Sábado 18 de setiembre de 2004 | Año 87 - Nº 29852
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PASIÓN Y MUERTE DE APARICIO SARAVIA (II)
Con su caudillo herido, el ejército nacionalista quedó descabezado

El resultado de la batalla de Masoller era todavía indeciso, pero con evidencias de una falta de municiones en el ejército oficialista, que podría precipitar su derrota. La herida del caudillo Aparicio Saravia, demasiado expuesto a las balas enemigas, dio un vuelco total a la guerra de 1904

Durante tres horas colorados y blancos compartieron en Masoller la muerte y el dolor, encarnizados en una de las batallas más sangrientas que se recuerden en el país. Durante ese breve lapso, la fusilería dejó casi tantas bajas como en los dos días que duró el combate de Tupambaé. "La novena división" –contó Nepomuceno Saravia– "entró con mil setecientos hombres y tuvimos setecientas bajas entre muertos y heridos; recuerdo que solo tres jefes de escuadrón salieron ilesos". Quedaba ya poco rato de luz cuando se hizo evidente que al Ejército del Norte habían comenzado a escasearle las municiones. Lo previsto por Aparicio se confirmaba. A la madrugada siguiente atacaría con sus divisiones de refresco y las fuerzas gubernistas no tendrían defensa posible. Un telegrama del general Eduardo Vásquez dirigido a Batlle y Ordóñez le da razón a la estrategia del caudillo nacionalista, al tiempo de advertir al presidente de un desastre inminente. El documento, incautado poco después en Tranqueras, el lugar más próximo a Masoller que disponía de servicios telegráficos, decía: "Peleamos a tres mil hombres de las fuerzas insurrectas; enemigo nos tomó tres veces posiciones. Muchísimas bajas. Municiones se agotan. Si mañana nos atacan tendremos que retirarnos. Salúdalo. Vásquez".

Lo informado por el Ministro de Guerra era cierto, punto por punto. El comandante Ramón González explicaría tiempo después esa extraña anomalía de conquistar y abandonar varias veces a un alto costo de vidas una misma posición.

"Por tres veces consecutivas el comandante Saravia" (se refiere a José Francisco a quien todos denominaban Pancho ) "desalojó al enemigo de las posiciones que ocupaba detrás de los cercos de piedra. A la tercera vez que lo hizo me le acerqué y le pregunté cuál era la razón por la cual no se apoderaba de aquellos cercos desde donde nos estaban haciendo tanto daño, respondiéndome que no lo hacía porque dada la facilidad con que los abandonaban en cuanto eran atacados, le hacía sospechar que los tenían minados y que los harían volar en cuanto nos apoderáramos de ellos".

Intuyendo que la batalla estaba ganada, el general Aparicio Saravia comenzó a recorrer con su abanderado y sus ayudantes la línea de fuego a una distancia temeraria de las fuerzas enemigas. Era una actitud imprudente que ya había repetido en otras ocasiones y que había impulsado a una decisión de sus oficiales tomada el día anterior al enfrentamiento de la que tuvo conocimiento el mismo comandante González. En esa oportunidad el coronel Saavedra le había confiado que "se iban a reunir los jefes para pedirle (...) que no se expusiera más al fuego enemigo amenazándolo con retirarse todos y dejarlo solo si lo volvía a hacer".

El posible apercibimiento que tenía por fin proteger a un caudillo sin el cual la revolución perdía gran parte de su impulso, encerraba también un germen de insubordinación. Pero ni advertencias ni presiones habían sido nunca suficientes para detener a un hombre habituado a compartir riesgos y peligros con sus hombres y convencido tal vez que no existía bala capaz de derribarlo. Sin embargo ésta llegó con la forma de un proyectil de Mauser que le entró por el costado izquierdo destrozando riñones y parte de su masa intestinal.

En los años siguientes, el origen de esta herida fue tema recurrente en las discusiones diarias que sucedieron a la guerra. Se dijo que fue una bala perdida. Se llegó a asegurar que el disparo había sido obra de uno de los tantos expertos tiradores argentinos que supuestamente había contratado el gobierno para ultimarlo. Se afirmó que el tiro había partido de propias filas blancas como consecuencia de algún acto de traición o de la puntería de elementos colorados infiltrados en el ejército nacionalista. Hubo incluso quien se declaró públicamente autor del hecho y trató de vivir al resguardo de la fama que podría sobrevenirle. Lo único seguro es que ya nunca podrá saberse la verdad.

Menos fantasioso que todo lo anterior es atribuir el hecho a los propios descuidos del caudillo que solía exponer una figura cuyo atuendo, poncho y sombrero "panza de burro" de colores claros casi blanco, su caballo tostado de gran alzada y el hecho de llevar consigo al abanderado, le daban una identificación muy especial. La bala que lo mató estuvo certeramente dirigida. Segundos antes, otras dos habían herido a su caballo. Ninguna había lastimado ni a sus ayudantes ni a su abanderado, que estaban junto a él. Su hijo Nepomuceno que estaba muy cerca, ha descrito con precisión aquellos dramáticos momentos.

"Luego de darme la última orden, el general dio vuelta y se dirigió hacia la derecha; iban en fila detrás de él el Cte. Eustaquio Vargas, el ayudante Juan Gualberto Urteaga, su abanderado el valiente Germán Ponce de León y mi hermano Mauro. La bandera desplegada y su poncho blanco, por donde pasaba galvanizaba las huestes ciudadanas.

Había recorrido unos treinta metros cuando su caballo fue herido de abajo hacia arriba, posiblemente por rebote de un proyectil, en la paleta. El noble animal dio una escaramuza y quedó hacia nuestro lado.

Al ver eso apreté espuelas a mi caballo y llegué hasta el general quien en ese instante se agarraba la pierna derecha con gesto de dolor y le dije;

–¿General, le lastimaron la pierna?

–¡No es la pierna, carajo!– y sofrenó su caballo.

De inmediato lo rodeamos y Vargas lo ayudó a bajarse.Ya en el suelo comentó:

–No lo siento por mí, lo siento por mis amigos.

Muy cerca estaba y llegó enseguida Alejandro Arrillaga quien se apeó y agarrando con cuidado al general se sentó de piernas abiertas para que la espalda del general descansara en su pecho, amorosa almohada de un sencillo y noble corazón de soldado heroico ofrendado a su general en jefe quien reclinó sobre su pecho el dolor de su sufrimiento.

Se veían aún algunos fogonazos esporádicos en la penumbra. El enemigo casi había cesado el fuego. El destino cortaba la marcha ascendente del Partido Nacional. Le preparamos una cama de cojinillos con Arrillaga en la misma posición.

Le levanté la camisa, sangraba mucho; la bala le atravesaba el vientre de derecha a izquierda. (Nota: en realidad la trayectoria fue al revés). Monté a caballo y me dijo:

–¡No me vaya a dejar agarrar prisionero, m`hijo!

–No general, quede tranquilo que voy a tomar medidas.

Ordené al escuadrón de Morán que hiciera guardia. Cuando me retiré, a los pocos minutos llegó el coronel Lamas y el general le ordenó que relevara todas las divisiones por las de refresco y que en la mañana bien temprano continuara la pelea. Datos estos suministrados por mi hermano Mauro.

Cuando regresé, Lamas se había ido. Su rostro estaba pálido. Me preguntó:

–¿Pudo sacar a Viramontes? (Nota: se refería al marido de su hija, que estaba lastimado).

–Sí general, no dejaré ningún herido. Estaba el entonces practicante de medicina Alejo Martínez quien indicó una inyección que había que traer del parque. La noche estaba cerrada y muy fría; caía una intensa helada. Dispuse la marcha en poncho, lentamente. Alejandro Arrillaga se ofreció a traer la inyección. Y partió.

Llegó enseguida José Francisco Saravia quien le hizo una camilla con lanzas y maneadores en forma de parihuela y a pulso se avanzó en la noche, el general iba más cómodo. (...) Cruzamos una cañadita y allí el general pidió que lo dejáramos que era tiempo perdido.

En cuanto llegamos al parque, algo más de la medianoche, lo colocamos en el interior de una carreta desuñida. Con Lino Cabrera y el doctor Lussich le hacíamos frotaciones para darle calor, utilizando pedazos de bayeta de ponchos.

Llegó Lamas y el general le reiteró la orden de que al aclarar hiciera continuar la batalla con todas las divisiones que no habían peleado. A la hora más o menos llegó Lamas con la respuesta de los jefes. No pelearían si el general no iba con ellos. Y el general contestó.

–Sí, aunque vaya más tarde a caballo.

Interrumpe Lussich.

–No, general, usted tiene que ir a Brasil a reposar.

Lamas nuevamente se retira; se hace reunión de jefes a la que no asistí. Resolvieron entregar el armamento al Brasil antes que a los colorados. Así se lo comunicó el Cnel. Lamas al general y éste con lágrimas en los ojos le dijo:

–Bueno coronel, haga levantar un acta; usted sabe coronel que esas armas son el sacrificio de compañeros y amigos y además deseo salvar mi honor de general en jefe.

El acta se hizo; la desorganización cundía".

Otro testimonio, el del mayor Francisco Fregeiro publicado en La Tribuna Popular de Montevideo veinte días después de estos hecho, coincide sustancialmente con el de Nepomuceno y aporta datos complementarios. Existen varios más, pero con los transcriptos se puede tener una idea clara de lo acontecido.

"Hallándome sobre el ala derecha del ejército, próximo a la división de su hijo Nepomuceno y seguido de sus ayudantes, el caballo tostado que montaba se agitó nerviosamente y encabritándose quiso avalanzarse logrando detenerlo el jinete. El bruto había sido herido en una paleta. Sin dar importancia al asunto, Saravia siguió marchando. Las balas llovían como si un turbión de muerte se hubiera extendido por el campo de batalla. Pocos metros más, el caballo volvió nuevamente a encabritarse, otra bala acababa de herirlo y marchó una cuadra aún, cayendo una tercera bala que fue la que hirió al general.

Se aproximaron sus ayudantes al notarlo; pero Saravia siempre severo les dijo: "No es nada" y siguió marchando, pero su voluntad tuvo que ceder a los dolores que le producía la grave herida. La bala, penetrando en el costado izquierdo a la altura del vientre lo había atravesado de parte a parte. La hemorragia era abundante. El general se detuvo e intentó desmontar pero no pudo hacerlo pidiendo entonces a sus ayudantes que lo bajaran. Su hijo Mauro y el capitán Urtiaga así lo hicieron entretanto Germán Ponce de León y otros corrían en busca de médico.

Al ver a Saravia herido, corrieron varios oficiales de la división de Nepomuceno y le rodearon. El general intentó caminar sostenido por Mauro y Urtiaga pero no pudo seguir. Entonces los oficiales que se hallaban presentes, entre ellos los hermanos Melgar, Páez, Sosa y Arrillaga formaron una silla cruzando las manos entrelazadas y colocándolo en el centro lo sacaron del campo de batalla en dirección al parque.

En el momento en que la pequeña columna se ponía en marcha, llegó a todo escape el comandante Nepomuceno Saravia y desmontando se le aproximó. La escena que se produjo fue conmovedora; aquellos hombres fuertes, enteros, de una pieza, no cambiaron casi palabra pero sus miradas se hablaron con una suprema evocación.

El comandante Nepomuceno volvió a montar a caballo y entonces el general le dijo: "no me abandone m`hijo, la herida es grave". Pareció aquel vacilar un segundo pero se repuso y con voz serena le dijo: "perdóneme mi general, mi división está tendida sobre la línea de fuego y tengo que volver. Queda Mauro acompañándolo" y partió a escape. Catorce o quince cuadras llevaban recorridas los que conducían al general que empalidecía por momentos, cuando de pronto les dijo: "déjenme nomás muchachos en cualquier zanja, yo no puedo más y ustedes van cansados". En ese momento llegaron el capitán Ponce de León, al que acompañaban el doctor Alejo Martínez y el practicante Trotta. El general había sido depositado en tierra y se hallaba sentado.

El doctor Martínez le desprende las ropas y le dice: "es mejor que se acueste, general, para poder curarlo". "¡No, eso no! – contestó Saravia y haciendo un esfuerzo se incorporó apoyándose en el brazo de su hijo Mauro y así permaneció mientras se le practicaba la primera cura.

La herida era grave. La bala de Mauser Dovittis es decir de plomo y muy semejante a la del Remington, había perforado los tejidos y los riñones, produciendo al salir un gran desgarramiento. Mientras se le curaba, los ayudantes improvisaron una camilla, colocándolo en ella para conducirlo al parque. Allí cuidadosamente atendido, permaneció hasta avanzada la noche en que se le condujo al Brasil en un carrito".

Mientras el caudillo nacionalista era transportado penosamente por territorio brasileño en dirección a la estancia de doña Luisa Pereira, madre del Tigre de Caty, Francisco Pereira de Souza, que se hallaba ubicada a unos cinco quilómetros de la frontera, el desánimo, la confusión y el espíritu derrotista se apropiaron del ejército revolucionario. Con una imprevista rapidez afloraron antiguos problemas latentes que la presencia del caudillo y su indiscutida autoridad, habían mantenido en una relativa calma. Bruscamente, estalló la carga de las penurias sufridas durante esos nueve meses de campaña, de las familias abandonadas muchas veces en el desamparo y de los riesgos físicos a los que se exponían casi a diario. Algún sagaz historiador llegó a agregar, sumando a esas razones un componente económico, la llegada inmediata de la zafra de la lana. Y esta agitación de la tropa se agravó con la liberación de tensiones de buena parte de la oficialidad superior, en la cual los celos, los antagonismos y las murmuraciones, habían causado ya notorias grietas y más de una insubordinación.

Como consecuencia de esta distensión, la orden dada por Saravia para que al día siguiente se lanzaran a la batalla las unidades de refresco, lo que aparentemente aseguraría la victoria, no fue obedecida. El coronel Gregorio Lamas adujo que algunos jefes no estaban dispuestos a continuar. El comandante Ramón González en cambio escribió otra cosa.

"Al separarme del comandante Amestoy, me fui derecho a darle la noticia al coronel Cabrera y éste estaba recomendándome que me callara la boca y no fuera a decir nada a nadie de lo que ocurría, cuando sentimos que las carretas del parque empezaban a moverse en dirección a la frontera y detrás de ellas, empezaban a irse las divisiones que deberían pelear ese día, que aún no había empezado a aclarar.

Después supe por oficiales superiores, que el coronel Gregorio Lamas, Jefe de Estado Mayor del Ejército, en vez de cumplir las órdenes que había recibido del general Saravia y de disponer de todo lo concerniente para la batalla de ese día, había preferido la ida del ejército para el Brasil, desluciendo con esa orden el brillo de sus entorchados".

Desobediencia del coronel Gregorio Lamas (como ha afirmado este oficial nacionalista) o de sus jefes subalternos, lo cual parece más lógico, lo cierto es que en la madrugada del 2 de setiembre, las divisiones revolucionarias arrastrando sus parques de armas, comenzaron a internarse en territorio brasileño, ante el alivio de las tropas gubernistas, que sabían que no iban a poder resistir un nuevo ataque.

Muy pocos tenían ya el deseo de seguir combatiendo. Entregaban sus Remington y sus Mauser en los puestos fronterizos y seguían tierra adentro desalentados, a la espera de un momento propicio para regresar a sus hogares. Esa misma mañana el doctor Alberto Eirale, médico de la vanguardia oficialista, se enteraba de la herida de Aparicio (tal como lo contó en su libro Memorias de un médico Ed. del autor, 1951) a través de unas palabras desprovistas de afecto pronunciadas por su hermano colorado el coronel Basilisio Saravia.

"Ese día, desde el campamento me dirigía hacia la vanguardia, cuando me encontré en el camino con el coronel Basilisio Saravia; venía solo, con la cabeza gacha, con el caballo al paso. Al verme, con una sonrisa triste dijo: "Buenas noticias... buenas noticias... Acaban de herir a Aparicio". Era su hermano; siguió hacia el campamento".

A mediodía del 2 de setiembre, la dispersión del ejército nacionalista era indetenible, mientras las discordancias entre sus jefes se agravaban por momentos. El caos era ya muy grande y parece bastante claro que en las versiones posteriores cada uno trató de salvar su responsabilidad. Según lo expuesto por el coronel Juan José Muñoz en sus Apuntes Históricos, en esa fecha se reunieron algunos jefes (sin la presencia del coronel Basilio Muñoz que no quiso ir o no fue invitado) procurando encontrar una solución a la acefalía del mando supremo. "Se trató de nombrarle jefe al ejército" –dice– "para seguir el combate. Designamos al coronel González, este rehusó y me propuso a mí. Todos aceptaron y yo también acepté la designación si Lamas seguía de Jefe del Estado Mayor. Este también aceptó". Más adelante añade, poniendo en evidencia que las desavenencias y las rivalidades eran aún mayores de lo que habían trascendido: "Basilio Muñoz no vino más donde yo permanecía y nada nos hizo saber".

Próxima semana: última nota. Los descargos del hijo de Basilio Muñoz. La designación de un triunvirato de jefes. La muerte de Aparicio Saravia.



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