Seguramente él no hubiera querido que su nombre
adquiriera notoriedad de ese modo. Pero esa mañana
descubrió que hay hechos que escapan a todo control
y caminos que no es posible dejar de transitar. Apenas
clareaba el 27 de junio de 1973, cuando el capitán de
Navío Oscar Lebel, fue despertado por una musiquita
militar a la que siguió un comunicado, que la radio
repetía hasta el hartazgo: "Las Fuerzas Armadas al
pueblo oriental. Los mandos militares en acuerdo con
el presidente Juan María Bordaberry han decidido la
clausura del Parlamento y el establecimiento de un
gobierno conjunto para defender las libertades del
pueblo oriental del ataque artero del comunismo
internacional. Quedan prohibidas todas las
manifestaciones como así las críticas ya sean de
orden personal, gremial o por medio de la prensa".
Oscar Lebel nunca pudo recordar en qué momento
tomó la resolución que estaba llevando a cabo y que
seguramente le iba a acarrear problemas
impredecibles. Tomó una cartulina blanca de metro y
medio, escribió sobre ella, para que todos pudieran
verla: "Soy el capitán Oscar Lebel. Abajo la dictadura" y
la colocó en el balcón de su casa, en 26 de marzo y La
Gaceta. Luego se puso el uniforme, colgó a la derecha
y a la izquierda del letrero una bandera uruguaya y otra
de Artigas, cargó su Colt 45 de reglamento, le introdujo
un cargador completo y con el arma en la mano
derecha, quedó esperando. Sabía que su decisión no
tendría retorno posible, pero el haber puesto a salvo su
honor, le daba una enorme paz.
Al rato, empezaron a congregarse los vecinos recién
enterados de aquel atropello que había sido
consumado pocas horas antes, al entrar
personalmente los generales Esteban Cristi y Gregorio
Alvarez al mando de una tropa para ocupar el Palacio
Legislativo. El tumulto se hizo grande y la gente
comenzó a cantar el Himno. Fue en ese momento que
llegó un patrullero y al ver que las cosas eran
incontrolables, llamó a sus superiores. A los pocos
minutos llegaban tres camiones del ejército repletos
de soldados armados con fusiles y metralletas que
despejaron la calle y se hicieron fuertes detrás de los
muros de los jardines de enfrente, conminándolo a
entregarse. El Capitán Oscar Lebel apoyó el cañón de
su pistola en la sien y gritó desde el balcón:
—Si un solo soldado entra a mi casa, me mato.
—¿Y lo iba a hacer, nomás?
—No tenga la menor duda. Ya nada ni nadie me
importaban.
—¿Qué ocurrió luego?
—Ningún hombre se movió. Vi que el joven teniente
que estaba a cargo del operativo trataba de
comunicarse con sus superiores. Aquel hombre
canoso que era yo, con su uniforme lleno de galones
dorados, lo impresionaba.
—Y vinieron de inmediato.
—No. Ignoro por qué razón recién cinco horas después
llegó el Comandante en Jefe de la Armada González
Ibargoyen a quien yo conocía muy bien. Habíamos sido
compañeros de año y podía considerarlo mi amigo.
—¿Qué le dijo?
—Que le entregara mi arma. Le contesté que no.
Entonces, me ofreció llevarme personalmente en su
auto a un lugar de reclusión, para que no pasara por
humillaciones. Nunca imaginó mi respuesta.
—¿Cuál fue?
—Que aquel era un día infame y que si salía de casa lo
iba a hacer de una manera también infame. Creo que
él pensaba que yo estaba un poco trastornado y que
no había que contradecirme demasiado. Así que me
dijo que iba a enviar un vehículo militar con fusileros
para detenerme. Cercana ya la noche, me vinieron a
buscar y me llevaron en carácter de prisionero de
guerra a un camarote del destructor escolta Artigas. Y
aquí ocurrió un hecho entre patético y grotesco.
—Cuéntelo, por favor.
—Increíblemente, la puerta de mi "celda" la habían
dejado sin llave deliberadamente o se habían olvidado
de cerrarla. De pronto mis colegas pensaban que yo
era un loco manso de los que no hacía daño a nadie.
Escuché voces y comprobé que eran unos camareros
que se dirigían al salón de oficiales porque esa noche
iba a tener lugar una fiesta para despedir a un joven
oficial de su vida de soltero.
—¿La noche inmediata al golpe de Estado? ¿No
tendrían temas más importantes de qué ocuparse?
—Aunque usted no lo crea fue así. Pensé que ni a
Kafka se le hubiera ocurrido una situación tan
surrealista. Pero la verdad es que a medida que
pasaba el tiempo me di cuenta que toda la oficialidad
mayor se había desentendido del quiebre institucional
para participar en una festichola. A las nueve y media
abrí la puerta del salón y ante el asombro general hice
irrupción. Había salido caminando libremente de mi
encierro y al llegar allí comencé a saludar a diestra y
siniestra como si no hubiera pasado nada, porque en
realidad, los conocía a todos. También al comandante
del buque que sentado en la cabecera presidía los
festejos y me miraba de boca muy abierta. Tomé un
vaso de whisky y le dije al joven que se casaba que iba
a hacer un brindis. Todos me miraron pensando que
en mi desequilibrio iba a decir algún disparate.
Entonces con voz pausada, dije:
—Brindo por Artigas, de quien este barco lleva su
glorioso nombre. Brindo por la Constitución de nuestra
República, conculcada por la canalla. Brindo por
tiempos que serán de democracia y libertad. ¡Viva el
Uruguay! ¡Viva la Armada!
Y a continuación estrellé el vaso contra un mamparo.
Se imagina la escena. Ante la estupefacción general,
me fui de vuelta a mi camarote. Al poco rato llegó un
oficial, quien me dijo que yo había empeorado mi
situación y me pidió que lo siguiera. Bajamos al
muelle donde me esperaban cuatro oficiales fusileros
comandados por el Almirante Hugo León Márquez a
quien conocía desde los quince años. Uno de los
jóvenes tenientes de Navío que había sido alumno
mío, me dijo con voz medio quebrada:
—Comandante, debo informarle que tengo orden de
esposarlo.
Me esposaron y me condujeron a un auto. Adelante, al
lado del conductor, iba Márquez. Atrás, flanqueado por
dos oficiales, yo. Fuimos a gran velocidad rumbo a la
Escuela Naval, pero nos encontramos con la sorpresa
de que todo Carrasco estaba de apagón. Fuimos
recibidos por una comisión del instituto compuesta por
cinco marineros y un sexto que llevaba un farol. Aquello
parecía un safari en medio de la oscuridad. Llegamos
a una habitación y el Director me dijo que ese sería mi
alojamiento. Tenía una mesa, una cama y un armario.
Le dije a Márquez:
—Te aviso que estoy tomando diuréticos y me
encuentro al borde de la incontinencia. Como aquí no
hay baño, voy a orinar en el piso toda la noche. Los
jefes dialogaron y me llevaron al propio dormitorio del
Director, que tenía un baño adosado. Este me advirtió
que pondría a dos fusileros en la puerta y que me
esposaría a la cama. Y yo le contesté que a menos
que me pusiera una cadena de veinte metros para
trasladarme al baño, me orinaría en la cama. Al final
me quitaron las esposas y el Almirante Márquez se
retiró furioso, dando un portazo.
—¿Márquez tenía en aquel momento la mala fama que
tuvo después?
—La "carrera" económica de Márquez la conocía todo
el mundo en la Armada. Cuando sufrió un quebranto
económico, pidió seis meses de licencia y se embarcó
en un buque mercante de bandera panameña de
nombre Pedro Campbell, con el cual se dedicó a hacer
contrabando al por mayor entre puertos del Atlántico y
del Caribe. Todo el operativo debía culminar en
nuestro país con un matute de gran envergadura. Al
terminar su licencia, su barco se aproximó a
Montevideo y varias lanchas desembarcaron el
contrabando en dos oportunidades. A la tercera las
autoridades lo descubrieron y el Pedro Campbell huyó
hacie el este. Cerca del Polonio lo localizó un avión de
la Armada y fue despachado para detenerlo el
destructor Uruguay al mando del entonces capitán
Zorrilla. Cuando este barco llegó, se encontró al
carguero escorado y con fuego a bordo. Márquez había
ordenado inundar e incendiar al barco para borrar las
huellas del delito. Desembarcó con sus marineros en
botes salvavidas y fue recogido por un mercante
argentino. Todos los integrantes del crucero Uruguay
que subieron a bordo del Campbell para efectuar un
remolque que luego resultó imposible, comprobaron la
existencia de mercaderías sin documentación.
Posteriormente, Márquez convertido ya en un hombre
rico, se pasó a los golpistas y fue recompensado con
el cargo de Contralmirante. Nunca tuvo ningún
problema de conciencia.
Pese a las dudas de sus colegas, el capitán Oscar
Lebel no padecía ningún problema psíquico. Si algo
pretendía en aquel momento, era que su ejemplo
sirviera de chispa capaz de iniciar una resistencia
dentro de las Fuerzas Armadas capaz de detener la
flagrante violación de la Constitución. La idea adolecía
de cierta inocencia y rápidamente fue interpretada
como la torpe resistencia de un trastornado. Nadie lo
escuchó cuando puso el cartel en el balcón y tampoco
le hicieron caso los compañeros de la Marina que
estaban festejando una despedida de soltero.
Entonces decidió que lo único que cabía era resistir de
la manera que podía hacerlo: negándose a comer.
Recordó un relato que le había escuchado a su líder
Zelmar Michelini, acerca de un hecho sucedido en la
campaña en el cual un viejo gaucho llevaba en un
carro a su hijo grave mientras le decía: "¡No aflojes m’
hijo, que el que afloja pierde!" y la escribió con letras
grandes en un papel y la pegó en la pared. Desde ese
momento se negó a comer y a beber. Al tercer día fue
conducido al Hospital Militar para hacerle exámenes
psicofísicos. A los nueve, ya había perdido casi diez
quilos.
—¿Se sentía muy mal?
—Curiosamente no. Ni siquiera tenía hambre.
Solamente bebía agua. Bajaba velozmente de peso y
para combatir la soledad recitaba en voz alta el Martín
Fierro o entablaba discusiones políticas con un
fantasma. Cada vez que veía a alguna autoridad le
exigía "el parte", es decir el documento que establecía
las causales de mi arresto. Al final me lo trajeron en un
sobre blanco. Lo abrí y largué una carcajada que
alentó la convicción de mis captores de que yo estaba
loco.
—¿Cuál era la causa de su risa?
—El texto, que firmado por el propio presidente
Bordaberry establecía que me habían prendido "Por
promover desorden en la vía pública portando un arma
de reglamento". ¿Se da cuenta? Son las mismas
palabras que se utilizan cuando llevan preso a un
milico que ha armado relajo en un quilombo.
—¿Cuándo abandonó la huelga de hambre?
—Cuando me dijeron que corría el riesgo de un
deterioro irreversible de las neuronas cerebrales.
Llevaba diez días bebiendo solamente agua. Me
sometieron a una dieta rigurosa y no sé en qué
momento me dejaron libre. Me sancionaron con medio
sueldo durante seis meses. Y en 1977, mediante un
decreto, me echaron de la Armada.
—¿Es cierto que en aquella oportunidad quisieron
fusilarlo?
—Tiempo después me enteré que algunos hombres
del Ejército quisieron matarme para sacarse un
problema de arriba, pero que la Armada no permitió
que una fuerza ajena al arma se interpusiera. Si no
hubiera sido así, yo sería hoy otro Elena Quinteros.
—¿Ese carácter rebelde que usted describe lo heredó
de algunos de sus padres?
—Mi padre fue soldado voluntario del ejército austríaco
en la Primera Guerra Mundial. Se había enrolado
mintiendo su edad — tenía apenas quince años —
para escapar del hambre y las persecusiones, porque
vivía en un gueto judío de su aldea. Estuvo en el frente
italiano donde fue internado por motivos nada
gloriosos: se pescó una sarna. Era soldado del
Cuerpo de Comunicaciones y una de sus tareas era
correr de una trinchera a otra con el carretel del cable a
su espalda, mientras las balas zumbaban a su
alrededor. Se salvó, pese a no creer en Dios. En 1917
lo trasladaron al frente ruso. En el mes de abril de
aquel año, Lenin que estaba en Alemania como
refugiado político hizo un acuerdo con el Estado Mayor
alemán comprometiéndose a firmar la paz por
separado si lo ayudaban a regresar a Rusia. Alemania,
hambreada y empobrecida, necesitaba urgentemente
sacar a sus ejércitos de Rusia para llevarlos al frente
francés y Lenin pretendía ponerse a la cabeza de la
revolución que había estallado en San Petersburgo.
Cumplido el acuerdo, los soldados alemanes y
austríacos quedaron aislados en la ciudad de Brest
Litovsk y al terminar la guerra cruzaron caminando toda
Europa. Hasta el final de su vida mi padre se divertía
contando cómo la Revolución Rusa había triunfado
gracias a la reaccionaria Alemania.
—¿Dónde conoció a su mamá?
—En Hamburgo. Ella se había ido temprano de su
casa porque su padre era un hombre violento que se
emborrachaba y le pegaba a su esposa porque no le
había dado un hijo varón. En 1924 se enteraron que en
un país de nombre extrañísimo llamado Uruguay había
un lugar donde había trabajo y todos hablaban en
alemán. Vinieron a este país en el vapor Vigo — yo
conservo todavía los pasajes — y llegaron a Colonia
Suiza, donde se casaron. Al año, nací yo. Mis padres
habían pasado tanta hambre y violencia, que les costó
mucho acostumbrarse a aquella vida fácil y tranquila
en la cual hasta podían comer carne todas las veces
que quisieran. Al año y medio, mi madre regresó
conmigo a Hamburgo. Nunca me explicaron las
razones y supongo que debe haber habido una reyerta
familiar. Me crié hablando alemán, con amiguitos
alemanes y una tía muy mala llamada Mariquita que
me decía contínuamente que mi madre era una bruja
porque profesaba la fe luterana y en consecuencia ella
y yo iríamos derecho al infierno.
—¿Cuándo regresó?
—A los seis años. Mi padre se había instalado con
comercio en Rivera. Por eso mis afectos tienen que ver
mucho con la frontera. Julio Sanguinetti escribió el
prólogo de un libro llamado Traigan la cabeza de
Gumersindo Saravia y este prólogo que es mejor que
el libro, describe aquel ambiente fronterizo
maravillosamente bien. Los varones adultos
admiraban a los Damboriarena en el Uruguay y a
Flores Da Cunha en el Brasil, ambos estancieros
poderosísimos. El mundo de Rivera era totalmente
distinto al de Montevideo del cual nos separaba un
ferrocarril que demoraba dieciséis horas en llegar. A
los catorce años me enviaron al Liceo Naval.
El hoy contralmirante Oscar Lebel se mantuvo treinta y
siete años en la Armada hasta que el gobierno
emergente del golpe de 1973, lo destituyó. En esos
años tuvo la fortuna de poder desarrollar su verdadera
vocación pero nunca alcanzó a olvidar algunos abusos
vividos en sus épocas de estudiante, muy parecidos a
los que años después describió Mario Vargas Llosa
en su novela La ciudad y los perros. Todavía quedan
sobrevivientes que pueden atestiguarlos. Ocurridos al
principio de los años 40, Lebel los ha evocado en su
libro Entre la tierra y el mar, una colección de relatos
autobiográficos enlazados como si se trataran de
recuerdos contados por un abuelo a sus nietos. En
uno de ellos, desprovisto de toda ficción, se evoca un
episodio vivido en aquel Uruguay que todos creíamos
tolerante pero en el cual vivían soterrados la violencia y
el sadismo. Los personajes involucrados han sido
mencionados con iniciales. Quienes deseen conocer
sus identidades, pueden recurrir al libro donde Lebel
no ha evitado denuncias ni denunciados.
—¿Cómo fue su vida de estudiante?
—Fantástica, como todas, aunque viví episodios que
procuro olvidar.
—Usted ya lo expuso en su libro.
—Es verdad. Al regreso de unas vacaciones fuimos
puestos bajo la dirección del brigadier M. un hombre
de unos veinticuatro años, de estatura media pero muy
fornido. A la primera reunión llegó con un par de
ayudantes a quienes presentó como Z. y O. y le dijo a
uno de ellos.
—¡Explíquele a estos panzones de mierda que aquí no
son nada, que no valen un cuerno ni tienen ningún
derecho! ¡Hágalos hombres!
Los dos grandotes obligaron a dar vuelta a uno de
nosotros de apellido B. y comenzaron a darle golpes
con un cinturón con hebilla dorada. B. empezó a gritar y
M. le puso dentro de la boca un gorro para que no se
escucharan sus aullidos. Yo estaba último en la fila,
pero pensé que era mejor que todo pasase rápido en
vez de estar escuchando los gritos de dolor, de los
demás. Me adelanté y me aplicaron diez latigazos, pero
no grité. Sometido a un equivocadísimo concepto que
deformaba los valores, creí que yo era más macho que
los demás.
—¿Esos episodios se repitieron?
—A lo largo del año nos aplicaron una serie
interminable de palizas cuyo motivo era "hacernos
hombres". Pude conocer a verdaderos sádicos
comparables a los guardianes de Auschwitz. Uno de
ellos de apellido Marinello fue luego dado de baja y
terminó como delincuente internacional. Otros eran
buenos tipos pero les faltaba carácter para enfrentarse
a esta cultura bárbara.
—¿Los superiores no reaccionaban?
—El sistema contaba con la complicidad de algunos.
Lo curioso es que estas práctica ocurrían en la
Escuela Naval, pero no en la Militar ni en la de
Aeronáutica.
—¿Lo hicieron volver más hombre?
—No; me acostumbraron a vivir con la maldad, la
mentira y la hipocresía. Todavía hubo cosas peores. El
más robusto de los novatos era un muchacho de
apellido P. muy bonachón. M. se había ensañado con
él y le hacía recoger puchos del piso con la lengua y le
refregaba salivazos por la cara. Un lunes, después de
la licencia del domingo, M. apareció con un rifle calibre
22 y comenzó a jugar con los novicios, en especial con
P.
—¡Corra porque le pego un tiro!
Pero P. no le hizo caso y terminó baleado en una
pierna. Como M. era un perfecto canalla, trató de
convencerme para que yo declarara que había sido un
accidente casual.
—¿Y usted qué hizo?
—Lamentablemente lo obedecí y estuve años
guardando esa vergüenza. Muchos años después,
siendo yo comandante de un destructor escolta, M. me
llamó para hacerme una observación. Entonces
exploté.
—¡Miserable! ¡Usted está en actividad porque yo me
asusté y fui cómplice de su cobardía!
M. no me contestó nada ni me sancionó.
—¿En las generaciones siguientes se siguieron
llevando a la práctica las famosas "novatadas"?
—No. Inclusive en tiempos tan anormales como la
dictadura, ningún marino vejó a nadie.
—¿Puede decirlo con certeza?
—No respondo de los que se complotaron con el
Ejército para dar el golpe de Estado. Pero sobre ellos
cayó el anatema de traidores que sigue vigente.