Sábado 11 de setiembre de 2004 | Año 86 - Nº 29845
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PASIÓN Y MUERTE DE APARICIO SARAVIA (I)
Los diez días más dramáticos del siglo XX

Al comenzar setiembre tuvo lugar la batalla final de la guerra de 1904 que dividió en dos bandos casi irreconciliables a los orientales. En sólo tres horas hubo casi tantos muertos como en Tupambaé, que duró dos días. El encontronazo fue terrible y culminó con la muerte de Aparicio Saravia, diez días después.

Todo fue confuso el último mes de la guerra de 1904. El atentado contra el presidente Batlle, los rumores de otra conspiración en la cual estaban al parecer involucrados algunos colorados y algunos blancos, los que volverían a buscar la muerte del Primer Mandatario protegidos por un oscurecimiento provocado; la renuncia del general Benavente como jefe del Ejército del Norte por discrepancias no militares sino políticas; su sustitución por un blanco, el general Justino Muniz, en el cual no confiaba la oficialidad colorada, quien ya había sido relevado como jefe del Ejército del Sur y volvería a fracasar; el posterior nombramiento del propio Ministro de Guerra, general Eduardo Vásquez, en lugar de ambos, y finalmente una increíblemente tardía gestión de paz —cuyas bases se desconocen— planteada a Saravia en nombre del Presidente de la República por el coronel Mascarenhas dos días antes de la batalla de Masoller y que de acuerdo al testimonio de su hijo Nepomuceno, no evitó el cruento enfrentamiento, pese a que su padre estaba de acuerdo con lo ofrecido. ¿Por qué esta inesperada propuesta presidencial. ¿Por qué Saravia pese a estar de acuerdo no detuvo las acciones. ¿Qué errores cometidos por sus subalternos precipitaron la batalla a consecuencia de la cual perdería su vida? Sigamos el relato que Nepomuceno, privilegiado testigo de los hechos, hizo en su libro Memorias de Aparicio Saravia. (Ed. del autor, 1955).

"En la noche del 31 de agosto, el general durmió en mi carpa y me participó su plan: él no deseaba dar combate, aspiraba a llegar a Rivera para realizar la paz que la noche anterior le habían ofrecido.

En efecto, sostuvo una larga conferencia con el Cnel. Mascarenhas y el señor Anselmo Garrastazú y le pregunté.

—¿Qué noticias me puede dar de la conferencia, general?

—Las cosas están bien. Se nos ofrece partir la naranja al medio y deseo llegar a Rivera para concretar, con la ventaja de que así estaremos sobre la frontera.

—¿Y por qué no la hace acá?

Porque si falla el asunto, continuaremos la guerra hasta que el Presidente quiera y si nos toca desarmarnos, podremos devolver muchas armas a nuestros amigos del Brasil.

Con la perspectiva de una paz ventajosa como la ofrecida por el gobierno, a través del coronel Mascarenhas, el plan de Saravia era por un lado evitar derramamientos de sangre que podían resultar inútiles y por el otro, ocupar posiciones ventajosas frente a una eventual batalla decisiva, de tal manera que la segunda ronda de las conversaciones le permitieran negociar con la perspectiva de mejores resultados. Con este fin encomendó a su vanguardia comandada por el coronel Basilio Muñoz ocupar unas mangueras de piedra de un metro veinte de altura, que se extendían por varios quilómetros en la parte superior del Cerro de los Cachorros sobre la Cuchilla de Haedo formando una excepcional barrera defensiva. Este propósito, que era absolutamente fundamental, no pudo cumplirse. La vanguardia marchó con tanta lentitud que cuando llegó al lugar que le habían encomendado ocupar, se encontró allí con las fuerzas gubernistas del coronel Escobar. "Nuestra vanguardia, cuyos efectivos alcanzaban a tres mil quinientos hombres" —dice Carmelo Cabrera en un folleto titulado Masoller— "marchó tan lentamente que el día 20 de agosto fue alcanzada por la cabeza del grueso. Fue esta una de las mayores y más fatales peripecias del plan estratégico del general cuya finalidad era tomar la delantera a Vásquez, arrollando su vanguardia al mando de Escobar para alcanzar la Cuchilla de Haedo en la tarde de 31 de agosto o la mañana del 1o de setiembre, evitando el encuentro con el grueso. En la tarde del 31, el general en persona se vio en la necesidad de combatir a tiros de revólver con un destacamento de línea en el cual se supo más tarde, iba el propio coronel Rupretch (...) ¡Pobre general! Puede decirse sin exagerar, que desde Cabello a Masoller, él sólo fue el jefe de vanguardia, de retaguardia y de flancos!"

Nepomuceno Saravia (que en una tumultuosa reunión de jefes luego de muerto su padre calificó de bandido a Basilio Muñoz) estuvo de acuerdo con lo afirmado por Cabrera. "Si hubiera forzado la marcha o simplemente sin hacer marchas pesadas, con un camino más corto que el del enemigo y por llevar una fuerte columna, el jefe de vanguardia pudo tomar espléndidas posiciones. Si se dio la batalla en malas condiciones, no fue culpa del general".

Más explícito y mucho más duro en sus críticas como lo es en todo su libro Aparicio Saravia en la revolución de 1904, (Ed. del autor, 1949), el comandante Ramón González —quien no tuvo inconveniente en tratar al coronel Basilio Muñoz de permanente derrotista y traidor a la revolución— echó sobre el jefe de vanguardia toda la responsabilidad de la derrota. "Nuestro jefe de vanguardia (...) debió haber tomado las medidas necesarias para despejarle el camino al ejército (...) o prepararle el campo para la batalla, posesionándose de todos aquellos puntos que a su juicio fueran necesarios para el buen resultado de la misma y que fue lo que sabiamente hizo la vanguardia enemiga, compenetrada de su misión. Nuestra vanguardia, en previsión de esos hechos, pudo haberse adelantado a la vanguardia enemiga por las siguientes razones: 1) por tener que recorrer un camino mucho más corto. (...) 2) Forzando la marcha (...) 3) por ser nuestra vanguardia más numerosa que la enemiga y estar mejor montada".

Perdidas las posiciones desde las cuales Aparicio pensaba negociar la paz que le habían propuesto en condiciones más favorables, el caudillo, que había manifestado reiteradamente que no deseaba una nueva batalla, se jugó aún un último intento por evitarla durante una reunión con sus jefes de división. De acuerdo al testimonio de uno de ellos, Nepomuceno Saravia, la conversación habría sido así.

"Tenemos una paz muy buena, con ella partimos la naranja en dos y si peleamos y ganamos la guerra nuestra posición será idéntica porque no somos absolutistas; creo que podemos conseguir aún mejores condiciones de paz más adelante.

Expuso a continuación sus puntos de vista para el desarme ya relatados.

Incluso —afirmó— tenemos la pasada por el Brasil para salir a Rivera sin combatir y le retrucaron:

—Ahora que estamos bien armados y mejor municionados que nunca, no debemos dejar libre al enemigo".

Lo expuesto por Saravia suena más prudente aunque el fuerte del caudillo no hubiera sido nunca la especulación política. Se había arriesgado a posponer una respuesta a las bases de pacificación que le habían propuesto hasta tanto no consultar con sus oficiales subalternos mientras paralelamente trataba de ocupar lugares estratégicos desde los cuales ejercer presión ante la amenaza de otra batalla. Ambas posibilidades le fueron negadas por incompetencia o falta de visión ajenos a su voluntad. Ahora se veía obligado a entrar en acción nuevamente pero en condiciones muy desfavorables, intentando penetrar en cuña sobre un enemigo que le iba a brir fuego desde dos ángulos. La lucha iba a ser seguramente tan cruenta como la sostenida en Tupambaé y no se liquidaría en pocas horas. En esta instancia, mejor armado, lo único que cabía era hacer pesar sus superioridad numérica, dejando varias divisiones de refresco para atacar el segundo día y así arrollar al ejército gubernista necesariamente extenuado.

Mauro Saravia, el hijo menor de Aparicio, que a los dieciséis años actuaba como ayudante del general, le narró a su hermano Nepomuceno las solemnidades del comienzo del combate.

"A las tres de la tarde comenzó la batalla desde el emplazamiento de nuestra artillería, un cañón Canet y dos piezas Krupp, cuando el general dijo:

—Coronel Lamas ¡ordene los disparos!. Y éste a su vez se dirigió al Cte. Visillac para que así lo hiciera.

—¡Viva la Patria! ¡Viva el Partido Nacional! —gritó quitándose el kepi el coronel Lamas en momentos en que Visillac ordenaba:

—¡Pieza número uno fuego! ¡Pieza número dos fuego! ¡Pieza número tres, fuego!"

El choque frontal de los dos ejércitos fue tal vez el más terrible de toda la guerra. La división del general Guillermo García apoyada por la de Nepomuceno Saravia atacó por el frente tratando de hacer pero ahora en desventaja, lo que no había hecho Basilio Muñoz: envolver y tomar el Cerro de los Cachorros. Por la izquierda hizo lo propio Mariano Saravia y por la derecha José Francisco Saravia y el coronel Enrique Yarza. La lucha fue de una gran fiereza en la cual se identificaron soldados y oficiales. Ambos bandos se acribillaron a escasa distancia y la mortandad fue enorme. Allí cayeron definitivamente los coroneles blancos Antonio Mena, Enrique Yarza y Jacinto Trías. Allí también hubo de ser socorrido muy mal herido el general Guillermo García y en una carga le destrozaron un brazo a Pancho Saravia, hermano del general, quien moriría más tarde a consecuencia de la gangrena.

Volvieron a repetirse escenas de indescriptible valor en uno y otro bando. César Pintos Diago, en un libro de breves episodios llamado Anécdotas de Saravia, narra uno de estos hechos tomados de boca de uno de sus protagonistas, el coronel Francisco Saravia.

"En la batalla de Masoller recibió don Francisco Saravia, Jefe de la División número 10 orden de entrar a sustituir a la brava división Cerro Largo, que estaba quedando diezmada por el nutrido fuego enemigo. Contaba don Pancho con su bonhomía característica, que él había entrado en pelea a cumplir la orden recibida, cuando uno de sus ayudantes le hizo notar que un poco más a la izquierda de la posición que ocupaban, había una gente haciendo fuego que no se podía distinguir si eran enemigos o compañeros. Mandó el jefe al oficial a que fuese a descubrir esa fuerza. Lo hizo así el ayudante y cuando llegó al sitio en que estaba la gente desconocida encontró unos quince hombres más o menos cuerpo a tierra, peleando con denuedo. A su frente estaba Antonio Mena, sin disputa alguna el hombre más valiente que ha tenido el ejército nacionalista, de pie, sereno, magnífico, con los ojos centelleantes.

—Por orden del coronel Pancho Saravia —dijo el oficial— vengo a reconocer esta gente pues no sabíamos si eran enemigos o compañeros.

Mena, absorto ante la única idea que lo obsesionaba, la pelea, apenas si miró al oficial sin contestarle.

—Desearía saber —dijo el oficial— qué gente es ésta.

—Dígale al coronel Pancho que esta gente es de la división Cerro Largo y que la manda Antonio Mena.

—La división Cerro Largo recibió orden de retirarse del fuego— arguyó el oficial— y nosotros hemos entrado a sustituirla.

—Pero Antonio Mena no se retira. Dígaselo así al coronel Saravia.

El oficial comprendió que Mena estaba "empacado" y se retiró sin agregar una palabra más. Dio cuenta a su jefe de la actitud de aquel valiente que a pesar de haber recibido orden de retirarse se quedaba "empacado" con un puñadito de hombres y peleando heroicamente frente a un enemigo cien veces superior a sus fuerzas. Entonces Pancho, que conocía los puntos que calzaba Mena, se dirigió al grupo comandado por éste y le dijo:

—Yo he recibido orden de entrar en pelea en sustitución de su división, pero como veo que usted quiere seguir el baile, le propongo que usted mande la izquierda de mi división y yo la derecha.

Mena aceptó muy complacido y el bueno de don Pancho se retiró satisfecho de haber encontrado una solución a aquello, pues bien sabía que Mena no dejaría el campo por nada del mundo. (...) El bravo Mena, so pretexto de descubrir al enemigo pasó el cerco que tenía a su frente con unos cuantos valientes y los disparos del enemigo se concentraron sobre el blanco que presentaba el grupo. Un oficial ayudante de Mena le hizo notar que estaba el enemigo tirando en esa dirección a cortísima distancia y que lo iban a matar, a lo que contestó el bravo:

—¡Déjelos que tiren!

Un instante después, caía con el corazón partido de un balazo. Su temeridad le había llevado al sitio donde encontró la muerte como él la merecía: en la fila más avanzada de la línea. Así tenía que morir ese león con figura de hombre de quien Saravia dijo en cierta oportunidad:

—"¡No creo que haya madre uruguaya capaz de parir hombre más valiente que ese!"

Mirada sólo a través de su aspecto más emotivo, ésta es una historia como tantas, que recordadas con unción o ignoradas para siempre, tuvieron lugar en nuestras guerras civiles. El fin de un hombre tremendamente valiente que supo morir con el coraje puesto. Pero analizada más a fondo, también es la pintura de la desobediencia, la insubordinación y la falta de disciplina que bajo el pretexto del individualismo caracterizaron para su perjuicio, la revolución nacionalista de 1904 y de las que no escapó la batalla final de Masoller. El propio coronel Gregorio Lamas había tenido que dictar una orden muy severa dirigida a sus oficiales porque éstos no solamente no castigaban las infracciones de sus soldados sino que los mandaban liberar cuando eran puestos en prisión por sus actos de indisciplina. El mismo Pintos Diago relata horrorizado un episodio anterior que por estricta casualidad no terminó en una matanza que hubiera avergonzado al ejército blanco, en el cual por problemas triviales, dos grupos familiares estuvieron a punto de trenzarse a lanzazos.

"Un día estuvieron con las lanzas prontas para hundírsela uno al otro, dos hombres de los más valientes como lanceros: Manuel Rivas, bien conocido por sus proezas en todo el ejército y Santos Pintos, que cayó en Tupambaé víctima de su arrojo temerario. Mientras discutían los dos comandantes con las lanzas prontas para repetir la bárbara escena de Paternal, había detrás de cada uno de ellos con sus armas también prontas, un grupo de individuos de apellido Rivas y otro de apellido Pintos, esperando que una lanza entrara en el costado de uno de los acalorados jefes para convertir aquello en una masacre horrible. ¡Todo por un matungo flaco de un soldado! ¡Si necesitaría disciplina aquel ejército!"

Esta desolada constatación del escritor nacionalista llegó a sus extremos más caóticos e incluso más disparatados al disputarse la batalla final. El comandante Ramón P. González, que integraba la división al mando del general Guillermo García, debía soportar la peor parte al atacar por el centro en forma de cuña, recuerda una anécdota insólita acaecida cuando un grupo se disponía a intervenir en el combate.

"Después de caminar un buen trecho hicimos un alto de veinte o treinta minutos o más que nuestros soldados (como ya era un hábito en ellos) aprovecharon para jugar a la taba. Ese alto considero que nos fue fatal. Cuando reiniciamos la marcha, la artillería enemiga que en el ínterin había tomado posiciones dentro de un corral de piedra (donde parecía que también se encontraba el general Vásquez con su Estado Mayor) nos saludó un par de salvas de cañón (...) y a poco de andar un trecho más se hizo presente el fuego de artillería que nos mató algunos caballos y algunos bueyes de las carretas del parque".

Hubo además en Masoller durante los primeros minutos de la batalla y en grado muy especial al conocerse la noticia de la herida del general Saravia, hechos de notoria insubordinación por parte de algunos oficiales superiores del ejército nacionalista, que otros colegas de probada fidelidad a Aparicio se encargaron de poner en evidencia. El coronel Carmelo Cabrera, uno de los hombres de más confianza del caudillo, llegó a escribir en un trabajo sobre aquel combate.

"Que don Juan José Muñoz se limitó a observar cómo nos batíamos, cómodamente sentado sobre una piedra dándose golpecitos en la bota con su látigo (relato personal de su ayudante el propioRivero y Hornos) a unos dos mil metros escasos del lugar de la brega. Que si no tomó la parte que debió tomar en la batalla limitándose al simple papel de espectador fue porque rehuyó el combate, desobedeciendo la orden recibida de su general, como lo rehuyó en Fray Marcos, como lo rehuyó en Puntas de Valentines donde debió parar a Muniz después de su derrota en La Ternera".

De este tipo de actitudes se nutrió el caos general que cundió en la revolución nacionalista al ser retirado Aparicio Saravia de la línea de fuego.

Próxima semana, segunda nota. Las tropas gubernistas ya no tenían municiones. Primeros auxilios prestados a Aparicio. Confusión en el ejército nacionalista.



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