Sábado 7 de agosto de 2004 | Año 86 - Nº 29811
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LA REVOLUCIÓN DE LOS NUEVE DÍAS (II)
Muertos desde el aire, sin poder ver al enemigo

La protesta armada llevada a cabo por algunos grupos de la oposición contra la dictadura del doctor Gabriel Terra se desenvolvió en dos frentes, costó una docena de vidas y no sirvió para nada

César di Candia

La llamada Revolución del Morlán, un intento de levantamiento armado contra el gobierno del doctor Gabriel Terra, quien luego de ser electo democráticamente había disuelto el Parlamento en marzo de 1933 y ejercía el poder total, abortó prácticamente en sus primeras horas. Iniciado el 28 de enero de 1935, y finalizado una semana y dos días después, concluyó en un desastre en el que influyeron decisivamente la impericia de los sublevados, la desorganización política, el desinterés popular y la falta de apoyo de las fuerzas militares, algunas de las cuales se habían confabulado a favor de la rebelión desde un principio pero más tarde no la acompañaron. El resultado final fue el contrario al propuesto por sus cabecillas: no solamente no pudo desactivar ni mellar en lo más mínimo al gobierno terrista sino que lo afianzó, a costa de muchos muertos dejados en los breves enfrentamientos armados. Las acciones planteadas en el arroyo Morlán y en la Picada de los Ladrones sobre la frontera brasilera, constituyeron la última insurrección armada que vivió el país. En la formulación de este juicio, no se tiene en cuenta al movimiento subversivo llevado a cabo en la década del sesenta por el MLN-Tupamaros, el cual, por más que tuvo una cantidad de bajas mayor por ambas partes, se redujo más a atentados aislados llevados a cabo por una guerrilla urbana organizada, que a una lucha franca entablada en campos de batalla.

La Revolución del Morlán que tiempo después fue denominada por el doctor Carlos Quijano protesta armada, una adjetivación que parece más exacta, se vivió como se ha dicho en dos frentes. Uno en la zona de Colonia, y el otro en el noreste del país, sobre el río Negro. En la primera oportunidad, se enfrentaron en un paso del arroyo Morlán, un grupito de insurrectos carentes de armas y municiones y absolutamente faltos de preparación militar, con soldados del Ejército Nacional muy superiores en armamentos y disciplina. El tiroteo, ya descrito en la primera parte de estas notas publicada la semana anterior, costó muertos, heridos y mutilados y tuvo un resultado incierto aunque ambas partes se atribuyeron la victoria. A las pocas horas, los sublevados fueron reducidos y puestos en la cárcel. El segundo fue más penoso porque una avanzada revolucionaria de la División Cerro Largo fue bombardeada desde al aire por aviones gubernistas los que mataron a mansalva a varios de sus integrantes.

Antes de entrar a esta fase final de la revolución, vamos a redondear los detalles de la batalla de Paso del Morlán, de cuyas precariedades y aún absurdos ha quedado el testimonio de Francisco Espínola. El excepcional escritor, quien participó voluntariamente en el levantamiento describió con fino humor aquellas vicisitudes que él mismo se encargó de definir como tragicómicas, en una carta enviada a su amigo el filósofo Carlos Vaz Ferreira. Algunos fragmentos de ésta, que se reproducen a continuación, son verdaderamente antológicos.

"El día 28 de diciembre" (Paco Espínola tiene un trabucamiento de fechas, la correcta es 28 de enero) "peleamos en el Paso del Morlán. Recién caíamos al paso cuando los jefes gritaron: "a las armas". Corrí para ir a formar la primera y única línea de combate. Recién me habían dado un remington desesperadamente viejo. A mi izquierda entró un joven profesor del liceo de Mercedes, finocultísimo, valiente. Se inició el fuego. Nos llovían las balas. Mi primera bala no salió. Volví a cargar y tirar. Idéntico resultado. Y me envolvían los endemoniados silbidos. Cargué de nuevo, rabioso. Y se atracó la bala de tal manera que no hubo forma de hacerla mover. No tenía baqueta. El jefe se me acercó y me ordenó que me quedara inmóvil en el suelo, para no hacer tanto blanco. Era imposible retroceder porque detrás nuestros hervía un infierno de balas. Y allí me quedé exactamente una hora y cinco minutos. Hubo un momento en que el fuego nos llegó por la izquierda y la derecha también. Creí que nos rodeaban. Pero nuestro fuego los obligó a restablecer su línea.

¿Qué se piensa cuando se está así, impotente en el suelo, sintiendo picar las balas alrededor nuestro o pasar silbando bajito? Poco, y todo dentro de una terrible soledad. No hay padre, madre, mujer querida. Eso se hunde en un abismo sin fondo. Exactamente, lo que experimentaba era una infinita melancolía. Aquella batallita, aquel trasto inútil...

Había puesto delante de mí el remington para preservarme un poco la cara. Pero lo deslicé a un lado por no verlo ya que eso me producía una sensación de comicidad que me desolaba. La muerte allí, en aquel lugar, se me aparecía de una manera difícil de expresar; tal —valiéndome de la comparación más aproximada que encuentro— tal como lo sentiría quien supiera que lo obligaban a no bañarse nunca más en la vida. Una desgracia así, achicante, miserable. Y solo, solo, solo. Desgarrado. Frío. Algo de lo que yo había presentido (algo no, exactamente lo mismo) para la segunda crucifixión de Jesús. Qué tremenda intuición, don Carlos ¿eh? Se muere con un melancólico fastidio. (...)

Al llegar la noche, terminó la pelea. Tratábamos de enviar los heridos en los autos hacia los pueblos cercanos. Los muertos quedaron en el campo. Y de pronto un espantoso y potente ¡Cuaaaaac! como una carcajada inconcebiblemente burlona, resonó en la noche. Aún los acostumbrados a la vida del campo nos estremecimos. Era tan fuerte que no parecía un zorro. "¡Se burlan de nosotros!" rugió uno. El enemigo que se había retirado, ¿había vuelto y nos tendría rodeados? No, era un zorro. En mi vida olvidaré aquel grito. Un rato después, a pie, con nuestro jefe herido en un brazo, nos pusimos en marcha. Sin comer, entre espinas de la cruz y cardales que nos martirizaban, hicimos esa noche, dando vueltas para despistar, siete leguas a pie. (...)

Se sintieron unos tiros. Yo había podido conseguir hacía un momento, un tarro de conservas de durazno que encargué a uno que tenía que pasar por una pulpería. Cuando oí los tiros, hundí mi cuchillo en la lata, me eché al suelo detrás de un árbol e indiferente a todo me comí casi todo el contenido. Era viernes de mañana y no comía desde el mediodía del martes. Sin esos duraznos me habría muerto de debilidad. Porque no volví a comer hasta el sábado a mediodía".

Con reclutas voluntarios como Paco Espínola, dotados de armas inservibles, sin la menor preparación militar, muertos de hambre, asustados por los zorros y comiendo duraznos en almíbar en pleno tiroteo, cualquier éxito revolucionario parece inalcanzable. Lo que ocurrió en el otro extremo del país tuvo ribetes más terribles porque en esas acciones no hubo enfrentamientos sino muertes provocadas por bombardeos aéreos.

El mismo día en que tuvo lugar la batalla de Paso del Morlán, el general nacionalista Basilio Muñoz invadió el territorio oriental desde el Brasil, una ruta casi permanente de las revoluciones orientales. Estaba convencido que su entrada al país provocaría inmediatamente la sublevación de importantes contingentes de las Fuerzas Armadas. De acuerdo al libro de Adolfo Aguirre González La revolución del 35 su propio hijo declaró tiempo después que luego de una pregunta que le hiciera a su padre acerca de la oportunidad del momento, éste le había contestado: "Bueno, mirá, vino un despacho de la Junta de Guerra diciendo que se van a sublevar las fuerzas de Florida, Maldonado y no me acuerdo si me dijo Flores o Soriano. Como los jefes van a ser relevados del mando el 31 de enero, ellos se van a sublevar. Si hay una sublevación yo tengo que terminar de hacer el cuco, el mamarracho aquí en la frontera. (...) De manera que mañana de noche pasamos la Cerrillada con todas las armas que consigamos. Un 96 más —me dijo— una salida, una conmoción, una entrada. No creo que podamos tener éxito. Por más que si responde el batllismo, responden las fuerzas militares y entonces puede ser que resulte".

El plan era simple. Igual a lo hecho durante el conato revolucionario de 1896 por Aparicio Saravia, había que entrar al país, provocar una revuelta, conmocionarla, lograr algún objetivo y luego retirarse porque sus hombres y pertrechos no daban para otra cosa. El propio Justino Zavala Muniz en su libro La revolución de enero, manifiesta que en su presencia, Basilio Muñoz le hizo saber al coronel Exequiel Silveira que le había llegado un chasque del Directorio Nacionalista Independiente, uno de los partidos opuestos radicalmente a Terra, en el cual se ponía en su conocimiento que el momento adecuado era ese. O se lanzaba de inmediato a la revolución o ésta debía ser aplazada indefinidamente. Aunque el escritor citado no lo aclare, el hecho parece hacer referencia a las destituciones y seguramente envíos a prisión de jefes militares del ejército que estaban involucrados en el movimiento, los que iban a tener lugar el 31 de enero.

Todo se diluyó en una sucesión de fracasos. Como afirma Aguirre González, "lo cierto es que ningún regimiento se sublevó y que los compañeros batllistas que estaban dispuestos a participar en el movimiento- como lo asevera el testimonio insospechable de Carlos Walter Cigliuti- fueron informados en la noche del 30 al 31 de enero de 1935, que no participaban en la revolución". Si bien es verdad que el partido Batllista como unidad corporativa había resuelto renunciar a la revuelta, también es lo es que la División Cerro Largo, integrada casi únicamente por batllistas y donde militaba con el grado de mayor Justino Zavala Muniz (con el tiempo integrante del Consejo Nacional de Gobierno resultante de los comicios de 1954) participó activa y generosamente junto al general Basilio Muñoz.

El domingo 27 de enero de 1935, Muñoz acompañado de sus dos hijos, partió de la estancia de Manuel Martins, en territorio brasilero al frente de una caravana de tres autos y dos camiones donde habían sido acondicionadas armas y municiones. A medianoche, con los faros apagados pasaron por Guaviyú en la zona fronteriza sin que los destacamentos allí apostados se percataran. Doce horas más tarde, luego de atravesar los departamentos de Rivera y Tacuarembó llegaron a Paso de Pereyra, sobre el río Negro, donde los aguardaban Silvestre Echevarría y Mariano Saravia con quince hombres. Siguieron avanzando hacia Durazno, pero un chasque venido de Montevideo en ferrocarril, les hizo saber que la insurrección que debía comenzar en el sur había fracasado. El general decidió entonces disolver a su gente y buscar un lugar donde esconder las armas, pero al llegar a Pablo Páez se enteró que Exequiel Silveira se encontraba en la Isla de las Muertas al frente de los quinientos hombres que integraban la División Cerro Largo. Decepcionado pero alentando una leve esperanza, el general Basilio Muñoz se unió a esa columna, mandó buscar a los hombres que él mismo había dado orden de dispersar y contramarchó hacia el norte, acampando en la Picada de los Ladrones, sobre el río Negro. En ese lugar y ya informado que la revolución había carecido de todo apoyo en el resto del país, recibió proposiciones de paz de parte del general gubernista Urrutia, las que aceptó ordenando la disgregación de su gente. El 4 de febrero, el mayor Justino Zavala Muniz, jefe del Estado Mayor, redactó una proclama que fue firmada por el general Basilio Muñoz y el coronel Exequiel Silveira que estaba dirigida a los ciudadanos del Ejército Libertador y oficiales y soldados de la División Cerro Largo y que decía en sus partes sustanciales: "Los campos de Cerro Largo, Durazno y Tacuarembó han visto el gallardo desfile de vuestra rebeldía, entre los ejércitos del gobierno que quedaban desalentados contemplando vuestras huellas, mientras esperábamos el pronunciamiento general del país propiciado por vuestras marchas y el recibo de armas y municiones para buscar las acciones decisivas. Ni uno ni otras han llegado. No es vuestra la culpa, ni nuestra. Profundas causas que escapan al dominio de vuestra voluntad, aunque ésta se esfuerce hasta la muerte y a la nuestra aunque se arme de todas las previsiones posibles han surtido sus efectos, contrarios a nuestras más legítimas esperanzas". Leída la proclama a sus soldados, Basilio Muñoz dio orden de ensillar y levantar el campamento. Fue en ese momento que sintieron el motor del primer avión. En su libro La revolución de enero, Justino Zavala Muniz ha descrito estos momentos de los cuales fue testigo, con desgarradora exactitud.

"No podemos verlo pero le sentimos volar velozmente sobre el campamento; sus ecos se derraman con pesadez y desde la altura, hienden las copas de los árboles y se multiplican en las bóvedas sombrías.

Pareció la furia de un cíclope estallando en la llanura; repitiéndose en el monte; alejándose por los sonoros senos de los cañadones.

El silencio de la tierra tenía una sensación de asombro patético, ante aquellos estampidos que lo despedazaban. El relincho de un caballo fue como una apretada herida sonora por donde se escapó la angustia.

-Nos está viendo.

-No esperen la orden. Si baja un poco, fuego sobre él. (...)

Sobre el silencio extendido en el monte avanzaban los ecos de los dos aviones sacudiendo el cielo y el paisaje que el sol elevado quemaba.

-Hoy ya no han de tirarnos

-Seguramente, no. Nos han propuesto la paz; hemos esperado aquí al enviado de Urrutia y confiados en la buena fe de esas proposiciones no hemos cuidado ocultar la ubicación del campamento. Atacarnos sería una infamia, después que han sabido donde estamos.

-Son capaces de todo. (...)

Ahora se distinguen claramente los de uno y otro avión; el primero viene por la izquierda trazando una perpendicular sobre el monte, mientras el segundo más retrasado, vuela siguiendo la línea del río. (...)

-Ahí está...

Los ecos golpean al aire sobre el campamento; se precipitan sobre nuestras cabezas. Vemos al avión iniciar una onda sobre la tierra.

-Nos apunta... ¡Nos tiró!

Volteamos el busto. Rodeamos la cabeza con los brazos.

Qué sentimiento poderoso de humillación se anuda en la garganta, viéndonos con el rostro pegado a la tierra, mientras sentimos la vertiginosa perpendicular de un zumbido cada vez más sonoro y más cercano.

El espíritu está tenso, esperando.

Zumba, zumba, zumba. Ahí viene la muerte... ¿Sobre quiénes caerá?... ¡Aquí!

Temblaron la tierra, el monte, el cielo.

¡Qué angustioso silencio!

El estallido terrible todavía está sonando en el cráneo y dos pensamientos veloces ya han pasado por la frente: nos nos hirió; nadie grita.

-¡Muchachos! ¿están heridos? (...)

Desde el sendero a cuyo término estamos , la voz de Segundo Muniz que nos llama por nuestro nombre y quiere encontrarnos entre las paredes oscurecidas que los árboles forman a su alrededor. Nuestras palabras lo guían y a poco lo vemos surgir con apresurado paso, sosteniéndose el brazo derecho del que cae a chorros la sangre.

-Ya ves, me voy en sangre. Tú sabes mi enfermedad. Véndame.

Echamos la mano nerviosa al pañuelo que llevamos al cuello y en tanto ordenamos a los asistentes que llamen al doctor Artigas, intentamos con una torpeza que nos angustia, detener aquel caudal de sangre que salta del brazo y nos empapa el poncho.

—¿Duele?

—No, no duele mucho. Es que se me va la vida. (...)

El coronel se nos acerca:

—Usted que es más práctico -le decimos- sabrá vendarlo.

Exequiel toma un pequeño pañuelo y ciñe con él el brazo herido, hasta hundírselo en la carne; y la sangre cesa por fin de gotear.

Caramba, amigo, un hijo de Muniz entregándose de ese modo. ¿Qué diría aquel caudillo si lo viera?

—Segundo... Segundo... ¿no nos ves?

No, no nos ve; los párpados le están cayendo pesadamente sobre los ojos a los que cubre una tenue opacidad. Tal vez nos oiga aún porque sus labios se distienden lentamente para sonreír. Pero no, tampoco nos oye; es que comienza un ronco sonido en su garganta y ha abierto la boca para no ahogarse

¡No se entregue, compañero... un hombre de su raza! (...)

Dando bruscos saltos, como si tuviera las manos presas por la manea, un caballo rosillo pasa junto a nosotros quejándose, mientras la sangre salta a chorros desde una sonora herida que lleva debajo del cuello. El animal martirizado de dolor y de miedo, alza la cabeza, la voltea hacia el suelo; se encoje, se levanta sobre las patas, da un salto, otro hasta que cae boleado por la muerte contra una barranca. El teniente Silveira nos alcanza

—¿Quién es aquel muerto?

—El teniente Goicochea.

—¿Sufrió?

—Parece que no. Tiene una enorme boca en el pecho. (...)

Frente a nosotros Basilio Pereira está sentado sosteniéndose en un brazo, abriendo las piernas cuyas bombachas empapa la sangre.

—¿Está muy herido, compañero?

El nos reconoce la voz y tuerce lentamente el cuello para mirarnos. Las palabras se nos mueren en los labios y un odio violento nos golpea en los pulsos, en el pecho, en la frente. El noble paisano no puede hablarnos porque tiene una inmensa herida en la mandíbula inferior que le pone un gesto macabro en el rostro cubierto de sangre".

La Revolución del Morlán terminó definitivamente con esta masacre, magistralmente contada por Justino Zavala Muniz. Luego de aceptadas las bases de la paz y ubicado en consecuencia el campamento de los insurrectos, dos aviones del gobierno lo bombardearon. Fue la primera vez que en las guerras orientales se utilizó esta arma como elemento destructivo. Siempre se dijo y no ha sido desmentido, que uno de los oficiales aviadores que participó fue Oscar V. Gestido, quien treinta y un años después resultaría electo Presidente de la República. La acción costó cinco vidas: Enrique Goicochea, Segundo Muniz, Luis G. Gino, Basilio Pereira y Marcos Mieres. Seguramente la mejor manera de terminar con estas notas evocativas es repetir las amargas palabras con las que Zavala Muniz concluye su libro.

—¿Para qué murieron?

Material consultado

Adolfo Aguirre González. La revolución de 1935. (Ed. Librosur, 1985)

Arturo Ardao y Julio Castro. Setenta años de revolución. Vida de Basilio Muñoz. (Cuaderno de Marcha, 1971)

Raúl Jacob. El Uruguay de Terra (Ed. Banda Oriental, 1985)

Justino Zavala Muniz. La revolución de enero. (Ed. del autor, 1935)

Ricardo Paseyro Pasado y Presente. (Ed. del autor, Buenos Aires,1935.



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