en el diario The Worker, órgano oficial del Partido Comunista, con el fusil utilizado en el crimen en sus manos. La teoría podía sensibilizar a las masas poco informadas, pero analizada a fondo, resultaba inaceptable. ¿Qué podía ganar la línea mundial comunista con el crimen? Absolutamente nada. Kennedy había sido apoyado en su campaña política por el Partido Comunista y sus campañas contra el desarme y los derechos de los ciudadanos negros eran bien miradas en ese partido. A los comunistas chinos (que fueron los únicos en el mundo que mostraron una total indiferencia ante la muerte del presidente) tampoco les interesaba la conducción política interna de Kennedy. Y la externa estaba signada por la acción conjunta de éste con Khruschov. Para el comunismo internacional el principal peligro podía ser el posible arribo a la Casa Blanca del conservador Barry Goldwater y para evitarlo, contaban con Kennedy. En caso que Oswald hubiera sido el verdadero asesino, le causaba un gran perjuicio a su propio partido.

Los diarios de nuestro país, varios de los cuales tenían en ese momento un notorio apego a la línea que imponía la embajada de Estados Unidos en el Uruguay, tampoco se definieron a favor de la conspiración comunista. Ninguno de los que están siendo utilizados para la realización de este trabajo se atrevió a editorializar tratando de señalar culpables en las fuerzas de izquierda. Por el contrario, la norma fue un prudente silencio. Hubo uno, sin embargo, el vespertino Acción, que al día siguiente del magnicidio publicó en su página editorial la versión textual de una conversación telefónica mantenida por el líder de la Lista 15 senador Luis Batlle Berres con el senador de su fracción política Glauco Segovia, que en ese momento se encontraba en Nueva York integrando la delegación uruguaya en la Asamblea de las Naciones Unidas. El tenor de lo expresado por Segovia, mostraba un inesperado golpe de timón en la atribución de las responsabilidades. "Batlle: ¿Qué nos puede decir del asesinato de ese gran hombre el presidente Kennedy? Segovia: Horrendo, es horrendo. B: ¿Qué dice el pueblo? S: Aquí ha producido una impresión de desolación y desconcierto. El pueblo está realmente perturbado. La gente tiene como temor. B: ¿Temor a qué? S: Temor a las grandes dificultades que van a venir para el pueblo norteamericano. B: ¿Por qué? S: Esto es como una maldición. B: ¿Qué explicaciones hay? S: Anoche empezaron a correr rumores. B: ¿Qué rumores? S: Rumores sobre las causas del atentado. Hay dos explicaciones. La primera que empezó a correr era la de que se trataba de un atentado comunista de Fidel y se detuvo a un joven integrante de un movimiento pro Cuba. La policía no dejaba filtrar ninguna información cierta, pero eso corrió. Pero anoche yo escuché a Dean Rusk. B: ¿A Rusk? S: Sí, al secretario de Estado. Rusk se inclinaba decididamente por una explicación que es la que circula más. B: ¿Qué explicación? S: Sería el asesinato una consecuencia de la política del presidente Kennedy en pro del negro. Esto sería una repetición del viejo drama norteamericano que empezó con Lincoln y sigue con Kennedy. Es una consecuencia de la política progresista del presidente Kennedy sobre la situación del negro norteamericano. B: ¿Y cuál de las dos tesis.? S: Es decir que entre las dos tesis, seguramente la segunda es la más lógica porque además, el presidente Kennedy había tenido grandes dificultades ahí en Texas. Le habían como advertido. B: ¡No me diga! S: Sí, antes de salir para Texas, fue como advertido que el clima ahí le iba a ser hostil. B: ¿E igual fue? S: Sí, fue igual. Este hombre igualmente fue a Texas. Dijo un discurso en el que parece ser —no está confirmado— que hubo silbidos y abucheos. En ese discurso el presidente habría tenido dificultades. B: Aquí han dicho las informaciones que entre el público había carteles hostiles y gritos. S: Sí, después salió en comitiva para el segundo discurso que iba a pronunciar a las dos de la tarde y lo mataron. B: Yo le pediría a usted que fuera ahora a Washington. S: Sí señor Batlle. Eso mismo pensaba hacer hoy. Me voy a trasladar a Washington para estar en medio de los sucesos y participar con los compañeros en las exequias del presidente. Desde ahí volveré a comunicarme con usted".

En tanto el Consejo Nacional de Gobierno de nuestro país decretaba duelo nacional, con obligación de poner todas las banderas a media asta y de suspender los espectáculos públicos, las reacciones en Estados Unidos pasaban por carriles más estrictamente legales. El país no podía quedarse sin autoridad máxima y el vicepresidente Lyndon Johnson asumió rápidamente el cargo, jurando ante la juez federal Sarah Hughes en el mismo avión presidencial que se encontraba en el aeropuerto de Dallas. En la ceremonia, con su tapado aún manchado con la sangre de su difunto marido, estuvo presente demostrando una entereza poco común, Jacqueline Bouvier. "Considerado uno de los hombres más ricos de Alabama" —informaba el diario La Mañana en su edición del domingo 24— "Johnson había sido electo varias veces diputado y senador y aunque durante su trayectoria había sido acusado reiteradas veces de ser el vocero de los intereses petroleros de Texas, era considerado un hombre moderado aunque de pocas luces". Apenas ingresado a los primeros planos de la política mundial en todos lados, incluso aquí, circuló el chiste que, haciendo referencia a su ignorancia, afirmaba que "Johnson es tan torpe que no puede caminar y masticar chiclets al mismo tiempo". Estaba casado con una elegante dama sureña a quien se le llamaba Lady Bird por la fineza de sus rasgos, aunque ése no era su verdadero nombre. Diarios orientales como El País, aseguraban a través de los despachos de sus agencias, que el nuevo presidente sureño habría de imprimir un tono mucho más moderado a su gestión, una impresión que confirmaba el título de su página de cables. "Política exterior: advierten ya un leve tono conservador. John Fitzgerald Kennedy, el creador de la Alianza Para el Progreso, el dinamizador de las leyes antirraciales, el hombre que impulsaba a su país hacia un camino más liberal, llevaba apenas un día de asesinado y pese a que las voces oficiales hablaban de seguir su misma senda, algunos círculos ya lo estaban cuestionando". Probablemente quien a esa altura debía estar más preocupado era su hermano Robert no solamente por su condición de fiscal de la Nación sino por ser la mano derecha del presidente ultimado. Nadie podía sospechar que pocos meses después, él también sería abatido a balazos y que el mismo infortunio correrían los líderes negros Martin Luther King y Malcom X en aquella terrible década de los 60.

Parecida conmoción se vivía en el Uruguay donde nadie encontraba explicación para los hechos que se estaban viviendo. El sábado 23 de noviembre, una multitud recorrió las calles en una espontánea manifestación de silencio y homenajeó al líder asesinado frente a la embajada de Estados Unidos. "Cuando un hombre lo tiene todo" —editorializó El País en su página dos— "(salud, una familia feliz, un destino venturoso, una posición envidiada) y ha hecho todo, lo posible y lo imposible por hacer el bien, por asegurar la paz del mundo, por establecer la integración racial, por sentar las bases de una vida universalmente feliz (...) es inútil buscar una justificación para esta odiosa muerte".

Cuarenta y ocho horas después de aquel crimen que sacudió al mundo, y cuando el jefe de Policía de Dallas había anunciado (sin que se hubiera iniciado aún el proceso legal) que el culpable era Lee Harvey Oswald llevado por sus ideas comunistas, ocurrió un hecho de corte cinematográfico que fue visto por la mayor audiencia mundial que hasta ese momento había tenido la televisión. Cuando Oswald, con un ojo amoratado y señales de haber sido golpeado, se aprestaba a salir de la comisaría central, un hombre de sombrero puesto apellidado Ruby se adelantó a los guardias y le disparó a quemarropa matándolo. Oswald no tuvo siquiera tiempo de demostrar el viejo principio jurídico que establece que toda persona es inocente hasta que se demuestra lo contrario.

¿Quién era Jack Ruby, una suerte de vengador que sostuvo que lo había hecho porque le dolía la situación en que habían quedado Jacqueline y sus hijos? ¿Por qué se encontraba mezclado con los policías? ¿Cómo había sorteado los controles? ¿Por qué nadie lo revisó para impedir que portara armas? ¿Por qué nadie impidió que se aproximara hasta centímetros de Oswald y le vaciara su revólver en el estómago? ¿Qué se buscó con silenciar para siempre al presunto autor de uno de los crímenes más atroces de la historia? Vamos a contestar la primera pregunta, porque las demás no han podido ser aclaradas hasta hoy.

Ruby era sin lugar a dudas, un gangster local, un integrante de la mafia de la prostitución, las drogas, las carreras de caballos amañadas y las películas pornográficas. Con seguridad, también un bien mandado que obedecía órdenes superiores. Toda persona que quería apostar clandestinamente a las carreras acudía a él. Quien quería abastecerse de marihuana o de drogas duras, lo tenía como referente. Regenteaba además un club de striptease y estaba vinculado al submundo de quienes conviven con malvivientes y asesinos a sueldo. Claro que nada de esto era inconveniente para que henchido de espíritu patriótico quisiera vengar al presidente mártir, pero más lógico era pensar que estuviera cumpliendo con un encargo: impedir que uno de los implicados en la conspiración tuviera oportunidad de hablar y revelar secretos de ella. Lo mismo había ocurrido (ver nota anterior) con Booth, el asesino de Lincoln. La explicación de la venganza prendió fácilmente entre la gente. También en el Uruguay, las imágenes estaban siendo pasadas en directo y hubo poca gente capaz de imaginar otra cosa. Nadie conocía en esos momentos la catadura moral de Ruby. Lo que todos vimos fue que mientras Oswald era conducido esposado entre dos guardias, un hombre obeso de espaldas a la cámara se adelantó y lo baleó. Muerte en vivo, casi un reality show. Después, todo fue confusión. Entre los millones y millones de televidentes nadie pensó, seguramente porque se desconocían todavía muchas cosas, que un hombre dos veces convicto en Dallas, se encontrara mezclado con la policía y paseara por la comisaría como un visitante habitual, cuando se había puesto en ejecución un estricto mecanismo de exclusión de visitantes ajenos al servicio. Pensar que un gangster reconocido y armado pudiera tirar sin el menor problema contra el preso mejor custodiado de Estados Unidos, era una posibilidad, por lo menos, fantástica. Sin embargo, ocurrió. Y a partir de ese momento, todo el mundo comenzó a reflexionar que algo muy anómalo estaba sucediendo. Al día siguiente el New York Times dio vía libre a sus dudas: "las autoridades de Dallas, apoyadas y animadas por la prensa, la radio y la televisión, pisotearon todos los principios de la justicia en sus relaciones con Lee H. Oswald. Entra dentro de sus sagrados deberes, el proteger a todos los detenidos igual que a la comunidad y dar a todo acusado ocasión de defenderse ante un tribunal debidamente constituido".

El curioso asesinato de Oswald a manos de un delincuente conocido en todo Dallas, que según se divulgó más tarde, solía ir a jugar póker con los policías y disponía de una libertad para entrar y salir de la comisaría central que no tenían ciudadanos respetables, hizo que se revieran las motivaciones del magnicidio. Si al principio se pensó que Oswald era un agente del comunismo internacional y Ruby un patriota que le había dado muerte enternecido por la congoja de la viuda del presidente, cuando se empezó a conocer la personalidad de éste, las motivaciones cambiaron. Oswald era un loco y Ruby otro a quien había cegado el dolor. Oswald ya no podría probar que era cuerdo y tampoco que no había sido el único en tirar contra Kennedy. Su asesinato visto en directo por millones de personas, había borrado todas las huellas.

Meses después, luego de rigurosos estudios, las declaraciones de cientos y cientos de testigos y montañas de pruebas, se produjo lo que dio en llamarse el Informe Warren, que se pensó pondría punto final al misterio del homicidio del presidente John Kennedy. Sin embargo, no colmó las expectativas y fueron pocos los que quedaron conformes. Para la versión oficial, los hechos fueron los siguientes. El 22 de noviembre de 1963, el avión que conducía al presidente Kennedy aterrizó en Love Field, el aeropuerto de Dallas. Tomó el auto descubierto que le había sido asignado, pasó junto al monumento al Texas Ranger, es decir al policía rural, el cual tiene una inscripción que es toda una definición de autoridad y eficiencia: "Basta un solo ranger para disolver un motín". El coche pasó por la avenida principal, por la cárcel municipal en la que dos días más tarde Ruby ultimara a Oswald, luego ante la sala de justicia y finalmente al cruce de Main Street con Houston. Allí está la calle Elm, que desciende hasta debajo del nivel de las vías del ferrocarril. A la derecha, se encuentra un depósito de libros escolares que también ha sido identificado como biblioteca, que consta de planta baja y cinco pisos. En el momento del atentado, el auto se encontraba a unos 60 metros de este edificio y frente a un gran talud que va desde la vereda hasta las vías del tren, ocultas por un parapeto de cemento. En ese preciso instante, Kennedy fue herido por tres balazos que partieron desde el último piso del depósito. Uno de ellos, de acuerdo a la versión oficial, penetró por la cabeza de la víctima y se fragmentó de tal manera que un trozo descendió hasta los pulmones por la garganta y otro fragmento atravesó el cuello y fue a incrustarse en el suelo. La profunda herida que presentaba el presidente en la garganta, era entonces de salida y no de entrada.

Según el Informe Warren que sigue paso a paso las opiniones del FBI, el único asesino habría sido Lee Harvey Oswald y los tres disparos se hicieron en un tiempo no superior a los cinco segundos y medio. El arma del crimen fue un rifle Carcano italiano con visor telescópico y un sistema de cerrojos que tras cada disparo había que abrir con las manos. No se encontraron huellas palmares de Oswald en el rifle aunque sí en varias cajas de cartón que se encontraban en ese piso del depósito. Al ser prendido y sometido a la prueba de parafina, se encontraron huellas de pólvora en sus manos lo cual era lógico porque acababa de tirar y matar al policía de apellido Tippit que había intentado detenerlo. Pero no se le encontraron huellas de pólvora en la mejilla donde debía tenerlas por haber tirado con un rifle. Oswald habría permanecido un rato en el sexto piso junto con sus compañeros de trabajo, pero cuando éstos bajaron a la calle para ver pasar a Kennedy, él quedó solo. Comió pollo frito y un refresco y aguardó tranquilamente el momento del atentado. Llegado el momento, tiró tres veces contra el presidente, escondió el arma tras unas cajas de libros, bajó corriendo cuatro pisos, se metió en la cantina, sacó una bebida de una máquina automática y allí esperó la oportunidad de escapar.

La revista Time en su número posterior al asesinato de Kennedy escribió el siguiente informe. "Inmediatamente después que el coche presidencial aceleró la marcha (rumbo al hospital de Parkland) el director del depósito Roy Truly que acababa de salir del edificio y había llegado hasta la hilera de gente de Elm Street, vio a un motorista abrirse paso corriendo entre la multitud, apartándola a golpes para llegar hasta la puerta del depósito. Truly se acercó a él y lo condujo hasta el ascensor. Una puerta de ascensor estaba abierta en algún piso, impidiendo el funcionamiento de todo el sistema. Truly echó a correr hacia la escalera y tras él el policía revólver en mano. En el rellano del segundo piso, el policía vio el comedor. Entró corriendo y vio a un hombre de pie junto a una máquina de Coca Cola. Era Lee Harvey Oswald. El policía preguntó a Truly: ¿este chico trabaja aquí?. Truly contestó afirmativamente. Entonces el policía dio media vuelta y siguió escaleras arriba convencido de que si un asesino había en el edificio, sería un extraño y no uno de sus empleados. Lo que siguió después, es mucho más comprobable. Oswald fue a su casa en taxi, al salir un policía quiso detenerlo, aquél lo mató, se refugió en un cine y fue apresado". A los dos días, un delincuente conocido penetró en la comisaría central sin ser impedido ni revisado y le quitó la vida de varios balazos. Muerto el principal sospechoso, el silencio se adueñaba de todo.

Próxima semana, tercera nota.



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