Todo fue confuso el último mes de la guerra de 1904.
El atentado contra el presidente Batlle, los rumores de
otra conspiración en la cual estaban al parecer
involucrados algunos colorados y algunos blancos, los
que volverían a buscar la muerte del Primer Mandatario
protegidos por un oscurecimiento provocado; la
renuncia del general Benavente como jefe del Ejército
del Norte por discrepancias no militares sino políticas;
su sustitución por un blanco, el general Justino Muniz,
en el cual no confiaba la oficialidad colorada, quien ya
había sido relevado como jefe del Ejército del Sur y
volvería a fracasar; el posterior nombramiento del
propio Ministro de Guerra, general Eduardo Vásquez,
en lugar de ambos, y finalmente una increíblemente
tardía gestión de paz —cuyas bases se desconocen—
planteada a Saravia en nombre del Presidente de la
República por el coronel Mascarenhas dos días antes
de la batalla de Masoller y que de acuerdo al
testimonio de su hijo Nepomuceno, no evitó el cruento
enfrentamiento, pese a que su padre estaba de
acuerdo con lo ofrecido. ¿Por qué esta inesperada
propuesta presidencial. ¿Por qué Saravia pese a estar
de acuerdo no detuvo las acciones. ¿Qué errores
cometidos por sus subalternos precipitaron la batalla a
consecuencia de la cual perdería su vida? Sigamos el
relato que Nepomuceno, privilegiado testigo de los
hechos, hizo en su libro Memorias de Aparicio Saravia.
(Ed. del autor, 1955).
"En la noche del 31 de agosto, el general durmió en mi
carpa y me participó su plan: él no deseaba dar
combate, aspiraba a llegar a Rivera para realizar la paz
que la noche anterior le habían ofrecido.
En efecto, sostuvo una larga conferencia con el Cnel.
Mascarenhas y el señor Anselmo Garrastazú y le
pregunté.
—¿Qué noticias me puede dar de la conferencia,
general?
—Las cosas están bien. Se nos ofrece partir la naranja
al medio y deseo llegar a Rivera para concretar, con la
ventaja de que así estaremos sobre la frontera.
—¿Y por qué no la hace acá?
Porque si falla el asunto, continuaremos la guerra
hasta que el Presidente quiera y si nos toca
desarmarnos, podremos devolver muchas armas a
nuestros amigos del Brasil.
Con la perspectiva de una paz ventajosa como la
ofrecida por el gobierno, a través del coronel
Mascarenhas, el plan de Saravia era por un lado evitar
derramamientos de sangre que podían resultar
inútiles y por el otro, ocupar posiciones ventajosas
frente a una eventual batalla decisiva, de tal manera
que la segunda ronda de las conversaciones le
permitieran negociar con la perspectiva de mejores
resultados. Con este fin encomendó a su vanguardia
comandada por el coronel Basilio Muñoz ocupar unas
mangueras de piedra de un metro veinte de altura, que
se extendían por varios quilómetros en la parte
superior del Cerro de los Cachorros sobre la Cuchilla
de Haedo formando una excepcional barrera
defensiva. Este propósito, que era absolutamente
fundamental, no pudo cumplirse. La vanguardia
marchó con tanta lentitud que cuando llegó al lugar
que le habían encomendado ocupar, se encontró allí
con las fuerzas gubernistas del coronel Escobar.
"Nuestra vanguardia, cuyos efectivos alcanzaban a tres
mil quinientos hombres" —dice Carmelo Cabrera en
un folleto titulado Masoller— "marchó tan lentamente
que el día 20 de agosto fue alcanzada por la cabeza
del grueso. Fue esta una de las mayores y más fatales
peripecias del plan estratégico del general cuya
finalidad era tomar la delantera a Vásquez, arrollando
su vanguardia al mando de Escobar para alcanzar la
Cuchilla de Haedo en la tarde de 31 de agosto o la
mañana del 1o de setiembre, evitando el encuentro
con el grueso. En la tarde del 31, el general en
persona se vio en la necesidad de combatir a tiros de
revólver con un destacamento de línea en el cual se
supo más tarde, iba el propio coronel Rupretch (...)
¡Pobre general! Puede decirse sin exagerar, que desde
Cabello a Masoller, él sólo fue el jefe de vanguardia, de
retaguardia y de flancos!"
Nepomuceno Saravia (que en una tumultuosa reunión
de jefes luego de muerto su padre calificó de bandido
a Basilio Muñoz) estuvo de acuerdo con lo afirmado por
Cabrera. "Si hubiera forzado la marcha o simplemente
sin hacer marchas pesadas, con un camino más corto
que el del enemigo y por llevar una fuerte columna, el
jefe de vanguardia pudo tomar espléndidas
posiciones. Si se dio la batalla en malas condiciones,
no fue culpa del general".
Más explícito y mucho más duro en sus críticas como
lo es en todo su libro Aparicio Saravia en la revolución
de 1904, (Ed. del autor, 1949), el comandante Ramón
González —quien no tuvo inconveniente en tratar al
coronel Basilio Muñoz de permanente derrotista y
traidor a la revolución— echó sobre el jefe de
vanguardia toda la responsabilidad de la derrota.
"Nuestro jefe de vanguardia (...) debió haber tomado
las medidas necesarias para despejarle el camino al
ejército (...) o prepararle el campo para la batalla,
posesionándose de todos aquellos puntos que a su
juicio fueran necesarios para el buen resultado de la
misma y que fue lo que sabiamente hizo la vanguardia
enemiga, compenetrada de su misión. Nuestra
vanguardia, en previsión de esos hechos, pudo
haberse adelantado a la vanguardia enemiga por las
siguientes razones: 1) por tener que recorrer un
camino mucho más corto. (...) 2) Forzando la marcha
(...) 3) por ser nuestra vanguardia más numerosa que
la enemiga y estar mejor montada".
Perdidas las posiciones desde las cuales Aparicio
pensaba negociar la paz que le habían propuesto en
condiciones más favorables, el caudillo, que había
manifestado reiteradamente que no deseaba una
nueva batalla, se jugó aún un último intento por evitarla
durante una reunión con sus jefes de división. De
acuerdo al testimonio de uno de ellos, Nepomuceno
Saravia, la conversación habría sido así.
"Tenemos una paz muy buena, con ella partimos la
naranja en dos y si peleamos y ganamos la guerra
nuestra posición será idéntica porque no somos
absolutistas; creo que podemos conseguir aún
mejores condiciones de paz más adelante.
Expuso a continuación sus puntos de vista para el
desarme ya relatados.
Incluso —afirmó— tenemos la pasada por el Brasil
para salir a Rivera sin combatir y le retrucaron:
—Ahora que estamos bien armados y mejor
municionados que nunca, no debemos dejar libre al
enemigo".
Lo expuesto por Saravia suena más prudente aunque
el fuerte del caudillo no hubiera sido nunca la
especulación política. Se había arriesgado a posponer
una respuesta a las bases de pacificación que le
habían propuesto hasta tanto no consultar con sus
oficiales subalternos mientras paralelamente trataba
de ocupar lugares estratégicos desde los cuales
ejercer presión ante la amenaza de otra batalla. Ambas
posibilidades le fueron negadas por incompetencia o
falta de visión ajenos a su voluntad. Ahora se veía
obligado a entrar en acción nuevamente pero en
condiciones muy desfavorables, intentando penetrar
en cuña sobre un enemigo que le iba a brir fuego
desde dos ángulos. La lucha iba a ser seguramente
tan cruenta como la sostenida en Tupambaé y no se
liquidaría en pocas horas. En esta instancia, mejor
armado, lo único que cabía era hacer pesar sus
superioridad numérica, dejando varias divisiones de
refresco para atacar el segundo día y así arrollar al
ejército gubernista necesariamente extenuado.
Mauro Saravia, el hijo menor de Aparicio, que a los
dieciséis años actuaba como ayudante del general, le
narró a su hermano Nepomuceno las solemnidades
del comienzo del combate.
"A las tres de la tarde comenzó la batalla desde el
emplazamiento de nuestra artillería, un cañón Canet y
dos piezas Krupp, cuando el general dijo:
—Coronel Lamas ¡ordene los disparos!. Y éste a su
vez se dirigió al Cte. Visillac para que así lo hiciera.
—¡Viva la Patria! ¡Viva el Partido Nacional! —gritó
quitándose el kepi el coronel Lamas en momentos en
que Visillac ordenaba:
—¡Pieza número uno fuego! ¡Pieza número dos fuego!
¡Pieza número tres, fuego!"
El choque frontal de los dos ejércitos fue tal vez el más
terrible de toda la guerra. La división del general
Guillermo García apoyada por la de Nepomuceno
Saravia atacó por el frente tratando de hacer pero
ahora en desventaja, lo que no había hecho Basilio
Muñoz: envolver y tomar el Cerro de los Cachorros. Por
la izquierda hizo lo propio Mariano Saravia y por la
derecha José Francisco Saravia y el coronel Enrique
Yarza. La lucha fue de una gran fiereza en la cual se
identificaron soldados y oficiales. Ambos bandos se
acribillaron a escasa distancia y la mortandad fue
enorme. Allí cayeron definitivamente los coroneles
blancos Antonio Mena, Enrique Yarza y Jacinto Trías.
Allí también hubo de ser socorrido muy mal herido el
general Guillermo García y en una carga le destrozaron
un brazo a Pancho Saravia, hermano del general,
quien moriría más tarde a consecuencia de la
gangrena.
Volvieron a repetirse escenas de indescriptible valor en
uno y otro bando. César Pintos Diago, en un libro de
breves episodios llamado Anécdotas de Saravia, narra
uno de estos hechos tomados de boca de uno de sus
protagonistas, el coronel Francisco Saravia.
"En la batalla de Masoller recibió don Francisco
Saravia, Jefe de la División número 10 orden de entrar
a sustituir a la brava división Cerro Largo, que estaba
quedando diezmada por el nutrido fuego enemigo.
Contaba don Pancho con su bonhomía característica,
que él había entrado en pelea a cumplir la orden
recibida, cuando uno de sus ayudantes le hizo notar
que un poco más a la izquierda de la posición que
ocupaban, había una gente haciendo fuego que no se
podía distinguir si eran enemigos o compañeros.
Mandó el jefe al oficial a que fuese a descubrir esa
fuerza. Lo hizo así el ayudante y cuando llegó al sitio en
que estaba la gente desconocida encontró unos
quince hombres más o menos cuerpo a tierra,
peleando con denuedo. A su frente estaba Antonio
Mena, sin disputa alguna el hombre más valiente que
ha tenido el ejército nacionalista, de pie, sereno,
magnífico, con los ojos centelleantes.
—Por orden del coronel Pancho Saravia —dijo el
oficial— vengo a reconocer esta gente pues no
sabíamos si eran enemigos o compañeros.
Mena, absorto ante la única idea que lo obsesionaba,
la pelea, apenas si miró al oficial sin contestarle.
—Desearía saber —dijo el oficial— qué gente es ésta.
—Dígale al coronel Pancho que esta gente es de la
división Cerro Largo y que la manda Antonio Mena.
—La división Cerro Largo recibió orden de retirarse del
fuego— arguyó el oficial— y nosotros hemos entrado a
sustituirla.
—Pero Antonio Mena no se retira. Dígaselo así al
coronel Saravia.
El oficial comprendió que Mena estaba "empacado" y
se retiró sin agregar una palabra más. Dio cuenta a su
jefe de la actitud de aquel valiente que a pesar de
haber recibido orden de retirarse se quedaba
"empacado" con un puñadito de hombres y peleando
heroicamente frente a un enemigo cien veces superior
a sus fuerzas. Entonces Pancho, que conocía los
puntos que calzaba Mena, se dirigió al grupo
comandado por éste y le dijo:
—Yo he recibido orden de entrar en pelea en
sustitución de su división, pero como veo que usted
quiere seguir el baile, le propongo que usted mande la
izquierda de mi división y yo la derecha.
Mena aceptó muy complacido y el bueno de don
Pancho se retiró satisfecho de haber encontrado una
solución a aquello, pues bien sabía que Mena no
dejaría el campo por nada del mundo. (...) El bravo
Mena, so pretexto de descubrir al enemigo pasó el
cerco que tenía a su frente con unos cuantos valientes
y los disparos del enemigo se concentraron sobre el
blanco que presentaba el grupo. Un oficial ayudante de
Mena le hizo notar que estaba el enemigo tirando en
esa dirección a cortísima distancia y que lo iban a
matar, a lo que contestó el bravo:
—¡Déjelos que tiren!
Un instante después, caía con el corazón partido de un
balazo. Su temeridad le había llevado al sitio donde
encontró la muerte como él la merecía: en la fila más
avanzada de la línea. Así tenía que morir ese león con
figura de hombre de quien Saravia dijo en cierta
oportunidad:
—"¡No creo que haya madre uruguaya capaz de parir
hombre más valiente que ese!"
Mirada sólo a través de su aspecto más emotivo, ésta
es una historia como tantas, que recordadas con
unción o ignoradas para siempre, tuvieron lugar en
nuestras guerras civiles. El fin de un hombre
tremendamente valiente que supo morir con el coraje
puesto. Pero analizada más a fondo, también es la
pintura de la desobediencia, la insubordinación y la
falta de disciplina que bajo el pretexto del
individualismo caracterizaron para su perjuicio, la
revolución nacionalista de 1904 y de las que no
escapó la batalla final de Masoller. El propio coronel
Gregorio Lamas había tenido que dictar una orden muy
severa dirigida a sus oficiales porque éstos no
solamente no castigaban las infracciones de sus
soldados sino que los mandaban liberar cuando eran
puestos en prisión por sus actos de indisciplina. El
mismo Pintos Diago relata horrorizado un episodio
anterior que por estricta casualidad no terminó en una
matanza que hubiera avergonzado al ejército blanco,
en el cual por problemas triviales, dos grupos
familiares estuvieron a punto de trenzarse a lanzazos.
"Un día estuvieron con las lanzas prontas para
hundírsela uno al otro, dos hombres de los más
valientes como lanceros: Manuel Rivas, bien conocido
por sus proezas en todo el ejército y Santos Pintos,
que cayó en Tupambaé víctima de su arrojo temerario.
Mientras discutían los dos comandantes con las
lanzas prontas para repetir la bárbara escena de
Paternal, había detrás de cada uno de ellos con sus
armas también prontas, un grupo de individuos de
apellido Rivas y otro de apellido Pintos, esperando que
una lanza entrara en el costado de uno de los
acalorados jefes para convertir aquello en una
masacre horrible. ¡Todo por un matungo flaco de un
soldado! ¡Si necesitaría disciplina aquel ejército!"
Esta desolada constatación del escritor nacionalista
llegó a sus extremos más caóticos e incluso más
disparatados al disputarse la batalla final. El
comandante Ramón P. González, que integraba la
división al mando del general Guillermo García, debía
soportar la peor parte al atacar por el centro en forma
de cuña, recuerda una anécdota insólita acaecida
cuando un grupo se disponía a intervenir en el
combate.
"Después de caminar un buen trecho hicimos un alto
de veinte o treinta minutos o más que nuestros
soldados (como ya era un hábito en ellos)
aprovecharon para jugar a la taba. Ese alto considero
que nos fue fatal. Cuando reiniciamos la marcha, la
artillería enemiga que en el ínterin había tomado
posiciones dentro de un corral de piedra (donde
parecía que también se encontraba el general Vásquez
con su Estado Mayor) nos saludó un par de salvas de
cañón (...) y a poco de andar un trecho más se hizo
presente el fuego de artillería que nos mató algunos
caballos y algunos bueyes de las carretas del parque".
Hubo además en Masoller durante los primeros
minutos de la batalla y en grado muy especial al
conocerse la noticia de la herida del general Saravia,
hechos de notoria insubordinación por parte de
algunos oficiales superiores del ejército nacionalista,
que otros colegas de probada fidelidad a Aparicio se
encargaron de poner en evidencia. El coronel Carmelo
Cabrera, uno de los hombres de más confianza del
caudillo, llegó a escribir en un trabajo sobre aquel
combate.
"Que don Juan José Muñoz se limitó a observar cómo
nos batíamos, cómodamente sentado sobre una
piedra dándose golpecitos en la bota con su látigo
(relato personal de su ayudante el propioRivero y
Hornos) a unos dos mil metros escasos del lugar de
la brega. Que si no tomó la parte que debió tomar en la
batalla limitándose al simple papel de espectador fue
porque rehuyó el combate, desobedeciendo la orden
recibida de su general, como lo rehuyó en Fray Marcos,
como lo rehuyó en Puntas de Valentines donde debió
parar a Muniz después de su derrota en La Ternera".
De este tipo de actitudes se nutrió el caos general que
cundió en la revolución nacionalista al ser retirado
Aparicio Saravia de la línea de fuego.
Próxima semana, segunda nota. Las tropas
gubernistas ya no tenían municiones. Primeros
auxilios prestados a Aparicio. Confusión en el ejército
nacionalista.