César di Candia
En las elecciones de 1971, el partido que se presentó
con mayor cantidad de fórmulas fue el Colorado.
Aunque las posibilidades presidenciales eran
solamente para cuatro, había más candidatos, varios
de ellos agrupados en una cooperativa. Tratemos de
despejar la hojarasca. Un candidato era Jorge
Pacheco Areco, pero solamente en la eventualidad que
prosperara el proyecto reeleccionista, muy resistido
por todos los otros partidos por ser contrario a
antiguas tradiciones civilistas. El otro era Juan María
Bordaberry a quien votaban los colorados
pachequistas en caso que no saliera la reelección. El
tercero era el doctor Jorge Batlle acompañado del
grupo de la lista 15 del batllismo. Y existía también una
suerte de cooperativa electoral colorada, integrada por
el doctor Amílcar Vasconcellos, Manuel Flores Mora, el
general Ribas y Juan Luis Pintos. En el Partido
Nacional existían solamente dos fórmulas: la del
herrerismo que patrocinaba al general Aguerrondo y la
del resto del nacionalismo aglutinado alrededor de
Wilson Ferreira Aldunate. El Frente Amplio, unificado
bajo el lema Partido Demócrata Cristiano tenía un solo
candidato, el general Líber Seregni. La última opción,
aunque claramente minoritaria, era la Unión Radical
Cristiana, uno de los dos grupos en que se había
divido la vieja Unión Cívica.
Celebradas las elecciones el domingo 28 de
noviembre, en un clima absolutamente enrarecido,
durante el cual se suscitaron varios actos de violencia,
el resultado favoreció por poco margen al Partido
Colorado. Expresándonos en todo momento en
números redondos, las cifras marcaron 682.000 votos
colorados contra 670.000 del nacionalismo. El Frente
Amplio totalizó 304.000 y la Unión Radical Cristiana
9.000. Las papeletas que posibilitaban la reelección
de Jorge Pacheco Areco alcanzaron las 490.000
voluntades, pero éstas, aun siendo muchas, resultaron
insuficientes. La discriminación de sufragios por
candidatos fue el siguiente. Dentro del Partido
Colorado, la fórmula de Juan María Bordaberry y Jorge
Sapelli acumuló 380.000 votos. La de Jorge Batlle y
Renán Rodríguez, 240.000. Y la cooperativa electoral
de Vasconcellos, Flores Mora, Ribas y Pintos, 60.000.
En el Partido Nacional, Ferreira Aldunate y Carlos Julio
Pereyra lograron 440.000 sufragios y Mario Aguerrondo
y Alberto Heber 230.000. Dentro del Frente Amplio la
mayor votación fue para el FIDEL, 100.000 votos. El
Frente del Pueblo (Lista 99 y PDC) 93.000, la mayor
parte de los cuales fue para el PDC, 61.000; mientras
la 99 apenas alcanzó 32.000. El Partido Socialista
36.000 y la Unión Popular 71.000. La Unión Radical
Cristiana que llevaba como candidato a Daniel Pérez
del Castillo, tuvo por su parte un tope de 9.000 votos.
De acuerdo a estas cifras, los escaños parlamentarios
que obtuvieron los agrupamientos partidarios fueron:
Ferreira y Pereyra, ocho senadores y treinta diputados.
Bordaberry y Sapelli, siete senadores y veintiocho
diputados. Batlle y Rodríguez, cinco bancas en el
Senado y doce en la Cámara Baja. Aguerrondo y
Heber, cuatro senadores y diez diputados. Seregni y
Crotogini, cinco lugares en la Cámara Alta y trece en la
Baja. Vasconcellos y Flores Mora, un cargo de senador
y otro de diputado. Los cinco diputados que restan en
la cuenta fueron llenados por restos electorales.
Los resultados de la elección cambiaron en cierta
forma el mapa político y permitieron sacar ciertas
conclusiones: 1) el bajón del sector herrerista, que
perdía 100.000 votos con relación a los resultados de
1966. 2) la enorme votación de Jorge Pacheco Areco,
que estuvo arañando la reelección y demostró que en
un país radicalizado, tenía un inmenso apoyo popular.
3) el liderazgo de Wilson Ferreira Aldunate quien sería
en adelante el mayor punto de referencia de su partido.
4) la gran votación de la izquierda, que unida había
multiplicado los votos de cada uno de sus sectores
sumados con relación a las elecciones anteriores y
que le había permitido obtener por primera vez en la
historia un segundo puesto en Montevideo.
Si las posiciones extremas habían enconado a varios
sectores de la sociedad, el escaso margen por el cual
ganó el Partido Colorado, sumado a algunas
inexplicables anomalías que rodearon el acto de
sufragar, precipitaron desconfianzas y acusaciones de
maniobras en el conteo de votos y aún de fraude
deliberado. Los grupos políticos que más resistieron
al resultado fueron el Frente Amplio y los sectores
nacionalistas aglutinados en Por la Patria y Movimiento
de Rocha, que eran los que estaban a escasos miles
de votos del ganador. En realidad, las dudas partían de
la propia estructura de las listas. De acuerdo a ella, la
papeleta que promovía el SI de la reforma
Constitucional y por consiguiente la reelección de
Pacheco Areco, podía ser utilizada simultáneamente
en cualquiera de los otros sobres de votación. Un
votante de Jorge Batlle para dar un ejemplo, si se
interesaba por la reforma podía hacerlo poniendo el
papel del SI y en este caso no le era vedado colocar la
lista de Pacheco y la de Batlle. Si era aprobada la
reforma, su voto iba a Pacheco, en caso contrario, a
Batlle. Habría que convenir que pese a ser todo legal,
el procedimiento era un tanto endemoniado. La
confusión podía ser aún más perversa teniendo en
cuenta que la lista de Pacheco era la 123 y la de
Bordaberry la 1123. Las dos hojas eran casi iguales y
en su parte superior tenían las fotos de Pacheco y
Bordaberry aunque diferían en los nombres de los
candidatos a presidente y vice. Esto indujo a que en
muchas mesas de votación, esos sufragios fueran
contabilizados dos veces y que en consecuencia,
hubiera más votos que votantes. El problema era
perfectamente previsible y en tren de encontrar
culpables habría que remitirse a las autoridades
electorales que permitieron la similitud en la
confección de las listas. El autor de estas notas, que
entrevistó durante muchas semanas a la señora
Susana Sienra de Ferreira y a su hija Silvia Ferreira
para la realización del libro El viento nuestro de cada
día (Ed. de la Plaza, 1990) recogió de ellas el siguiente
testimonio sobre este episodio. Según la viuda de
Wilson, "Los resultados parciales eran muy parejos y
ya vimos que no iba a ser tan fácil ganar como nos
habíamos imaginado. (...) Wilson era el primero en
creer que sacábamos una ventaja enorme. (...) (Las
sospechas acerca de presuntas irregularidades)
surgieron desde el primer instante. El doble voto para
el régimen proyectado y para el vigente confundió a
mucha gente en el momento del escrutinio. Venían
delegados a nuestra mesa, con varias elecciones
encima y mucha experiencia y nos confesaban que se
habían equivocado, que habían contabilizado dos
veces el mismo voto. Y no eran uno ni dos, eran
docenas las personas que se allegaban para
hacernos presentes estas anomalías. (Wilson)
siempre se cuidó mucho de dar una opinión
contundente y quedar ante la opinión pública como un
perdedor, pero estaba convencido que algo irregular
había sucedido. Te voy a decir más. Cuando ya
estábamos exiliados y vivíamos en La Panchita,
alguien nos llevó una bolsa con unos votos
nacionalistas que habían encontrado tirados en un
baldío. Los sobres de votación estaban violados y
listas nuestras todavía estaban adentro.
Desgraciadamente cuando nos allanaron la casa, todo
eso se perdió". El hoy senador herrerista Guillermo
García Costa, en aquellos años muy cercano a Wilson,
confirmó esas opiniones en una entrevista publicada
en Búsqueda en diciembre de 1988. "Nunca supimos
cuántos fueron esos votos mal contabilizados, pero sí
sabemos que existieron. (...) La Corte tampoco lo supo
nunca porque el resultado electoral del 71,
prácticamente desapareció. Nadie los logró rastrear
con exactitud. La Corte dio los resultados, hizo las
proclamaciones, pero no dio los detalles. Hubo una
gigantesca sombra. Wilson llegó hasta el límite de lo
prudente y dijo algo que no sé si repito con exactitud
pero ese fue su espíritu: "nos habrán estafado, pero
por lo menos que sepan que nos dimos cuenta". Ciro
Ciompi, uno de los delegados nacionalistas en el
Cilindro Municipal donde se efectuaba el recuento de
votos, declaró también en otra entrevista publicada por
el mismo semanario en abril de 1992: "Aquella fue una
elección deliberadamente planteada para que los
votantes y quienes realizaban el escrutinio cayeran en
la trampa. Sería ingenuo pensar que todo eso ocurrió
santamente". Y el mismo Wilson Ferreira, en un
reportaje aparecido en diciembre de 1971 en el
semanario Marcha expresó: "Toda esa actuación
contra la pureza del sufragio no ha sido ni siquiera una
inconducta de guante blanco. Por momentos el
ambiente, la actitud de algunos, fue de hampones.
Una verdadera vergüenza".
La aparición de más votos que votantes no fue la única
irregularidad comprobada con asombro por la
ciudadanía, acostumbrada y con razón, a la
cristalinidad de los actos electorales y a los escrutinios
posteriores. Fueron comprobados extravíos de tirillas,
pérdidas de urnas de votación y violaciones en el
recinto del Cilindro Municipal donde se efectuaba el
recuento. Una noche alguien perteneciente al Partido
Nacional metió un gato por una ventana abierta de un
lugar que se suponía debía estar clausurado y
custodiado, para demostrar que cualquiera podía
entrar sin que pudiera ser advertido. También El Eco,
el único diario de la capital que respondía al Frente
Amplio, se plegó a las protestas. A sus reproches
("Bordaberry ganó gracias a los votos de Flores Mora y
Vasconcellos") a sus enojos ("Balas y gases en los
circuitos de votación") a sus consuelos ("Nadie podrá
gobernar sin el Frente Amplio") y a las palabras llenas
de cordura del general Seregni ("Ninguna revolución
se hace en ocho meses, es tarea de toda una vida")
sus titulares a lo largo de los días fueron destinados a
poner en órbita la posibilidad de un resultado
fraudulento. "Hay pruebas", "Hay 27.539 votos
fantasmas", "Las cuartas actas prueban la suma de
Bordaberry a votos reformistas", Ferreira Aldunate: "no
nos dejaremos robar", "Los soldados votaron a la vista
de sus superiores". El entusiasmo partidario y la falta
de perspectiva política hicieron decir al mismo diario
en una nota de página entera: ¨Primera conclusión,
han muerto el batllismo y el herrerismo". Nunca
hubiera podido imaginar que de las cuatro elecciones
celebradas luego de la dictadura, el batllismo ganaría
tres y el herrerismo una.
Probablemente la agitación provocada por un
escrutinio tan peleado como protestado, hizo que la
agitación social y la violencia callejera en vez de
amainar se acrecentaran. El 4 de diciembre cuatro
personas pertenecientes al MLN asaltaron la sucursal
de Manzanares y robaron ochenta y un mil dólares. En
los primeros nueve días del mes, el Frente Amplio
denunció diez baleamientos contra locales partidarios.
El 22 a las seis de la mañana, varios tupamaros
penetraron a la sede del Club de Golf de Punta
Carretas, la incendiaron y dinamitaron. Parecidos
atentados habían tenido lugar en los meses anteriores
contra la boite Pussicat, el restorán La Rochelle, el
local nocturno Chez Carlos y el bowling de Carrasco. El
30, el Ministerio del Interior lanzó un decreto por el cual
"está prohibida toda propaganda oral o escrita sobre
pared, de huelgas u otras medidas que directa o
indirectamente puedan influir en el estado de
conmoción pública que vive la república". Pese a la
dureza de estas medidas, todavía se estaba a dos
años largos del establecimiento del gobierno de facto.
El 1º de enero, el MLN anunció que ponía fin a la
tregua. El 2, aplicando Medidas Prontas de Seguridad,
el Poder Ejecutivo clausuró definitivamente el diario
frenteamplista El Eco. El 19 durante un procedimiento
policial en la calle Jaime Zudáñez, se produjo un
enfrentamiento en el cual murió un integrante de las
fuerzas de seguridad. El 27 falleció baleado en la
esquina de su casa por hombres del MLN, el Jefe de
Seguridad del Penal de Punta Carretas inspector
Rodolfo Leoncino. Fue uno de los pocos custodios de
la cárcel que no pudo ser comprado ni amedrentado.
Sin embargo los hechos más graves producidos en
ese corto lapso que siguió a las elecciones fueron dos
atentados. El primero fue contra la vida de Ciro Ciompi
quien representaba al Partido Nacional en el recuento
de votos del Cilindro Municipal. Ocurrió el 15 de enero y
su propio protagonista lo contó de esta manera al
autor de estas notas. "Yo había vuelto a casa a
almorzar rapidito para regresar al Cilindro Municipal
(...) cuando de pronto entró una bala por la ventana,
pasó silbando entre mi señora y yo, dio una serie de
rebotes y se incrustó en el plato. Obviamente fue una
acción intimidatoria hacia quien era el responsable del
Partido Nacional en el escrutinio. Hice la denuncia y a
las horas me citaron para mostrarme a un pobre
tarado que se había confesado autor. Por supuesto no
lo creí ni lo creían los que estaban tratando de
acusarlo. Ese disparo tuvo que ser efectuado con mira
telescópica por un técnico". A este hecho y su
supuesto autor, que hicieron acordar al incendio del
Reichstag por los nazis y a la detención de un débil
mental a quien se acusó y fusiló, siguió el baleamiento
contra el propio líder blanco Wilson Ferreira. El mes de
enero hubo una concentración nacionalista de protesta
contra el resultado electoral frente a la sede de Por la
Patria, que fue disuelta por la enérgica intervención de
varios coches bomba que la emprendieron contra la
multitud a chorros de agua. Cuando Wilson salió a la
puerta para mediar ante las fuerzas de seguridad,
también recibió varios manguerazos. A las pocas
horas tuvo lugar el día de su cumpleaños y le fue
organizado un homenaje frente a la casa donde vivía
en ese momento, en Avenida Brasil y la Rambla. Como
estaba en un piso alto, bajó al apartamento de una
amiga de toda la vida, Inés Zorrilla, en el primer piso
del edificio para hablarle desde allí a la gente.
Terminado el acto, la columna que había ido a
saludarlo se dirigió hacia el centro, con banderas y
pancartas reclamando por un escrutinio limpio, pero
en Avenida Brasil y Brito del Pino fueron atacados por
la policía que disolvió a palos la manifestación. A los
pocos días, estando ya la familia Ferreira de
vacaciones, el piso desde donde había hablado
Wilson, que no era el de su propiedad, fue baleado.
Susana Sienra recordó así a este periodista ese
episodio para el libro El viento nuestro de cada día.
"Fue especialmente horrible, porque estábamos en el
campo y en el momento que encendimos la radio
pudimos escuchar nada más que "su hijo Juan Raúl
Ferreira era la única persona que estaba en la casa
cuando le fueron disparados los balazos". "A la
distancia todo se nos agrandó, por supuesto. Después
nos enteramos que había sido contra el primer piso
del edificio donde Wilson había dicho su discurso de
agradecimiento unos días antes. Seguramente los
autores del atentado creían que nosotros vivíamos allí.
Tanto el señor Barreiro que posteriormente fue
Consejero de Estado en la dictadura como el otro
señor que ahora tiene un cargo en la Embajada
uruguaya en Argentina y de cuyo nombre no me
acuerdo, descerrajaron varios tiros contra lo de Zorrilla
y casi le pegaron a una chica que estaba estudiando.
Fue espantoso pero dio una idea de los tiempos que
se avecinaban".
Otro hecho que evidenciaba el estado de ánimo de
muchos orientales tuvo lugar también en aquel
complicado enero de 1972, cuando la policía de
Montevideo efectuó un homenaje a Dan Mitrione, el
agente norteamericano asesinado por los tupamaros,
acusado de asesor en materia de torturas. La placa
entregada a su viuda, cuya réplica se encuentra en el
Departamento de Policía decía: "Dan Mitrione; jefe
asesor de seguridad pública en Uruguay, asistencia
técnica punto IV Alianza para el Progreso. Un hermano
norteamericano, víctima del terrorismo en Uruguay.
Memoria de sus compañeros en lucha".
Próxima semana, última nota.