Sábado 2 de octubre de 2004 | Año 87 - Nº 29866
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José María Montero: una vida de película (I)
Con los jívaros, bebí muchos litros de su cerveza fermentada con saliva

Una existencia aventurera bastante cercana a la de Tarzán. Vivió entre los indios jívaros reducidores de cabezas, participó de sus ritos y ceremonias, cazó animales salvajes y comió tripas de mono y hormigas. Cinco meses en medio del Amazonas justifican estas notas dedicadas a un uruguayito poco común.

César di Candia

Nunca le importó que la gente pensara que estaba un poco desquiciado, que era un excéntrico irrecuperable, que eso de viajar por la selva amazónica sólo cabía en la imaginación de los niños. Dejando atrás los malos augurios de sus amigos y el terror de sus padres, José María Montero trepó los Andes, anduvo por cornisas a los cuatro mil metros, bajó por senderitos resbaladizos, llegó hasta la naciente del río más grande del mundo y se dispuso a navegar por él. Tenía veintiún años y más que un curioso insaciable era un antropólogo sin título que buscaba conocer otras culturas y explorar en la raíces étnicas de América. En esa búsqueda pasó terribles penurias en la zona andina, tuvo que convivir cinco meses con grupos jívaros, practicó sus ceremonias, adquirió las dos almas complementarias, se casó con una integrante de la tribu, contrajo una malaria que lo tuvo al borde de la muerte, aprendió a pescar con hierbas tóxicas y a cazar animales de gran talla con cerbatana, a fabricar curare, tuvo que ultimar a un desconocido en defensa propia y entendió la causa por la cual las cabezas de algunos enemigos son reducidas hasta el tamaño de un puño. Pero su historia no se detiene ahí. Aventurero infatigable, dejó el país durante treinta años y fue el único uruguayo que participó en el famosísimo viaje de la balsa Acali. De regreso, decidió escribir todo lo vivido en la selva en un libro titulado Marañón, memoria de un viaje equinoccial, al que uno lee con un asombro parecido al que experimentaba de niño con las vicisitudes de aquel niño nacido Lord pero convertido por azar en Tarzán de los Monos.

—¿Sus dos apellidos Montero y Pérez están vinculados al nacimiento de la Patria, no?

—El apellido Montero es gallego y el primero que llegó al país, lo hizo en el siglo XVII. Era un artillero de un buque militar que se quedó aquí y le fueron adjudicadas una serie de tierras de las que lamentablemente, no nos queda nada. El primer Pérez de la familia vino integrando el primer grupo de pobladores llegado de las Islas Canarias en 1726 y en esta colonia se hizo inmensamente rico. Pero tampoco nos quedó nada.

—¿Tiene más parientes ilustres?

—Varios. Raúl Montero Bustamante era mi abuelo y Juan Zorrilla de San Martín era el padre de mi abuela. Por lo tanto soy bisnieto del poeta, sobrino nieto del escultor y primo de China. Tengo una profunda admiración por mi padre porque se rompió el alma para que mi hermano y yo hiciéramos algo útil en la vida. Era gerente general de la tienda Caubarrere. Lo que más heredé de él fue su condición de aficionado a la náutica. Sus hermanos, es decir mis tío paternos, eran una serie de locos maravillosos medio arqueólogos, medio historiadores que solían reunirse en los bajos de la casa de mi abuelo Raúl Montero Bustamante en Punta Carretas, donde hoy está el Instituto de Bellas Artes. Allí había unos sótanos donde mis tíos habían armado una especie de club científico, tanguero, gardeliano y artístico, un poco de todo, que se llamaba La Linterna. Ahí hizo sus primeras armas mi primo el cantor más conocido como El Ciruja Montero. Y ahí también concurría otro primo que con el tiempo fue importante figura literaria: Enrique Estrázulas Montero. A La Linterna caía toda clase de gente, corría el vino en abundancia y se guitarreaba hasta cualquier hora. Además se organizaban campamentos en los lugares más insólitos.

—¿Su padre qué pretendía de usted?

—Quería que yo fuera comerciante y a los diecisiete años me hizo entrar a la tienda Caubarrere, pero la verdad es que nunca pudo hacerse el gusto. A esa edad yo era taxidermista voluntario en el Museo de Historia Natural y poco después me metí en la Facultad de Humanidades donde había profesores maravillosos como Carlos Vaz Ferreira y Rodolfo Tálice y al mismo tiempo empecé a estudiar Preparatorios de Medicina y también trompeta porque me gustaba mucho el jazz. De cualquier manera lo que a mí me gustaba era la antropología. No le miento si le digo que a los catorce años había leído El origen de las especies y El origen del hombre de Charles Darwin.

—¿Cuándo es que le pica el bichito de irse al Amazonas?

—Mi padre tenía un barquito en la barra del Santa Lucía y allí íbamos mucho los fines de semana a navegar. Siempre me gustó la vida medio salvaje. A tal punto que en el liceo hacíamos todos los años excursiones al interior navegando los ríos en canoa. Al terminar Secundaria ya había decidido estudiar algo vinculado con la antropología pero acá no había nada. Había que ir a la Universidad de La Plata, a Lima o a México. En unas vacaciones nos fuimos haciendo dedo hasta Bolivia. Llegamos hasta La Paz, conocimos Tiahuanaco y nos fuimos hasta Santa Cruz de la Sierra. Mis compañeros regresaron y yo me quedé para conocer el Mato Grosso. Prácticamente sin plata, recorrí parte importante del Pantanal en la avioneta de un fazendeiro, bajé hasta la frontera con Paraguay y le pedí a unos pilotos que me llevaran hasta Asunción. Se vivía la dictadura de Stroessner y le solicité hospedaje al Embajador.

—Perdóneme, pero usted para pedir no se quedaba corto. Tenía un rostro a toda prueba.

—Ni lo dude (se ríe). Si era por mangar, no me detenía en nada. A los fondos de la Embajada había unos cubículos donde se escondían algunos refugiados políticos esperando para ser trasladados. Allí me ubicaron. Yo salía pero con la advertencia de volver antes de las ocho de la noche porque había toque de queda. Regresé a Montevideo casi a pie, salvo las veces en que me levantaban los camioneros. Llegué a Bella Unión donde me encontré con un aduanero al que había conocido una vez que habíamos remontado en canoa con mis amigos del liceo el río Cuareim y éste me procuró un camión que me condujo a Salto. En esta ciudad unos parientes me pusieron en un avión y me mandaron a Montevideo.

—¿Se sosegó un poco?

—Pero muy poquito. Me salió un trabajo en el Museo de don Francisco Matto Vilaró, alumno de don Joaquín Torres García que tenía una estupenda colección de arte prehispánico a la que estaba conservando el arqueólogo Raúl Campá Soler. Y también empecé a trabajar por las tardes en el Museo de Bellas Artes del Parque Rodó donde había una colección fantástica donada por la señora Spangemberg de Pierson, que hoy se encuentra en el sótano del Palacio Taranco.

—¿Dónde está la colección de Matto Vilaró?

—Pertenece a la Intendencia y hay planes para restaurar el viejo local de la calle Mateo Vidal, a los fondos de la quinta de Matto que daba a 8 de octubre. Pero reparar el local, climatizarlo y darle seguridad lleva mucho dinero. Sería una lástima que siguiera encajonada porque es una de las colecciones de arte prehispánico más importantes de América.

—Vamos a lo nuestro. Usted andaba por los veintiún años, y esperaba la oportunidad para volver a irse a la selva.

—Y esa posibilidad se dio por una invitación que me hizo Campá para ir a conocer la cultura chachapuya del norte del Perú. Recorrimos toda la sierra, bajamos a la ceja de la montaña, como llaman los peruanos a la selva tropical y cuando yo comprobé que la posibilidad de acceder a la zona amazónica, explorar su selva virgen y estudiar la vida de sus habitantes estaba a mi alcance, no quise regresar. Campá sí lo hizo.

—Campá era una persona normal, digámoslo así.

—Era (se ríe). Ahí nos separamos. Pero lo de la montaña con Campá tampoco fue nada fácil. Ayer leí la segunda parte de su entrevista a mi amigo y admirado colega Renzo Pi Hugarte. El rechaza la selva porque está llena de alimañas y mosquitos y niguas y le gusta más la sierra. Yo soy al revés. Eso de pasar las noches en una altura de dos o tres mil metros, con el céfiro helado que cortaba la cara, durmiendo abajo de una roca y acostado junto a la mula para que ésta me trasmitiera su calor nunca me hizo gracia. En cambio la selva tropical me parece un paraíso.

—Vayamos al punto de partida. Un uruguayito veinteañero, solo y con poco dinero, falto casi totalmente de experiencia, se encuentra en uno de los puntos más altos de los Andes peruanos y en vez de volver, decide descender por ellos hacia la olla amazónica, buscando el río y la selva.

—Correcto.

—¿Sus padres que habrán pensado cuando se enteraron?

—Por lo que me han dicho, sufrieron mucho. Cuando veo que muchos padres de hoy se preocupan y no duermen porque sus hijos salen algunas noches con sus amigos, pienso en el terror que tendrían mis viejos. Aunque para serle franco creo también que los peligros urbanos son a veces peores que los de la selva. Mis padres estaban un poco curados de espanto, pero nunca creyeron que me largaría solo al Amazonas. Campá regresó, les entregó una carta mía en la que les explicaba mis intenciones y quedaron espantadísimos. De cualquier manera disfruté la selva como loco y también la sufrí muchísimo.

—Hábleme primero del ascenso a los Andes.

—Fue espectacular, sobre todo por la sensación que recogimos con Campá, de haber estado en las ruinas de una cultura que había desaparecido poco antes de la conquista española. Estuvimos en lugares que eran desconocidos para la ciencia arqueológica. Por ejemplo, estuvimos en una caverna impresionante a la que recorrimos un día entero, que era un cementerio de los chachapuyas. Estos inhumaban a sus muertos de diferentes formas de acuerdo al clima, pero tenían santuarios sagrados en los cuales enterraban a los estamentos más altos de la sociedad. Eran acantilados que rodeaban las grandes curvas de los ríos andinos. A diferentes alturas se veían nichos de los que se asomaban máscaras de momias. Los muertos habían sido colocados en posición fetal, con las manos agarrando las rodillas y envueltos en vendas. A su lado había ofrendas aunque no de oro y plata porque al revés de los incas, los chachapuyas eran pobres. Ese fardo funerario era sentado en el borde de los nichos mirando el acantilado y a su alrededor se hacía una especie de cono de barrio arcilloso en cuya cumbre se ponía una máscara pintada que imitaba las facciones del muerto. Era muy impresionante.

"Abrimos primero el paso hasta la pared de roca y desde allí comenzamos a subir con ayuda de cuerdas, durante tres horas hasta llegar a una plataforma saliente. Sobre él y dentro del acantilado, se extendía por unos doscientos metros en horizontal, un largo nicho, una grieta excavada en la piedra como de un metro y medio de profundidad. (...) Teníamos delante el mismo tipo de sepultura que habíamos visto destruido y saqueado en Olto. La diferencia estaba en que aquí parecían rodos intactos, seguramente por lo inaccesible del nicho".

(José María Montero Pérez. "Marañón, memoria de una aventura equinoccial". Ed. del autor, 2003. Distribuye Librería Linardi y Risso)

—¿Los conquistadores españoles no habían llegado hasta allí?

—Según datos de alguna crónica, durante el período de Pizarro en Cajamarca cuando tenía prisionero a Atahualpa, hubo un levantamiento chachapuya del otro lado de la cordillera central, pero es probable que estas acciones hayan sido contra los incas, que eran sus enemigos naturales y no contra los españoles. Los peores depredadores fueron los bandidos que en Perú llaman huaqueros, unos saqueadores que durante tiempo estuvieron violando tumbas en busca de oro y que por supuesto rompieron cerámicas y objetos de valor arqueológico y deshicieron a las momias para ver si tenían algo pegado al cuerpo. Las que nosotros descubrimos estaban muy altas y probablemente todavía sigan intactas.

—¿Fue en esos días que se le despeñó una de sus mulas?

—Un poco después. Fue muy conmovedor por el hecho de que hasta muy poco antes habíamos estado llevando a las mulas en recua, es decir atadas unas con otras y se nos pudieron haber caído todas. Por suerte, cuando se cayó ya la habíamos desunido porque andábamos por un desfiladero de menos de un metro de ancho, con el piso barroso y lleno de piedras sueltas. A nuestra izquierda una pared de rocas y abajo lo único que se veía eran nubes.

—Voy a hacer una pregunta un poco tonta. ¿Qué pasaba si venían personas o animales del lado contrario?

—No había solución posible. O se volvían ellos o nos volvíamos nosotros. Además, era casi imposible hacer girar a uno de estos animales. Los que regresaran debían hacerlo reculando. Sigo con mi cuento. En determinado momento el que iba más atrás de nuestros animales pegó con su carga toda la pared de roca, se desestabilizó, quiso afirmarse, pero resbaló y cayó al vacío. En realidad éramos tres personas, Antonio el guía, Campá y yo, con tres mulas con carga. La que se desplomó llevaba alimentos y algunas armas.

"La humedad aumentó considerablemente y se convirtió en una lluvia pertinaz que nos empapó de agua y de frío y que empezó a hacer la cornisa cada vez más peligrosa, subiendo por varias horas al borde de un profundo precipicio. La vegetación volvió a ralear y el agua rápidamente enlodó el camino ya húmedo. Entramos por una curva larga y abierta con un desfiladero muy angosto y con los animales desplegando todo su instinto, reflejado en su paso cauteloso. En un momento, al pasar con dificultad un torrente que venía haciéndose muy violento, oímos un bufido alarmante que nos hizo a todos voltear hacia atrás. Bufaba ciertamente con los ojos desorbitados por el terror, la pobre mula de retaguardia con sus manos enterradas en el barro del camino. El hocico sangrando por el golpe de la voltereta contra la pared de piedra, los cuartos traseros colgando al abismo, con la carga que la hacía más pesada. No pudimos desmontar en la estrechísima trocha, con los animales muy asustados. Y con otro bufido largo, nuestra mula carguera se deslizó de repente, dejando los surcos de sus cascos en el camino y cayó hacia el fondo".

(José María Montero Pérez, obra citada)

—¿Cuál fue la reacción de ustedes?

—La mía, de consternación. La de Antonio, el dueño del animal, de susto previendo que su padre se enojaría mucho. La de todos, de preocupación por que habíamos perdido la totalidad de lo que llevábamos para comer, más la cocinilla, más la escopeta y las cajas de municiones.

—¿En qué momento se separó de su compañero?

—Al dejar la zona chachapuya, llegando ya a la selva tropical. Campá se volvió por una ciudad llamada Jaén donde había un servicio de ómnibus y yo me metí en el río Marañón. Pero antes vivimos la experiencia alucinante de una procesión que tuvimos ocasión de ver en Semana Santa. Era casi de noche y desde el balcón del hotel comenzamos a divisar a lo lejos dos filas de velas que se iban acercando. Al llegar al hotel constatamos que en la cabeza de la procesión venía un enorme paso, que es una especie de sostén donde estaba aguantado un Cristo como de tres metros que pesaría una barbaridad. Los que sostenían el peso iban en taparrabos y descalzos y a su costado había otros indios también semidesnudos, que los castigaban con correas como en una suerte de martirio. Cuando se cansaban, los papeles se invertían. Los castigadores pasaban a sostener el catafalco y los cargadores a su vez les pegaban. Pero lo más curioso es que ese armazón de madera estaba cubierto casi hasta el suelo por una tela de color morado y debajo de ella, caminaban otros indios que cada tanto les alcanzaban a los de arriba unas botellas de cañazo, que es un aguardiente de caña bastante fuerte para que fueran agarrando fuerza. El resultado fue que al llegar a la iglesia, la borrachera era general y el pobre Cristo pegaba tantos bandazos que parecía que iba a caer de un momento a otro (se ríe). Sin embargo todo terminó bien.

—Una de las cosas que más me llamó la atención de su libro es la cantidad de menciones —veinte o treinta por lo menos— que usted hace a las frecuentes ingestiones de dos bebidas que usted identifica como cañazo y guiamanchi. Da la impresión que le pegaban al trago duro y parejo.

—Es verdad, chupábamos como cosacos. El guiamanchi es la cerveza de mandioca que se destila en toda la zona amazónica. Las mujeres se ponen en rueda frente a una gran tabla redonda, mastican largamente la mandioca limpia y lavada y la van escupiendo en el centro. Queda una pasta parecida a puré de papas. Eso lo ponen en un recipiente grande de barro, le agregan agua en no sé qué proporción y lo tapan. No tiene azúcar pero la enzima de la saliva lo hace fermentar. Esa sustancia medio lechosa es una cerveza que a lo largo de los días va adquiriendo mayor graduación alcohólica y proporciona mucha energía. Nadie viaja sin cantimploras llenas de guiamanchi. El cañazo es otra cosa. Se hace con jugo de caña. Del primer jugo sale el guarapo, pero como éste ya tiene azúcar, después que fermenta lo ponen en un alambique muy elemental y lo destilan. Por último lo embotellan y lo venden. Es la bebida más popular y acompaña todas las comidas y reuniones.

—No me vaya a invitar con guiamanchi.

—No tengo. El cañazo se parece al ron pero hecho de manera mucho más primitiva. Es como si usted comparara la grapa nuestra con la grapa italiana, con el orujo gallego y con el pisco chileno o peruano. Todos salen del hollejo de la uva, pero de su refinamiento depende una bebida u otra. Con el orujo se hace la famosa queimada. Yo la aprendí con un maestro, Manuel Fraga Iribarne.

—Veo que usted es un experto.

—No se lo niego (se ríe).

(Semana próxima segunda nota)



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