Ya en el mes de diciembre de 1971, la poca
transparencia del recuento electoral que se llevaba a
cabo en el Cilindro Municipal, un recinto poco
apropiado al que la malicia popular definía como lleno
de duendes, espíritus y fantasmas, hizo que el
escrutinio definitivo de los votos se transformara en el
centro de la atención nacional. El jueves 30 de aquel
mes, Wilson Ferreira Aldunate denunció en una
conferencia de prensa (ver semanario Marcha del 7 de
enero) que una campaña concertada "hacía aparecer
al Partido Nacional como enfrascado en prácticas
obstruccionistas", que la diferencia entre el Partido
Colorado y el Nacional "era de sólo 8.523 votos", que la
maniobra del "doble voto" habría favorecido al
oficialismo "con no menos de 35.000 sufragios
inexistentes" y que la Junta Electoral no actuaba como
juez de las elecciones sino como "un comité político
del Partido Colorado". Las acusaciones fueron
gravísimas y a los ciudadanos blancos les trajo el
recuerdo de la gesta nacionalista del 97, cuando
Aparicio Saravia se levantó en armas enarbolando la
bandera de la pureza del sufragio. No habían pasado
ni veinticuatro horas de estas declaraciones, cuando
un hecho sumamente irregular se produjo en el
mismo escenario del Cilindro. Cuando los
funcionarios encargados del conteo penetraron al
local, rompiendo como era de rutina los precintos de
las puertas, se encontraron sentados adentro a los
delegados del Partido Nacional que habían hecho
irrupción sin anular sellos ni eludir guardias ni violar
los lugares de entrada, utilizando otra puerta exterior
semitapada por un cartel de Coca Cola que carecía de
guardias, llaves y lacres. La tan protegida virginidad del
santuario donde se estaba dilucidando voto tras voto,
quién sería el próximo Presidente de la República,
había fracasado por completo. La situación fue
grotesca pero al mismo tiempo tremendamente seria.
Se interrumpió el escrutinio y se llevó el tema ante la
Corte Electoral. Esta se reunió y decidió "que el hecho
referido no revestía significación", ordenando continuar
con el recuento. "Así, estas elecciones que no se
olvidarán por muchos años, están dando frutos antes
aún de determinar a quién corresponderá el próximo
gobierno", escribía al respecto en una nota editorial de
Marcha, el maestro Julio Castro, muerto años
después, en un cuartel de la dictadura, según fuentes
militares, "por excesos en el interrogatorio". Y
continuaba. "Muchos años de lucha le costó al país el
voto libre y secreto y hay que reconocer que lo había
logrado plenamente. (...) Ahora todo está maculado. La
elección fue sucia y tramposa en su preparación, en su
propaganda, en el transcurso del acto electoral. La
coacción oficialista descarada y prepotente. Lo que va
del escrutinio, por lo menos, turbio. (...) Si se
comprueba el fraude denunciado, al nacionalismo le
habría sido estafada la elección. Pero pese a que el
perjudicado sería todo el Partido Nacional, sólo el
sector de Ferreira Aldunate es portavoz de la
reclamación y la protesta. El otro sector –aliancismo,
aguerrondismo y heberismo– no disimula su
aprobación y aún su apoyo al resultado electoral que
proclama el gobierno". Un detalle anecdótico
reproducido por los diarios de aquellos días: las tirillas
de los sobres correspondientes al circuito 802 –que
funcionó en el Yacht Club–, aparecieron sin que nadie
se explicara cómo, dentro de la urna del circuito 894,
que había funcionado en un colegio católico ubicado
en las calles Rossel y Rius y 4 de Julio. El delegado
nacionalista Ciro Ciompi, quien había sido objeto de
un atentado a balazos en su casa (ver nota anterior)
luego que una llamada telefónica anónima le había
advertido "blanco rata, vendepatria, si no te dejás de
joder te vamos a limpiar" declaró que "el hecho de la
aparición de las tirillas en otra parte no tenía
explicación y tampoco había habido resolución. Nunca
vi un escrutinio como éste con urnas que durante un
mes permanecen sin lacrar. Denunciamos que
durante treinta y dos días una puerta del Cilindro
permaneció abierta y las autoridades nos dijeron que
"pudo no haber pasado nada". Consultado por estos
problemas y en especial por las anomalías de las
listas casi idénticas que en algunos casos habían sido
contabilizadas dos veces originando así más votos
que votantes, el Presidente de la Corte Electoral
Fernando Abdala, declaró a la prensa que para él "las
listas no son iguales. Tienen un número que las
distingue y además, la inscripción vigente y proyectado.
(...) Entiendo que no hay motivo de protesta, los
partidos interpondrán recursos y se verá qué sucede.
Por mi parte, creo que en esta elección, no ha ocurrido
ni más ni menos que en cualquiera de las otras
realizadas".
La semana inmediata las cosas se agravaron más
todavía, a raíz de una denuncia publicada por el
semanario oficialista Tiempo y levantada por el diario
Acción, que publicaba una foto del general Líber
Seregni en el acto de penetrar al lugar de votación,
según la leyenda explicativa "escoltado de dos
guardaespaldas evadidos del Penal de Punta
Carretas". Al día siguiente Seregni se presentó ante un
Juez Letrado iniciando querella por difamación e
injurias ya que las personas cuestionadas eran dos
allegados. Pese a ello, algunos diarios tronaron
anunciando que el líder del Frente Amplio sería pronto
sometido a la Justicia Militar y a un Tribunal de Honor.
Finalmente, nada de eso sucedió y quien sacó mayor
rédito político del grueso error de información fue el
diario frenteamplista El Eco, que publicó un enorme
título en su portada con la sola palabra Bobitos y una
larga nota titulada Record Mundial de la Bobera, en la
que explicaba que quienes acompañaban a Seregni
no eran los tupamaros Pérez Lutz y Cocco Pérez, como
decía el diario del doctor Jorge Batlle, sino los
secretarios de aquél, Osiris Carbajal y Carlos Batello.
En esos mismos días, insistiendo en un tono
combativo que semanas después elevó la ira del
gobierno al punto de decretar su clausura, Federico
Fasano, quien ejercía la dirección política del diario,
había acusado a las personas que atentaron a balazos
contra una residencia de Avenida Brasil creyendo que
era la de Wilson (ver nota anterior), llenando su tapa
con la foto del edificio baleado y sólo tres palabras:
Fue la Jup.
Otro hecho entretenía los comentarios de los
orientales en esos días finales de enero de 1972: el
conocimiento público de que diez ediles habían viajado
a Italia con viaje pagado y un viático de mil dólares
cada uno, que pagó la Junta Departamental, para
entregar un busto de José Enrique Rodó. Los viajeros
fueron Domingo Pérez Roque (15), Heráclito Barreto
(315), Juan Carlos Galván (315), Pedro Fernández
(400), Amadeo Arévalo (aguerrondista), Juan Fígoli
(aguerrondista), Carlos Aguerre Zanata (123), Graciano
Iriberry (315), Luis Goncálvez (515) y Gumersindo
Azambuya (315). La expedición no pudo cumplir con
sus nobles propósitos ajenos por supuesto a todo
espíritu turista, porque según las crónicas de la época,
el busto del escritor fue extraviado en el camino y
nunca se supo cómo. Escándalos como éste, que no
fue el único ocurrido en el órgano deliberante
municipal, precipitaron una intervención judicial que
terminó con varios ediles presos y alguno fugado y fue
detallada en otra Historia Coleccionable publicada en
este suplemento el año pasado.
El 28 de enero no apareció el semanario Marcha,
clausurado otra vez por el gobierno. El motivo de la
sanción se justificaba en la reproducción de un artículo
del diario brasileño O Estado de Sao Paulo en el que
se describía cómo había sido pagado el rescate para
liberar al cónsul Aloisio Díaz Gomide secuestrado por
el MLN. De nada valió que se argumentara que este
hecho había ocurrido exactamente un año atrás, el 3
de febrero de 1971. Marcha fue cerrada, pero el diario
de San Pablo siguió circulando libremente por
Montevideo. El pago por el diplomático había sido
hecho por la señora Ivani Almeida, que estaba vestida
de blanco según lo convenido y el abogado Marcos
Ribeiro de Acevedo a un joven alto y rubio en la ciudad
de Chuy, frente al Supermercado El Cairo. El dinero
estaba en una bolsa de papel metido dentro de una
bolsa de plástico con un mango rojo y había sido
obtenido por la esposa de Díaz Gomide, María
Aparecida, que a esos fines había recurrido a una
colecta popular. Lo pedido por los secuestradores
había sido en principio un millón de dólares, pero
éstos al comprobar que no se había llegado a esa
suma, aceptaron igual. Díaz Gomide fue liberado
diecinueve días después. Como este relato le costó la
clausura, Marcha tuvo que posponer un durísimo
reportaje hecho por uno de sus redactores políticos, el
hoy diputado socialista Guillermo Chifflet a Wilson
Ferreira Aldunate. En una de sus partes más fuertes, el
líder de Por la Patria contestaba la pregunta clave
acerca de la existencia del fraude. "¿Qué quiere decir
fraude? Vamos a analizar los hechos. En primer
tiempo haría una lista sintética de esos hechos: la ley
indica que las listas deben distinguirse y las listas se
confunden; las autoridades entregan un formulario en
el cual resulta imposible registrar sin error los
resultados; la ley ordena envolver, cerrar
cuidadosamente y lacrar las urnas y ese
importantísimo requisito no se cumple; ordena
además que las urnas sean custodiadas y aisladas
con todas las garantías y no se adoptan las medidas
correspondientes; se encuentra una entrada sin lacrar
y algunas autoridades dicen que el hecho no tiene
relevancia aunque las circunstancias demuestran que
la tenía, no sólo porque los delegados nacionalistas
llegaron hasta las urnas sin que se enterara la guardia
y esperaron a las autoridades y el ingreso de los
demás delegados tomando mate junto a ellas sino
porque es lícito que esos delegados se pregunten:
"¿no habrán entrado otros antes de nosotros?" Más,
me atrevería a decir que es imposible que no hayan
entrado otros. Si a todo esto se agrega que en
numerosos circuitos aparecen más votos que votantes
y que la maniobra pudo alcanzar a muchos más que la
suma de votos dobles que se detectan (porque pudo
haber sobres que incluyeran sólo la lista a la
intendencia o únicamente la lista por el régimen
vigente y en esas circunstancias la irregularidad en un
circuito puede no aparecer); si se suman todos los
hechos, la palabra fraude quizás no sea la que
tenemos que emplear. Debe haber una palabra peor".
Y al ser interrogado sobre el tema de la supuesta
premeditación de los votos dobles respondió. "Es claro
que fue así. El gobierno no tuvo la más mínima duda
en cuanto a su triunfo en lo nacional. Pero partícipe en
la "Operación Gallup", creyó en su propia operación y
terminó abriendo las vías para impedir un posible
triunfo del Frente Amplio en Montevideo. (...) "La
caravana" (se refiere a la que hicieron por la capital los
dos partidos tradicionales juntos) "nos hizo un daño a
dos puntas. El ciudadano que estaba dispuesto a
votarnos y sabía lo que ha significado el pachequismo,
el ver la gente nuestra con el pachequismo se volcó
hacia el Frente. Por otro lado cuando denunciamos la
maniobra y nos opusimos a la caravana, algunas
señoras horrorizadas se planteaban: "¿Pero cómo?
¿No están contra los comunistas?" Y eso las llevó a
volcarse a Pacheco. ¿Comprende cómo en esa
maniobra teníamos todo para perder?" Por su lado, el
ex Presidente Bordaberry le declaró a Miguel Angel
Campodónico en el libro Antes del silencio, "que luego
de su derrota Wilson había quedado con cierta forma
de desequilibrio" (pág. 71) y que se había entrevistado
varias veces con él luego de las elecciones y nunca le
había hablado de fraude.
El escamoteo que proclamaba Wilson nunca pudo ser
probado. Por cierto que el Partido Nacional en pleno se
solidarizó con Por la Patria al punto de hacer una
denuncia ante el Juzgado Letrado de Instrucción de 5o
turno, a cargo del doctor Díaz Romeu, luego de
consultar a algunos de sus más distinguidos
abogados, entre ellos, el doctor Aparicio Méndez, a
quien luego las volteretas de la políticas llevaron a la
Presidencia de la República, sustituyendo al doctor
Alberto Demicheli, por designación de los generales
que usurpaban el poder. La denuncia del presunto
fraude electoral estuvo firmada por el diputado
Alembert Vaz, el coronel Eduardo Malán, el profesor
Juan Pivel Devoto el señor Gustavo Puig, el escribano
Durán Mullins y el señor Juan Soñora y no ahorraba
epítetos como "La estafa del siglo", "sucio proceso" o
"el gran fraude". La reproducción del primer párrafo de
ese escrito, da una idea de la indignación que sacudía
en ese momento al Partido Nacional. "Antes que nada
y como presupuesto de esta denuncia, queremos
señalar al señor Juez el hecho público y notorio de
que el proceso electoral de 1971 ha sido uno de los
más irregulares y escandalosos de la historia de este
siglo del país. En efecto, sabrá el señor Juez que el
Directorio del Partido Nacional ha formulado ante la
Corte Electoral la denuncia de gravísimas
irregularidades en la elección y el escrutinio de
Montevideo, tendientes a hacer prevalecer o hacer
triunfar a un candidato o lema. Pero además se ha
señalado –hecho que está debidamente probado– en
ese documento histórico entre otras cosas gravísimas,
el de que en buena parte de los circuitos de
Montevideo, hay más votos que votantes".
El concepto de que se habían constatado más votos
que votantes, doblemente subrayado en los últimos
párrafos por responsabilidad del autor de estas notas,
fue siempre el argumento fundamental para la
presunción del fraude en las elecciones de 1971. De
cualquier manera, aunque efectivamente alguien
hubiera tenido esa intención, un extremo nunca
demostrado, el tema central sigue siendo el saber si
esos votantes de más fueron suficientes como para
disminuir los resultados al punto de dar por
triunfadores a Wilson Ferreira y Carlos Julio Pereyra.
La diferencia final de botos entre el Partido Colorado y
el Partido Nacional, fue de 12.800 votos redondeados y
la Corte siempre sustuvo que los votos que superaron
a los votantes no se aproximaban de ninguna forma a
esa cifra.
En febrero de 1972, la Corte Electoral confirmó
oficialmente el triunfo del Partido Colorado y la elección
de Juan María Bordaberry como Presidente de la
República. El ex senador electo por el Partido Nacional
luego de la coalición del herrerismo con el ruralismo
(Bordaberry se consideraba en ese momento colorado
ruralista) debía enfrentarse a un país irritado,
radicalizado y con sus partidos políticos muy divididos.
Los observadores políticos se preguntaban si el hecho
de sacar más votos que los demás, significaban
realmente un triunfo. El Partido Colorado que había
conquistado cincuenta diputados en 1966, ahora tenía
cuarenta y uno y de sus dieciséis senadores, le
quedaban trece. Además, de las diez intendencias del
66 sólo había podido retener cinco. Es decir, había
perdido doce legisladores y la mitad de los
gobernantes municipales. Con un porcentaje de
votantes directos que era menor al 23% y la mayor
parte del espectro político en su contra no le iba a ser
nada fácil a Bordaberry gobernar sin acuerdos. Con
ese panorama partidario interno, sumado a un país
que estaba anarquizado y jaqueado por la guerrilla, a
la escasa concentración de poder en sus manos y a
unas Fuerzas Armadas que cada día se mostraban
más amenazantes, muchos calculaban que el porvenir
de la legitimidad no iba a ser duradero. Es muy
probable que en esos momentos en que la soledad
del poder vuelve más dolorosas las reflexiones, el
nuevo presidente se haya acordado de una
conversación mantenida por su esposa con Pacheco
Areco y que el propio Bordabery tuvo la deferencia de
relatar en su casa a quien escribe estos recuerdos. La
noche del acto pachequista que cerró la campaña
electoral del 71, Bordaberry y su señora Josefina
Herrán fueron a la residencia presidencial y en medio
de la euforia reinante, la señora Herrán le dijo a
Pacheco: "después de ver esa multitud, estoy
convencida que usted va a ser reelecto". Y quien aún
detentaba la Presidencia le respondió: "no señora, su
esposo va a ser el próximo presidente. Pero va a tener
que disolver las Cámaras". En ese momento
Bordaberry recordó que su padre le había dicho que
todos los presidentes de la República habían sido
masones y dedujo que como estos no se enredan en
Golpes de Estado, de pronto él había sido electo
indirectamente para llevar a cabo ese hecho, por su
condición de católico no masón.
Juan María Bordaberry asumió el 1º de marzo de 1972
y el mismo día, en su discurso ante el Parlamento,
hubo incidentes entre legisladores, insultos y hasta
amagues de golpes. El 27 de junio de 1973, a pocos
meses de un desacato de las Fuerzas Armadas que
tuvo lugar el 9 de febrero y que constituyó un Golpe de
Estado de hecho, los militares, con la anuencia
presidencial, derribaron las instituciones
democráticas. No sería raro que desde su cargo de
embajador, Jorge Pacheco Areco haya pensado: "¿Te
acordás que te lo advertí, Juancho?"