La primer noticia que llegó a Montevideo acerca de la
existencia del profesor Noufrof, la tuvieron los
suscriptores de la revista argentina PBT en su número
correspondiente a octubre de 1909. En sus páginas
se daban detalles de un hecho que estaba
conmocionando a Buenos Aires: una mujer que a
impulsos de un hipnotizador que se hacía llamar
profesor Noufrof llevaba diecinueve días dormida
dentro de una urna de vidrio. El citado profesor,
responsable y en apariencia también administrador
del espectáculo, aseguraba que así habría de
permanecer durante cien días más para deleite de su
público y asombro de la ciencia. El propio profesor en
una página entera y seguramente contratada de la
publicación, explicaba el fenómeno.
"El público desfila estos días curioso y admirado por
mi casa en la calle Cerrito 1145 donde muestro mi
sonámbula. Más de trescientas personas consultan
diariamente y admiran esta maravilla. Es un
espectáculo nunca visto y que tardará mucho tiempo
en volver a verse y admirarse. ¡Ciento veinte días
dormida! Ya lleva diecinueve, solo quedan ciento un
días para poderla ver.
Visiten a la sonámbula y consúltenla los que quieran
saber cosas del presente y del porvenir. Convénzanse
los incrédulos del prodigioso poder magnético y
sugestivo del profesor Noufrof que hace realizar a la
sonámbula experimentos interesantísimos
obligándola por un acto interno de su voluntad a
contestar a cuanto se le pregunta, con claridad
asombrosa.
Sumida en dulce sueño en la preciosa caja de cristal
lleva diecinueve días la sonámbula en la calle Cerrito
1145, contestando con acierto a cuantas consultas se
le hacen. Allí permanecerá ciento un días más, siendo
un verdadero oráculo que sabe penetrar en el porvenir.
No olvidarlo: Cerrito 1145. Todos los días y a todas las
horas".
La exhibición de La Sonámbula del profesor Noufrof
(también llamada La Milagrosa, Nuestra Señora del
Bien y La Suprema ) tuvo tal concurrencia de curiosos
y devotos que luego de estar cuarenta días en la calle
Cerrito pasó a un local más grande en la Avenida
Corrientes. Allí La Sonámbula en estado de supuesto
hipnotismo y vestida con un traje vaporoso, contestaba
todas las preguntas de los fieles. Finalmente, las
autoridades intervinieron en el gigantesco embuste. El
diario El Plata de la época, transcripto por el libro de
Ildefonso Pereda Valdés Magos y Curanderos, editado
por Arca en 1968, publicó un reportaje al propio
Noufrof.
"El asunto corría como sobre rieles. Una multitud
constantemente renovada llenaba día y noche la casa
de La Sonámbula y el dinero entraba en forma que
daba gusto. Sin embargo una tarde tuvo que ponerse
la buena estrella de mi suerte. Era Jefe de Policía el
extinto coronel Falcón. Como de costumbre el local
estaba pleno de gente y yo saboreaba con verdadera
fruición (...) la afluencia loca de billetes a la boletería.
De pronto veo aparecer en la puerta del local al coronel
Falcón. Su presencia no me turbó porque estoy
acostumbrado a esta clase de trances y sin darle
tiempo para nada me deslizo rápidamente entre la
multitud y me dirijo al fondo. Llegado a él tomo una
escalerita de mano que mi demonio protector había
dejado previamente allí, la apoyo contra una pared que
separaba una casa vecina, salto y un momento
después me encuentro libre y sano en la calle Lavalle".
La necesidad del hombre de apoyarse en fuerzas
ubicadas más allá de la naturaleza y la razón que son
capaces de influir sobre su destino, siempre ha sido
mayor cuando lo que está en cuestionamiento es su
salud. Frecuentemente se recurre al valor curativo de
las hierbas o al poder de las oraciones, o a las
impostaciones que hacen los manosantas, o a la
habilidad de los hechiceros al extraer del cuerpo de los
pacientes cualquier objeto extraño diciéndole que
también han extraído el espíritu del mal, o al
ahuyentamiento de los espíritus perversos por medio
de toques de tambor, o a la utilización de la magia
simpática, que cura todos los males aplicando a las
zonas enfermas partes similares de animales o
plantas. En este último caso, si el enfermo está sordo,
hay que poner en su oído pelos de ñandú porque este
animal tiene un oído finísimo, los problemas hepáticos
se resuelven con polvillo de hígado seco de
determinado animal, las enfermedades del corazón
con infusiones de hojas que tengan esta forma. Los
excesos de credulidad o de ignorancia en lo que se
refiere a la medicina popular —y hacemos abstención
de ciertas plantas de efectivos efectos curativos— han
hecho comunes, especialmente en zonas rurales
alejadas de los centros poblados, tratamientos que
provocan rechazo y aún repugnancia a las personas
ajenas a estas costumbres. Algunos ejemplos y hay
cientos. Para los flatos, debe cocinarse orégano, tomar
orines en ayunas y comer ají tostado. Para el
empacho, lo mejor es sangre de toro cocida con coles
y aplicada en el vientre. A las personas tullidas, se les
debe aplicar en la parte afectada un emplasto hecho
con estiercol de paloma mezclado con infundio (grasa
de la panza de la gallina) y miel de abeja. Para saber si
un enfermo está desahuciado o no hay que tomar su
orina y mezclarla con leche de mujer. Si le leche se
cuaja encima de la orina, este morirá. Los
tuberculosos sanarán si se toman excrementos de
ratón, se les seca y pulveriza y se echa un dedal de
este producto en media taza de jugo de llantén, la que
se bebe en ayunas.
En 1915, la sociedad oriental todavía permanecía
permeable a todas las medicinas más o menos
mágicas que se le ofrecían. Basta con recorrer las
publicaciones de la época en las cuales se ofrecían
aparatos para hacer crecer los senos, píldoras que
curaban la tisis, fajas eléctricas para devolver la
virilidad o vinos que curaban toda clase de
enfermedades. Y si aún no se habían popularizado los
tratamientos curativos que brindaban las personas
hipnotizadas, la llegada del profesor Noufrof, que
acababa de llamar la atención de Buenos Aires, los
puso inmediatamente de moda.
Noufrof llegó a Montevideo en un día no recordado de
los años veinte. Su nombre verdadero, no el de
embaucador, era Manuel Pedro Bermúdez Coffet y era
oriundo de Lima. Traía consigo y repartía
profusamente unos folletos escritos tal vez por él
mismo o por otro charlatán de su misma calaña
titulado: Un hombre misterioso. El profesor Noufrof, en
el que se describían sus sorprendentes milagros, sus
conexiones con el Más Allá y algunas curaciones
absolutamente extraordinarias logradas a través de los
espíritus. Un fragmento de aquellas alabanzas o
(autoelogios fuera de todo recato) decían lo siguiente.
"El profesor Noufrof es un hombre de agradabilísima
presencia, todo finura, corrección y sabiduría. Cuando
se habla largo rato con él, obsérvase que tiene
conocimientos generales de todas las materias. En
muchas ramas de la ciencia, su cultura es asombrosa.
La franqueza de su mirada y el timbre varonil de su voz
os conquistan bien pronto. Ha nacido en California, en
San Francisco. Sin embargo se diría un latino
purísimo, habla con toda propiedad nuestro idioma.
Algunas canas prematuras dan a su noble cabeza un
sello aristocrático. En el Instituto de Ciencias de Nueva
York fue un estudiante sobresaliente..."
Obviamente nada de eso era cierto, sino parte de una
estrategia publicitaria que desarrolló con gran eficacia
en Montevideo. Instalado en una casa de la calle
Durazno 1804, comenzó a hacer repartir por todos
lados, unos volantes que los que decía resumir,
debidamente certificados, todos sus triunfos curativos.
Estos se sintetizaban así.
29 hombres les fueron fieles a sus mujeres.
78 hombres dejaron a sus queridas.
729 personas cobraron lo que les debían,
58 encontraron la felicidad de sus hijos.
241 se libraron de sus enemigos.
136 se libraron de males en sus casas.
36 mejoraron en sus negocios.
281 viven hoy mejor que en años pasados.
96 son felices en su matrimonio.
197 triunfaron en diferentes empresas.
16 fueron puestos en libertad
456 estaban enfermos y sanaron del todo.
76 ganaron sus pleitos en la Justicia.
172 vivirán más años.
85 familias hicieron las paces.
El profesor Noufrof efectuaba cualquier clase de
curaciones del cuerpo o del espíritu, porque en todas
era experto. Practicaba la magia simpática, el
hipnotismo, recetaba yuyos, hacía pases magnéticos y
sanaba con oraciones. Como él mismo había escrito
en un folleto que entregaba a sus clientes. "¿Quiere
usted que su marido deje a esa mujer?... Para eso es
necesario ligarlo... Necesito para ello nombre y edad
de los dos, un calzoncillo, retrato o pelo de él. Con esto
sólo me basta para que odie a ella y la vuelva a querer
a usted con debida fuerza y para toda la vida, mientras
no la desligue usted".
Durante muchos meses trabajó el estafador Noufrof en
su "consultorio" de la calle Durazno esquina Yaro.
Todos los martes y viernes de dos a cinco recibía una
numerosísima clientela que pagaba cifras elevadas
para hacerse adivinar el porvenir, cambiar la suerte o
retener a sus seres queridos. Allí invocaba a Allan
Kardec y otros apóstoles del espiritismo para dotar a
sus intervenciones de un contenido más científico.
"Con ayuda de Dios te pido Kardec que me saques de
esta incertidumbre. La señorita (aquí el nombre
completo) que está conmigo pregunta si podrá ser
feliz casándose con el hombre que la pretende
(nombre completo). Antes que tú me hagas la gracia
que te pido te prometo cumplir contigo para que tú
puedas cumplir con los tuyos, ofreciéndote (aquí la
ofrenda, generalmente en dinero). Amén". A esta
invocación seguía una larga oración compartida por el
profesor y quien le hacía la consulta.
El negocio montado por el profesor Noufrof tuvo tanto
éxito que su promotor decidió ampliar el giro. Se mudó
a la calle Rivera, muy cerca del Cementerio Inglés y
construyó un pequeño templo en cuya parte central
había un estatua de Cristo que derramaba
constantemente unas lágrimas que caían sobre un
cuenco. Noufrof tomaba el agua, a la que había hecho
llegar a los ojos de la estatua por un preciso
mecanismo técnico, la envasaba y vendía los
frasquitos. La credulidad de la época quedaba de
manifiesto en las colas que se agolpaban frente al
lugar que el embaucador había logrado que fuera
considerado "sagrado". El templete, al que Noufrof
había bautizado con gran sentido del mercado Un
Rincón de las Almas recibía ciegos, mudos, solteras
que aspiraban a casarse, sordos sin remedio posible,
enfermos que reclamaban salud, enamorados que
buscaban ser correspondidos.
Julio César Puppo lo describió en una de aquellas
memorables crónicas que bajo el seudónimo El
Hachero, escribía para El País. "(Estaba) en la calle
Rivera y Melitón González, a pocas cuadras del
cementerio. Al frente, encima de unas palmas
cruzadas el título: Un Rincón de las Almas y debajo un
Cristo de cemento sentado en un peñasco, derramaba
lágrimas milagrosas en un tazón, sobre las rodillas.
Cubriendo la entrada, la estatua de Pancho Sierra, el
santo gaucho con su larga barba blanca, con su levitón
oscuro y con una mano extendida en un gesto
protector. Bajo esa advocación, el profesor Noufroff ( El
Hachero lo escribe con dos efes) realizaba las
portentosas curas suyas y conversaba con los
espíritus. (...) Los devotos de Pancho Sierra explicaban
sus curaciones milagrosas por medio del agua
magnetizada. Noufroff era más ordinario: la hacía fluir
de los ojos de su Cristo abriendo la canilla. Cuando la
policía allanó el Rincón de las Almas los diarios
contaban cosas increíbles, algunas imaginadas
quizás por el cronista. Tal como una señora que se
había tragado una araña: el mago le metió un sapo en
la boca y éste se comió aquella. Tambien decían que
esa música misteriosa y sutil que se deslizaba en las
invocaciones a los espíritus, provenía de un moreno
soldado jubilado que tocaba la flauta entre las cortinas.
Esto puede no ser verdad, pero lo indudable es que
miles y miles de personas concurrían a los
consultorios de Noufroff (tenía otro en la calle Durazno)
a adquirir las lágrimas prodigiosas que harían volver al
amante desdeñoso, curar al enfermo o caminar al
tullido".
El llanto que Jesús, que el profesor Noufrof regulaba
con una simple canilla, resultó muy rendidor.
Envasado y vendido como fuente de curaciones, le
reportó mucho dinero. El Profeta del Buceo, que
conocía tan bien las debilidades humanas como el
manejo comercial del negocio, cobraba importantes
sumas por cada supuesta sesión de espiritismo, en
las que al son de una música temblorosa y suave que
a muchos les parecía que venía de una desconocida
dimensión, conectaba a sus pacientes (o clientes) con
seres queridos que se encontraban en el Más Allá.
También vendía vales por una o más oraciones a cinco
centésimos cada una que tanto servían para devolver
la movilidad a un tullido como para recuperar amores
que habían tomado otros rumbos como para sanar de
males en los que había fracasado la ciencia médica.
Como había ocurrido en Buenos Aires, el falso
profesor disfrutó varios meses de su condición de
santo que convocaba a los espíritus de los muertos y
afirmaba que era un delegado de Dios en la Tierra.
Luego intervino la Policía y terminó con su santidad en
la cárcel.
Sin embargo el "mensajero celeste", valiéndose de
influencias divinas según sus incondicionales
seguidores, estuvo poco tiempo en la cárcel. Los
argumentos de sus abogados fueron muy eficaces.
Especular con la credulidad de la gente invocando
supuestas fórmulas de curación, no configuraba delito.
¿Qué otra cosa hacían las droguerías y las farmacias
con los específicos que eran vendidos como
milagrosos sabiendo que eso era falso? ¿Qué
diferencia tenía su actividad con la de los manosantas
y los curanderos? En libertad pero ya herido de muerte
su negocio, el peruano timador siguió trabajando con
otra discreción. Según El Hachero, quien lo conoció,
su fama se elevó porque ahora era víctima de la
ignorancia y la incomprensión de sus semejantes.
Una frase pronunciada cuando iba camino a la prisión
y recogida por el periodista, resultó profética. "Cuando
salga, lo haré rodeado de un prestigio mucho mayor
que ahora".
El mismo Puppo recuerda que en un Congreso Médico
Nacional realizado en 1916, el joven profesional Pedro
Escuder Núñez, enemigo declarado del embaucador
Noufrof, trató sin embargo de explicar el planteamiento
de su negocio curativo, apelando incluso a arraigadas
creencias religiosas. "La historia del charlatanismo es
tan vieja como los hombres" —aseguró en una crónica
publicada en El País que el doctor había dicho— "¿Qué
otra cosa que un charlatán fue Moisés trayendo desde
la cumbre coronada de sol las doce tablas de la ley
mosaica dictadas a su oído por Dios en persona? ¿Y
Mahoma recibiendo la revelación de Alá en la caverna
del Monte Hara? ¿Y César haciendo remontar su
origen a la misma Venus proclamando así su
genealogía divina? ¿Y Julio II, un Papa mercando a
diez, veinte, cien francos cantidades variables de la
indulgencia celestial de la cual disponía según las
necesidades económicas de su escandaloso
pontificado? (...) El hombre misterioso (Noufrof) les
pide el precio de la salud entregándoles cualquier
objeto ‘virtuoso’ (...) Nada es tan dulce como dejarse
engañar. Vemos como nuestro razonamiento y nuestra
piedad nos llevarían a reconocer cómo estos
charlatanes llenan un vacío, desempeñan una
verdadera función moral y que constituyen un gremio
casi tan necesario como el de los panaderos: ellos
satisfacen también un hambre espiritual dando el pan
de la ilusión y de la espera a un sinnúmero de
hambrientos que la vida no trata bien en el reparto de
la dicha. Charcot, el maestro de todos nosotros,
enviaba a muchos de sus enfermos a la Virgen de
Lourdes; creo que éste es uno de los rasgos más
inteligentes del gran médico ya que aparece en él el
filósofo sin el cual el médico no es sino un práctico
vulgar. Hipócrates dijo: "el médico filósofo es igual a
los dioses".
Las lágrimas de Cristo y la forma de comunicarse con
el espíritu de los muertos para beneficiar a sus
pacientes le dio a Noufrof mucho dinero. No sé si
alguna vez se habrá enterado de la tesis del doctor
Escuder Núñez. Pero seguramente nunca llegó a
imaginar que noventa años después, otros profesores
Noufrof con diferente terminología y el apoyo masivo de
los medios de difusión, reproducirían su negocio en
cada amuleto brasileño portador de la felicidad, en
cada piedra milagrosa, en cada carta astral falsamente
realizada, en cada pulsera "con poderes curativos", en
cada lectura de manos, o de hojas de te o de buzios o
de naipes, en cada superstición, en cada pregunta
respondida con soluciones tramposas.
Si como suele decirse, los hombres sometidos a
estas circunstancias no pretenden curaciones sino
esperanzas, una dulce mentira puede ser la mejor de
las respuestas. Para el Montevideo de la generación
de 1915, el embaucador Noufrof ya lo sabía.