Sábado 10 de mayo de 2003 | Año 85 - Nº 29364
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Noufrof, el que embaucó a medio Montevideo
El vecino del Buceo que vendía lágrimas de Cristo embotelladas

En 1915, un timador peruano que se hacía llamar Profesor Noufrof edificó un templete en el Buceo. En él mediante una efigie de Cristo que lloraba mediante un mecanismo conectado a la red de agua, producía y vendía un líquido milagroso.

La primer noticia que llegó a Montevideo acerca de la existencia del profesor Noufrof, la tuvieron los suscriptores de la revista argentina PBT en su número correspondiente a octubre de 1909. En sus páginas se daban detalles de un hecho que estaba conmocionando a Buenos Aires: una mujer que a impulsos de un hipnotizador que se hacía llamar profesor Noufrof llevaba diecinueve días dormida dentro de una urna de vidrio. El citado profesor, responsable y en apariencia también administrador del espectáculo, aseguraba que así habría de permanecer durante cien días más para deleite de su público y asombro de la ciencia. El propio profesor en una página entera y seguramente contratada de la publicación, explicaba el fenómeno.

"El público desfila estos días curioso y admirado por mi casa en la calle Cerrito 1145 donde muestro mi sonámbula. Más de trescientas personas consultan diariamente y admiran esta maravilla. Es un espectáculo nunca visto y que tardará mucho tiempo en volver a verse y admirarse. ¡Ciento veinte días dormida! Ya lleva diecinueve, solo quedan ciento un días para poderla ver.

Visiten a la sonámbula y consúltenla los que quieran saber cosas del presente y del porvenir. Convénzanse los incrédulos del prodigioso poder magnético y sugestivo del profesor Noufrof que hace realizar a la sonámbula experimentos interesantísimos obligándola por un acto interno de su voluntad a contestar a cuanto se le pregunta, con claridad asombrosa.

Sumida en dulce sueño en la preciosa caja de cristal lleva diecinueve días la sonámbula en la calle Cerrito 1145, contestando con acierto a cuantas consultas se le hacen. Allí permanecerá ciento un días más, siendo un verdadero oráculo que sabe penetrar en el porvenir. No olvidarlo: Cerrito 1145. Todos los días y a todas las horas".

La exhibición de La Sonámbula del profesor Noufrof (también llamada La Milagrosa, Nuestra Señora del Bien y La Suprema ) tuvo tal concurrencia de curiosos y devotos que luego de estar cuarenta días en la calle Cerrito pasó a un local más grande en la Avenida Corrientes. Allí La Sonámbula en estado de supuesto hipnotismo y vestida con un traje vaporoso, contestaba todas las preguntas de los fieles. Finalmente, las autoridades intervinieron en el gigantesco embuste. El diario El Plata de la época, transcripto por el libro de Ildefonso Pereda Valdés Magos y Curanderos, editado por Arca en 1968, publicó un reportaje al propio Noufrof.

"El asunto corría como sobre rieles. Una multitud constantemente renovada llenaba día y noche la casa de La Sonámbula y el dinero entraba en forma que daba gusto. Sin embargo una tarde tuvo que ponerse la buena estrella de mi suerte. Era Jefe de Policía el extinto coronel Falcón. Como de costumbre el local estaba pleno de gente y yo saboreaba con verdadera fruición (...) la afluencia loca de billetes a la boletería. De pronto veo aparecer en la puerta del local al coronel Falcón. Su presencia no me turbó porque estoy acostumbrado a esta clase de trances y sin darle tiempo para nada me deslizo rápidamente entre la multitud y me dirijo al fondo. Llegado a él tomo una escalerita de mano que mi demonio protector había dejado previamente allí, la apoyo contra una pared que separaba una casa vecina, salto y un momento después me encuentro libre y sano en la calle Lavalle".

La necesidad del hombre de apoyarse en fuerzas ubicadas más allá de la naturaleza y la razón que son capaces de influir sobre su destino, siempre ha sido mayor cuando lo que está en cuestionamiento es su salud. Frecuentemente se recurre al valor curativo de las hierbas o al poder de las oraciones, o a las impostaciones que hacen los manosantas, o a la habilidad de los hechiceros al extraer del cuerpo de los pacientes cualquier objeto extraño diciéndole que también han extraído el espíritu del mal, o al ahuyentamiento de los espíritus perversos por medio de toques de tambor, o a la utilización de la magia simpática, que cura todos los males aplicando a las zonas enfermas partes similares de animales o plantas. En este último caso, si el enfermo está sordo, hay que poner en su oído pelos de ñandú porque este animal tiene un oído finísimo, los problemas hepáticos se resuelven con polvillo de hígado seco de determinado animal, las enfermedades del corazón con infusiones de hojas que tengan esta forma. Los excesos de credulidad o de ignorancia en lo que se refiere a la medicina popular —y hacemos abstención de ciertas plantas de efectivos efectos curativos— han hecho comunes, especialmente en zonas rurales alejadas de los centros poblados, tratamientos que provocan rechazo y aún repugnancia a las personas ajenas a estas costumbres. Algunos ejemplos y hay cientos. Para los flatos, debe cocinarse orégano, tomar orines en ayunas y comer ají tostado. Para el empacho, lo mejor es sangre de toro cocida con coles y aplicada en el vientre. A las personas tullidas, se les debe aplicar en la parte afectada un emplasto hecho con estiercol de paloma mezclado con infundio (grasa de la panza de la gallina) y miel de abeja. Para saber si un enfermo está desahuciado o no hay que tomar su orina y mezclarla con leche de mujer. Si le leche se cuaja encima de la orina, este morirá. Los tuberculosos sanarán si se toman excrementos de ratón, se les seca y pulveriza y se echa un dedal de este producto en media taza de jugo de llantén, la que se bebe en ayunas.

En 1915, la sociedad oriental todavía permanecía permeable a todas las medicinas más o menos mágicas que se le ofrecían. Basta con recorrer las publicaciones de la época en las cuales se ofrecían aparatos para hacer crecer los senos, píldoras que curaban la tisis, fajas eléctricas para devolver la virilidad o vinos que curaban toda clase de enfermedades. Y si aún no se habían popularizado los tratamientos curativos que brindaban las personas hipnotizadas, la llegada del profesor Noufrof, que acababa de llamar la atención de Buenos Aires, los puso inmediatamente de moda.

Noufrof llegó a Montevideo en un día no recordado de los años veinte. Su nombre verdadero, no el de embaucador, era Manuel Pedro Bermúdez Coffet y era oriundo de Lima. Traía consigo y repartía profusamente unos folletos escritos tal vez por él mismo o por otro charlatán de su misma calaña titulado: Un hombre misterioso. El profesor Noufrof, en el que se describían sus sorprendentes milagros, sus conexiones con el Más Allá y algunas curaciones absolutamente extraordinarias logradas a través de los espíritus. Un fragmento de aquellas alabanzas o (autoelogios fuera de todo recato) decían lo siguiente. "El profesor Noufrof es un hombre de agradabilísima presencia, todo finura, corrección y sabiduría. Cuando se habla largo rato con él, obsérvase que tiene conocimientos generales de todas las materias. En muchas ramas de la ciencia, su cultura es asombrosa. La franqueza de su mirada y el timbre varonil de su voz os conquistan bien pronto. Ha nacido en California, en San Francisco. Sin embargo se diría un latino purísimo, habla con toda propiedad nuestro idioma. Algunas canas prematuras dan a su noble cabeza un sello aristocrático. En el Instituto de Ciencias de Nueva York fue un estudiante sobresaliente..."

Obviamente nada de eso era cierto, sino parte de una estrategia publicitaria que desarrolló con gran eficacia en Montevideo. Instalado en una casa de la calle Durazno 1804, comenzó a hacer repartir por todos lados, unos volantes que los que decía resumir, debidamente certificados, todos sus triunfos curativos. Estos se sintetizaban así.

29 hombres les fueron fieles a sus mujeres.

78 hombres dejaron a sus queridas.

729 personas cobraron lo que les debían,

58 encontraron la felicidad de sus hijos.

241 se libraron de sus enemigos.

136 se libraron de males en sus casas.

36 mejoraron en sus negocios.

281 viven hoy mejor que en años pasados.

96 son felices en su matrimonio.

197 triunfaron en diferentes empresas.

16 fueron puestos en libertad

456 estaban enfermos y sanaron del todo.

76 ganaron sus pleitos en la Justicia.

172 vivirán más años.

85 familias hicieron las paces.

El profesor Noufrof efectuaba cualquier clase de curaciones del cuerpo o del espíritu, porque en todas era experto. Practicaba la magia simpática, el hipnotismo, recetaba yuyos, hacía pases magnéticos y sanaba con oraciones. Como él mismo había escrito en un folleto que entregaba a sus clientes. "¿Quiere usted que su marido deje a esa mujer?... Para eso es necesario ligarlo... Necesito para ello nombre y edad de los dos, un calzoncillo, retrato o pelo de él. Con esto sólo me basta para que odie a ella y la vuelva a querer a usted con debida fuerza y para toda la vida, mientras no la desligue usted".

Durante muchos meses trabajó el estafador Noufrof en su "consultorio" de la calle Durazno esquina Yaro. Todos los martes y viernes de dos a cinco recibía una numerosísima clientela que pagaba cifras elevadas para hacerse adivinar el porvenir, cambiar la suerte o retener a sus seres queridos. Allí invocaba a Allan Kardec y otros apóstoles del espiritismo para dotar a sus intervenciones de un contenido más científico. "Con ayuda de Dios te pido Kardec que me saques de esta incertidumbre. La señorita (aquí el nombre completo) que está conmigo pregunta si podrá ser feliz casándose con el hombre que la pretende (nombre completo). Antes que tú me hagas la gracia que te pido te prometo cumplir contigo para que tú puedas cumplir con los tuyos, ofreciéndote (aquí la ofrenda, generalmente en dinero). Amén". A esta invocación seguía una larga oración compartida por el profesor y quien le hacía la consulta.

El negocio montado por el profesor Noufrof tuvo tanto éxito que su promotor decidió ampliar el giro. Se mudó a la calle Rivera, muy cerca del Cementerio Inglés y construyó un pequeño templo en cuya parte central había un estatua de Cristo que derramaba constantemente unas lágrimas que caían sobre un cuenco. Noufrof tomaba el agua, a la que había hecho llegar a los ojos de la estatua por un preciso mecanismo técnico, la envasaba y vendía los frasquitos. La credulidad de la época quedaba de manifiesto en las colas que se agolpaban frente al lugar que el embaucador había logrado que fuera considerado "sagrado". El templete, al que Noufrof había bautizado con gran sentido del mercado Un Rincón de las Almas recibía ciegos, mudos, solteras que aspiraban a casarse, sordos sin remedio posible, enfermos que reclamaban salud, enamorados que buscaban ser correspondidos.

Julio César Puppo lo describió en una de aquellas memorables crónicas que bajo el seudónimo El Hachero, escribía para El País. "(Estaba) en la calle Rivera y Melitón González, a pocas cuadras del cementerio. Al frente, encima de unas palmas cruzadas el título: Un Rincón de las Almas y debajo un Cristo de cemento sentado en un peñasco, derramaba lágrimas milagrosas en un tazón, sobre las rodillas. Cubriendo la entrada, la estatua de Pancho Sierra, el santo gaucho con su larga barba blanca, con su levitón oscuro y con una mano extendida en un gesto protector. Bajo esa advocación, el profesor Noufroff ( El Hachero lo escribe con dos efes) realizaba las portentosas curas suyas y conversaba con los espíritus. (...) Los devotos de Pancho Sierra explicaban sus curaciones milagrosas por medio del agua magnetizada. Noufroff era más ordinario: la hacía fluir de los ojos de su Cristo abriendo la canilla. Cuando la policía allanó el Rincón de las Almas los diarios contaban cosas increíbles, algunas imaginadas quizás por el cronista. Tal como una señora que se había tragado una araña: el mago le metió un sapo en la boca y éste se comió aquella. Tambien decían que esa música misteriosa y sutil que se deslizaba en las invocaciones a los espíritus, provenía de un moreno soldado jubilado que tocaba la flauta entre las cortinas. Esto puede no ser verdad, pero lo indudable es que miles y miles de personas concurrían a los consultorios de Noufroff (tenía otro en la calle Durazno) a adquirir las lágrimas prodigiosas que harían volver al amante desdeñoso, curar al enfermo o caminar al tullido".

El llanto que Jesús, que el profesor Noufrof regulaba con una simple canilla, resultó muy rendidor. Envasado y vendido como fuente de curaciones, le reportó mucho dinero. El Profeta del Buceo, que conocía tan bien las debilidades humanas como el manejo comercial del negocio, cobraba importantes sumas por cada supuesta sesión de espiritismo, en las que al son de una música temblorosa y suave que a muchos les parecía que venía de una desconocida dimensión, conectaba a sus pacientes (o clientes) con seres queridos que se encontraban en el Más Allá. También vendía vales por una o más oraciones a cinco centésimos cada una que tanto servían para devolver la movilidad a un tullido como para recuperar amores que habían tomado otros rumbos como para sanar de males en los que había fracasado la ciencia médica. Como había ocurrido en Buenos Aires, el falso profesor disfrutó varios meses de su condición de santo que convocaba a los espíritus de los muertos y afirmaba que era un delegado de Dios en la Tierra. Luego intervino la Policía y terminó con su santidad en la cárcel.

Sin embargo el "mensajero celeste", valiéndose de influencias divinas según sus incondicionales seguidores, estuvo poco tiempo en la cárcel. Los argumentos de sus abogados fueron muy eficaces. Especular con la credulidad de la gente invocando supuestas fórmulas de curación, no configuraba delito. ¿Qué otra cosa hacían las droguerías y las farmacias con los específicos que eran vendidos como milagrosos sabiendo que eso era falso? ¿Qué diferencia tenía su actividad con la de los manosantas y los curanderos? En libertad pero ya herido de muerte su negocio, el peruano timador siguió trabajando con otra discreción. Según El Hachero, quien lo conoció, su fama se elevó porque ahora era víctima de la ignorancia y la incomprensión de sus semejantes. Una frase pronunciada cuando iba camino a la prisión y recogida por el periodista, resultó profética. "Cuando salga, lo haré rodeado de un prestigio mucho mayor que ahora".

El mismo Puppo recuerda que en un Congreso Médico Nacional realizado en 1916, el joven profesional Pedro Escuder Núñez, enemigo declarado del embaucador Noufrof, trató sin embargo de explicar el planteamiento de su negocio curativo, apelando incluso a arraigadas creencias religiosas. "La historia del charlatanismo es tan vieja como los hombres" —aseguró en una crónica publicada en El País que el doctor había dicho— "¿Qué otra cosa que un charlatán fue Moisés trayendo desde la cumbre coronada de sol las doce tablas de la ley mosaica dictadas a su oído por Dios en persona? ¿Y Mahoma recibiendo la revelación de Alá en la caverna del Monte Hara? ¿Y César haciendo remontar su origen a la misma Venus proclamando así su genealogía divina? ¿Y Julio II, un Papa mercando a diez, veinte, cien francos cantidades variables de la indulgencia celestial de la cual disponía según las necesidades económicas de su escandaloso pontificado? (...) El hombre misterioso (Noufrof) les pide el precio de la salud entregándoles cualquier objeto ‘virtuoso’ (...) Nada es tan dulce como dejarse engañar. Vemos como nuestro razonamiento y nuestra piedad nos llevarían a reconocer cómo estos charlatanes llenan un vacío, desempeñan una verdadera función moral y que constituyen un gremio casi tan necesario como el de los panaderos: ellos satisfacen también un hambre espiritual dando el pan de la ilusión y de la espera a un sinnúmero de hambrientos que la vida no trata bien en el reparto de la dicha. Charcot, el maestro de todos nosotros, enviaba a muchos de sus enfermos a la Virgen de Lourdes; creo que éste es uno de los rasgos más inteligentes del gran médico ya que aparece en él el filósofo sin el cual el médico no es sino un práctico vulgar. Hipócrates dijo: "el médico filósofo es igual a los dioses".

Las lágrimas de Cristo y la forma de comunicarse con el espíritu de los muertos para beneficiar a sus pacientes le dio a Noufrof mucho dinero. No sé si alguna vez se habrá enterado de la tesis del doctor Escuder Núñez. Pero seguramente nunca llegó a imaginar que noventa años después, otros profesores Noufrof con diferente terminología y el apoyo masivo de los medios de difusión, reproducirían su negocio en cada amuleto brasileño portador de la felicidad, en cada piedra milagrosa, en cada carta astral falsamente realizada, en cada pulsera "con poderes curativos", en cada lectura de manos, o de hojas de te o de buzios o de naipes, en cada superstición, en cada pregunta respondida con soluciones tramposas.

Si como suele decirse, los hombres sometidos a estas circunstancias no pretenden curaciones sino esperanzas, una dulce mentira puede ser la mejor de las respuestas. Para el Montevideo de la generación de 1915, el embaucador Noufrof ya lo sabía.



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