Sábado 16 de octubre de 2004 | Año 87 - Nº 29880
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UNA VIDA DE PELÍCULA (III)
Este uruguayito se casó con una india jíbara

Las increíbles aventuras de un uruguayo preocupado por estudiar las costumbres de los indígenas amazónicos, que convivió cinco meses con los jíbaros, estudió sus costumbres, aprendió a reducir cabezas y se casó con una india jíbara.

Por cierto que de acuerdo a los cánones del hombre común, su vida es difícil de entender. No a todos nos da por atravesar los Andes a pie, vivir entre los indios amazónicos, casarnos con una jívara, dedicarnos a bucear en el Adriático o participar en aquel viaje de observación del comportamiento humano, que realizaron varias personas en la balsa Acali atravesando el Atlántico. Si alguien piensa en la palabra chiflado, se equivoca. Mejor le cabe el adjetivo aventurero. José María Montero Pérez, es un uruguayito recibido de antropólogo en Lima, porque aquí no existía la carrera y buena parte de sus correrías, las ha estado contando en esta serie, de la cual la presente nota es la tercera y penúltima.

—Me contaba que las tribus selváticas de América practican una religión animista, fundamentada básicamente por la magia y dirigida por los chamanes que se suponen tienen el poder de comunicarse con los espíritus.

—El hombre primitivo que atribuye un ánima a todo lo que lo rodea y que casi nunca puede controlar, cree en los espíritus de las cosas. El agua o el río tienen un espíritu bueno que está encarnado en la anaconda y por eso respetan muchísimo a ese animal. Lo comprobé cuando iba con Noritú navegando en una canoa y pasó una de cinco o seis metros nadando al lado nuestro.

—Esa atribución de espíritus malos a determinados seres es lo que justifica el cercenamiento y reducción de cabezas.

—Seguramente sí. Ellos no cortan cabezas por deporte sino que esto tiene que ver con un círculo de venganzas en el que participa, siempre sin enterarse, el espíritu malo de un individuo cualquiera de otra tribu al cual un chamán le ha adjudicado la responsabilidad de la enfermedad o la muerte de un ser querido. Para ser más claros: si alguien de un grupo de jíbaros muere por enfermedad, los chamanes un poco por justificar que sus poderes mágicos no dieron resultado, le endilgan la causa a la influencia maléfica de un integrante de otra tribu. Se pasan durante varios días invocando espíritus hasta que tiene la revelación y eso es inapelable. Hay que buscar al responsable, matarlo y reducirle la cabeza.

La culpabilidad radicaba usualmente en la muerte de un individuo del grupo. Sin diferenciar si ésta hubiese sido producida por una anterior deuda de sangre, por accidente o por la visión mágica surgida de los trances alucinatorios a los que se sometía el chamán consultado.

Sucedía con frecuencia que una muerte natural por vejez, enfermedad o por accidente local, podía ser atribuida a la intención y al poder maléfico de alguien que siendo de otro clan o de otra tribu, tuviera alguna mala predisposición hacia su supuesta víctima.

La circunstancia misma de una muerte cualquiera podía provocar un estado de necesidad colectiva y familiar de venganza, que estimulada por los dictámenes indiscutibles y obviamente arbitrarios del chamán, desencadenaba una incursión a la caza del hombre.

(José María Montero. Marañón, memoria de un viaje equinoccial. Ed. del autor. Distribuye Librería Linardi y Risso)

—¿Por qué reducirle la cabeza además de matarlo?

—Porque ellos consideran que la cabeza contiene todo lo que integra la racionalidad humana, la inteligencia, las intenciones, las maldades. Cuando van a buscar al supuesto autor del mal deseo que causó la muerte de aquel a quien están vengando, lo matan y le cortan la cabeza. Luego acampan cerca del río donde tienen sus canoas y allí hacen la ceremonia. El chamán tiene una gran olla de cerámica hecha por él y en ese recipiente prepara una infusión de hierbas de todo tipo, algunas de las cuales probablemente tengan algún poder astringente. La primera operación con la cabeza cortada es desollarla. Le hacen un corte desde la nuca hacia atrás, cortan todo el cuero y lo van desprendiendo cuidadosamente del cráneo. Luego la piel con el pelo la sumergen dentro de esa olla. La consecuencia es que después de muchas horas, aquella se encoge y se vuelve más gruesa. Cuando está pronta, el chamán saca la piel, la da vuelta como un guante, cose todos los cortes más los ojos y la boca y le va echando dentro arena y piedras calientes que dan forma a la cabeza la que a esta altura tiene el tamaño de una naranja.

—¿El proceso termina ahí?

—No, es mucho más largo. Le sigue un período de conjuros y ceremonias que llega casi hasta el año, período en el que toda la aldea se muestra tensa porque hasta que no se presente la cabeza en sociedad por decirlo de alguna manera, el peligro no ha cesado. Hasta que llega un día en que se celebra la que ellos llaman Fiesta de la Victoria. Tocan los tambores, envían mensajeros a las aldeas amigas, y todos reunidos practican danzas, beben alcohol de mandioca e ingieren unas drogas alucinógenas denominadas natema y ayahuasca. La sensación que se vive es la de haber vencido a un enemigo muy poderoso. La reducción de cabezas que hacen o hacían los jíbaros siempre se llevaban a cabo contra los supuestos enemigos de otras tribus. En cantidad de museos hay cabezas reducidas que no han sido hechas por los jíbaros.

—¿Y quienes las hicieron?

—Personas que roban cadáveres y practican el mismo procedimiento. En Ecuador, Perú y Colombia existe un verdadero comercio al respecto. Como ya expliqué, el procedimiento es fácil. Cortar la cabeza, sacar la piel, hervirla, deshidratarla y rellenarla. Por supuesto que jamás quedan con las facciones parecidas a las de la persona cuando estaba viva. Eso es una leyenda que se ha hecho circular por ahí. Hay un famoso explorador que asegura haber encontrado en una comunidad jíbara una cabecita que reconoció como la de un amigo de él. Eso es prácticamente imposible. Existen sí en algunos museos alemanes cabezas reducidas de hombres con barba y bigote que han pertenecido a personas de raza blanca, porque los indios son lampiños. Vaya a saber cómo se han obtenido. Cuando los jíbaros atacaron a comunidades o a soldados, nunca hicieron reducciones de cabezas.

—¿Usted fue recibido sin dificultades?

—Yo no era antropólogo pero sabía los principios de convivencia: nunca tener actitudes agresivas, ni ponerse a preguntar cosas todo el tiempo, sino quedarse en una actitud pasiva. Ir siempre con un jíbaro que les indique qué debe hacer uno, hasta ir agarrando confianza. El primer paso de su hospitalidad es invitar a beber guiamanchi, la segunda a comer y la tercera a dormir en sus chozas. Ellos quieren decir con esto que ya lo aceptan. El cura Guallart, de la Misión Jesuítica de Santa María de Nieva me aconsejó que hiciera todo lo que viera y no me saliera de eso y lo seguí al pie de la letra. También es cierto que en aquellos años, los jíbaros tenían un gran sentido de la hospitalidad y además eran muy curiosos.

—Pero no ha de ser fácil adaptarse a sus formas de vivir: a la comida, a la suciedad, a los olores, a las incomodidades.

—Para algunas cosas estaba preparado porque había hecho mucho campamento, incluso ya había estado en el Mato Grosso. La parte de la comida tampoco me resultó difícil. Soy un aficionado a la cocina y me gusta probar todo lo que se salga de los cánones normales. Nunca tuve problemas en comer lo que comían los jíbaros.

—¿Por ejemplo?

—Tripas de mono, simios asados con cuero y todo, hormigas, tampoco me dio asco beber el guiamanchi, que como ya dije se fermenta con la saliva de las indias que mastican la mandioca. Comí pirañas, carne de tapir, carne de majás, que es un roedor más chico que el carpincho, huevos de tortuga, lo que viniera. Y no puedo decir que fuera feo. Lo único que no probé fueron unas larvas blancas y gordas de mariposa que para ellos eran un manjar.

—De acuerdo a su libro, usted se adaptó hasta a la ceremonia física de iniciación del día, que por lo que cuenta es muy desagradable.

—Esa es la ceremonia de conjuro de tabaco y confieso que me resultó muy difícil.

—¿Plantaban tabaco?

—Poco, pero lo suficiente como para que me hiciera unos cigarros con hojas secas picadas y el papel de mis cuadernos. Los jíbaros realizan esa ceremonia como un purificador para el cuerpo. Es una infusión muy fuerte de tabaco que ponen en una escudilla y lo aspiran por la nariz. Yo al principio hacía trampa. Me lo metía en la boca, lo escupía y fingía arcadas, pero después tuve que hacerlo de verdad muchas veces.

Al día siguiente, muy temprano, Noritú nos despertó para que saliéramos al exterior de la cabaña. Los aguarunas estaban reunidos afuera, agachados. Cada uno de ellos sostenía en una mano un recipiente de calabaza que contenía una infusión de jugo de tabaco. Sus armas descansaban detrás, en el suelo, mientras realizaban su ceremonia matutina de limpieza mágica. Se llevaban la taza a la cara, metiendo en ella la boca y la nariz y aspiraban el brebaje, que les producía una fuerte reacción de arcadas y vómitos. Noritú me explicó que entre ellos es una práctica diaria al levantarse como forma de limpiar el organismo y empezar bien el día.

(José María Montero, libro citado)

—En la imaginación popular, la palabra jíbaro se asocia a cabezas reducidas, pero también a cerbatana y a curare.

—Pero no es cierto. La cerbatana es un arma muy extendida en toda la zona norte del Amazonas. Los del sur utilizan el arco y la flecha. El curare está extendido en todas las tribus amazónicas.

—¿Cómo se hace?

—Cuando uno lo ve terminado es como una especie de betún marrón muy oscuro. Lo guardan en unas ollitas pequeñas de cerámica llamadas ichinas que llevan colgadas del carcaj donde están las flechas de la cerbatana. Las flechas las untan con ese betún que se seca con facilidad. El curare se hace mediante una elaboración complicadísima que realiza exclusivamente el chamán. Seguramente tiene una serie de tóxicos de raíces de diferentes plantas. Algunos botánicos las han identificado. A eso le agregan restos de animales en descomposición que más que nada tienen un contenido mágico. Todo eso lo van reduciendo en el fuego hasta que queda esa pasta. Yo no me animaría a hacer una cabeza reducida pero podría preparar el curare (se ríe). Esto lo practican no solamente los jíbaros sino todas las tribus de la cuenca amazónica.

—¿Mata en el acto?

—Se parece a ciertos venenos de serpiente. Provoca una parálisis de los músculos del tórax, de modo que el animal muere asfixiado. Habría que aclarar que jamás se usa en caza mayor. Para matar un tapir o un ciervo, usan lanzas. El curare se utiliza en los dardos que arrojan con cerbatana. Además el veneno no se trasmite por vía de la ingesta.

—Hábleme del tema más llamativo de su libro: su romance y casamiento con una india jíbara.

—Es un tema accidental dentro de mi historia porque no fue buscado ni jamás se me ocurrió que pudiera suceder. Admito sí que no es nada normal. Fue la consecuencia de cosas que se fueron encadenando y tuvo lugar en una comunidad de un jíbaro huambisa que se llamaba Icam y que nos recibió muy bien al punto de haber sido admitido como uno de ellos. Para eso tuve que someterme a una ceremonia de iniciación...

—...que usted me va a contar.

—Siempre me quedó la sospecha de si esa ceremonia de iniciación fue una preparación para ese posible casamiento o si fue simplemente una obsesión de mi amigo Noritú por convertirme en un igual. El asunto fue que una vez salimos de cacería con Noritú y dos guerreros de la comunidad Icam y pasamos por la desembocadura de un arroyo que terminaba en una gran catarata. Allí tuvo lugar la ceremonia de mi iniciación de una manera totalmente sorpresiva para mí aunque seguramente Noritú y los otros ya la tenían arreglada. La iniciación es uno de los hechos más importantes que le ocurre a un jíbaro, claro que no a la edad que yo tenía sino a los inicios de su pubertad. Es el rito de paso de niño a joven guerrero. La ceremonia se realizó detrás de una cascada impresionante, donde pasé una noche entera completamente desnudo, semiaterrorizado, mojado, en una especie de trance, porque me habían dado unos brebajes hipnóticos. Al amanecer recién pude salir del pánico. Estaba fatigado, me dolía la cabeza y tenía hambre. Cuando me desperté, mis compañeros habían armado una danza frenética a mi alrededor con la que celebraban mi iniciación. Después me enteré que con ella, uno adquiría la segunda alma del jíbaro, porque había incorporado una de las tantas almas en pena que se encuentran detrás de las cascadas. Esta segunda alma era llamada por ellos arutam wakani. Pero había aún una tercer alma denominada muisak wakani que es la que se adquiere cuando un jíbaro mata a un enemigo. Y que yo, tiempo después y lamentablemente, también incorporé.

"Noritú entonces, me condujo hasta la orilla y me dijo que me quitara toda la ropa. Mientras me desnudaba, trajo una cuia con tsaangú y me dijo "aspira y te metes en el río". Observé con sacrificio la cuia con el oscuro jugo de tabaco y le contesté: "pero hoy por la mañana aspiramos todos tsaangú". ¿Tengo que hacerlo otra vez?" Y con un tono de autoridad que nunca había empleado conmigo repitió: "aspira y te metes en el río". (...) Aspiré el brebaje, estornudé, tosí y vomité, como cada día por la mañana y me bañé en la orilla del río. (...) Al salir, Noritú me hizo una seña y me condujo nuevamente al túnel de la cascada donde me dijo: siéntate en el suelo, mira el agua y espera. (...) Cuando la penumbra se acentuaba aparecieron Noritú y Saántu. El primero traía una cuia (...) me la ofreció y bebí con sorbos cortos algo muy amargo. (...) Ahí creo que fue mi último pensamiento racional".

(José María Montero. Libro antes citado).

—Me dice que usted adquirió las tres almas de los jíbaros, la última como consecuencia de un hecho de sangre del que ya hablaremos. Pero entre la segunda y la tercera se produjo su casamiento con una india de la tribu jíbara donde se alojaba. Le confieso que esto me parece sorprendente.

—Le voy a contar cómo ocurrió. La cosa se formalizó a la vuelta de una incursión de caza, en la cual habíamos matado un tapir muy grande. Cuando lo bajé, lo puse a los pies de una india muy joven que había sido criada por la familia de Icam y que era hija de un jíbaro de otro grupo al que habían matado, probablemente a causa de una venganza. Yo ya había notado que no se le daba el mismo trato que a otras y que la mujer de Icam no la trataba bien. Parecía sometida a un régimen como de esclavitud. Lo que no sabía era que depositar en el suelo la caza cerca de la chica, era como una promesa de casamiento. No sé si lo maniobraron o fue una casualidad. Cuando Noritú me lo hizo saber tuve ganas de agarrar la canoa y huir, pero mi amigo me dijo que eso era casi como una ruptura de los lazos de amistad y que tal vez fuera hasta peligroso. De modo que después de mucho pensar le dije a Noritú que me casaba con Witai pero que nos íbamos de la aldea casi de inmediato y que apenas nos separáramos al llegar al Marañón, le traspasaba la mujer a él. Así quedó acordado. Poco después tuvo lugar la ceremonia.

"Me desperté con el sonido del tunduli que aporreaba rítmicamente Saántu, a un lado del centro de la plaza donde habían encendido una gran hoguera. Era el atardecer de lo que me pareció en aquel momento el fin del mundo. Salí del sueño con persistente sensación de flotar, sacudido de un hombro por Icam quien me miraba sonriente y me mostraba un nuevo itipi para que me vistiera. Me vestí enrollándome el itipi, luego Noritú me mojó la cabeza, me peinó, me pintó la cara y el pecho con innumerables líneas rojas y me instaló alrededor de la frente mi tonor de plumas. Luego me ajustó alrededor del pecho el tsegma, una cinta de algodón tejido, rematados sus extremos con dos racimos de plumas rojas y amarillas de tucán. Mi atuendo nupcial estuvo completo con un bachique atado sobre cada pantorrilla. (...) Entonces aparecieron en la plaza Witai, flanqueada por Puanshira y Masuinga, seguidas de otras seis mujeres. Todas vestidas con sus buchaquis, las orejas con preciosos pendientes de racimos de plumas de tucán llamados aquites. Witai agregaba a su adorno personal un collar de alas tornasoladas de coleópteros y un cinturón llamado cuncu, elaborado con los mismos materiales de su brazalete, que era de algodón con colgantes cortados en triángulo de conchas marinas".

(José María Montero. Libro antes citado).

Witai parecía algo ausente, probablemente por los efectos del ayuno y de los brebajes que el ceremonial le habían impuesto. Me miraba directamente a la cara sin desviar los ojos. Pensé que estaba contenta aunque me era imposible imaginar lo que aquella chica sentía. Inmediatamente Chiriapa se puso a mi lado derecho cantando muy bajito una rara melodía que alternaba con siseos muy cortados. Icam entonces tomó de un brazo a Witai y avanzando hacia mí la colocó de mi lado izquierdo. Murmuró algo mirándola a ella y mientras sonaban más fuertes los siseos del chamán levantó el brazo de la chica y depositó su mano sobre mi hombro lanzando simultáneamente un sonoro "ka". Después sonrió y de inmediato se escucharon múltiples "kas" desde la rueda formada por la comunidad y los invitados.

—Me decía que una vez casado de acuerdo a los ritos jíbaros, usted se fue de la aldea.

—Con mi esposa Witai y con Noritú a quien conforme a los conversado, debía traspasársela. Al llegar al río Marañón, arribamos a una guarnición militar y allí nos despedimos. Fue muy dura, muy llena de lágrimas y sentimientos. Ellos volvían a la misión de Santa María de Nieva y yo seguía mi viaje río abajo. Todavía me emociono cuando lo recuerdo.

Próxima semana: última nota.

Montero adquiere la tercer alma de los jíbaros

al matar a una persona. Otras aventuras.

El único uruguayo que tripuló la balsa Acali.



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