Sábado 18 de junio de 2005 | Año 87 - Nº 30120
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Diego Errandonea, sobreviviente del primer equipo de funcionarios
El Sodre nació por error, al venir del extranjero un equipo equivocado

Nadie conoce la historia del Sodre mejor que él. Tiene 90 años , una memoria prodigiosa y no sólo fue uno de los primeros ocho funcionarios que tuvo el organismo, sino que es el único que sobrevive.

Es el único sobreviviente de los primeros ocho funcionarios que tuvo el Sodre cuando fue creado en 1929 y más de la mitad los pasó en el organismo al cual ingresó apenas adolescente como mandadero y en el cual se jubiló como director general en 1989. Ahora está recorriendo el repecho que lo conducirá en pocos meses, a los noventa años. Su físico tiene goteras, lo cual no le impide fumar constantemente. La peor, la falta de visión que lo obliga a leer con una enorme lupa conectada a una linterna. Pero en cambio está mentalmente intacto. No equivoca fechas ni nombres. Conoce la historia del Sodre como nadie. En las épocas en que todos los grandes artistas mundiales hacían su pasaje por Montevideo, tuvo trato con Arturo Toscanini, Leopoldo Stocowsky, Lily Pons, Yehudi Menujin, Paul Parais, Louis Jouvet, Claudio Arrau, Arturo Rubinstein, Alejandro Brailowsky, Joaquín Pérez Fernández, Marian Anderson, Erich Kleiber. Fue amigo de Luis Cluzot Mortet y Eduardo Fabini. En París, disfrutó de la amistad de Roberto Rosellini, Ingrid Bergman, Arthur Honneger y Paul Claudel. Ha tenido una vida larga y envidiable, a la que la suerte dio la espalda en los tramos finales. Hace 15 años perdió a su esposa y quedó solo. No tuvo hijos y dispone apenas de una persona que va dos veces por semana, que le limpia y le cocina y es hoy su única compañía. Los amigos de su edad se le han ido yendo y casi no tiene con quién compartir los recuerdos. La mediación espontánea de uno de ellos, el legendario maestro Juan Protasi, hizo posible esta entrevista. No se va a arrepentir" —me dijo. El resultado, le dio la razón.

—Me dijeron que anda pisando los 90.

—No cante victoria que todavía no llegué.

—¿Usted es de Montevideo?

—No, de Aiguá. Cuando murió mi padre, que tenía un comercio y era rematador, nos vinimos para acá, a meter el lomo. Ni siquiera teníamos tiempo de estudiar. Yo entré a hacer el liceo, cinco años después.

—¿Cómo era el Uruguay de su infancia?

—Absolutamente distinto. A veces nos encontramos con algunos sobrevivientes como yo a matear un rato y recordamos cosas de antes. Qué quiere que le diga. El mundo ha progresado técnicamente en mil sentidos, pero el ser humano, ha ido para atrás. Los medios de comunicación difunden todos los progresos y en apariencia estamos mucho mejor que antes. Pero es pura charamusca. Adentro de nosotros seguimos siendo como el hombre de las cavernas. No mucho más. El gran virus que se está comiendo al planeta es la propia humanidad. Lo está destruyendo. El hombre tala la Amazonia, ensucia las aguas, contamina la atmósfera. Y un día va a haber un choque de satélites que ni le cuento. Yo como estoy muy solo vivo cismando. El mundo comienza con la Gran Explosión. Y nosotros somos polvo cósmico de aquella explosión. Venimos de un hecho destructivo y por eso tenemos unos genes destructivos. Felizmente también convivimos con personas maravillosas a las que admiramos todo el tiempo.

—Siga contándome cómo era el Uruguay de su niñez, que es mejor que reflexionar de ese modo.

—Le puedo contar que yo soy de la época del cine mudo: el gordo Tripitas, Buster Keaton, Chaplin, Valentino. ¡Si habré visto cine mudo! En Aiguá se instaló el cine mudo en el club social cuando yo tenía seis años. Como tenían un solo proyector, a cada acto la película se suspendía; se enrollaba el acto siguiente y recomenzaba. Era un martirio, pero a uno no le importaba.

—En ese medio, que imagino muy limitado a comienzos de la década del 20, usted tuvo su primer empleo.

—Mi padre tenía un pequeño negocio y recibía la bencina para los autos que comenzaban a llegar. En aquella época a la nafta se le decía bencina. Este combustible venía en cajones con dos latas de diez litros en cada uno. Tenía que cargarlos y apilarlos. Después venían dos empleados del único lugar del pueblo donde se despachaba y se los llevaban.

—¿Cuántos autos había en Aiguá en ese momento?

—Cuatro, tal vez cinco. Dos Ford, un Chevrolet descapotable, un Hudson y no sé si alguno más. Y camiones había uno o dos. Aiguá estaba a unas 12 leguas de Minas y no había carretera, había que ir por el trillo de los carros, trepando un camino de sierras. Había un Ford T. que hacía el recorrido entre Aiguá y Minas, un día de ida y otro de vuelta. Cuando regresaba traía diarios atrasados, por supuesto, cartas, encomiendas y hasta algún pasajero de tanto en tanto. Los chiquilines del pueblo bendecíamos ese auto porque durante el verano traía al club desde Minas, unas barras de hielo muy acondicionadas y con ese elemento fundamental se hacían helados mediante aquellas máquinas a la cuales había que dar manija a mano durante horas y horas. Fueron los primeros helados de mi vida y los más ricos. Eso le define el Uruguay del interior de aquellos años.

—¿En qué momento entró a trabajar en el Sodre?

—Primero estuve repartiendo frutas y verduras con una canasta y después unos meses como peón en una gomería cerca del hospital Vilardebó. Allá por 1930 una tía me dijo que había una vacante en un instituto raro que se estaba formando. En ese momento la radiotelefonía era un fenómeno nuevo que poca gente entendía bien y no tenía mucha popularidad. En realidad, entré por unos días y me quedé más de 50 años. La ley de creación del Sodre es de 1929 y dispuso que tuviera ocho cargos presupuestados: seis técnicos y dos peones. El primer estudio se instaló en el Palacio Legislativo. Hay que decir que su alma mater fue el doctor Francisco Ghigliani, un senador batllista de un enorme empuje. Fíjese la curiosa manera que arrancó todo. El director de la Dirección Nacional de Radiotelegrafía era el ingeniero Gilberto Lasnier. Como se precisaba otra estación, la encargaron a Estados Unidos y desde allá, enviaron por error una de radiotelefonía. Decidieron armarla igual y pasar música clásica. Fue denominada CWOA. Después le dieron la CX 6, la llamaron Radio Oficial, compraron más discos y empezó a funcionar. Uno de los que más colaboró fue un legislador herrerista de apellido Butler y siempre se dijo que lo habían convocado porque era radiólogo y pensaron que su profesión tenía algo que ver con lo que se estaba preparando (se ríe).

—¿Cuántas estaciones de radio había en ese momento además de CX 6 que, según usted, nació de casualidad?

—Muy pocas. El Espectador, Fada Radio, Mendizábal, Carve y los inicios de Montecarlo.

—¿Y cómo se financiaba?

—Con impuestos aduaneros a los aparatos de radio, a los pasadiscos y a los discos de pasta que pagaban diez centésimos cada uno. Pero en el año 30 se jugó el Campeonato Mundial de Fútbol en Montevideo y ahí comenzó la locura de la radio: todo el mundo se lanzó a comprar un aparato. Entró tal cantidad de plata que el mismo Ghigliani resolvió crear una orquesta sinfónica y un teatro donde pudiera actuar. En ese momento, a raíz del advenimiento del cine parlante, los cines habían copado el mercado y los teatros no trabajaban. Como el teatro Urquiza en Mercedes y Andes estaba libre, Ghigliani habló con Usera Bermúdez, que era su propietario, y se lo compró por 340.000 pesos al contado.

—En 1930 el peso valía más que el dólar.

—Efectivamente. Toda la plata había sido recaudada con los impuestos. Paralelamente, salió a buscar músicos para la orquesta sinfónica. Pero esto fue relativamente sencillo porque había muchos músicos libres. El Sodre era un organismo rico.

—¿Por qué dejó de serlo?

—Porque en el año 1932 se decidió que ese dinero se volcara a Rentas Generales y al Sodre se le asignó una partida fija.

—La señora Rentas Generales es como una amante cara que se come los fondos de todos los organismos con fortuna y los deja en la miseria.

—Algo así (se ríe).

—¿Y usted qué papel cumplía en ese Sodre inicial?

—Era un pinche de 15 o 16 años, pero servía para todo. Crecí junto con el Sodre, por eso lo adoro. Fui el primer boletero y recuerdo que me habían ubicado en una mesita junto a la entrada.

—De modo que usted fue uno de los primeros funcionarios del Sodre.

—Claro, porque entré a los 14 años. De aquel montón de amigos, no queda ninguno.

—El primer presidente del Sodre fue el doctor Francisco Ghigliani, quien pese a sus méritos como creador del organismo, tuvo una historia personal bastante turbia.

—Yo la conozco muy bien. Ghigliani era médico, senador, dirigía el diario El Pueblo que respondía a Gabriel Terra y tenía una vida familiar muy desgraciada porque su esposa se hallaba postrada desde hacía 20 años. Un día apareció en el diario una chica europea muy joven, no sé con qué motivo, él se enamoró y al tiempo comenzó a vivir con ella. Para evitar los comentarios de aquella época, que era muy rígida, decía que era una hija adoptiva, pero nadie se lo creía. Un día el doctor Alberto Demicheli, que dirigía el diario Uruguay que en ese momento era su adversario político, pese a ser ambos terristas, acusó a Ghigliani de inmoral por mantener relaciones íntimas con quien él mismo aseguraba que era su hija. Este se enojó, fue al Palacio Legislativo y le disparó a Demicheli varios tiros por la espalda. Y para evitar la reacción de la policía, se encerró en el Cuerpo de Bomberos. Había que ir hasta allí todo el tiempo, hasta para recabarle la firma de los cheques. En fin, cosas del período dictatorial de Gabriel Terra, del cual más vale no acordarse.

—El segundo director del Sodre fue el escritor Carlos Reyles.

—Efectivamente. Muerto Ghigliani al mes y medio designaron a Reyles.

—Tenía fama de ser un señor con mucho dinero, acostumbrado a hacerse su voluntad y de trato muy difícil.

—Era todo eso, es muy cierto. Un auténtico dictador. Al poco tiempo de asumir mandó para la casa a los otros cuatro directores y comenzó a mandar a su antojo. Era un hombre de derecha, cuya vida había sido la de ricacho solterón, que en París derrochaba el dinero a manos llenas y llegó a ser el amante de la famosa artista conocida como La Bella Otero, una de las beldades de la época. Tenía un palco privado en el teatro de Sevilla al que acudía envuelto en una enorme capa que cubría su traje de gala y siempre portaba un gran prendedor de piedras preciosas. Reyles era hombre de confianza del doctor Eduardo Blanco Acevedo, el candidato que en 1938 perdió ante Alfredo Baldomir las elecciones presidenciales. Le aclaro que Blanco Acevedo también era un hombre aristocrático, que había sido ministro de Salud Pública y era odiado por unanimidad por el funcionariado ( se ríe).

—Bastante antes de asumir Reyles, ya el Sodre había visto actuar a músicos excelentes y una gran promesa en el piano: Nybia Mariño.

—Eso ocurrió en 1931. La trajo el padre quien dijo que tenía 11 años. Casi nadie le creyó porque si bien era bajita, ya estaba desarrollada. Pero el padre insistía en que tenía 11 seguramente para remarcar su condición de niña prodigio. Sin embargo, tiempo después le descubrimos la verdadera edad. Entró a trabajar en el Sodre y en la oficina de personal declaró que había nacido en mayo de 1919. El padre le había sacado un año.

—Quiere decir que hoy tiene 86 y sigue tocando. Es un caso prodigioso.

—Está espléndida. No diría que toca tan maravillosamente como antes, pero sigue tocando muy bien. Sus articulaciones no son las mismas, pero su temperamento es el de los 15 años. Probablemente haya sido la mejor, aunque su repertorio siempre fue muy limitado. Pero no debemos olvidar a Hugo Balzo.

—Supongo que su colección de amistades célebres es tan grande que resulta imposible de detallar.

—Supone bien. Recuerdo siempre al maestro Lamberto Baldi que fue el primer director estable que tuvo la Ossodre. Vino contratado por dos conciertos a 400 pesos cada uno y luego firmó contrato por cinco años. Cuando lo vimos no pudimos menos que reírnos. No parecía director ni nada por el estilo. Era chiquitito, flaquito, esmirriado y tenía una melena absolutamente desproporcionada. Sin embargo, fue un director formidable. Y fui muy amigo de Carlos Brussa, quien empezó a dirigir teatro en 1931. Era un hombre modestísimo, bueno, amigo de todo el mundo. Y ni qué decir de don Eduardo Fabini. Un día le hicimos una broma y mediante un procedimiento bastante complicado para la época que ni recuerdo como fue, grabamos La Isla de los Ceibos al revés, de atrás para adelante y se la hicimos escuchar. Quedó perplejo. "Qué música rara" —decía— "y sin embargo, qué bonita" (se ríe).

—¿Es cierto que usted fue el descubridor de don Carlos Solé?

—Digamos que sí. La verdad es que desde su fundación, la radio había tenido un especialísimo interés en las transmisiones de fútbol. Tanto es así, que el propio doctor Ghigliani había inventado dos planos de la cancha. Uno grande para poner en la pared de las casas frente a la radio, algo así como un afiche y otro más chico para colocar sobre la mesa. Estos planos se repartían gratuitamente y servían para seguir el juego, porque estaban divididos en 30 rectángulos, seis a lo largo y cinco a lo alto. Su utilidad se centraba en que los oyentes tenían una idea exacta del lugar donde se estaba desarrollando la jugada con la sola ubicación de los rectángulos. Para darle un ejemplo. El locutor decía algo así: "lleva la pelota Fulano por el cuadro siete, llega hasta el ocho, levanta el centro y rechaza Mengano en el cuadro dos. La pelota sale afuera por el cuadro 11". ¿Qué le parece?

—Que era un castigo para los pobres oyentes. Vivían más pendientes de los cuadros que de las jugadas.

—No crea, era un buen sistema. El Sodre relataba los partidos sábados y domingos y su primera cabina estaba instalada en el propio campo de juego, a nivel de piso.

—Me iba a hablar de Solé.

—Es cierto. Cuando apareció, a principios de la década del 30, era un muchachito gordo, rubio, medio vergonzoso. Parecía todo menos un relator de fútbol. Yo fui el primero en no creer en él, por lo menos hasta que lo escuché relatar y me pareció una maravilla. Tenía una voz espléndida y le daba un calor especial a lo que estaba sucediendo en la cancha. Al cabo de un tiempo, yo ya estaba en la secretaría del Directorio, me pidió un consejo. Me dijo que le habían hecho una propuesta de radio Sarandí que lo estaba tentando: 400 pesos por mes contra los 60 que le pagaba CX 6. Tenía miedo de irse porque de repente la radio no duraba. Le dije que se fuera corriendo antes que tomaran a otro y don Carlos Solé se transformó en el relator legendario que todos recordamos.

—Usted fue uno de los primeros empleados del Sodre, llegó a la presidencia del instituto y trabajó en él más de medio siglo. ¿Cómo ve al Sodre de hoy?

—(Silencio) Con mucha lástima. Veo ese teatro que no se termina nunca y pienso que al Uruguay de hoy no le interesa la cultura. El Sodre no ha tenido la suerte que debió tener en cuanto a las autoridades que lo han dirigido en los últimos años. A la comisión directiva actual le deseo la mejor de las suertes, pero tengo mis dudas acerca de que puedan levantarlo. La radio sigue peleando y es lo que escucho todo el día. El plantel de locutores es muy bueno. En cambio, la orquesta sinfónica está muy mal, hay que renovarla toda. Los directores están un tiempito y se van. La huida de los músicos empezó cuando entraron los muchachos uniformados. Se fueron en masa a Venezuela, a Alemania, a Porto Alegre porque aquí no ganaban nada. El Sodre siempre tuvo sueldos de hambre. Los gobernantes siempre han creído que el Sodre era para 300 o 400 personas y no valía la pena atenderlo. Nosotros llegamos a pasar 17 años sin tener un presupuesto nuevo.

—¿A qué atribuye esos olvidos?

—A que los sucesivos gobiernos siempre han pensado dos cosas: que la cultura es un lujo prescindible y que las personas interesadas en ella son tan pocas que ni sus votos son necesarios.



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