Sábado 2 de julio de 2005 | Año 87 - Nº 30134
Internet Año 10 - Nº 3245 | Montevideo - Uruguay
Inicio
Suscriptores
Reg. de usuarios
El País Móvil
Publicidad
Correo
Mapa del sitio
 Noticias
 Producción Digital
 Especiales
 Suplementos
Agropecuario
Cultural
DS - Domingos
Di Candia
Economía y Mercado
El Escolar
El Empresario
Paula
Qué pasa
Sábado Show
 Servicios
 Participación
El hombre secuestrado dos veces (II)
Mientras el estudiante Líber Arce agonizaba, fue liberado Pereira Reverbel

A mediados de 1968, la agitación obrera y estudiantil, era el lugar común en las calles de Montevideo. En ese caos, mientras se militarizaba a los trabajadores de algunos gremios, la inflación estaba próxima al 15% mensual y los estudiantes quemaban ómnibus, fue secuestrado el presidente de UTE Ulysses Pereira Reverbel.

El secuestro del presidente de UTE Ulysses Pereira Reverbel, amigo de hierro y uno de los hombres de más confianza del presidente de la República, desorientó al gobierno, todavía ineficientemente preparado para la actividad subversiva y menos aún para esa clase de hechos desconocidos en el país. Los días 8 y 9 de agosto de 1968, elementos de la policía de Montevideo y Canelones apoyados por el Ejército y la Fuerza Aérea, revisaron metro a metro las zonas suburbanas de la capital y los balnearios costeros de Canelones, mientras otras fuerzas revisaban partes de Maldonado, San José, riberas del Santa Lucía, autódromo Nacional y Rincón de la Bolsa, lugar este donde se sospechaba que realizaban frecuentes reuniones los integrantes del MLN Tupamaros. Nada se encontró, lo cual fue aumentando las inquietudes. En cambio trascendió, aunque no se especificó por qué vía se obtuvieron las informaciones, que los autores del secuestro eran el ingeniero Jorge Manera Lluveras, el ex profesor de Bellas Artes Julio Marenales, quien habría sido el que participó vestido de policía, y Tabaré Rivero Cedrés.

Otros dos sucesos vinieron a complicar más la situación. Uno fue un comunicado del MLN dirigido a la prensa explicando la causa de su proceder, el otro una carta del secuestrado, aparecida, misteriosamente en el Banco Central. El mensaje tupamaro decía: "Frente al ataque violento y desembozado que seis o siete grandes banqueros, especuladores, latifundistas y comerciantes erigidos en ministros y gobernantes, están llevando a cabo contra derechos y libertades fundamentales de nuestro pueblo. Frente al ataque fascista contra las auténticas organizaciones sindicales, estudiantiles y populares, expresado fundamentalmente por la reglamentación sindical, los apaleos, la militarización y las detenciones registradas. Frente a la inmoralidad que significa la congelación de salarios e ingresos de los sectores más empobrecidos, mientras se mantienen intactos los intereses de quienes son los causantes de la crisis que sufre el país y después de haber enriquecido los bolsillos de unos pocos especuladores que ocupan cargos de gobierno a instancias de una devaluación fraudulenta. Frente a la entrega de nuestro país al capital norteamericano a través del Fondo Monetario Internacional y de la injerencia cada vez mayor de las dictaduras vecinas en nuestros asuntos (...) lo que corresponde es organizar la defensa del pueblo, continuar la lucha organizándose adecuadamente para responder a la violencia reaccionaria con la lucha revolucionaria. (...) Por ello, y como advertencia de que nada quedará impune, y de que la justicia popular sabrá ejercerse por los canales y de la forma que corresponda y convenga, es que hemos detenido al señor Ulises Pereyra (textual, en realidad Ulysses Pereira) Reverbel digno representante de este régimen, estanciero, defensor de grandes contrabandistas de Artigas, asesino a mansalva de una persona sin haber pagado su crimen, perseguidor de los obreros de UTE y uno de los principales ideólogos de la política imperante". Por su parte, el contenido de la carta de Pereira Reverbel al presidente de la República no trascendió. El propio presidente de UTE admite en su libro haberla escrito, aunque no se explica la forma en que llegó hasta su destinatario.

La desaparición de Pereira Reverbel fue el detonante final de un estado de violencia que azotaba diariamente a la sociedad del país, en especial la de la capital. El 9 de agosto, el ministro del Interior Eduardo Jiménez de Aréchaga ordenó sorpresivamente el allanamiento de la Universidad de la República, las Facultades de Agronomía, Arquitectura y Medicina y la Escuela Nacional de Bellas Artes. En conferencia de prensa explicó la razón de sus actos: la certeza de que en esos lugares se depositaban armas, panfletos violatorios de las Medidas Prontas de Seguridad vigentes y todo tipo de elementos de apoyo al MLN. El día inmediato, un comunicado oficial del ministerio detalló lo encontrado: en Arquitectura, grampas, bombas incendiarias, cócteles Molotov, varillas de hierro y revólveres de distinto calibre. En Agronomía, hondas para arrojar proyectiles, piedras y una catapulta de madera. En Bellas Artes volantes ofensivos, afiches relativos al gobierno, cartelones y recipientes con ácido. En Medicina manifiestos incitando a la lucha armada, trozos de hierro, grampas y hondas. En la Universidad Central, cartuchos de perdigones, bombas de alquitrán y manifiestos subversivos.

El Consejo Directivo Central de la Universidad contraatacó de inmediato y en un duro manifiesto emitido ese mismo día, denunció que el asalto se había llevado a cabo sin ninguna gestión previa ante las autoridades, que durante el mismo las fuerzas policiales causaron ingentes destrozos y sustrajeron material docente y documentación por valor de varios millones de pesos y que las autoridades universitarias responsabilizan de ese hecho que no tenía precedentes en la historia del país ni en las épocas de los gobiernos más despóticos que ha padecido la República, al presidente de la República Jorge Pacheco Areco y sus ministros, muy especialmente a aquellos que ostentaban títulos universitarios.

En realidad, si bien las autoridades habían fracasado en la obtención de elementos subversivos, (ningún movimiento insurreccional contra un gobierno se lleva a cabo con algunos revólveres, grampas tipo miguelito, panfletos, afiches, varillas de hierro y catapultas caseras de madera) el argumento de la falta de autorización previa esgrimido por la Universidad era pueril. La exigencia de una requisa avisada o prevenida era de una inocencia tal, que parece difícil de concebir en autoridades universitarias.

La gravedad de los hechos que se acaban de relatar, quedó opacada ese mismo día, como consecuencia de la previsible reacción estudiantil. En respuesta a la acción policial en los centros de enseñanza referidos, que fue tomada como una violación a la autonomía universitaria, las calles céntricas de Montevideo fueron invadidas por miles de estudiantes en actitud francamente agresiva. Los allanamientos se llevaron a cabo a las tres de la madrugada, pero a las 9.30, cuando los primeros estudiantes entraron a los locales y comprobaron lo sucedido comenzaron a manifestar su protesta de una manera que al principio fue inorgánica y luego culminó con violencias y enfrentamientos trágicos. "Sin que se pudiera establecer dónde se formaban los grupos" —dice la crónica del diario El País del 10 de agosto— "a lo largo de la mañana y cerca del mediodía, contingentes estudiantiles hicieron su aparición en puntos distantes de la zona céntrica causando perjuicios al normal desplazamiento vehicular y consiguiendo incluso desviar a varios ómnibus con sus muestras de hostilidad que se materializaron con el golpetear sobre ellos. Efectivos policiales de Seguridad y de la Guardia Republicana no se dieron tregua en correr de un lado a otro para disolver a los grupos que pronto se reagrupaban en otros lugares. (...) Cuando eran las siete de la noche, los disturbios adquirieron mayor gravedad. Para esa hora, pese a que el edificio de la Universidad Central seguía ocupado por un número indeterminado de estudiantes, los efectivos que se mantenían cerca del lugar parecían no ser suficientes. Era visible que a pesar del intenso gaseamiento a que la Universidad era sometida, las pedreas no cesaban y por el contrario aumentaban en su intensidad. Fue en esas circunstancias que hicieron su aparición en la zona numerosos grupos de estudiantes que también arreciaron contra las fuerzas del orden, que en su momento se vieron desbordadas. La violencia desencadenada a todo lo largo de la calle 18 de julio y esporádicamente en calles paralelas, se prolongó por espacio de más de dos horas, al cabo de las cuales la policía logró dominar la situación restableciéndose paulatinamente el orden. Pasados los primeros momentos de agudo confusionismo, en medio de un mar de agudas y contradictorias versiones, se pudo ir teniendo una idea aproximada del saldo provisional de heridos que las refriegas habían dejado. Mario Toyos, de diecisiete años, estudiante de Preparatorios de Agronomía en el IAVA, recogido en la intersección de Eduardo Acevedo y Lavalleja, al cual una granada de gas lacrimógeno le había estallado en su cabeza, sufrió fractura y hundimiento del cráneo con pérdida de masa encefálica. Se advirtió la presencia de gas en el cerebro". Hubo, además, varios estudiantes heridos de bala y cinco policías trasladados al Hospital Militar, pero todos ellos fuera de peligro.

Como corolario de lo actuado por el Ministerio del Interior en la Universidad y otros centros de estudio, el Poder Ejecutivo, ante la gravedad de la agitación estudiantil, solicitó al Senado la venia para destituir a los miembros del Consejo Central Universitario. Seguramente, la medida era coherente con la firmeza que se había propuesto del gobierno, pero no contribuyó a aliviar la situación. Más irritados de lo que ya estaban, los estudiantes volvieron a largarse a las calles el día lunes realizando manifestaciones de acuerdo a los horarios de sus clases. Volvamos a la crónica de los diarios: "Nuevos y graves desórdenes volvieron a registrarse ayer al chocar estudiantes y policías en distintos puntos de la capital. Un saldo no definitivo ni oficial de los disturbios comprendía a varios estudiantes heridos de bala —uno de gravedad—diecinueve policías heridos, algunos también de bala y numerosos comercios dañados como consecuencia de las intensas pedreas. No hay constancia tampoco de la cantidad de personas afectadas por la acción de los gases lacrimógenos disparados con profusión para poner fin a las revueltas. Tras varias horas de lucha, el inicialmente compacto contingente de estudiantes fue cediendo hasta que los últimos buscaron refugio en el edificio de la Universidad, desde donde a partir de las nueve de la noche, se les permitió su retiro sin ningún requisito previo (...) Las autoridades policiales advierten con creciente preocupación que la propalación de falsas informaciones está contribuyendo a acrecentar el ya demasiado enrarecido clima que un día sí y otro también (...) desemboca en actos de la más desenfrenada violencia. (...) Esta recomendación alude directamente a volantes que ayer fueron distribuidos en distintos puntos de la ciudad bajo el título: ¿Por qué se oculta la muerte del estudiante Mario Toyos?" En realidad, Toyos no había fallecido, aunque seguía grave.

Las docenas de gaseados, heridos de bala y lastimados producidos en la Universidad y sus alrededores (exactamente dos meses después y a una escala mucho mayor pasaría lo mismo en las universidades de París) fueron consecuencia de una muerte terrible, que todavía hoy es esgrimida como un símbolo de la resistencia estudiantil. Los hechos habían ocurrido cerca del mediodía, en las proximidades de la Facultad de Veterinaria.

La crónica policial del diario El País, los recogió de esta manera. "En la seccional novena se tuvo conocimiento de que alrededor de cuatrocientos estudiantes se hallaban concentrados con evidentes propósitos de manifestar. El grupo se había concentrado frente mismo a la Facultad, en General Prim entre Julio César y Larrañaga y hasta allí se dirigieron un oficial y tres agentes a bordo de un jeep. El oficial confió en su persuasión y descendió, dirigiéndose hacia la concentración pretendiendo hablar con los estudiantes. Su actitud quizá fue mal interpretada y de inmediato se le rodeó y derribó por lo que el funcionario accionó su arma de reglamento vaciando el cargador. A consecuencia de su proceder, Líber Artes (textual) oriental, soltero de veintiocho años domiciliado en Chimborazo sin número, estudiante de veterinaria, cayó gravemente herido alcanzado en la región inguinal. Se le condujo al Hospital de Clínicas donde fue sometido a una prolongada intervención quirúrgica. La Jefatura de Policía dispuso en relación a este episodio, la inmediata separación de los funcionarios actuantes, la instrucción de una información sumaria y el sometimiento de los mismos a la Justicia".

Un parte médico referido al estado de salud del estudiante Líber Arce, (ahora sí escrito correctamente) expedido a medianoche en el Hospital de Clínicas, luego de advertir que el estado del paciente era muy grave, expresaba textualmente, entre otros conceptos médicos: "Diagnóstico lesionar del enfermo. Anemia aguda, paro cardíaco que se recuperó con masajes. Herida de arteria femoral izquierda en la confluencia de la femoral superficial y profunda con pérdida de sustancia y arrancamiento de la arteria femoral profunda".

Líber Arce que no era estudiante de veterinaria como consigna la información antedicha, sino que estudiaba para auxiliar de odontología, falleció a la mañana siguiente.

Para unos, había sido un agitador social, un estudiante eterno de 28 años que promovía desórdenes en un centro de enseñanza que no era el suyo. Para otros, el hijo de un obrero que desde temprana edad se había afiliado a la Unión de Juventudes Comunistas e incluso había viajado a Moscú y luchaba por las causas populares. Fue velado en el atrio de la Universidad y la inmensa multitud que acompañó su cuerpo hasta el cementerio del Buceo, transformó el hecho en un sorprendente y doloroso plebiscito popular contra la política del gobierno.

Era muy claro a esa altura —y las elecciones de 1971 habrían de confirmarlo— que el país (con prescindencia de las simpatías o antipatías que despertara el movimiento tupamaro) se había radicalizado hondamente y desde el punto de vista ideológico estaba separado en dos mitades casi exactas.

La casualidad enlaza a veces lo trágico con lo frívolo. La misma noche en que Líber Arce agonizaba, se presentaba en el teatro Solís Maurice Chevalier, seguramente el cantante francés más famoso del siglo, quien estaba de gira por América para festejar sus 80 años.

Como era previsible, la agitación no cesó con el entierro de Líber Arce, aunque todos reconocieron que había tenido lugar en medio de un recogimiento que era el reflejo de la propia congoja de los participantes. Pero a la noche cambiaron las cosas, cumpliéndose las predicciones de quienes pensaban que la calma terminaría junto con el acto del sepelio. El diario El País, que traía en su portada una enorme foto en colores del incendio de un auto y otra de la vidriera de la sucursal Cordón del Banco de Crédito hecha añicos, coronadas por un gran titular que decía: Pese al pedido de calma grandes daños y desmanes, se refería a lo ocurrido de acuerdo a este resumen. "Unos cuatro mil revoltosos, se adueñaron anoche de toda la avenida 18 de julio dedicándose a destrozar escaparates y vidrieras comerciales. Blancos predilectos de los desordenados parecieron ser los locales bancarios ubicados a lo largo de la avenida. Muebles de un club político fueron substraídos y amontonados en la calles, donde les prendieron fuego apedreándose después a los bomberos. Posteriormente se produjeron saqueos en varios de los comercios destrozados. Muchos de los manifestantes empuñaban armas de fuego que fueron disparadas contra casas comerciales. La policía estaba ausente de la calle". Por su parte, la versión oficial de los sucesos proporcionada por la propia Jefatura de Policía de Montevideo, decía lo siguiente. "La Jefatura de Policía hace saber que con posterioridad al sepelio del estudiante Líber Arce, llevado a cabo con total normalidad, se organizaron sorpresivamente manifestaciones integradas por grupos de cuatrocientas a quinientas personas que convergieron desde la av. Rivera y desde la av. 8 de octubre, sobre la av. 18 de julio. Algunos manifestantes portaban armas de fuego, toda clase de elementos arrojadizos y garrotes. Al llegar a una sucursal bancaria en la av. 18 de julio y Magallanes, efectuaron varios disparos de armas de fuego y nutrida pedrea. Ocasionaron múltiples destrozos en los comercios céntricos rompiendo luminosos y vidrieras. En la firma Ovalle Hnos. causaron el destrozo total de sus vidrieras y se dieron al saqueo de la mercadería existente. Los diarios El Día y El País fueron objeto de pedrea que causaron ingentes daños en vidrios de las puertas y acceso. Canal 4 de televisión y un club político de las inmediaciones, fueron el blanco de los desmanes, con rotura de decenas de vidrios. Retiraron sillas del club mencionado y colocándolas en la vía pública les prendieron fuego. Los acrílicos del cine Censa sufrieron grandes daños".

En este clima y sin que una cosa tuviera que ver con la otra, fue dejado en libertad para sorpresa de todos, el presidente de UTE Ulysses Pereira Reverbel.

Próxima semana tercera nota.



Asistencia al usuario: 903 1986 Redacción Impresa: 902 0115
Redacción Digital: 902 0115 int. 440 Publicidad on line: 900 2338
Publicidad impresa: 902 3061 Clasificados: 4002141 - 131
ShoppingElPais: 903 1986  
Zelmar Michelini 1287 - Piso 4, CP. 11100 , Montevideo-Uruguay
Copyright © EL PAIS S.A. 1918-2012
Imprimir
Enviar nota por correo
Tamaño del texto
 Ediciones Anteriores
Todas las Ed. 4 11 18 25