Consultado acerca de las acusaciones contra su padre para la redacción del libro Los años del odio, de donde se han tomado y ampliado estas notas sobre la muerte de Saravia, el hijo del general Basilio Muñoz dio una versión recogida de testimonios familiares que difiere radicalmente de lo expuesto por quienes no han vacilado en afirmar que la derrota del ejército nacionalista en Masoller se debió a errores capitales cometidos por su padre.
"El 31 de agosto de 1904, día anterior a la batalla, a primera hora de la tarde mi padre, que comandaba la vanguardia nacionalista, tendió su división para atacar a la vanguardia del ejército gubernista que tenía mucha menos gente y estaba mal municionada. Conozco esos detalles con precisión porque en esas fuerzas coloradas venía quien después fue mi suegro, el que al tiempo confesaría a mi padre que cada soldado tenía apenas diecisiete cartuchos. Cuando el general Basilio Muñoz se aprestaba a avanzar vino un chasque con la orden de Aparicio de "no comprometer ninguna acción". Mi padre no entendió tan extraña decisión y envió al doctor Bernardo García para que procurara convencer a Saravia de lo fácil que sería vencer a la vanguardia gubernista, pero la respuesta del caudillo fue la misma: no atacar. Entonces el general Basilio Muñoz fue personalmente a hablar con Aparicio y le dijo que en media hora podía liquidar el combate. Ni aun así Saravia modificó su posición. ¿Cómo se explica? Por las conversaciones de paz entabladas con Mascarenhas, un hecho que mi padre ignoraba y que no fueron más que una trampa para hacerlo perder tiempo. En esas veinticinco horas que Aparicio esperó, el ejército colorado pudo unirse y tomar lugares estratégicos en las alturas de los montes. A las diez de la mañana del día 1o de setiembre los marcos estaba ocupados y recién a las tres de la tarde Saravia dispuso el ataque, obligando a su gente a ser sometida a un fuego terrible, desde dos flancos. Lo sensato hubiera sido retirarse del lugar de la batalla, dejarles las alturas a las tropas del gobierno y buscar una posición más propicia, pero no ocurrió así. Como consecuencia, la batalla de Masoller se libró en las peores condiciones imaginables".
Ya no se podrá saber cuál de las dos versiones es la exacta: si la que atribuye responsabilidades a la lentitud del general Basilio Muñoz o la que da por cierto que Aparicio creyó buenamente en las propuestas de paz y cayó en la trampa colorada. Lo cierto es que antes de que finalizara el mismo día inicial de setiembre, herido ya Saravia, el desconcierto de la oficialidad de la revolución era tan grande que algunos jefes propusieron designar como sustituto de Aparicio al caudillo brasileño Joao Francisco Pereira de Souza, su viejo enemigo de las luchas riograndenses, convertido ahora en su principal abastecedor de armas. Nepomuceno Saravia narró de esta manera estos hechos en los que algunos jefes blancos tuvieron que soportar no sólo el rezongo sino una lección de dignidad de parte de aquel señor, dueño de vidas y haciendas de la frontera.
"Sabemos de la negativa de los jefes a continuar la pelea si el general no los acompañaba y por esa causa fue que el coronel Lamas no pudo imponer su autoridad; entonces se creyó conveniente entregar las armas al Brasil. Cuando el desaliento y el estupor tomaban cuerpo sé que Luis Alberto de Herrera arengó a los jefes.
Herrera en esa ocasión estuvo inflamado de patriotismo; lástima fue que sus palabras cayeran en el vacío y lástima fue como lo veremos más adelante, que junto con Basilio Muñoz presentaran como hecho consumado una paz incondicional a consideración de los jefes del ejército y que fue repudiada (nos referimos al pacto de Aceguá).
Cuando hablaba Herrera en las primeras horas del día dos, llegó Pedrito Pereira, hermano de Juan Francisco, con el pedido de éste que bajáramos al Paso de Sepulturas que allí lo encontraríamos media hora después y aún en deliberaciones (yo no estuve presente en la primera reunión cuando se resolvió la jefatura de Juan José Muñoz) apareció Abelardo Márquez montado en un tordillo vivaracho, dando vivas a la patria, al Partido Nacional y al general y sus palabras entonaron los ánimos. Ordenó que se devolvieran algunos pertrechos que habían sido tomados por los brasileños y nos pidió fuéramos hasta Sepulturas que queda frente a la estancia de doña Luisa Pereira en cuyo panteón será enterrado el general y no en Caty como se ha afirmado. Caty queda como a unas ocho leguas de allí.
Existía una gran confusión. Abelardo continuaba en su tarea de reconquistar pertrechos. Marchamos hacia Sepulturas. Llegó Juan Francisco; lo acompañaba un regimiento de fuerzas estaduales que acampó sobre el lado brasileño. Se hizo una nueva reunión de jefes con la asistencia y el consejo de Juan Francisco que propuso que se nombrara a un jefe supremo y nadie quiso aceptar. Habló nuevamente Herrera, argumentó de mil maneras e incluso me propuso a mí, pero yo no podía aceptar por ser el más joven, por haber otros de más sacrificios y glorias que yo, por el expreso pedido del general y además porque entendía que ser hijo del general era un obstáculo para la aceptación frente a tantos veteranos.
Como no hubo acuerdo, los jefes propusieron a Juan Francisco y les contestó:
—¡Es una vergüenza que un brasileño los comande! ¿Cómo es posible que no tengan un jefe castellano?
Sus palabras duras no levantaron críticas; el ambiente no era violento; la gente estaba como asustada o como desnorteada. Juan Francisco propuso entonces que se nombrara un triunvirato para ir marchando y entretanto, él trataría de ponerse al habla con el general Morosini (el mismo a quien la Junta de Guerra de Buenos Aires en el 97 no aceptara sus imposiciones para incorporarse) para traerlo como general en jefe y si no viniera Morosini, entonces él se haría cargo del ejército; ese temperamento fue tácitamente aceptado puesto que no levantó protesta alguna. Entonces Juan Francisco ordenó que marcháramos rumbo a Rivera, por el Brasil, como así se hizo sin molestias de las fuerzas federales.
Al día siguiente, esta asamblea de jefes que en los hechos había comenzado a aceptar órdenes de un guerrillero brasileño, designó un triunvirato integrado por los coroneles Basilio Muñoz, José González y Juan José Muñoz. Pero ya nadie estaba a la altura de las circunstancias y todo esfuerzo por lograr la cohesión de las fuerzas revolucionarias, era irrelevante. Como había dicho el coronel Carmelo Cabrera, uno de los jefes que había pasado al Brasil: «este es un ejército saravista. Caído Saravia, es imposible mantener su cohesión»".
Diez dolorosos días duró la agonía del general Aparicio Saravia en "Las casas" de la estancia riograndense de doña Luisa Pereira. Si las precarias condiciones sanitarias del campamento revolucionario habían impedido toda posibilidad de cirugía, los penosos quilómetros del desplazamiento de la carreta avanzando a los bandazos desde el lugar de la batalla por trillos pedregosos y zanjeados, le habían agravado los derrames internos precipitando la peritonitis. Uno de los testimonios más dignos de fe de los momentos finales de caudillo los aportó su propio médico, el doctor Arturo Lussich, a través de un relato efectuado al diario La Tribuna Popular al mes de los hechos.
"Una vez en la estancia se le dio habitación en una de las mejores piezas de la casa, colocándosele en un gran lecho matrimonial y con todas las comodidades posibles.
Aquí continuó la asistencia del herido, bajo la asidua vigilancia del doctor Lussich, Mauro Saravia, el ayudante Urtiaga, personas de la casa del coronel Juan Francisco Pereira, hermanos de éste, el comandante Sierra y otros. Más tarde sobrevino la grave complicación que se temía y la peritonitis que ya durante el viaje había mostrado sus primeros indicios, se declaró con toda intensidad.
El segundo y tercer día sobrevino el subdelirio con períodos de atenuación y exaltación que llegaban al delirio mismo, mientras una agitación continua dominaba al enfermo. La bronconeumonía que atacó después al herido agravó aún más su estado preparándolo para el final que se preveía.
(...) En cuanto al delirio de Saravia, no se redujo puramente como se ha dicho a cuestiones de guerra sino que también de vez en cuando pasaban por su mente risueñas visiones del hogar y de la familia. Lo delicado de su situación hacía muy difícil su asistencia, el alimento era casi nulo y el paciente sufría mucho. En este estado siguió hasta la noche del día nueve que fue cuando entró en el período definitivo que debía causarle la muerte.
Horas antes de fallecer perdió en absoluto el conocimiento y la vida se revelaba en él nada más que por la continua agitación que es propia de los atacados del mal de la peritonitis.
En la madrugada del día diez falleció sin salir del estado de postración e inconsciencia en que estaba desde algunas horas. Inmediatamente se preparó convenientemente una pieza y se procedió a velar el cadáver colocando éste en un rico cajón y envolviéndolo en la bandera nacional. (...)
El día once a la una P.M. se condujo el cadáver hasta el panteón de la familia Pereira sito en la misma estancia, yendo el féretro envuelto en la bandera nacional. En el momento de la inhumación hizo uso de la palabra el ayudante Urtiaga expresando los méritos personales, políticos y guerreros del extinto y la pérdida que su muerte significaba para el partido.
Al enterrar el cadáver se colocó la bandera nacional dentro del cajón, envolviendo el pecho de Saravia. Después se echaron algunas flores sobre el panteón y se le dejó allí en el silencio infinito de la tumba".
Más literaria y probablemente con algunas concesiones a la imaginación, la descripción de uno de los biógrafos de Aparicio Saravia, el escritor argentino Manuel Gálvez, aporta, sin mencionar fuentes, detalles más emotivos.
"Aparicio Saravia sigue muy grave. Tiene fiebre alta. Sus buenos momentos son escasos. En uno de ellos lo visita el capellán del ejército que se queda un cuarto de hora con él.
El médico no le permite tomar ningún alimento. El pide café. El médico moja un algodón en champaña y se lo acerca a los labios. Algunos de sus acompañantes no han dejado de fumar. A él le molesta el humo aunque nada dice. Pero el cinco, al volver a su lado el ayudante, le cuenta cómo el humo de los cigarrillos le daba la sensación de faltarle el aire.
Con ese motivo y para ser mejor cuidado, alguien le indica la conveniencia de llamar a doña Cándida, que está muy cerca, en Bagé. Y él que nunca piensa en sí mismo sino en los otros, contesta que no es posible porque «si con la ayuda de Dios» salva la vida irá a alcanzar al ejército en la frontera y en tal caso, su mujer quedaría aislada de Bagé en donde tiene que atender el restablecimiento de sus dos hijos heridos en Tupambaé.
Generalmente está tranquilo en un estado de subdelirio y habla poco. Pero tiene momentos de excitación. Cree que en el ejército hay desconcierto y deserciones. «¡No me engañen! ¡Díganme la verdad!» clama afligidamente.
Ese día cinco de setiembre parece haber pasado el peligro de la peritonitis. Pero esa noche se produce un temporal con viento fuerte y frío que será fatal para el herido. Puertas y ventanas tienen rendijas por donde pasa el viento. También se cuela por entre las tejas portuguesas del techo. Sus ayudantes intentan tapar esas rendijas con papeles pero todo es inútil.
El seis se le declara una bronconeumonía. Se ha debilitado tanto el enfermo por las hemorragias y por la falta de alimentación que exigía el tratamiento de la peritonitis, que se hace muy difícil salvarlo. Quienes rodean al caudillo comprenden que se va. El también lo sabe pero no por eso abandona su buen humor. Le dice al médico que si lo sana escriturará a su favor la estancia de La Coronilla y el ocho lamenta que no llegue el caso de poder regalarle la estancia. Ese día exige algo de comer. «¡No soy más su enfermo —le dice al médico— sino su jefe y le ordeno que me obedezca como soldado que es!»
En los momentos de delirio, que son frecuentes, da voces de mando: «¡A la carga, muchachos!» Una vez dice: «¡Mariano, no retrocedas!» Se refiere a su hermano. «¡Mariano es temible en las cargas!» óyesele exclamar en otra ocasión.
El diez a las cinco de la madrugada llega otro médico. El enfermo, que se siente muy mal dice: «no sé qué podrán hacer. Yo me voy para el camposanto». Agrega con un vislumbre de esperanza: «Me entrego a Dios y a ustedes». Al ayudante, que por no creerlo demasiado grave le ha pedido para ir a dormir un rato, le contesta: «tenga paciencia que esto terminará pronto». Y tal vez sintiendo que la agonía se acerca, le ruega casi sin voz: «no me suelte la mano hasta que muera. Después sigo viaje. Ya estoy pasando la frontera. Siento que me llega un dolor en el corazón».
No habla una palabra más porque enseguida entra en coma. Son las ocho de la mañana. Su agonía es muy larga. A su lado los médicos, los ayudantes, los dueños de casa, todos lloran. A la una y media de la tarde, abandona este mundo el gran espíritu de Aparicio Saravia.
Velan el cadáver en la misma pieza. Lo han cubierto con una bandera de seda que bordaron las damas de Melo. Con esa bandera de la patria lo amortajaron, cumpliendo su voluntad de que ella lo acompañara hasta el ataúd".
La noticia del fallecimiento del caudillo se mantuvo oculta durante varios días, en el entendido que podía echar abajo la moral del ejército. El propósito era correcto, pero el hecho ya no habría de incidir: la revolución nacionalista desfallecía en medio de una imparable anarquía. Recién una semana después, Nepomuceno Saravia, uno de los pocos jefes que trataba desesperadamente de conseguir cierta cohesión para continuar la lucha, se enteró de la muerte de su padre. Entrevistado el 11 de octubre de 1904 por el diario La Razón de Montevideo, el doctor Luis Alberto de Herrera dio una versión de la forma en que Nepomuceno tomó conocimiento de la verdad.
"—¿Cuándo supo el ejército nacionalista la muerte de su caudillo?
—La noticia oficial de la muerte recién fue llevada al campamento de Aceguá el 18 de setiembre. La llevó Bernardo Rospide, quien hallándose por excepción bien montado, fue comisionado para ir hasta Santa Rosa para buscar noticias fidedignas respecto a la salud del general. Hasta entonces, se había creído que su herida era grave, pero no mortal.
—¿A quién venía dirigida la comunicación?
—A Basilio Muñoz, que ya había sido revestido del mando supremo en cónclave de jefes. Pues bien, al llegar Rospide a Aceguá, se encontró con Nepomuceno Saravia que le salió al encuentro.
—¿Es verdad que trae usted comunicaciones directas de Santa Ana? —le preguntó.
—Es verdad coronel —le contestó Rospide.
—¡Entréguemelas!
—No puedo, coronel. Vienen dirigidas al general en jefe.
—¡Asumo todas las responsabilidades! ¡Deme el pliego!
—Es que vea... precisamente usted no debe leerlo...
—¡Estoy preparado para todo!
Y tomando el pliego lo abrió, corrió con la vista las pocas líneas en que se notificaba la muerte de Saravia y sin que se le moviera un músculo del rostro, sin que se le humedecieran las pupilas, devolvió la nota diciendo: —¡Ya sé lo que quería saber. Dígale al general en jefe que fui yo quien abrió el sobre!
Rospide se creyó en el caso de advertirle: —¡por Dios, coronel, que no se vaya a traslucir!
—¡Nadie sabrá nada! —contestó Nepomuceno con una sonrisa triste. Y golpeándose el pecho añadió: —¡No hay nadie en el mundo que pueda saber lo que llevo aquí adentro!"
Estas tres notas que culminan aquí, dedicadas a recordar más que la batalla de Masoller, las últimas horas del general Aparicio Saravia, han sido elaboradas a partir de distintos testimonios de quienes estuvieron cerca de los trágicos sucesos. A cien años exactos de ocurridos, es un deber admitir que más allá de la muerte de Aparicio y de la Paz de Aceguá, nació en aquel momento un país políticamente adulto que dejó de plantear sus contiendas partidarias en las cuchillas para dirimirlas en las urnas. Las intolerancias de la época obedecieron a la existencia de un civilismo inmaduro aferrado todavía a viejos rencores. Un siglo después, la grandeza de aquellos dos grandes actores de la última guerra oriental, José Batlle y Ordóñez y Aparicio Saravia, que tenían la misma edad, compartían el mismo amor por su país y hasta tenían razones valederas para sus procederes, debería justificar un análisis más desapasionado que los ubicara definitivamente tras esa frontera difusa donde se encuentra la memoria de los héroes nacionales, los de todos.