César di Candia
El antropólogo Renzo Pi Hugarte, quien fue el que me indicó el nombre de su colega Montero, me dio dos datos fundamentales para la realización de estas notas: es el individuo más aventurero que ha nacido en este país y vive sobre la Avenida Bolivia, en una casa bastante insólita, imposible de no percibir, con un techo de zinc pintado de rojo. Ambas cosas resultaron ciertas. Lo que no me dijo fue que la casa carece de timbre, que hay que gritar en la puerta del jardín y que como José María Montero Pérez está a punto de ser operado de cataratas en ambos ojos, no distingue bien a los visitantes desde el fondo. Por lo tanto se corre el riesgo, comprobado por el propio cronista, de ser confundido con alguien que viene a pedir. De modo que primero hay que hacerse escuchar a los gritos y luego vociferar el nombre del visitante, como una contraseña. Pasadas estas vicisitudes, que Montero debe haber aprendido en las tribus jívaras donde vivió meses e incluso se casó, es posible disfrutar de una casa con un solo dormitorio complementada por un bungalow de piedra en el fondo. Ambas constituyen un verdadero museo repleto de objetos amazónicos y recuerdos de los treinta años que vivió fuera del país, incluida una enorme ánfora romana extraída del mar en una de sus excursiones como buzo aficionado. De todo eso se darán detalles en el acápite de la próxima parte. Hay más noticias para este boletín.
—En la nota anterior me estaba hablando de esa especie de cerveza que se hace en la zona amazónica a partir de la mandioca masticada y mezclada con saliva.
—Le confieso que me gustaba mucho. No sabe cómo me aficioné (se ríe). Y todavía no le conté lo que comí.
—Espere a que lleguemos al capítulo "ingestas dietéticas".
—Sigamos avanzando. Con unos italianos a los que conocí en un pueblo, unimos nuestros equipos, y contratamos una canoa que nos llevó a la desembocadura del río Nieva donde se encontraban las primeras comunidades jívaras. Estos grupos están divididos en tres y están separados territorialmente: los huambisas, los aguarunas y los achuales. Yo conocí bien las dos primeras. En la desembocadura del Nieva sobre el río Marañón había una Misión Jesuita que se denominaba Santa María de Nieva que estaba a cargo de un catalán de apellido Guallart, un tipo maravilloso a cuyas órdenes había cuatro curas españoles a cual más conversador. Guallart era bastante veterano pero tenía un enorme conocimiento sobre la vida selvática y las costumbres jívaras. El me dio los mejores datos y consejos. La Misión había sido repoblada quince años atrás, porque los indios jívaros, seguramente a causa de alguna venganza, la habían atacado matando a todo el mundo. Mucho después, buscando un mapa antiguo que sirviera como tapa de mi libro, encontré uno del siglo XVI en el que ya aparecía la Misión en el lugar exacto donde estaba ahora. El asunto fue que allí me establecí y conocí a un muchachito llamado Noritú que vivía en la misma aldeíta que estaba al lado de la Misión y que no sólo hablaba bastante castellano sino que tenía una canoa con motor. Así que por consejo de Guallart decidimos llevarlo como intérprete. Noritú nos resultó fundamental en todo sentido. La primera comunidad jívara en la que paramos, que era aguaruna, fue la del padre de este muchacho que se llamaba Tonayú y era muy respetado porque ejercía como chamán y además era el jefe del grupo. Unos metros antes de llegar a la playa donde se encontraba el poblado, Noritú se vistió con un iquipi especial y se pintó la cara. Luego nos llamó y fuimos espléndidamente recibidos.
—¿Cómo es la organización social de los jívaros?
—Los tres grupos que ya mencioné están organizado en clanes exogámicos y poligínicos. Eso quiere decir que se casan con personas de otro clan, y los hombres pueden tener muchas mujeres. La poligamia se llama poliandria cuando se trata de una mujer con varios hombres y poliginia en caso inverso. Llegué a conocer hombres que tenían cinco o seis mujeres. Cuando a un hombre le interesa una mujer de otro clan, debe trasladarse a ese otro clan, hablar con el padre de ella y una vez que es aceptado, tiene lugar la ceremonia del casamiento y el hombre pasa a trabajar con su suegro uno o dos años según el acuerdo que hayan hecho. A veces se independizan y a veces se quedan integrando el clan de su suegro. Las suegras cuentan muy poco aunque aconsejan a sus hijos cuando éstos son jefes de clan.
"La economía de estos indígenas es similar a la de la mayoría de los grupos étnicos amazónicos. Practican una agricultura de roza, despejando claros en la selva cercana a la residencia. Luego queman la vegetación cortada y las mujeres siembran con un palo plantador mandioca (yuca), maíz, plátanos, maní, tabaco, sachapapas y tomates. La pobreza del suelo de la selva no les permite recoger más de tres o cuatro cosechas con lo cual deben abrir nuevos claros o desplazar la residencia a otro lugar, siempre cercano a una corriente de agua. La caza, la pesca y la recolección forman parte fundamental de su dieta. Poseen un profundo conocimiento de su medio, de la fauna y de la flora, de modo que son muy hábiles en estas búsquedas. La selva les provee de carne de pecarí, tapir, venado, monos, pacas y diversidad de aves. Según el tamaño y tipo de animal, los jívaros utilizan la lanza corta de madera o la cerbatana de dardos envenenados con curare. (...) La recolección también es variadísima incluyendo tortugas, caracoles, ciertas larvas, hormigas, huevos de aves y tortugas y una considerable cantidad de frutos silvestres como paltas, cacao, papayas y otros".
(José María Montero. Marañón, historia de un viaje equinoccial. Ed. del autor, 2003. Distribuye Librería Linardi y Risso)
—¿Qué importancia tienen los chamanes de las tribus?
—Mucha. Cuando en algún grupo se enferma alguna persona, los jívaros, que obviamente ignoran los principios de la patología, atribuyen todo a la influencia negativa de algún integrante de una tribu vecina. La sociedad actual está llena de mistificadores y personas que creen en supuestas las magias de los sanadores, pero éstos son tan tramposos como los chamanes. Ojo que no hablo más de la medicina natural que es otra cosa muy diferente. Tonayú, como otros chamanes jívaros, sabía algo de hierbas medicinales y en ocasiones tenía éxito, pero cuando un enfermo se le moría, para que no echaran las culpas a él, buscaba un responsable en otro grupo. Las enfermedadades les llaman mucho la atención y no conciben que sea algo natural. Pero claro, el supuesto culpable normalmente no tenía nada que ver ni se imaginaba la que iba a caer encima. Yo no creo en los superpoderes de los chamanes y de hecho estuve a punto de morir de malaria cuando uno me trató. Creo sí en la medicina natural porque los productos químicos que se utilizan para elaborar medicamentos se hacen sobre la base de elementos naturales. No soy de los que abominan de los remedios. Los antibióticos hoy como antes las sulfas, le han salvado la vida a la mitad de la humanidad.
—No se me aleje de la selva. ¿Cómo es la vida sexual de los jívaros?
—Aparentemente bastante normal. Ni los hombres ni las mujeres muestran represiones. Cuando a las parejas se les despierta el atractivo, se retiran al bosque. Cada uno tiene su sitio distinto. En la casa comunal nunca. Las casas son colectivas y no tiene paredes internas sino que están divididas en zonas: una para los solteros, otra para los casados y otra para las mujeres solteras. Mi propia experiencia fue totalmente igual a la del resto del mundo.
—Usted relata en el libro unas técnicas de pesca absolutamente insólitas.
—Cuando me metí en la selva comprobé que una de las prácticas más comunes, aunque no entre los indígenas, era el uso de la dinamita, lo cual es un salvajismo porque se destruye un enorme pedazo de un ecosistema, matando todo en forma indiscriminada. Los jívaros tenían un método de pesca con un producto llamado barbasco, que es una mezcla de raíces de determinadas plantas que ellos conocen muy bien, que contienen una serie de tóxicos. Las machacan en un mortero y cuando logran una mezcla parecida a la yerba mate, la guardan y con eso pescan. Para esto, se mete una fila de ellos con sus mujeres en alguna parte del río donde haya un remanso y otros van a la parte de arriba y arrojan el barbasco, que es un veneno pero no letal. Atonta a los peces en un área más o menos grande y facilita su pesca. Cuando quedan panza arriba, recogen todo lo que pueden, porque luego los comen ahumados.
—¿Y el veneno cuándo pierde su efecto?
—Enseguida. Los peces que siguen corriente abajo se reaniman. Es un tóxico temporal. Algo parecido ocurre con la caza. Cuando comprobaban que se estaba acabando una especie, cortaban y cazaban otra cosa. Lo mismo hacían con la tierra, a la que, cuando se está empobreciendo, la dejaban descansar. Tienen una sabiduría milenaria.
—¿La toxicidad de aquellos peces no se transmitía al hombre?
—No, para nada. Yo comí toneladas. Se ponían sobre una parrilla de ramas verdes y se ahumaban. Muy pocas veces lo hervían. El ahumado se hacía durante toda una noche con alguna persona que quedaba de guardia, echando ramas verdes. El calor y el ahumado los cocinaban. Esta era una labor de mujeres. Cuando salíamos de cacería, algo que hacíamos solamente los hombres, el ahumado era tarea nuestra. Hay unas ocupaciones que son exclusivas de mujeres y otras que son de hombres y eso no se transgrede. La cerámica por ejemplo, la hacían las mujeres. Sólo los chamanes elaboraban un tipo especial de gran tamaño para hacer la reducción de cabezas y luego se destruía porque su uso era solamente ceremonial.
—¿Cómo se trabajaba la cerámica?
—En América nunca se utilizó el torno, por lo tanto hacían choricitos de arcilla largos los que se iban pegando unos sobre otros y mojándolos para alisarlos. Cuando estaba terminada, se dejaban secar un rato y luego se ponían directamente sobre el fuego. Con una palita recogían brasas y rellenaban los cacharros. El horno no existía. Ese era un típico oficio femenino, pero el tejer, no. Los tejidos de algodón teñido se hacían mediante un telar atado a un árbol y a la cintura de un hombre que se encuentra sentado en el suelo. No es fácil de explicar, pero si uno lo mira parece sencillísimo y es sumamente ingenioso. Así elaboraban el itiqui que es una faldita masculina y el uchaqui femenino que es como una túnica que se anuda en un hombro.
—¿A juzgar por los cinco meses que vivió en tribus jívaras, usted diría que son salvajes?
—No. Los términos "salvaje" y "civilizado" se mezclan mucho entre sí. Mucho de lo que hacen los jívaros es extremadamente civilizado y mucho de lo que hacemos nosotros es extremadamente salvaje. Los antropólogos practicamos una doctrina que es el relativismo cultural. Nunca jamás hacemos un juicio de valor sobre una cultura que no es la nuestra. Viví con una muy diferente a la mía para compenetrarme, pero con el mayor de los respetos. Puedo no aceptar ciertas ceremonias o sacrificios pero no hacer un juicio de valor. Si no, caigo en lo mismo que caían los cronistas de la conquista, que juzgaban a los indios pero no se miraban sus propios ombligos. Los españoles se horrorizaban ante los sacrificios humanos hechos por los aztecas, pero ellos practicaban el descuartizamiento de sus prisioneros o los achicharraban en público. No hay que olvidar que los Derechos Humanos los hemos inventado nosotros para nosotros por nuestras propias bestialidades. Muy especialmente los que se firmaron después de la Segunda Guerra Mundial a causa de las barbaridades hechas por los nazis.
—Sustituyo el término salvaje por la palabra incivilizado.
—Eso me parece más justo. Los jívaros, igual que otros indios del Amazonas, configuraban culturas agrotecnológicas. Estaban en una etapa neolítica. Eran seminómades, pero practicaban la agricultura y vivían en aldeas.
—¿Fue feliz en ese período en que convivió con ellos?
—Absolutamente aunque no dejo de reconocer que cuando uno mira el pasado idealiza y crea paraísos perdidos. Tengo excelentes recuerdos pero también pasé muy malos momentos. En uno de ellos, estuve a punto de perder la vida. Pero tenía veintiún años cuando comencé a vivir con los jívaros y disfruté mucho mi aventura, porque era mi vocación. Si me la jugué en esa oportunidad y algunos años después cuando viajé con la balsa Acali fue porque me gustó hacerlo, no con la idea de segregar adrenalina de quienes hoy participan en deportes de riego.
—Hace un rato me habló del chamán Tonayú pero en el libro usted afirma que sus auxilios "técnicos" casi lo mataron.
—Es verdad. Yo vivía algunas semanas con los aguarunas, pero no sé en qué momento me empecé a sentir mal. Me dolía mucho la cabeza y estaba decaído, pero eso no me impidió participar en algunas aventuras inolvidables con otros jívaros de la tribu, como la cacería de un enorme tapir.
"Los remos comenzaron a detener la velocidad de las canoas y a dirigirlas a la orilla izquierda del riacho, a unos veinte metros de su desembocadura. Yauró se mantuvo en el medio de la corriente y a una indicación suya, los demás bajamos a tierra sigilosamente. (De pronto) se escuchó un gran chapoteo y desde al mato vimos surgir de las aguas la masa oscura y brillante del pamón. El gran tapir caminó por el barro de la orilla hasta el barro de la selva en nuestra dirección. Vimos a Yauró desde el río dirigirse directamente hacia él, mientras Noritú con los otros tres aguarunas se acercaban por tierra. Y nosotros detrás suyo. En la playa barrosa, el animal con los ojos desorbitados bufaba rodeado por los cuatro indígenas de tierra y por Yauró y los otros dos, que con el agua por las rodillas intentaban cortarle la huida. Ninguno arrojaba su lanza. Se acercaban tensos y rápidos y clavaban sus armas sin soltarlas en los costados del aterrorizado pamón que cabeceaba arriba, abajo y a los lados, sangrando mucho por las heridas y por su larga nariz. Cayó, se volvió a levantar y consiguió una brecha para llegar al agua, pero allí se acostó, entregándose exhausto y agonizante. (...) Destazar el animal en aquel sitio barroso donde los mosquitos nos asaltaron sin piedad y con la oscuridad ya encima, no era nada fácil. Pero los aguarunas no parecían demasiado preocupados. Reunieron las tres canoas en la playa, abrieron un gran claro en el bosque e hicieron una buena fogata allí y otra en el lugar de la playa donde colgaron el tapir de una rama alta. Separaron los cuartos traseros y delanteros y el lomo del tapir, todo lo cual fue fraccionado en trozos más pequeños que inmediatamente fueron extendidos sobre grandes parrillas de caña. Los restos del animal aún unidos por la columna vertebral, tendones y piel fueron arrojados al ruido que se convirtió en un ruidoso hervidero de pirañas voraces".
(José María Montero Pérez, libro ya citado)
—Siga contándome de su enfermedad.
—Seguí cada vez peor hasta que me vino un ataque que a través de lo que había leído, percibí claramente que se trataba de malaria. Empezó con una tiritona imparable como de frío, pero un frío especial que iba de adentro hacia afuera. Cuando dejé de temblar, comencé a sudar y a perder la noción de lo que me rodeaba. Es el proceso normal del plasmodium, un microorganismo que se transmite a través de la saliva del mosquito anopheles, que se mete dentro de los glóbulos rojos, se reproduce y los revienta luego de consumir su hemoglobina. Regresamos a la aldea de Noritú donde el chamán intentó curarme.
—¿Qué tratamiento le hizo?
—Me bañaban en el agua recitando fórmulas mágicas e invocando a los espíritus. Luego me acostaban ponían a mi alrededor unos cantos rodados que tenían en el fuego para darme calor, lo cual me hacía peor. Me salvó la vida un hecho casual: a los pocos días llegó una canoa de la Misión para ver qué había sido de nosotros y regresé con ellos. En mitad del camino perdí completamente la conciencia. Por lo que me contaron estuve ocho días sin conocimiento y cuando me desperté estaba en una camita de la Misión. Pesaba cuarenta quilos. La primera vez que fui al baño vi en un espejo que me había transformado en un esqueleto apergaminado. Creo que como consecuencia de mi enfermedad, los italianos que me acompañaron en ese primer trayecto, se asustaron y volvieron a su país. Estuve tiempo recuperándome.
—Pero volvió a insistir.
—Ante el asombro de los curas que pensaban que estaba trastornado, volví a salir con Noritú esta vez en dirección a las tribus de los jívaros huambisas.
Próxima semana, tercera parte.
El ritual de la reducción de cabezas. Rituales y
ceremonias. Alimentación. Fabricación del curare.