Sábado 23 de julio de 2005 | Año 87 - Nº 30154
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El crimen más conmovedor del siglo XX (I)
El país que asesina a sus presidentes

El 22 de noviembre de 1963, el presidente John Kennedy fue asesinado en Dallas, una ciudad que lo detestaba por sus medidas contra la segregación racial. La mayor parte de los estadounidenses piensa hoy que se les ha ocultado la verdad.

El coche descapotable que conducía al presidente John Fitzgerald Kennedy, dio una curva y pasó frente al edificio de cinco pisos donde estaba instalada la biblioteca de la ciudad de Dallas. En ambos lados de la avenida, había gente aplaudiendo, pero de acuerdo a las miles de fotos que se divulgaron después, la recepción parecía más protocolar que cariñosa. Kennedy y su esposa Jacqueline Bouvier iban atrás, saludando. El gobernador de Texas John Connally y su señora Nellie iban en el asiento de adelante. Unos 60 metros más allá del edificio, que también era depósito de libros, la esposa del gobernador giró la cabeza hacia el presidente y pronunció una de las frases más inoportunas que registra la larga historia de las palabras lanzadas con fines de agradar: "¿Vio, presidente, cómo lo quiere la ciudad de Dallas?". En ese preciso instante, una bala penetró por el nudo de la corbata de Kennedy y le arrancó parte del cráneo arrastrando masa encefálica. Cuarenta minutos después, el primer mandatario fallecía en el hospital local de Parkland. Los hechos ocurrieron el viernes 22 de noviembre de 1963 y ningún crimen político —incluido el asesinato del duque de Sarajevo que marcó el comienzo de la Guerra del 14—, conmovió tanto a la humanidad en el siglo pasado. Kennedy, quien era conciente que tenía enemigos en aquella zona, había preparado un discurso de siete carillas que debía leer en la Cámara de Comercio de Dallas cuyos párrafos finales, tomados de un salmo de la Biblia, evidenciaban claramente que no las tenía todas consigo: "a no ser que el Señor proteja la ciudad, los guardias velarán en vano".

La noticia llegó a Montevideo más o menos a las cuatro de la tarde, según lo recuerda con lejana exactitud este periodista y ya a esa altura ningún diario vespertino (en ese momento había tres: El Plata, Acción y El Diario) pudo recogerla. La carencia de informativos televisivos tampoco contribuyó a su divulgación. Existía un solo programa de este tipo denominado Telenoticioso que hacía Raúl Fontaina hijo por Canal 10 a las 22 horas, el cual duraba media hora y cuyo contenido internacional era ciertamente pobre. Por lo tanto, las versiones más largas y contundentes, las brindaron las radios y los diarios del sábado 23. La Mañana mostraba varias fotos de la viuda del mandatario asesinado, llorando junto a la esposa de Lyndon Johnson bajo el título "El drama se ha consumado". Otras de sus páginas eran tituladas: "Kennedy cayó de frente mientras su esposa clamaba ¡oh, no!" y "Juró el nuevo presidente Johnson". Por su parte, El Diario traía un titular enorme en primera con sólo tres palabras: "Dolor e indignación". El vespertino oficialista Acción, no menos conmovido que sus colegas, expuso su aflicción de esta manera, en una página decía: "Pesar, desde el Papa a Nikita" y en otra "Ola de estupor en la ciudad".

Las noticias del domingo 24 estuvieron signadas por la captura del presunto asesino del presidente Kennedy, Lee Harvey Oswald, quien era la persona sospechada de haber tirado desde el ya mencionado depósito de libros y por las repercusiones mundiales del crimen. Si bien se interpretó en las primeras horas que Oswald formaba parte de una conspiración comunista, lo que hubiera podido agravar hasta la tragedia la tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética, dos países que habían estado a un paso de la guerra durante la crisis de los misiles cubanos, ocurrida el año anterior, declaraciones inmediatas de líderes mundiales opuestos a Estados Unidos como Tito, Kruschov o Fidel Castro, tranquilizaron los ánimos. El mariscal Tito, dictador yugoeslavo, expresó su congoja e hizo decretar duelo nacional en su país. El diario El País recogió en un doble titular la opinión de Fidel: "En forma sorprendente, Castro hizo la defensa de Kennedy y repudió el «acto miserable»". Nikita Kruschov, tampoco vaciló en enviar mensajes tras mensajes en los que manifestaba su pesar al gobierno de Estados Unidos. En uno de ellos manifestó "hallarse profundamente desconsolado".

Cuando un viajero se apresta a penetrar por cualquier vía al territorio de los Estados Unidos se encuentra envuelto en sospechas que jamás había imaginado. El medio en el cual viaja, le va a exigir llenar un largo formulario que contiene advertencias e interrogantes. Junto a diversas preguntas que hacen referencia al tiempo que pretende quedarse, al dinero que lleva, si va en busca de trabajo o si tiene familiares en el país al cual pretende ingresar, hay otra tan infantil que parece pensada por Peter Pan cuando entraba en crisis por negarse a abandonar su infancia: "¿tiene proyectado atentar contra la vida del presidente de los Estados Unidos?" Naturalmente que después del asombro, todos responden que no, que faltaba más. Otros reaccionan de manera más irónica y contestan: "no, porque de eso se encargan los propios norteamericanos". Eso fue lo que escribió hace años el escritor Eduardo Galeano y le costó sus buenos inconvenientes.

Sin embargo, la contestación expresada por el autor de Las venas abiertas de América Latina es la correcta. Hasta el presente, cuatro presidentes de los Estados Unidos han sido ultimados por sus propios súbditos. El primero fue el republicano Abraham Lincoln, dos veces presidente de la República, enemigo frontal y decidido de la esclavitud, quien fue muerto por un fanático sureño en 1865, cinco días después de haber finalizado la Guerra de la Secesión. Un actor de teatro de poca monta, John Wilkes Booth, disparó contra el presidente cuando éste se encontraba en el palco de un teatro de Washington disfrutando de una comedia. Una vez que logró herirlo gravemente en la cabeza, el homicida saltó hacia el escenario y gritando como Bruto al matar a César "¡Así mueren los tiranos!" logró montar a caballo y huir, herido en una pierna. Fue hallado 11 días después en una casa de campo situada en el mismo territorio sureño que acababa de resultar vencido en la contienda. Rodeado por sus captores, se negó a rendirse y fue acribillado a balazos.

Si bien en un principio se pensó que Booth era un demente que había actuado al único impulso de su fanatismo político, poco después se fue desentrañando la madeja y se supo que no solamente había tenido cómplices, sino jefes. Con Booth habían colaborado dos deficientes mentales. Uno de apellido Powell, quien intentó matar al secretario de Estado William Seward sin conseguirlo y otro que también arrastraba problemas psiquiátricos y que dio cobijo al asesino de Lincoln. Un cuarto conspirador, espía de la Confederación de nombre George Atzerodt, también se había comprometido a ultimar al vicepresidente Andrew Johnson, pero le había faltado la decisión final. Los tres fueron colgados como cómplices del magnicidio, en julio de 1865. Pero ¿quiénes habían sido los cerebros de la conspiración? Más tarde se supo, pero no pudieron ser castigados porque quien podía haberlos acusado había sido muerto para evitar problemas. De cualquier modo, las pruebas se fueron acumulando contra Jefferson Davis, presidente prófugo de la Confederación. Una de ellas, fue un cheque librado a favor de Booth. Finalmente Davis pudo ser localizado en circunstancias muy poco dignas. Fue capturado con familia y enseres, cuando intentaba huir en barco de Florida a Texas. Al llegar a una pobre carpa, los guardias se encontraron con una señora pobremente vestida quien les indicó que no debían entrar porque su hija se encontraba desnuda. Al poco rato salió una señora mayor, encorvada y envuelta en un chal, con un balde en la mano, la que les dijo que iba al río a buscar agua porque había hecho una necesidad. Los soldados siguieron a la anciana y uno de ellos comprobó que llevaba botas demasiado pesadas para su edad. La prendieron y resultó ser Davis. En el colmo del ridículo, el presidente de la Confederación retó a los soldados por detener a mujeres indefensas. Davis nunca fue juzgado. Mientras se sustanciaba su proceso penal, un decreto del presidente Andrew Johnson amnistió a los prisioneros del sur. Johnson también era sureño. Puesto en libertad por una fianza pagada por el multimillonario Cornelius Vanderbilt, Davis vivió 25 años más que el presidente Lincoln al que había ordenado asesinar y sin haber sido nunca juzgado.

El segundo magnicidio en la historia de los Estados Unidos fue perpetrado por Charles Guiteau contra el presidente James Garfield. Guiteau era un aspirante a un cargo diplomático quien en los meses anteriores había asediado al presidente solicitándole un empleo. Devoto de la teoría de las recompensas oficiales por trabajos políticos, pero lleno de ira por no obtener una respuesta favorable, aguardó al presidente en una estación de ferrocarril y cuando lo tuvo cerca le descerrajó dos balazos: uno le dio en el brazo y el otro se alojó en la columna vertebral del primer mandatario provocándole la muerte dos meses y medio después. Detenido en el mismo momento del atentado, los abogados de Guiteau decidieron declararlo loco. Las crónicas de la época dicen que las audiencias judiciales parecían escenas de un manicomio. Guiteau hacía discursos incoherentes afirmando que todo lo que había hecho le había sido dictado por Dios y que por lo tanto era éste quien debía ser juzgado. El disparatario terminó con una corta deliberación del jurado que lo declaró culpable. Guiteau fue finalmente ejecutado en 1882.

Todos pensaban que en Estados Unidos no podía existir un presidente más conservador que William Mc Kinley, electo en 1896 y reelecto cuatro años después. Se dieron cuenta que Teodoro Roosevelt era peor recién cuando el primero fue asesinado. Igual que el fingido demente Guiteau, el presidente Mc Kinley aseguraba que sus actos bélicos le eran inspirados por la divinidad. La Guerra de España que no contó a Estados Unidos ninguna baja salvo los enfermos de malaria, le había sido dictada en un acto místico. La anexión de las Filipinas también había sido un pedido de Dios que le "había encomendado que enviara tropas allí con la misión de cristianar y evangelizar". Su misión divina costó 600 mil cadáveres filipinos y Mc Kinley rezongó a los sobrevivientes diciéndoles que no comprendía cómo recibían a tiros a sus salvadores. En setiembre de 1901, Mc Kinley asistió a una feria en la ciudad de Búffalo y cuando se encontraba estrechando las manos de los ciudadanos, que hacían colas para agasajarlo, uno de ellos no solamente se negó a hacerlo sino que le pegó dos balazos, uno en el pecho y otro en el abdomen. Era una persona de 28 años, hijo de polacos inmigrantes llamado León Czolgosz, de filiación anarquista quien declaró que no se arrepentía de haber matado al presidente porque era un enemigo de los trabajadores. Como ser anarquista en Estados Unidos era en aquellos años un evidente signo de desquiciamiento mental, las autoridades lo consideraron demente, pero no obstante, lo juzgaron. El jurado demoró 34 minutos en declararlo culpable. Lo electrocutaron, pero no entregaron de inmediato su cadáver a la familia. Lo pusieron en un ataúd de metal y lo cubrieron de ácido, seguramente para disolverle definitivamente las ideas anarquistas. Nadie averiguó si quienes realizaron esta obra de purificación estaban locos o cuerdos. A Mc Kinley lo sucedió Teodoro Roosevelt, quien estaba convencido que la misión escogida por la Providencia para los Estados Unidos era la de salvar el mundo especialmente de las fuerzas que se oponían a los sistemas democráticos capitalistas.

Las cuatro oportunidades referidas no fueron las únicas en las que los ciudadanos estadounidenses atacaron a sus propios presidentes con la intención de darles muerte. Franklin Delano Roosevelt, sobrino de Teodoro, fue objeto de un atentado en 1923, en ocasión de su primera presidencia. Pudo salvarse de las balas pero el alcalde de Chicago Antón Cermak, que estaba a su lado, resultó muerto. El 1º de noviembre de 1950, el presidente Harry Truman fue asaltado por nacionalistas portorriqueños en Blair House donde residía. Si bien no fue alcanzado por las balas, uno de sus guardaespaldas resultó asesinado.

En 1963, la situación política en buena parte del sur de Estados Unidos no difería mucho de la que habían preconizado 60 años antes Mc Kinley y Teodoro Roosevelt. El rechazo al presidente Kennedy era más que palpable y sus esfuerzos por integrar a la comunidad negra a los derechos ciudadanos comunes eran mirados como una traición. Eso decían los volantes anónimos distribuidos profusamente antes de su llegada a Dallas e incluso los avisos de página entera en los diarios y las solicitadas escritas por eminentes personalidades sureñas. En los meses anteriores a la visita del presidente, se habían sucedido terribles hechos de violencia contra la población negra. Medgar Evers, secretario en Mississipi de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) había sido asesinado a tiros por la espalda luego que le fuera advertido en reiteradas ocasiones, que no debía efectuar ninguna campaña a favor de los negros. Un cartero blanco llamado William Moore que resolvió emplear el tiempo de su licencia en pasearse con un cartel exhortando a la igualdad racial fue también muerto a balazos. Más cerca en el tiempo, había tenido lugar el peor de los crímenes: una bomba colocada en una iglesia para negros en Birmingham fue hecha estallar cuando había una reunión de niños que se estaban interiorizando en el estudio de la Biblia. Cuatro niñas murieron y nunca pudo encontrarse a los autores.

Desde un primer momento, los negros del sur y los blancos que simpatizaban con su causa, atribuyeron el asesinato del presidente John Kennedy a los fanatizados elementos racistas que, organizados impunemente durante años como integrantes del Ku Klus Klan, se habían dedicado durante décadas a linchar negros, castrarlos o incendiarles viviendas y plantaciones. Tampoco la gente de extrema derecha se preocupó por disimular sus odios. Richard Ely, presidente del Consejo de Ciudadanos Blancos de Nashville, Tennesee, declaró luego del crimen: "Kennedy ha tenido la muerte de un tirano. Fomentó la integración que goza del beneplácito del comunismo".

No parecía lógico que ese presidente que de acuerdo a las teorías ultrarreaccionarias sureñas estaba gobernando de tal manera que favorecía al comunismo, fuera asesinado precisamente por órdenes o indicaciones del gobierno soviético. Sin embargo, esa fue la primera explicación. La página tres del diario El País del domingo 24 de noviembre, bajo el título en dos líneas "El acusado se negó a someterse a un detector de mentiras y la prueba con la parafina fue positiva" traía un telegrama de la agencia AP que decía textualmente lo siguiente. "DALLAS 23. El Fiscal del Distrito Henry Wade declaró hoy que confía en que logrará obtener la pena de muerte para Lee Harvey Oswald que está acusado del asesinato del Presidente John Kennedy. Oswald de 24 años, está orgulloso de ser comunista aunque ha negado haber matado a nadie". El resto de la información contenida en el cable detallaba que Oswald había regresado a Estados Unidos hacía un año luego de una estadía de tres en Rusia donde había jurado lealtad a la Unión Soviética y tratado de renunciar a su ciudadanía estadounidense. Oswald era actualmente miembro del comité procastrista Trato Justo Para Cuba y cuando fue detenido admitió su filiación comunista diciendo que estaba orgulloso de su actitud.

Las autoridades afirmaron haber establecido que Oswald estaba en el depósito de libros cuando el presidente fue baleado. El arma fue hallada parcialmente oculta tras libros y restos de pollo frito en el sexto piso. Se trataba de un rifle de seis milímetros y medio aparentemente de origen italiano. El jefe de policía Jeff Curry dijo a AP que creía que había llevado el rifle cuando fue al trabajo por la mañana diciendo que eran cortinas para ventanas envueltas en un papel marrón. Un portero del edificio dijo que trasladó a Oswald al sexto piso en ascensor y luego había bajado a la planta baja para observar el paso de Kennedy. Luego de eso, dijo Curry, se sabe que Oswald descendió y se alejó del edificio a pie. Un policía de apellido Tippit quiso detenerlo luego de haber escuchado por la onda policial la descripción de él, quiso interrogarlo, pero Oswald disparó contra él matándolo. Posteriormente la policía local supo que había un sospechoso dentro de un pequeño cine local y procedió a su arresto. Curry dijo que Oswald de había negado a ser sometido a un detector de mentiras, pero que la prueba de parafina para saber si había disparado un arma, había resultado positiva.

Muy pocas horas después, sobrevendrían sorprendentes novedades que originarían múltiples interpretaciones. ©

Próxima semana: segunda parte.



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