Sábado 23 de octubre de 2004 | Año 87 - Nº 29887
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José María Montero, una vida de película (IV)
Al matar a un hombre, adquirí la tercer alma de los guerreros jívaros

El uruguayo José María Montero Pérez, no solamente vivió varios meses entre los jívaros, se casó con una india y adquirió, como consecuencia de haber matado involuntariamente a una persona, la tercera alma de la tradición jívara. También fue el único sudamericano que participó en el famoso viaje de la balsa Acali a través del océano Atlántico

César di Candia

La casa del antropólogo José María Montero Pérez es

tan peculiar como él. Es del año 27 y fue edificada en una gran finca que había en los alrededores de la calle Bolivia hacia el norte de Avenida Italia: la estancia del señor Durandeau. En los años veinte, Durandeau le vendió una parte de su campo al Estado que lo convirtió en un parque que primero llevó su nombre y hoy se llama Fructuoso Rivera. La fracción del otro lado de la avenida, se la dio a Francisco Piria para que loteara, edificara y vendiera. Al estilo de Piria, todas las casas fueron parecidas: ladrillo, buena madera y techos de zinc importados de Inglaterra. Las de la manzana de Montero fueron vendidas en su mayoría a la colonia inglesa y durante muchos tiempo sirvieron para escapadas de fines de semana o como residencias de verano. La única que queda hoy en pie es la de Montero, que tiene además otra particularidad: una gran habitación al fondo hecha toda de adobe y techo de quincha, construida por la arquitecta que le vendió la casa. Allí tiene un lugar donde trabaja rodeado de cráneos de diferentes culturas precolombinas y de monitos amazónicos, otros de aguaráes y de yacarés, un freezer con reservas alimenticias, una cerbatana yanomani y otra jíbara, un carcaj, pirañas disecadas, la piel de una anaconda, una cabeza reducida (pero no auténtica), dos lamparitas romanas de cerámica encontradas buceando, una caparazón de tortuga, un sextante del siglo XVII, un catalejo muy antiguo y la vedette de la casa: una enorme ánfora romana de un metro de altura que a juzgar por sus vestigios grasos era un depósito de aceite y que es tan perfecta que tiene grabado el sello de la familia Sestius, su primer propietaria. —Me había quedado por contar el recuerdo más doloroso de su aventura entre los indios: la noche en que mató en defensa propia a un desconocido en un bar de la región fronteriza con el Amazonas. Según usted dijo en su libro, ese hecho le valió obtener la tercer alma que lo jíbaros atribuyen a los guerreros que han ultimado a un enemigo.

—Fue un incidente lamentable y resultó decisivo para truncar mi viaje que iba a ser mucho más largo. Cuando salí de la selva fui a la ciudad de Iquitos, en Perú. Mi idea era remontar el río Yavarí que sirve de frontera con el Brasil y explorar allí varios grupos indígenas. Yo viajaba en un remolcador de río de cuyo patrón me había hecho amigo. Un mediodía llegamos a Leticia, que es un puerto colombiano que está en la triple frontera con Brasil y Perú. Es un lugar con mucho movimiento y de noche decidimos visitar un gran prostíbulo donde se servían copas. Eramos cuatro y de inmediato se acercaron otras tantas prostitutas jóvenes a ofrecer sus servicios. La que me tocó a mí me propuso pasar a una habitación del fondo, junto a la cual había un tipo mal encarado que nos miró mal. Estuve un rato con la chica y vinimos a la mesa donde estaban dos de mis compañeros porque el otro había salido a bailar. De pronto se acercó el mismo hombre y me llenó de los peores insultos. Las mujeres desaparecieron y el hombre cada vez más ofuscado, sacó un cuchillo y me atacó. Todo el mundo reculó y yo que estaba del otro lado de la mesa, no sabía qué hacer. Traté de apaciguarlo y como nada logré, saqué un cuchillo personal de tamaño respetable, alrededor de treinta y cinco centímetros, que había pertenecido al ejército estadounidense.

—¿Por qué llevaba un cuchillo tan grande?

—Porque allí todo el mundo anda armado. Entonces el tipo se enardeció más, se me vino encima y yo estiré el brazo y le clavé la faca cerca de corazón. Lo maté en el acto. Todavía veo la sangre y la cara de sorpresa del muerto. Los compañeros que estaban conmigo me sacaron de un ala y corrimos hacia el puerto. Subimos al bote de un salto. Llegamos al remolcador, el patrón organizó la salida de inmediato y a las pocas horas ya andábamos río abajo.

—En esos lugares debe ser muy difícil averiguar un hecho así y más todavía administrar justicia.

—Yo diría que imposible. Ya había visto muchas peleas en bares de ese tipo y la policía jamás había intervenido. En esos lugares la vida no vale nada. De cualquier manera para quien venía de un país como el nuestro, todo era asombroso.

"Mientras hacían la maniobra de salida, me asomé por la borda y lavé en el río mi cuchillo y mi funda. Miré hacia el Amazonas y vi las luces lejanas de Leticia. Volví a la bodega, me serví otro trago y me eché sobre la hamaca de Emilio. Pero no me dormí ni me emborraché, a pesar de haber dejado mi botella casi limpia. Quería gritar, pero tenía la garganta totalmente cerrada y en la cabeza una especie de torbellino confuso que repetía una y otra vez la escena que acababa de protagonizar. Y veía las manos del hombre, la sangre brotando entre los dedos, mientras se apretaba la herida. Pensé que iba a llorar en algún momento pero tampoco pude o no quise. Todavía sentía rastro del impulso emocional que me había llevado a matar o morir. (...) A partir de allí comenzó un largo silencio sobre el desgraciado episodio que me marcó de manera muy profunda, seguramente definitiva sobre los últimos cuarenta años. Aparentemente quise ocultar mi lamentable adquisición de una muisak wakani, el alma vengadora de los jíbaros . Desde aquel momento tenía las tres almas de un auténtico shuar. Pero yo no había buscado esa transformación ni jamás la hubiera querido". (José María Montero Pérez. Marañón, una aventura equinoccial.- Ed. del autor, 2003, pág. 376 y 380)

—De modo que con esa muerte adquirió la tercer alma de los jíbaros .

—Sí. Fue una situación muy fuerte. Para mí el miedo al castigo de la justicia que nunca me alcanzó, es infinitamente menor al castigo moral. Que nadie crea que por haberlo escrito en el libro o habérselo contado a usted ahora, me siento aliviado.

—¿Logró exorcizar a ese fantasma?

—Nunca. Todavía aparece cada tanto y me llena de angustia y remordimientos.

—¿Desde ese momento hasta hoy han pasado cuántos años?

—Cuarenta y uno.

—Y su vida aventurera no ha cesado. O por lo menos lo que yo denomino vida aventurera.

—La vida que he hecho me parece bastante normal (se ríe). Regresé a Montevideo, me reintegré a mi trabajo en el Museo Precolombino y poco después me fui a México a estudiar Antropología. Me casé y me recibí en 1968. Fuimos a Estados Unidos dos años y cuando quisimos volver, las cosas acá se habían puesto ya muy feas y decidimos viajar a Europa aprovechando los ahorros. Estuvimos muchos meses recorriendo toda Europa. Luego cruzamos a Africa. Pasamos por Argelia, Marruecos, bajamos por el desierto, volvimos a subir hasta Túnez, hasta compartimos un campamento de tuaregs. Y como por allí no había pastillas anticonceptivas, mi mujer quedó embarazada y volvimos a España en 1971. Un año y medio y con el precio de la camioneta incluido gastamos dos mil dólares. En España gané dos becas, mi amigo Leandro Silva Delgado me consiguió trabajo y allí me quedé. Luego mi mujer y yo nos separamos y me fui a vivir a Baleares. Fue allí que buceando como aficionado encontré esa ánfora romana enterrada.

—¿Cómo logró subirla?

—Muy fácilmente: echándole aire dentro por la boca mediante un tanque.

—Perdóneme: esa ánfora romana era patrimonio nacional. Usted como antropólogo tenía que saberlo. En su libro critica duramente a los que se dedican al tráfico del arte.

—Claro. Fue un pecadillo, lo admito, una trampa. Pero no la hice con interés de negociar con ella.

—¿Cómo resulta incluido en la balsa Acali?

—En el 73, mi profesor de la Escuela de Antropología de México Santiago Genovés, me llamó para que colaborara en un proyecto importante: consistía en cruzar el Atlántico en balsa. En esos días, Genovés me presentó a Thor Heyerdahl quien había realizado la famosísima experiencia de atravesar el Pacífico desde Perú a la Polinesia en la Kon-Tiki, una balsa exactamente igual a la de los indígenas, para probar que antes del descubrimiento las comunicaciones habían sido posibles. Heyerdahl quería hacer lo mismo pero partiendo desde España y me invitó a ir con él pero yo estaba haciendo mi tesis y rechacé la propuesta. Al año siguiente él y Genovés armaron una balsa llamada Ra, que flotaba mediante haces de papiro igual a las que utilizaban los egipcios. Fue un fracaso y la balsa se hundió aunque los tripulantes se salvaron. Pero el noruego no se dio por vencido y volvió a intentarlo, logrando su objetivo con otra balsa a la que llamaron Ra II que esta vez armaron los indios del lago Titicaca. De esas experiencias Genovés sacó la idea de su viaje.

—¿Cuál era el fin del viaje de la balsa Acali?

—Estudiar el comportamiento humano en situaciones límite.

—Una especie de Gran Hermano flotante.

—Creo que inauguramos esa costumbre. Las condiciones tenían que ser: hombres y mujeres originarios de muchos ámbitos y culturas distintas. Por eso fuimos seis mujeres y cinco hombres. Entre ellas, había una sueca, una francesa, una israelí, una argelina, una norteamericana blanca y una negra. Y entre los hombres, estaba Genovés, un sacerdote católico angoleño, un griego, un japonés y yo. En Madrid se hizo una especie de selección sometiendo a todos los postulantes, que eran muchos más, a unos exámenes médicos exhaustivos.

—Cada vez más parecido a Gran Hermano.

—Cuando terminó la selección nos fuimos a la Gran Canaria, recibimos la balsa, la armamos y la cargamos con medicamentos, con agua, con alimentos y equipos de pesca y nos lanzamos al mar. Fue una experiencia muy interesante que admito puede tener sus errores de método investigativo. Cargamos varias cajas con cuestionarios hechos por sociólogos, antropólogos y psicólogos y cada uno fue apuntando en un cuadernito los detalles de los comportamientos de cada uno y de los demás.

—¿Cómo fue la adaptación psíquica al nuevo medio?

—Ninguno de los participantes tenía costumbres marinas ni había navegado nunca, excepto Genovés y yo, quienes por otro lado éramos los únicos antropólogos del grupo. De modo que primero los viajeros tuvimos que padecer una adaptación física al medio marino. Hubo cuatro o cinco que se marearon durante varias semanas. Era una balsa de una sola vela. Salimos de Canarias utilizando la corriente ecuatorial del norte que cruza el Atlántico hasta las Antillas y de allí nos metimos en el Caribe, navegando hasta la isla de Cozumel. Un remolcador nos condujo a tierra porque la balsa no tenía ninguna maniobrabilidad, no era un bote a remo. Nos condujeron la corriente y los vientos alisios.

—¿Qué experiencia recogieron?

—Primero hubo un esfuerzo de la gente para adaptarse a todo lo que significaba una comunicación, una forma de entendernos entre nosotros, porque teníamos diferentes idiomas, a impulsar la conducción de la balsa que era bastante complicada. Muchas veces perdíamos el rumbo y nos pasábamos horas navegando en círculo.

—¿Qué instrumentos de navegación llevaban?

—Un compás, unos timones pesadísimos, y un sextante. Una de las mujeres era la que más sabía porque se desempeñaba como oficial de la Marina Mercante de Suecia. Después cada uno en las posibilidades de su interés, trató de aprender.

—¿Dónde dormían?

—Había una cabina abierta de tres metros por cuatro en medio de la balsa que se podía cerrar casi herméticamente. Tenía un piso plano con unas bodeguitas debajo donde cada cual guardaba su ropa. En una esquina había un equipo de radioaficionados y otro de radio marina que no nos sirvió para nada porque la triste comprobación fue la de que en alta mar no hay un solo barco que le dé pelota a nadie. La famosa hermandad del mar es una frase. Los barcos grandes no socorren, jamás he conocido de alguno que lo haga. Un velero puede auxiliar a otro, por supuesto, pero un carguero, un mercante o un petrolero, te ven en peligro y siguen de largo.

—¿Qué otras cosas llevaron?

—Algún instrumento musical, herramientas en abundancia y elementos de pesca. Por supuesto cada uno tenía sus manías y sus cosas de modo que hubo fricciones y discusiones. La vida sexual en ese ambiente tan promiscuo no fue la que la gente se imaginó. Fue pobre y escasa. Cualquiera que haya navegado sabe el laburo que significa andar en una balsa tan endeble a la que solo impulsa una vela. Permanentemente se están rompiendo cosas y no hay tiempo para pensar en la vida sexual, las guardias hay que respetarlas y la intimidad casi no existe. Todo eso es inhibitorio para la vida sexual. Además era un grupo limitado: seis mujeres y cinco hombres.

—Cuatro, porque uno de ustedes era sacerdote católico.

—Por otro lado los sobreestímulos artificiales para la seducción que se utilizan en las costumbres ciudadanas, allí no tenían lugar. Con el correr del tiempo, se empiezan a establecer relaciones muy fraternales, lo cual no quita que algunas veces cuando los instintos salían para afuera de alguno o alguna, los encuentros furtivos se producían. Pero mucho menos de lo que la prensa de aquellos años escribía. "Pasiones desenfrenadas en el mar", "El viaje del amor", "Orgías entre las olas". Todo eso fue mentira. Otro detalle poco erótico: todos teníamos que hacer nuestras necesidades en un sucucho abierto que había sobre una borda, a la vista de todo el mundo y a nadie le llamaba la atención.

En la mañana tratamos de pescar. La tradición marina dice que jamás deben pescarse y jamás comerse los peces piloto. Y nosotros sólo sacamos peces piloto. A estas alturas todos hemos ido ya al toilet y observado cómo los excrementos son comidos ávidamente por estos diez o quince peces piloto que nos siguen constantemente junto a la popa de la balsa. Están gordos y como no hemos probado pescado desde la salida, hago un pequeño experimento. Marcos (nota: se refiere a Montero Pérez) los limpia y los fríe. Durante la comida, todos inventan una excusa para no comer pez piloto. Los tres confesamos después haber tenido algo de aprensión: la imagen de los peces comiendo vorazmente nuestras cacas minutos antes, no se borra fácilmente, como no se borran años de educación". (Santiago Genovés, Acali. Ed. Planeta, 1975, pág. 126).

—¿Cómo se entendían?

—Se fabricó una especie de esperanto casero con mezcla de inglés, francés, español, sueco, israelí y africano y nos entendíamos maravillosamente bien. Se formaron muchos subgrupos con diferentes intereses: uno para pescar, otro para cocinar, otros para arreglar cosas, otros para limpiar. También hubo discusiones originadas por diferencias de cultura o de etnia o por celos derivados de la necesidad de liderazgo, pero nunca hubo ni un empujón. Siempre existió contención y una conciencia de que si no estábamos todos juntos perdíamos la guerra contra la naturaleza.

—¿Qué enseñanzas deja a la humanidad, si es que deja alguna el viaje de la balsa Acali? ¿Valió la pena?

—Hay que ver primero a quien le interesa este tipo de experimento. Porque no fue más que eso: un experimento, una forma de enfrentar determinados tipos de comportamientos humanos, que de otra forma son muy difíciles de abordar. Yo creo que toda experiencia que se hace sobre ciencias humanas es importante. ¿Por qué, para dar un ejemplo, se equivocó todo el mundo con el tema de la sexualidad en la balsa? Porque todo el mundo sacó conclusiones fantasiosas y nadie se imaginó lo que podía suceder realmente en una situación así.

—¿Qué edad tenía usted en aquel momento?

—Treinta y tres.

—¿Y hoy a los sesenta y cinco lo haría de nuevo?

—Sin ningún problema. Claro que esto roza mucho con la aventura y soy un aventurero nato. Pero vamos a entendernos: para mí la aventura tiene que dejar una enseñanza para el que la corre y para los demás, si no me parece inútil. En caso contrario se va a parecer a los deportes de riesgo, que suben la adrenalina pero son absolutamente al cohete. ©



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