César di Candia
La llamada Revolución del Morlán, un intento de
levantamiento armado contra el gobierno del doctor
Gabriel Terra, quien luego de ser electo
democráticamente había disuelto el Parlamento en
marzo de 1933 y ejercía el poder total, abortó
prácticamente en sus primeras horas. Iniciado el 28 de
enero de 1935, y finalizado una semana y dos días
después, concluyó en un desastre en el que influyeron
decisivamente la impericia de los sublevados, la
desorganización política, el desinterés popular y la falta
de apoyo de las fuerzas militares, algunas de las
cuales se habían confabulado a favor de la rebelión
desde un principio pero más tarde no la acompañaron.
El resultado final fue el contrario al propuesto por sus
cabecillas: no solamente no pudo desactivar ni mellar
en lo más mínimo al gobierno terrista sino que lo
afianzó, a costa de muchos muertos dejados en los
breves enfrentamientos armados. Las acciones
planteadas en el arroyo Morlán y en la Picada de los
Ladrones sobre la frontera brasilera, constituyeron la
última insurrección armada que vivió el país. En la
formulación de este juicio, no se tiene en cuenta al
movimiento subversivo llevado a cabo en la década del
sesenta por el MLN-Tupamaros, el cual, por más que
tuvo una cantidad de bajas mayor por ambas partes,
se redujo más a atentados aislados llevados a cabo
por una guerrilla urbana organizada, que a una lucha
franca entablada en campos de batalla.
La Revolución del Morlán que tiempo después fue
denominada por el doctor Carlos Quijano protesta
armada, una adjetivación que parece más exacta, se
vivió como se ha dicho en dos frentes. Uno en la zona
de Colonia, y el otro en el noreste del país, sobre el río
Negro. En la primera oportunidad, se enfrentaron en un
paso del arroyo Morlán, un grupito de insurrectos
carentes de armas y municiones y absolutamente
faltos de preparación militar, con soldados del Ejército
Nacional muy superiores en armamentos y disciplina.
El tiroteo, ya descrito en la primera parte de estas
notas publicada la semana anterior, costó muertos,
heridos y mutilados y tuvo un resultado incierto aunque
ambas partes se atribuyeron la victoria. A las pocas
horas, los sublevados fueron reducidos y puestos en
la cárcel. El segundo fue más penoso porque una
avanzada revolucionaria de la División Cerro Largo fue
bombardeada desde al aire por aviones gubernistas
los que mataron a mansalva a varios de sus
integrantes.
Antes de entrar a esta fase final de la revolución,
vamos a redondear los detalles de la batalla de Paso
del Morlán, de cuyas precariedades y aún absurdos ha
quedado el testimonio de Francisco Espínola. El
excepcional escritor, quien participó voluntariamente
en el levantamiento describió con fino humor aquellas
vicisitudes que él mismo se encargó de definir como
tragicómicas, en una carta enviada a su amigo el
filósofo Carlos Vaz Ferreira. Algunos fragmentos de
ésta, que se reproducen a continuación, son
verdaderamente antológicos.
"El día 28 de diciembre" (Paco Espínola tiene un
trabucamiento de fechas, la correcta es 28 de enero)
"peleamos en el Paso del Morlán. Recién caíamos al
paso cuando los jefes gritaron: "a las armas". Corrí
para ir a formar la primera y única línea de combate.
Recién me habían dado un remington
desesperadamente viejo. A mi izquierda entró un joven
profesor del liceo de Mercedes, finocultísimo, valiente.
Se inició el fuego. Nos llovían las balas. Mi primera
bala no salió. Volví a cargar y tirar. Idéntico resultado. Y
me envolvían los endemoniados silbidos. Cargué de
nuevo, rabioso. Y se atracó la bala de tal manera que
no hubo forma de hacerla mover. No tenía baqueta. El
jefe se me acercó y me ordenó que me quedara
inmóvil en el suelo, para no hacer tanto blanco. Era
imposible retroceder porque detrás nuestros hervía un
infierno de balas. Y allí me quedé exactamente una
hora y cinco minutos. Hubo un momento en que el
fuego nos llegó por la izquierda y la derecha también.
Creí que nos rodeaban. Pero nuestro fuego los obligó
a restablecer su línea.
¿Qué se piensa cuando se está así, impotente en el
suelo, sintiendo picar las balas alrededor nuestro o
pasar silbando bajito? Poco, y todo dentro de una
terrible soledad. No hay padre, madre, mujer querida.
Eso se hunde en un abismo sin fondo. Exactamente, lo
que experimentaba era una infinita melancolía. Aquella
batallita, aquel trasto inútil...
Había puesto delante de mí el remington para
preservarme un poco la cara. Pero lo deslicé a un lado
por no verlo ya que eso me producía una sensación de
comicidad que me desolaba. La muerte allí, en aquel
lugar, se me aparecía de una manera difícil de
expresar; tal —valiéndome de la comparación más
aproximada que encuentro— tal como lo sentiría quien
supiera que lo obligaban a no bañarse nunca más en
la vida. Una desgracia así, achicante, miserable. Y
solo, solo, solo. Desgarrado. Frío. Algo de lo que yo
había presentido (algo no, exactamente lo mismo)
para la segunda crucifixión de Jesús. Qué tremenda
intuición, don Carlos ¿eh? Se muere con un
melancólico fastidio. (...)
Al llegar la noche, terminó la pelea. Tratábamos de
enviar los heridos en los autos hacia los pueblos
cercanos. Los muertos quedaron en el campo. Y de
pronto un espantoso y potente ¡Cuaaaaac! como una
carcajada inconcebiblemente burlona, resonó en la
noche. Aún los acostumbrados a la vida del campo
nos estremecimos. Era tan fuerte que no parecía un
zorro. "¡Se burlan de nosotros!" rugió uno. El enemigo
que se había retirado, ¿había vuelto y nos tendría
rodeados? No, era un zorro. En mi vida olvidaré aquel
grito. Un rato después, a pie, con nuestro jefe herido
en un brazo, nos pusimos en marcha. Sin comer, entre
espinas de la cruz y cardales que nos martirizaban,
hicimos esa noche, dando vueltas para despistar,
siete leguas a pie. (...)
Se sintieron unos tiros. Yo había podido conseguir
hacía un momento, un tarro de conservas de durazno
que encargué a uno que tenía que pasar por una
pulpería. Cuando oí los tiros, hundí mi cuchillo en la
lata, me eché al suelo detrás de un árbol e indiferente
a todo me comí casi todo el contenido. Era viernes de
mañana y no comía desde el mediodía del martes. Sin
esos duraznos me habría muerto de debilidad. Porque
no volví a comer hasta el sábado a mediodía".
Con reclutas voluntarios como Paco Espínola, dotados
de armas inservibles, sin la menor preparación militar,
muertos de hambre, asustados por los zorros y
comiendo duraznos en almíbar en pleno tiroteo,
cualquier éxito revolucionario parece inalcanzable. Lo
que ocurrió en el otro extremo del país tuvo ribetes
más terribles porque en esas acciones no hubo
enfrentamientos sino muertes provocadas por
bombardeos aéreos.
El mismo día en que tuvo lugar la batalla de Paso del
Morlán, el general nacionalista Basilio Muñoz invadió el
territorio oriental desde el Brasil, una ruta casi
permanente de las revoluciones orientales. Estaba
convencido que su entrada al país provocaría
inmediatamente la sublevación de importantes
contingentes de las Fuerzas Armadas. De acuerdo al
libro de Adolfo Aguirre González La revolución del 35 su
propio hijo declaró tiempo después que luego de una
pregunta que le hiciera a su padre acerca de la
oportunidad del momento, éste le había contestado:
"Bueno, mirá, vino un despacho de la Junta de Guerra
diciendo que se van a sublevar las fuerzas de Florida,
Maldonado y no me acuerdo si me dijo Flores o
Soriano. Como los jefes van a ser relevados del
mando el 31 de enero, ellos se van a sublevar. Si hay
una sublevación yo tengo que terminar de hacer el
cuco, el mamarracho aquí en la frontera. (...) De
manera que mañana de noche pasamos la Cerrillada
con todas las armas que consigamos. Un 96 más
—me dijo— una salida, una conmoción, una entrada.
No creo que podamos tener éxito. Por más que si
responde el batllismo, responden las fuerzas militares
y entonces puede ser que resulte".
El plan era simple. Igual a lo hecho durante el conato
revolucionario de 1896 por Aparicio Saravia, había que
entrar al país, provocar una revuelta, conmocionarla,
lograr algún objetivo y luego retirarse porque sus
hombres y pertrechos no daban para otra cosa. El
propio Justino Zavala Muniz en su libro La revolución
de enero, manifiesta que en su presencia, Basilio
Muñoz le hizo saber al coronel Exequiel Silveira que le
había llegado un chasque del Directorio Nacionalista
Independiente, uno de los partidos opuestos
radicalmente a Terra, en el cual se ponía en su
conocimiento que el momento adecuado era ese. O se
lanzaba de inmediato a la revolución o ésta debía ser
aplazada indefinidamente. Aunque el escritor citado no
lo aclare, el hecho parece hacer referencia a las
destituciones y seguramente envíos a prisión de jefes
militares del ejército que estaban involucrados en el
movimiento, los que iban a tener lugar el 31 de enero.
Todo se diluyó en una sucesión de fracasos. Como
afirma Aguirre González, "lo cierto es que ningún
regimiento se sublevó y que los compañeros batllistas
que estaban dispuestos a participar en el movimiento-
como lo asevera el testimonio insospechable de
Carlos Walter Cigliuti- fueron informados en la noche
del 30 al 31 de enero de 1935, que no participaban en
la revolución". Si bien es verdad que el partido Batllista
como unidad corporativa había resuelto renunciar a la
revuelta, también es lo es que la División Cerro Largo,
integrada casi únicamente por batllistas y donde
militaba con el grado de mayor Justino Zavala Muniz
(con el tiempo integrante del Consejo Nacional de
Gobierno resultante de los comicios de 1954) participó
activa y generosamente junto al general Basilio Muñoz.
El domingo 27 de enero de 1935, Muñoz acompañado
de sus dos hijos, partió de la estancia de Manuel
Martins, en territorio brasilero al frente de una caravana
de tres autos y dos camiones donde habían sido
acondicionadas armas y municiones. A medianoche,
con los faros apagados pasaron por Guaviyú en la
zona fronteriza sin que los destacamentos allí
apostados se percataran. Doce horas más tarde,
luego de atravesar los departamentos de Rivera y
Tacuarembó llegaron a Paso de Pereyra, sobre el río
Negro, donde los aguardaban Silvestre Echevarría y
Mariano Saravia con quince hombres. Siguieron
avanzando hacia Durazno, pero un chasque venido de
Montevideo en ferrocarril, les hizo saber que la
insurrección que debía comenzar en el sur había
fracasado. El general decidió entonces disolver a su
gente y buscar un lugar donde esconder las armas,
pero al llegar a Pablo Páez se enteró que Exequiel
Silveira se encontraba en la Isla de las Muertas al
frente de los quinientos hombres que integraban la
División Cerro Largo. Decepcionado pero alentando
una leve esperanza, el general Basilio Muñoz se unió a
esa columna, mandó buscar a los hombres que él
mismo había dado orden de dispersar y contramarchó
hacia el norte, acampando en la Picada de los
Ladrones, sobre el río Negro. En ese lugar y ya
informado que la revolución había carecido de todo
apoyo en el resto del país, recibió proposiciones de
paz de parte del general gubernista Urrutia, las que
aceptó ordenando la disgregación de su gente. El 4 de
febrero, el mayor Justino Zavala Muniz, jefe del Estado
Mayor, redactó una proclama que fue firmada por el
general Basilio Muñoz y el coronel Exequiel Silveira que
estaba dirigida a los ciudadanos del Ejército Libertador
y oficiales y soldados de la División Cerro Largo y que
decía en sus partes sustanciales: "Los campos de
Cerro Largo, Durazno y Tacuarembó han visto el
gallardo desfile de vuestra rebeldía, entre los ejércitos
del gobierno que quedaban desalentados
contemplando vuestras huellas, mientras
esperábamos el pronunciamiento general del país
propiciado por vuestras marchas y el recibo de armas y
municiones para buscar las acciones decisivas. Ni
uno ni otras han llegado. No es vuestra la culpa, ni
nuestra. Profundas causas que escapan al dominio
de vuestra voluntad, aunque ésta se esfuerce hasta la
muerte y a la nuestra aunque se arme de todas las
previsiones posibles han surtido sus efectos,
contrarios a nuestras más legítimas esperanzas".
Leída la proclama a sus soldados, Basilio Muñoz dio
orden de ensillar y levantar el campamento. Fue en
ese momento que sintieron el motor del primer avión.
En su libro La revolución de enero, Justino Zavala
Muniz ha descrito estos momentos de los cuales fue
testigo, con desgarradora exactitud.
"No podemos verlo pero le sentimos volar velozmente
sobre el campamento; sus ecos se derraman con
pesadez y desde la altura, hienden las copas de los
árboles y se multiplican en las bóvedas sombrías.
Pareció la furia de un cíclope estallando en la llanura;
repitiéndose en el monte; alejándose por los sonoros
senos de los cañadones.
El silencio de la tierra tenía una sensación de asombro
patético, ante aquellos estampidos que lo
despedazaban. El relincho de un caballo fue como una
apretada herida sonora por donde se escapó la
angustia.
-Nos está viendo.
-No esperen la orden. Si baja un poco, fuego sobre él.
(...)
Sobre el silencio extendido en el monte avanzaban los
ecos de los dos aviones sacudiendo el cielo y el
paisaje que el sol elevado quemaba.
-Hoy ya no han de tirarnos
-Seguramente, no. Nos han propuesto la paz; hemos
esperado aquí al enviado de Urrutia y confiados en la
buena fe de esas proposiciones no hemos cuidado
ocultar la ubicación del campamento. Atacarnos sería
una infamia, después que han sabido donde estamos.
-Son capaces de todo. (...)
Ahora se distinguen claramente los de uno y otro avión;
el primero viene por la izquierda trazando una
perpendicular sobre el monte, mientras el segundo
más retrasado, vuela siguiendo la línea del río. (...)
-Ahí está...
Los ecos golpean al aire sobre el campamento; se
precipitan sobre nuestras cabezas. Vemos al avión
iniciar una onda sobre la tierra.
-Nos apunta... ¡Nos tiró!
Volteamos el busto. Rodeamos la cabeza con los
brazos.
Qué sentimiento poderoso de humillación se anuda en
la garganta, viéndonos con el rostro pegado a la tierra,
mientras sentimos la vertiginosa perpendicular de un
zumbido cada vez más sonoro y más cercano.
El espíritu está tenso, esperando.
Zumba, zumba, zumba. Ahí viene la muerte... ¿Sobre
quiénes caerá?... ¡Aquí!
Temblaron la tierra, el monte, el cielo.
¡Qué angustioso silencio!
El estallido terrible todavía está sonando en el cráneo y
dos pensamientos veloces ya han pasado por la
frente: nos nos hirió; nadie grita.
-¡Muchachos! ¿están heridos? (...)
Desde el sendero a cuyo término estamos , la voz de
Segundo Muniz que nos llama por nuestro nombre y
quiere encontrarnos entre las paredes oscurecidas
que los árboles forman a su alrededor. Nuestras
palabras lo guían y a poco lo vemos surgir con
apresurado paso, sosteniéndose el brazo derecho del
que cae a chorros la sangre.
-Ya ves, me voy en sangre. Tú sabes mi enfermedad.
Véndame.
Echamos la mano nerviosa al pañuelo que llevamos al
cuello y en tanto ordenamos a los asistentes que
llamen al doctor Artigas, intentamos con una torpeza
que nos angustia, detener aquel caudal de sangre que
salta del brazo y nos empapa el poncho.
—¿Duele?
—No, no duele mucho. Es que se me va la vida. (...)
El coronel se nos acerca:
—Usted que es más práctico -le decimos- sabrá
vendarlo.
Exequiel toma un pequeño pañuelo y ciñe con él el
brazo herido, hasta hundírselo en la carne; y la sangre
cesa por fin de gotear.
Caramba, amigo, un hijo de Muniz entregándose de
ese modo. ¿Qué diría aquel caudillo si lo viera?
—Segundo... Segundo... ¿no nos ves?
No, no nos ve; los párpados le están cayendo
pesadamente sobre los ojos a los que cubre una
tenue opacidad. Tal vez nos oiga aún porque sus
labios se distienden lentamente para sonreír. Pero no,
tampoco nos oye; es que comienza un ronco sonido en
su garganta y ha abierto la boca para no ahogarse
¡No se entregue, compañero... un hombre de su raza!
(...)
Dando bruscos saltos, como si tuviera las manos
presas por la manea, un caballo rosillo pasa junto a
nosotros quejándose, mientras la sangre salta a
chorros desde una sonora herida que lleva debajo del
cuello. El animal martirizado de dolor y de miedo, alza
la cabeza, la voltea hacia el suelo; se encoje, se
levanta sobre las patas, da un salto, otro hasta que cae
boleado por la muerte contra una barranca. El teniente
Silveira nos alcanza
—¿Quién es aquel muerto?
—El teniente Goicochea.
—¿Sufrió?
—Parece que no. Tiene una enorme boca en el pecho.
(...)
Frente a nosotros Basilio Pereira está sentado
sosteniéndose en un brazo, abriendo las piernas
cuyas bombachas empapa la sangre.
—¿Está muy herido, compañero?
El nos reconoce la voz y tuerce lentamente el cuello
para mirarnos. Las palabras se nos mueren en los
labios y un odio violento nos golpea en los pulsos, en
el pecho, en la frente. El noble paisano no puede
hablarnos porque tiene una inmensa herida en la
mandíbula inferior que le pone un gesto macabro en el
rostro cubierto de sangre".
La Revolución del Morlán terminó definitivamente con
esta masacre, magistralmente contada por Justino
Zavala Muniz. Luego de aceptadas las bases de la paz
y ubicado en consecuencia el campamento de los
insurrectos, dos aviones del gobierno lo
bombardearon. Fue la primera vez que en las guerras
orientales se utilizó esta arma como elemento
destructivo. Siempre se dijo y no ha sido desmentido,
que uno de los oficiales aviadores que participó fue
Oscar V. Gestido, quien treinta y un años después
resultaría electo Presidente de la República. La acción
costó cinco vidas: Enrique Goicochea, Segundo Muniz,
Luis G. Gino, Basilio Pereira y Marcos Mieres.
Seguramente la mejor manera de terminar con estas
notas evocativas es repetir las amargas palabras con
las que Zavala Muniz concluye su libro.
—¿Para qué murieron?
Material consultado
Adolfo Aguirre González. La revolución de 1935. (Ed.
Librosur, 1985)
Arturo Ardao y Julio Castro. Setenta años de revolución.
Vida de Basilio Muñoz. (Cuaderno de Marcha, 1971)
Raúl Jacob. El Uruguay de Terra (Ed. Banda Oriental,
1985)
Justino Zavala Muniz. La revolución de enero. (Ed. del
autor, 1935)
Ricardo Paseyro Pasado y Presente. (Ed. del autor,
Buenos Aires,1935.