Sábado 9 de julio de 2005 | Año 87 - Nº 30141
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El hombre secuestrado dos veces (III)
Lo que más extrañé, fue no ver al Topo Gigio

Menos de una semana después de su primer secuestro fue liberado el presidente de UTE. Nadie imaginaba que casi tres años después correría la misma suerte, y menos que esta vez, su prisión duraría largo tiempo. Él sí lo sospechaba y nunca salía de su casa sin portar el revólver.

Nadie hubiera podido afirmar, en aquel terrible año 1968, que el doctor Ulysses Pereira Reverbel gozaba de un gran aprecio ciudadano. Aun las personas menos radicales —que las había, aunque infrecuentes— lo consideraban, juzgándolo por sus apariciones públicas, un hombre altanero, poco solidario con los problemas de la gente y enemigo declarado del gremio que representaba a los empleados del organismo público que presidía. Se le solía echar en cara que en el carnaval de 1971, en medio de una interminable cadena de cortes de corriente eléctrica que tenía hastiada a la población, había participado de una fiesta en Punta del Este, todo vestido de negro, advirtiendo a los presentes en medio de risas, que iba disfrazado de apagón. Y había hechos peores. Siempre se recordaba que unos años antes, había matado a tiros al distribuidor de La Escoba en el departamento de Artigas. Este semanario, que no se caracterizaba precisamente por su lenguaje elegante ni por su respeto a los lectores sino que solía solazarse con los chismes más bajos, había escrito algo que lesionaba seriamente su moral y la reacción de quien entonces sólo era un estanciero poderoso, fue herir de muerte a la persona que representaba al periódico en la zona. Tiempo después, ya adherido fervorosamente al pachequismo, su actuación como legislador y más tarde como presidente de UTE le había granjeado muchos enemigos. Las tensiones políticas de aquellos años, sumadas a la sospecha de que pudiera ser secuestrado de nuevo, le habían perturbado el carácter. Él mismo lo reconoció en su libro Un secuestro por dentro (Ed. del autor, 1999) "La tarea indudablemente agotadora, el hecho de que no hiciese un descanso anual y mi carácter impulsivo y exigente, (...) se unieron para crearme un estado de nerviosismo que se tradujo en irritabilidad creciente que no podía dominar. Esta irritabilidad me llevaba a reaccionar intempestiva o desmesuradamente en situaciones normales".

Sin embargo, los nervios exacerbados del jerarca no eran motivo de referencia en aquel particular momento político. Su liberación, luego del secuestro llevado a cabo por los Tupamaros, que había tenido lugar casi tres años antes, había significado para muchos un gesto de tregua, en medio del caos reinante. El propio protagonista había relatado aquellas horas en el libro citado en el párrafo anterior "(...) me dieron una nueva inyección, esta vez en el dorso de la mano derecha. Pese a que redoblé mi esfuerzo por seguir consciente, perdí completamente el conocimiento. Pero seguramente el esfuerzo que hice para no dormirme y seguir consciente hizo que el efecto del pentotal que seguramente fue bien calculado, no durase el tiempo debido. Lo cierto es que aunque no con plena conciencia, me desperté cuando me depositaban bruscamente en el piso. Noté que no era el piso de la habitación forrado de cartón y que estaba sobre una arpillera. (...) La tomaron por sus cuatro puntas y levantándome, me pusieron sobre lo que supuse era la caja de una camioneta pick up, ya que me colocaron con el cuerpo a lo largo mientras uno decía: ‘¡qué tipo pesado!’(...) El vehículo tomó primero por un camino de tierra muy desparejo. Sabía que cuatro personas me habían puesto en la camioneta ya que cada una de las cuatro puntas había sido levantada por una pero pese a que en forma cautelosa reiteradamente abrí los ojos, sólo percibía una oscuridad absoluta". Luego de un rato de viaje, pese a su estado cercano a la inconciencia, Pereira Reverbel percibió que era trasladado a otro vehículo más chico (luego comprobó que era un Land Rover, tal vez el mismo en el que había sido secuestrado) en cuya caja su corpulencia lo obligaba a permanecer doblado. Anduvieron en él un rato y luego se detuvieron. Los captores descendieron y lo dejaron. "Esperé un instante y creyéndome fuerte" —sigue el testimonio del secuestrado— "separé la arpillera e intenté salir por la parte trasera, cuya cortina estaba baja pero suelta. Probablemente continuaba el efecto del pentotal pese a que venía perfectamente consciente, pues tuve que hacer un gran esfuerzo para salir del vehículo y me caí al transponer la parte metálica de la puerta trasera. Estaba en libertad. (...) Miré a mi alrededor. No conocí el barrio en que me encontraba, pero vi la luz de una casa y me dirigí hacia allí, atravesando la calle. (...) Toqué timbre y mareado por el esfuerzo, me senté en el muro. Una señora miró desde una ventana del primer piso y dijo ‘es un borracho’. Pero simultáneamente su hija, que al oír el timbre también miró por la ventana, gritó: ‘¡Es el presidente de UTE, mamá!’. Pereira Reverbel fue atendido solícitamente y al poco rato, luego que se reencontrara con sus familiares, fue trasladado a la Jefatura de Policía. Su primer secuestro, de breves días, había tenido un final feliz. Al día siguiente, martes 13 de agosto de 1968, convocó a una conferencia de prensa.

Aunque parecía harto improbable que el presidente de UTE fuera a ser secuestrado nuevamente a veinticuatro horas de ser puesto en libertad, las precauciones tomadas para el acceso de los periodistas al Salón de Actos del Palacio de la Luz fueron tan extremas que solamente podían acceder mediante tarjetas muy limitadas que llevaban dos firmas y debían ser devueltas al salir del recinto. Pereira Reverbel entró diez minutos pasada la hora 18, luego de ser anunciado por el encargado de la Oficina de Informaciones de la Presidencia de la República Mario Renna, rodeado de una nube de guardias y agentes de seguridad. Los diarios recuerdan que estaba impecablemente vestido con un traje a cuadros, corbata roja y negra y el infaltable pañuelo al tono en el bolsillo superior del saco. Contestó todas las preguntas, muchas de las cuales hacían referencia a los detalles de su secuestro, ya expuestos en el primer capítulo de estas notas. Dijo además que sus captores hablaban entre sí muy poco y en voz baja, pero que se encontraban en estado paranoico, que lo habían tratado aceptablemente bien, que eran marxistas leninistas y por lo que pudo escuchar, estaban en la línea de China comunista y no en la de la Unión Soviética. Otros momentos de la conferencia de prensa, sorprendieron por la liviandad de las preguntas y el tono burlón de las respuestas.

—¿Hicieron sus raptores mención a sus ideas políticas?

—En algún momento me expresaron sus ideas marxistas-extremistas.

—¿Por qué lo raptaron?

—Yo también me lo pregunto.

—¿Qué sentía y qué pensaba mientras estaba encerrado?

—Sin muchos entretenimientos se piensa en muchas cosas. Pero en ningún momento pensé que me fueran a matar. Me afligía que mi familia no tuviera noticias mías. Y lamenté mucho que el miércoles no pudiera ver el Topo Gigio en la televisión.

Casi al finalizar su exposición, el presidente de UTE expresó que uno de sus captores le había dicho:

—¿Pero ustedes no sabían que nosotros íbamos a hacer estas cosas y muchas más?

Pese a ello y probablemente llevado por su candidez o por su falta de conocimiento en relación a todo lo que estaba pasando a su alrededor en el exacto momento de la conferencia de prensa (dos estudiantes baleados y al borde de la muerte, clases suspendidas, incidentes en las calles) o simplemente por intentar llevar un poco de tranquilidad a la gente expresó:

—No creo que secuestros como el mío vuelvan a repetirse.

En carne propia y en la de más de una veintena de personas privadas de su libertad en meses sucesivos por el MLN, conocería tres años después el error de sus palabras.

El 30 de marzo de 1971, Uliysses Pereira Reverbel acudió a su despacho de la UTE como todos los días. Su intención era asistir a la sesión del directorio y luego despedirse, porque al día siguiente comenzaban sus vacaciones. Su propósito era pasar la Semana de Turismo en los lagos del sur de Argentina, luego pasar por su establecimiento de campo y más tarde viajar a Washington, donde uniría al descanso, una gestión para el organismo que presidía. No disponía de mucho tiempo antes de su partida y una visita previa al dentista le era indispensable. Como hacía habitualmente, luego de su primer secuestro, tomó su revólver al salir de su casa. Si bien pensaba que la probabilidad de ser secuestrado dos veces era bajísima, en esos años, habían menudeado los raptos y toda precaución era poca. En el episodio anterior, había cometido el error de andar desarmado, pero luego de su liberación había reflexionado muchas veces que en caso de sucederle algo, iba a vender muy cara su captura. Mientras su chofer lo conducía al consultorio, iba leyendo el diario. Al llegar, lo plegó, puso el arma adentro y entró casi corriendo al Palacio Díaz, porque ya tenía casi una hora de atraso. En la sala de espera había una pareja joven que la odontóloga le presentó diciéndole que eran dos uruguayos que estudiaban arte en Londres y estaban de paso por la ciudad. Entró al consultorio, dejó el diario con el revólver dentro sobre un mueble y se sentó. Antes que empezaran a atenderlo, entraron varias personas, entre ellos los falsos estudiantes de arte y lo amenazaron con armas. Recordó lo que tantas veces había imaginado: que en caso de un nuevo ataque se iba a defender a tiros y trató de llegar hasta su revólver. Pero una serie de golpes lo desmayaron. Cuando recobró una breve lucidez, comprobó que se hallaba envuelto en algo, dentro de un vehículo en marcha. Entonces escuchó que alguien decía:

—Si te movés, hijo de puta, te mato aquí mismo.

De los minutos siguientes recordó muy poco, aunque vagamente percibió que lo habían cambiado de vehículo. Cuando recobró el conocimiento lo estaban metiendo por un agujero en el piso. Alguien le sacó la camisa y rezongó con la cadenita de unos gemelos de oro que le abrochaban los puños. Luego le dijo:

—En esta prisión, haga lo que quiera, porque no verá la luz del sol y nunca sabrá si es de día o de noche.

De su proyecto de vacaciones no se acordó más.

Restablecida la normalidad institucional, el secuestro fue recontado por sus propios autores, quienes le aportaron detalles que estuvieron a punto de convertir la tragedia en una comedia de equívocos. El operativo había sido concebido como una mudanza. La empresa debía llegar hasta el Palacio Díaz, donde debido a sus funciones el camión podría parar en pleno 18 de Julio sin llamar la atención. Los falsos peones de la mudanza tenían que sacar unos cajones vacíos y trasladarlos hasta el piso donde estaba el consultorio donde se tenía que atender el presidente de UTE. Como seguramente se les diría que allí nadie se mudaba, pedirían perdón aduciendo un error de piso y se irían con los cajones, pero dejando uno momentáneamente en ese lugar, a la espera de la concreción del rapto. Claro que no contaban con la idiosincrasia nacional. Probablemente algún vecino del mismo piso vio un cajón semiolvidado en el pasillo y rápidamente lo arrastró hasta su apartamento, de modo que el escamoteo privó a quienes habían planificado cuidadosamente el procedimiento, del medio en el cual debía ser trasladado Pereira Reverbel hasta el camión. Cuando los Tupamaros quisieron hacer introducir el cajón en el apartamento para colocar adentro el cuerpo exánime del secuestrado, se encontraron con que ya no estaba. De modo que tuvieron que improvisar otro recurso: pusieron el cuerpo sobre una gran alfombra, la enrollaron y cargándola sobre los hombros de dos personas, la bajaron hasta la calle.

Durante varios días, Pereira Reverbel fue sometido a visitas casi diarias de un médico a quien nunca pudo ver la cara. Tenía heridas profundas en el cuero cabelludo y en la boca, consecuencia de los golpes recibidos, pero la atención —recordó— fue solícita. Parece claro hoy que muerto, crearía muchos más problemas que vivo. Su celda era mínima, con lugar apenas para un camastro y 40 centímetros para caminar. Sus "servicios higiénicos" consistían en un balde con tapa que retiraban dos veces por día y devolvían lavado. Los hombres que lo custodiaban, que se encontraban a pocos metros usaban también adminículos parecidos. Para evitar los hedores, utilizaban aerosoles perfumados. Le brindaban cuatro comidas diarias por prescripción médica y a veces, con las tostadas también le traían mermelada. Pero las horas destinadas al sueño, eran un martirio. "Mi celda estaba permanentemente iluminada porque no me permitían apagar la luz para dormir" —relató después el presidente de UTE— "y había un grabador que los primeros tiempos funcionó —durante lo que suponía que eran las horas del día— de manera continua". El ambiente era tétrico e impresionaba. Condenado a vivir a oscuras y prácticamente inmóvil, Pereira Reverbel se planteó la necesidad de hacer ejercicios para preservar su vida y mantener su salud mental. Venciendo las dificultades —había una viga más baja que su cabeza—empezó a caminar por el estrecho espacio que estaba a lado de su cama, de una pared a la otra. Exactamente, un metro con ochenta. Para no olvidarse, cada vez que hacía el recorrido cien veces, daba vuelta la hoja de un libro de economía que le habían prestado. Así llegó a hacer entre diez y 12 quilómetros por día.

El otro terrible problema era la higiene. Durante las primeras semanas de cautiverio, no pudo cambiarse la ropa ni pasarse un poco de agua por el cuerpo. "La pequeñez de mi celda, sumado a que nunca me permitían apagar la luz, creaba un ambiente caluroso que me hacía transpirar, aun cuando no me movía de la cama. Cuando comencé a moverme, la transpiración fue mezclándose con la sangre coagulada, haciendo que mi suciedad aumentase al extremo de transformarme en un ser maloliente".

Una mano piadosa y tal vez harta de soportar aquel aire irrespirable, le alcanzó primero una palangana con agua y luego un balde. De esa forma, ayudado por un pequeño trapo, pudo por fin higienizarse. Desde entonces, una vez por semana, le permitían también el lavado de la ropa, la cual secaba al calor de la lamparilla siempre prendida. A esa altura —varias semanas habían pasado ya de su captura— el trato había mejorado notoriamente y el prisionero había llegado a pensar si su rapto no habría sido más un ejercicio de poder que una forma de presión. Tal vez era como decirle al gobierno: "hacemos lo que queremos, cuando lo deseamos y ustedes son incapaces de impedirlo".

Dos hechos aliviaron notoriamente la monotonía de los últimos tiempos de confinamiento del presidente de UTE. Uno fue la autorización para que escribiera las vicisitudes de sus dos períodos de permanencia en las celdas del MLN y el otro el secuestro del ex ministro de Ganadería y Agricultura Carlos Frick Davies, el 14 de mayo de 1971. En realidad, encerrado en un subsuelo casi hermético, privado de todo contacto con el exterior, Pereira Reverbel ignoraba los detalles de la guerrilla interna que continuaba en las calles de la capital. No tenía idea del secuestro del industrial Ricardo Ferrés ni del intento de captura de Juan José Gari por parte de sediciosos vestidos como policías, que pudo ser impedido por las sospechas de su hijo. Tampoco sabía que continuaban los asaltos llevados a cabo por los Tupamaros y que en el mes de abril habían muerto a balazos un policía y un miembro del MLN en diferentes circunstancias.

El 14 de mayo, un mes y medio después de su captura, el denominado "prisionero de guerra" percibió movimientos extraños, ruidos y gritos y pensó que algo fuera de lo usual estaba sucediendo. Por las conversaciones, se dio cuenta de que habían traído a un nuevo secuestrado cuyo nombre averiguó después, era Carlos. Tardaría mucho en identificarlo y más todavía en llegar a conversar con él. En verdad, su segundo cautiverio había empezado peor que el anterior. Tuvo que soportar un grave problema psíquico que obligó a sus captores a proporcionarle cuidados especiales, una alimentación insuficiente que le provocó 30 quilos de pérdida de peso, hostigamiento de la soledad y la falta de diálogo y en ocasiones, hostilidad y trato riguroso. Más de una vez le dieron comida sin cortar "para que comiera con las manos y desgarrara con los dientes, como los pobres". Pasados los primeros meses, las cosas fueron mejorando y nunca se explicó las razones. Un guardián le enseñó ejercicios gimnásticos. Otro, a jugar a la conga. Un tercero le dio lecciones básicas de ajedrez. Pudo escribir, discutir y hasta bromear con sus captores. Le permitieron leer Marcha y diarios cuidadosamente recortados. Por último le concedieron autorización para conversar con el otro cautivo, Carlos Frick Davies. En esas condiciones lo sorprendió la que sería la fecha clave de su vida: el 30 de mayo de 1972.

Próxima semana: último capítulo.

Descubrimiento de la tatucera y liberación.



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