Sábado 24 de julio de 2004 | Año 86 - Nº 29797
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RENZO PI HUGARTE: LAS RAÍCES DEL HOMBRE (II)
En Ecuador no trabajé como antropólogo, pero tuve una audición de tangos

Los sucesos de mayo del 68 en París dieron vuelta la ciudad durante tres meses y me causaron la pérdida de la beca. La pequeña autonomía que consiguieron, nosotros ya la teníamos desde principios del siglo XX

César di Candia

Las paredes de su pequeño living prueban la vida trashumante y de correcaminos que ha llevado a un profesor de antropología como Renzo Pi Hugarte a adquirir un brillo en las universidades de América muy superior al que disfruta en su propio país. Un tapiz de la Polinesia elaborado con corteza machacada, un collar de dientes de burro hecho por los indígenas tucunas del Perú, una máscara de Costa de Marfil y otra de Gabón, un símbolo vudú traído de Haití y un molinillo de rezo del Tibet adentro del cual, enrollada cuidadosamente hay escrita una oración. En la enorme biblioteca, los libros, los recuerdos, los fetiches y las fotos mantienen un diálogo cordial. Tenaz estudioso de las culturas precolombinas y las costumbres sociales de los grupos étnicos escondidos, Renzo Pi regresó hace treinta años al Uruguay para morir. Fumaba tres cajillas de cigarrillos por día y los médicos ecuatorianos que le examinaron el corazón, le auguraron un par de semanas de vida. Siguió desafiando a las probabilidades, encadenado al tabaco como a una maldición. Hoy ya no fuma, porque una arritmia le ha hecho ver que ya pasó el tiempo de las provocaciones. Sigue investigando, escribiendo y dando clases. Su vida ha sido tan aventurera, tan complicada —incluídos tres matrimonios— y tan rica que ha valido la pena transitar por ella.

—¿En cuántos países ha vivido?

—Dos años en Francia, cinco en Argentina, dos en Perú y nueve en Ecuador.

—Total, dieciocho. Casi la tercera parte de su vida en diferentes países.

—Si se le agregan mis docenas de viajes que han durado semanas o meses, la suma sería mucho mayor.

—No es lo normal. Lo están definiendo casi como un aventurero.

—Y creo que en el fondo soy un poco así. De cualquier modo, todas las veces fue por razones de trabajo o de estudio.

—Comencemos por Francia.

—A Francia fui a estudiar instigado por mi profesor y amigo Darcy Ribeiro. Hice la vida de estudiante pobre en París, pero me sirvió mucho. Aproveché enormemente la densidad cultural de un país como aquél. Era una beca muy chica y uno estaba obligado a hacer una vida cuasi monástica. Si las cosas hubieran sido distintas, capaz que me habría quedado allá para siempre.

—¿Qué factores se lo impidieron?

—Fundamentalmente, el famoso levantamiento estudiantil de mayo del 68. Yo quería vincularme a un programa del Museo del Hombre que filmaba películas etnográficas en todas partes del mundo financiado por Air France. Los quería convencer que me llevaran porque hablaba castellano, portugués y quechua aunque para decirle la verdad, de quechua conocía apenas palabras sueltas: sabía piropear, insultar, regatear en los mercados que es muy importante, pero no pasaba de eso.

—¿Y cómo vivió aquella revuelta estudiantil que conmovió al mundo?

—Se ha idealizado mucho todo lo de mayo del 68, las maravillas de la revolución y lo diferente de sus eslóganes: "seamos prácticos, pidamos lo imposible", por ejemplo o "está prohibido prohibir". Los sudamericanos que estábamos allí mirábamos aquello con sorpresa y poca convicción. Nos llamaba mucho la atención que en la Sorbona no había una politización entre los estudiantes como ocurría en nuestros paises. Los que veníamos del Uruguay habíamos participado en aquellas duras luchas por la autonomía universitaria que habían empezado en el año 51.

—Y usted me dice que los estudiantes no se guiaban por ideologías.

—Para nada y eso fue lo asombroso. Los únicos que hacían un poco de propaganda eran los trotzquistas, que además, como buena secta estaban divididos en múltiples fracciones. Si hoy había seis, la semana siguiente había dos grupos de tres y así. Se separaban como las células cuando se reproducen. No había comunistas ni anarquistas aunque estos aparecieron después, blandiendo unas banderas negras que no se veían desde 1918. Negras enteras, porque las negras y rojas pertenecen al anarcosindicalismo.

—¿Cuáles eran los problemas de Universidad?

—La Universidad era y sigue siendo de estructura napoleónica. El catedrático es el patrón e incluso se le llama así. Los ayudantes no pueden sostener otras orientaciones que las del patrón. Eso desquicia mucho la vida estudiantil. En realidad, las cosas comenzaron por un hecho muy menor, que nosotros ni lo percibíamos. Había varios locales de alojamiento de estudiantes y en uno de ellos prohibieron recibir visitas del otro sexo después de las ocho de la noche. Discutir el sistema de los albergues era discutir el sistema de toda la Universidad y por consiguiente todo el sistema educativo.

—¿El problema fue solamente estudiantil?

—No. Estaban los obreros y los egresados. Los primeros se plegaron por sus reivindicaciones salariales y ahí sí los comunistas eran fuertes. La verdad es que al principio éstos no apoyaron la revuelta estudiantil y la observaban con sorna y desconfianza. Se plegaron recién al final. Y los egresados se quejaban por su falta de fuentes de trabajo.

—¿Cuáles fueron los hechos concretos de la revolución de mayo del 68?

—Se ocuparon los lugares de estudio, la Sorbona, el College de France y otros, los profesores se fueron y empezaron a darse otros cursos que eran libres para todo público y tenían temas variados. Por ejemplo se dieron clases sobre educación sexual a las que acudían las empleadas domésticas españolas, que constituían el noventa por ciento de París y a las que en la opresiva España de Franco no se les enseñaba nada. Otro curso era de Historia de Jazz que hasta orquesta tenía. Había también permanentes asambleas sobre temas actuales, con discusiones posteriores. En toda la ciudad había un fermento intelectual increíble. Todo esto duró unos tres meses. La ciudad estuvo detenida casi completamente, sin transporte, sin combustibles, casi sin agua y con una violencia permanente en las calles. En el Barrio Latino las peleas con la policía eran diarias y los vecinos se solidarizaban, vaciando desde las ventanas bacinicas con orines sobre los agentes. Y eso era lo más chico. Arrojaban todo lo que les sobraba, siempre que fuera pesado. Yo vi tirar una mesa de luz. Además, debajo del asfalto de las calles de París, existe una capa de adoquines los que eran sacados y utilizados como proyectiles o para hacer barricadas.

—¿Qué conquistas se obtuvieron?

—Los estudiantes lograron que en Vincennes se creara una especie de hijuela de la Sorbona al estilo sudamericano, con control de órdenes de profesores y estudiantes. Cuando nosotros les decíamos que eso existía en América desde principios del siglo XX no nos creían. ¿Cómo los sudacas atrasados habían llegado a eso?

—¿Qué se hizo de Daniel Cohn-Bendit al que llamaban "El Rojo", considerado al caudillo de aquella revuelta?

—Se aburguesó. El apellido Cohn-Bendit es de origen judío converso. No tengo idea de dónde se encuentra ahora. El era alemán. Sé que ha escrito cosas en las que ha cambiado su óptica revolucionaria.

—¿De qué manera influyeron sobre usted aquellos sucesos?

—Para mí fueron catastróficos porque me cambiaron todos los planes que tenía. No nos pagaban la beca, tuve que vivir a salto de mata y me obligaron a volver. Todas las ilusiones de trabajar en el campo de la antropología se me frustraron. Cuando aquella revuelta estaba a punto de irme a Dakar, porque me interesaba el africanismo. Como usted dice, mi alma es aventurera. Así que volví al Uruguay y a mi trabajo de profesor. Estaba en Secundaria y en el Instituto de Ciencias Sociales, pero ganaba muy poco. Las cosas no me fueron bien. Incluso me separé de mi primer mujer. De modo que me fui a Buenos Aires a trabajar al Instituto para la Integración de América Latina cuya sigla era INTAL.

—¿Quién financiaba todo eso?

—A terceras partes. Argentina por ser el país sede, los países integrantes de INTAL y el BID. Por supuesto que el único que pagaba era este último. Viajaba semanalmente, porque daba clases en el Nocturno, y así estuve un tiempo. Cuando acá las cosas se pusieron muy desagradables, no vine más. Estaba harto de que me pararan, me revisaran y me trataran mal.

—En la Argentina las cosas no serían mejores.

—Más o menos. En ese momento gobernaba Cámpora.

—Que era un desorbitado con otro signo político.

—También es cierto que en las calles se percibía una violencia latente. Yo estuve en el tiroteo de Ezeiza cuando vino Perón y sentí zumbar las balas alrededor de mi cabeza. Había ido sólo para curiosear, para ser testigo de un acontecimiento social único, que iba a juntar la mayor cantidad de gente en toda la historia argentina. Habíamos concurrido varios sociólogos y antropólogos del INTAL y en la corrida perdimos hasta la bandera argentina con un retrato de Perón que había llevado un amigo. Con los meses las cosas empeoraron y paralelamente, en Uruguay, ya me habían echado de Secundaria. Al final renuncié de la INTAL para ir a Perú en un proyecto de la OIT, que se llamó Centro de Estudios de Participación Popular y era dirigido por Darcy Ribeiro.

—Me dijo que su plan inicial era estar allí dos meses.

—Es verdad. Al Perú fui por un período corto que se transformó en dos años. En ese momento gobernaba el general Morales Bermúdez, quien luego de sustituir a Velazco Alvarado, le había hecho pegar al gobierno un brusco viraje a la derecha. Cuando intenté renovar mi pasaporte, y luego de un largo tramiterío burocrático con la Cancillería uruguaya, llegó al consulado un telegrama del comisario Castiglioni, advirtiendo que yo era un sedicioso de extrema peligrosidad o algo así, de modo que no me lo renovaron y quedé indocumentado. El riesgo que corría era el de que simplemente me deportaran. Y acá, mi único delito era haber hecho vida gremial en el tiempo en que me desempeñaba como profesor, lo cual era suficiente como para marchar para adentro.

—Siempre se dijo que en los inicios de la dictadura uruguaya, existía un grupo de militares de orientación peruanista que seguía atentamente la línea de Velasco Alvarado.

— Velasco Alvarado era un hombre de avanzada y en Perú para llegar a eso alcanzaba con ser nacionalista. No hay que olvidar que se vivía en plena política global imperialista dirigida desde Estados Unidos. Subió en una situación muy especial porque había un terrible escándalo de corrupción, en el otorgamiento de concesiones en dos yacimientos petrolíferos. El Presidente Belaúnde cayó en medio del descrédito y asumió una Junta Militar. Velasco Alvarado, que la presidía, era un populista con gran sensibilidad social. Había venido de muy abajo, era un piurano pobre que empezó siendo soldado y terminó como general. Acá en el Uruguay desde el siglo XIX no hay ejemplos de alguien que empezando en la tropa haya llegado a tales jerarquías. De modo que un general no fascista, progresista, influido por el nasserismo, era bien mirado en nuestro país por algunos grupos militares. Se decía que el coronel Trabal, a quien mataron misteriosamente en París, tenía ideas peruanistas. Pero la verdad es que yo no sé en qué medida hubo militares uruguayos que se inspiraron en Velasco Alvarado. Siempre tuve mis dudas. Creo que el peruanismo de los militares nuestros fue un invento de los periodistas.

—El aquí denominado "movimiento peruanista" duró lo que la permanencia de Velasco Alvarado en el poder, que fue muy corta. En 1975, éste fue derrocado.

—Perú siempre fue un país dificilísimo de gobernar. Le voy a contar algo que no me contaron sino que lo vi. En 1974, los cepos y los grilletes se utilizaban normalmente como elementos de castigo en las haciendas contra los peones que habían cometido faltas. Y eso ocurría a pocos quilómetros de Lima. No hay que olvidar que el campesinado peruano es la mitad de la población, no habla español y tiene una cultura colonial muy diferente a la de las zonas urbanas.

—¿Qué ocurrió cuando se acabaron sus contratos en Perú?

—Yo quería volver a Buenos Aires, pero era imposible. Ya habían asesinado a Zelmar y al Toba Gutiérrez y había una dictadura feroz. Tuve posibilidades de ir a Suecia pero no era fácil. Siempre me sentí muy identificado con este continente. Procuré quedarme en el Perú y acepté un trabajo de estudio de la cultura artesanal de Huancavelica, que estaba en medio de las montañas y era como regresar a la América del siglo XVIII, pero demoraron tanto en adjudicármelo que cuando esto ocurrió ya estaba en Ecuador. En esos años, trabajaba en unos proyectos de la OIT, dependiente de las Naciones Unidas, pero ocurrió que la OIT reconoció a la delegación palestina y, como protesta, Estados Unidos se retiró. Y como normalmente los países, incluido el nuestro, no pagan sus cuotas internacionales, al irse Estados Unidos, que era de los pocos que pagaban, quedamos sin escalera y agarrados del pincel. Fui a Panamá buscando trabajo, estuve en Colombia y al final recalé en Ecuador.

—¿Qué hizo en Ecuador?

—De todo. Primero, como le dije, estuve en Colombia haciendo un estudio sobre campesinos migrantes que se iban para Ecuador y eso me llevó nuevamente al Amazonas. Pero en Ecuador fui conductor de vehículos de una organización internacional, es decir pasé de funcionario de la OIT a chofer. La necesidad tiene cara de hereje. Además fui corresponsal de la agencia IPS y buena parte del tiempo pasé desocupado.

—Perdóneme la pregunta: ¿cómo hacía para vivir?

—Mi segunda esposa trabajaba muy bien. Ella aportaba y yo era amo de casa. Al final me enderecé un poco haciendo una audición de tango en una radio.

—La necesidad más que hereje, parece ser irresponsable.

—No, no crea... (se ríe) Conozco bastante del tema. Entre los uruguayos que estábamos allá había uno que descendía de los rusos de San Javier y como tenía excelente voz, estaba vinculado a una radio. Un día me propuso hacer una audición de tango, pero él sí que no tenía la menor idea del asunto. Hicimos una prueba y él grabó la frase inicial: "Con ustedes, Pedro Macosky y Renzo Pi Hugarte". Y ahí me di cuenta que con esos nombres no podíamos pasar por tangueros. Así que le propuse que él dijera que se llamaba Pedro Macó y yo me puse Prudencio Navarro, como en el tango de Troilo que canta Fiorentino. ¿Se acuerda? (Canta) "Yo soy Prudencio Navarro / el cuarteador de Barracas / tengo un pingo que en el barro / cualquier carro / tira y saca".

—¿Sabe que tiene buena voz tanguera?

—Todavía me quedan algunos restos (se ríe). Dialogando sobre el tema y pasando discos estuvimos en varias radios. Luego él se fue con una beca y yo quedé solo como tres años.

—¿Por qué se vino de Ecuador?

—Porque al igual que muchos que estábamos allá, creíamos equivocadamente que llegada la restauración democrática teníamos que ser imprescindibles.

—Pero no lo eran. Peor todavía: la mayor parte de los profesores que habían entrado a dedo durante la dictadura, permanecieron en sus puestos. En la Facultad de Medicina quedaron médicos asesores de la tortura.

—Es cierto, pero en Humanidades felizmente no fue del todo así. De cualquier modo, aquella experiencia fue muy frustrante. Nos dimos cuenta que no nos precisaban y por eso de cada tres que regresamos, se volvieron dos. A mí no me fue tan mal. Entré a la Facultad de Humanidades con veinte horas y por más que ganaba menos que lo que pagaba de alquiler, por lo menos tenía algo. Otros no consiguieron nada.

—¿Se arrepintió de haber regresado?

—No, de ninguna manera.

—¿Cómo ve su futuro?

—Muy breve, porque ya tengo una punta de años. Si las cosas no cambian será parecido a mi presente. Seguiré en la docencia y en la investigación. Mi futuro es trabajo.

—No un cuarto matrimonio.

—¡No! (Se ríe a carcajadas) ¡Ya me corté la coleta!



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