Pudo haber ocurrido en cualquier estadio deportivo
como tantos, en el año 1983. De pronto, el público,
joven en su inmensa mayoría, retiene el aliento. Ha
pasado cuatro horas de esa larga noche aplaudiendo,
gritando, apoyando con su voz, con su cuerpo y con los
golpes de sus zapatos cada cantor, cada conjunto.
Pero ahora ha callado porque intuye el aguardado final
y quiere disfrutar, a partir del recogimiento, cada
segundo de esta emoción contagiosa, de este
solidario misterio que parece hermanarlo sutilmente al
grupo que se encuentra sobre el escenario, y que
ahora ha comenzado a cantar muy suave, como
musitando una sutil oración:
"Volverá la alegría
a enredarse con tu voz
a medirse en tus manos
y a apoyarse en tu sudor..."
Entonces el silencio estalla y una larga ovación que
tiene algo de desahogo, de explosión animal, de
comunión absoluta envuelve a público e intérpretes
identificándose con esa despedida con ritmo de murga
que el conjunto Rumbo ha convertido en el canto
popular uruguayo:
"A redoblar, a redoblar,
a redoblar
muchachos esta noche
cada cual sobre su sombra
cada cual sobre su asombro
a redoblar..."
Y es el delirio. Cantan las jóvenes parejas con sus
niños dormidos sobre el hombro desde hace largo
rato. Bailan los adolescentes por los pasillos al
llamado irresistible del redoblante. Aprietan los puños
erizados quienes no tienen fuerzas para bailar o
cantar. Contienen una lágrima quienes evocan a los
familiares que el exilio ha tragado.
"Porque el corazón no quiere
entonar más retiradas
porque el corazón no quiere
entonar más retiradas.
A redoblar, a redoblar
a redoblar..."
A la una y media de la madrugada las calles
adyacentes al estadio se pueblan de ecos. Son chicos
de vaqueros y risa fácil, jovencitas de los barrios
aristocráticos, matrimonios que arrastran niños llenos
de sueño, hombres y mujeres de todas las edades, de
distintas extracciones sociales, de diferentes
identidades políticas. Todos tienen algo en común,
aunque no lo sepan: parecidas sensibilidades,
esperanzas que suenan iguales, la felicidad de haber
encontrado interlocutores en un país que se había
olvidado de dialogar, luego de varios años de
dictadura.
En otras calles, en otro otoño, en peores miserias,
hace ya ciento ochenta años un hombre barbudo,
desventurado y enfermo se enfrenta a la ciudad de
Buenos Aires. Ha llegado de su Montevideo natal
dejando atrás comodidades y cargos oficiales por una
razón que a él le parece suficiente y elemental; no
poder soportar la convivencia con el invasor portugués.
Nada ha traído consigo. Apenas sus treinta años, su
coraje y una fe sin límites que brilla en sus ojos,
hundidos por la tisis. Por eso la resolución de vender
por las esquinas de aquellas ciudad, versos de su
autoría con cuyo producido pretende sobrevivir. Son
cielitos con los que busca marcar a fuego al
implacable accionar de las potencias colonizadoras en
suelos de América.
"Cielito digo que no
cielito digo que sí.
Recibe mi don Fernando
recuerdos del Potosí.
Ya se acabaron los tiempos
en que seres racionales
adentro de aquella minas
morían como animales".
Los pocos que lo conocen en la gran capital del Plata
lo llaman por su nombre, Bartolomé y su apellido, que
mueve a burla porque su miserable figura nada tiene
de noble, es Hidalgo. Empujado por la necesidad
económica, escribe afiebradamente cielitos y diálogos
satíricos en verso en los que fustiga -porque esa es su
forma de luchar- el tiempo histórico en el que le tocó
vivir y al que intuye a punto de resquebrajarse.
"Cielo, los Reyes de España
¡la puta que eran traviesos!
nos cristianaban a gritos
y nos robaban los pesos".
Bartolomé Hidalgo, quien vivió apenas treinta y cuatro
años y murió bacilar en 1822, no llegó a enterarse
nunca que sus composiciones serían cantadas
durante los años siguientes en todos los fogones y las
ruedas políticas de su país inaugurando, según la
teoría de muchos, el "cantar con fundamento", en la
Banda Oriental. Las desviaciones a la ética de la
convivencia que acompañaron a su tiempo, que fue
también el de la gestación de la Patria, no escaparon a
su ojo crítico. Una poesía que tituló "La ley es tela de
araña", pone en tela de juicio a la ecuanimidad de la
justicia.
"Siempre había oído mentar
que ante la ley era yo
igual a todo mortal
pero hay su dificultad
en cuanto a su ejecución.
roba un gaucho una espuelas
o quitó algún mancarrón
lo prenden, me lo enchalecan
y de malo y salteador
lo tratan y hasta el presidio
lo mandan con calzador.
Vamos pues a un señorón
quiere la casualidad,
ya se ve, que sucedió,
una cosa que a cualquiera
le sucede, si señor.
Al principio mucha bulla
embargo, causa prisión,
van y vienen, van y vienen
secretos, admiración.
¿Qué declara? Que es mentira
que el es un hombre de honor
¿Y la "mosca"? No aparece
el Estado la perdió.
El preso sale a la calle
y se acabó la función.
¿Y esto se llama igualdad?
¡La perra que los tiró!"
Esta poesía de Bartolmé Hidalgo escrita en nuestro
país hace cerca de doscientos años, tiene una curiosa
vigencia. Si fuera reactualizada y trasladada a
nuestros días, solo le faltaría mencionar a las
comodidades de la Cárcel Central.
Nacido en 1791, apenas tres años después que
Hidalgo, Francisco Acuña de Figueroa, autor de la letra
del Himno Nacional (y de algunos versos procaces,
como su famosa Apología al Carajo, cuyo tema central
es la terminología popular dada al pene), también
puso énfasis a través de varias piezas de su vastísima
producción, en la falta de honestidad del periodismo
político y los turbios caminos por los que muchas
veces transita y se asienta el poder. En algunos
fragmentos de su poema "Juan Copete", que al igual
que el mencionado anteriormente, fue musicalizado
por Alfredo Zitarrosa, dice exactamente:
"Si un periodista enemigo
a otro periodista infama
y al mismo tiempo le llama
"sabio colega y amigo".
Si así le corta el ombligo
con suave y dulce falsete
Quién te mete, Juan Copete.
Si con astucias Fabricio
logra hacerse diputado
y de un cargo tan sagrado
hace burla y beneficio.
Si afloja con artificio
cuando hace falta que apriete
Quién te mete, Juan Copete.
Si olvidando la constancia
que le impone su deber
vende su voto al poder
por una suerte de estancia
Y si le dan importancia
en vez de darle el grillete
Quién te mete, Juan Copete.
Probablemente no resulta exagerado el emparentar
hechos actuales con otros lejanos en el tiempo y ya
fustigados por sus contemporáneos, con hechos que
ocurren en nuestros días. En ambos extremos es
posible comparar el valor de los textos versificados por
los poetas de la patria vieja, aún en su ingenua
agresividad, con los que casi más de ciento cincuenta
años después se escribieron en el mismo país para
combatir en su pequeña manera a la dictadura
comenzada en 1973.
Para ser esencialmente justos, habría que reconocer
que el auge del canto popular uruguayo- de protesta o
no- tendría que reconocer una nutriente que
curiosamente lleva hasta el mismo presidente
argentino Juan Perón. En la década del cincuenta
cruzó las fronteras de nuestro país una gigantesca ola
de folklore, consecuencia del decreto que imponía a
las radios argentinas la transmisión obligada de un
cincuenta por ciento de música nativa. Saludada con
apresuramiento como un reconfortante retorno a la
música de origen campesino —las bagualas, los
carnavalitos, las zambas y las chacareras no eran
músicas de nuestra tierra pero se aproximaban mucho
a a nuestra sensibilidad- aquella moda impuso,
además del auge de las vinerías (en una de ellas
cantó una desconocida señora llamada Mercedes
Sosa)— el súbito rescate de costumbres olvidadas: la
más saludable, el acercamiento de la guitarra a una
generación para la cual el folklore había resultado
hasta ese momento una música extraña. En
determinado momento, esa proyección abrumadora y
muchas veces barata de la música campesina
importada amenazó con aplastar a la música uruguaya
debajo de un inmenso bombo. Basta con recordar que
en el país se difundía entre otros horrores, una canción
cantada por Rimoldi Fraga que hablaba de Artigas al
frente de los bravos treinta y tres. Cuando finalmente
después de la caída de Perón esta ola comenzó a
retirarse, los creadores uruguayos habían extraído una
enseñanza: el convencimiento de que además de los
caminitos del indio y los paisajes de Catamarca con
mil distintos tonos de verde y los burritos cordobeses y
las lunas tucumanas, existían en tierras orientales
otros caminitos, otros paisajes, otros burros y otras
lunas que eran dignas de ser cantadas.
En el inicio de ese quehacer sería injusto no
mencionar a Osiris Rodríguez Castillo. Seguramente
cierta la versión atribuída a don Atahualpa Yupanqui:
Osiris, Violeta y yo cubrimos la canción telúrica en el
Cono Sur, el canto popular uruguayo nace con él.
Poeta nativista de excepción, guitarrista con grandes
conocimientos musicales, compositor de certera
inspiración, (aunque también olvidable cantor) la obra
de Osiris consolida estos años prologales.
Casi simultáneamente otros dos hombres también del
interior emprendieron el mismo camino: el
treintaytresino Ruben Lena y el salteño Víctor Lima. "En
1960, ya había tomado conciencia de lo existente"
-recordó Lena en un reportaje publicado en el libro
Aquí se canta publicado por la editorial Arca- "y
comencé a producir con carácter permanente tratando
de ayudar a unos pocos solitarios en aquella
quijotada: crear un cancionero popular y nacional".
Vista a través del tiempo, ese hallazgo de una
formulación conceptual y musical bien impregnada de
lo uruguayo y claramente diferenciada de sus
similares, más que una quijotada parece un milagro.
Un doble milagro porque en ese mismo momento los
creadores habrán de encontrar sus voces: el más
formidable grupo de intérpretes que ha dado en un
quinquenio histórico e irrepetible, el canto popular
uruguayo: Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, Pepe
Guerra y Braulio López (Los Olimareños) y José
Carbajal en un primerísimo primer lugar, seguidos de
Tabaré Echeverry, Washington Carrasco. Numa
Moraes, Yamandú Palacios, Roberto Darwin,
Eustaquio Sosa, Ricardo Comba, Alán Gómez, un
Ruben Rada que hacía sus primeros gorjeos y
algunos más. Eran tiempos de cambios y de
influencias. No en vano aquellos fueron los años de
Bob Dylan, de Chico Buarque, de Joan Baez, de
George Brassens, de Joan Manuel Serrat, de
Mercedes Sosa, de Patxi Andión, de los Parra, de
Atahualpa, de Paco Ibañez, de César Isella, de Víctor
Heredia, de Víctor Jara y de los Quilapayún. La era
bienvenida y muy joven de los que creían que la
canción debía trascender más allá del simple
entretenimiento. Todos habrán de imponer en distinta
medida su personalidad sobre la brillante generación
del canto popular uruguayo de aquella época e incluso
sobre muchos de sus epígonos.
Durante los años hondamente radicalizados que
precedieron a la dictadura, aquella generación de
músicos y autores ejercerá una hegemonía absoluta y
tutelar sobre gran parte de la juventud politizada del
país. Un breve ejemplo: a principios de los setenta, en
el disco Camerata de tango, un deslumbrante conjunto
de cámara que integraba entre otros Federico García
Vigil y dirigía Manolo Guardia, se grabó un tango
llamado Chau Che. Infortunadamente los
enfrentamientos hicieron que lo que había empezado
rastreando en la temática popular y contestataria se
fue transformando en algunos casos y por impulso de
las pasiones políticas en expresiones militantes y en
literatura intencionada.
Los hechos emergentes de la disolución de las
Cámaras en 1973, provocaron el exilio de aquellos
extraordinarios pioneros que configuraron el grupo
inicial y que estaban fuera de toda duda, totalmente
jugados ideológicamente. Los que vinieron detrás y
optaron por quedarse siguieron trabajando con la
mayor discreción y el menor riesgo posibles. De
cualquier manera, reconstruir aquel andamiaje no fue
fácil. Ahora había otras cosas que aprender: lamerse
las heridas, moverse con mesura, no herir
susceptibilidades, manejar con habilidad los
sobreentendidos y las entrelíneas. Hija de esos
equilibrios comenzó a proyectarse la segunda
generación del Canto Popular. A fines de 1975, bajo la
rectoría del poeta y músico Washington Benavídez, el
llamado "Grupo de Tacuarembó", un singular
movimiento intelectual que aglutinaba a un valioso
núcleo de letristas, cantores y creadores musicales
(además de fotógrafos y pintores) impulsó un larga
duración titulado Soy del Campo una de cuyas
grabaciones titulada Como un jazmín del país era una
tierna historia balada de amor enmarcada en las
luchas montoneras del caudillo nacionalista Aparicio
Saravia. Probablemente ni su autor Washington
Benavídez ni su intérprete su propio sobrino el cantor
Carlos Benavídez imaginaron la rápida y enorme
repercusión popular de la canción, pero el hecho hizo
pensar que la gente había empezado a tomar
conciencia que debía regresar a las fuentes y rasguñar
las raíces históricas, ya que las políticas eran
demasiado peligrosas. Casi paralelamente el cantor
Carlos María Fossati grabó Hasta sucumbir exaltación
del martirio de los héroes de Paysandú en 1865 y
Santiago Chalar rescató un hermoso y antiguo tema
inspirado en las patriadas: La loca del Bequeló. Puede
afirmarse entonces que este empuje de la nueva
generación fue netamente rural, como rural había sido
en gran parte la temática de la anterior. "Había una
zona intermedia entre algunas cosas de Zitarrosa o
Viglietti" -explicó el poeta Benavídez en un reportaje
concedido en 1983 al diario Excelsior de México-
"aunque en ese sentido estaban como atados... era
como si tuvieran dos alas, una urbana y otra rural".
Tampoco a los nuevos creadores les fue fácil el
trabajo. Debían cuidar sus textos de modo de no
ofender a las autoridades, cuando iban de gira les era
obligatorio presentar la lista de lo que iban a interpretar
en las dependencias policiales, las que censuraban lo
que creían conveniente, muchos de sus discos eran
cuidadosamente impedidos de toda difusión radial por
las fuerzas militares. La grabación de Los Olímpicos,
una creación de la primera época de Jaime Roos, no
pudo ser difundida hasta el final de la dictadura, por su
contenido disolvente. Los ejemplos, abrumarían a los
lectores.
En setiembre de 1978, se inauguraron los
espectáculos multitudinarios en un desbordado
Palacio Peñarol y a partir de ese momento, los
recitales se sucedieron a un ritmo vertiginoso. Creada
la idea de su imprescindibilidad, el público comenzó a
acudir masivamente. Nuevos e importantes valores: el
dúo Larbanois-Carrero, el artiguense Juan José de
Mello, el sanducero Omar Romano, los rochenses del
dúo Los Zucará, la montevideana Mariana García Vigil,
el largamente prohibido Eduardo Darnauchans, los
conjuntos Los que iban cantando, el Grupo Vocal
Universo, Contraviento y Rumbo e innumerables
colegas más, se pusieron a la vanguardia de otra
estupenda generación.
Veinte años después y ya insertos definitivamente en
una institucionalidad de la que no se debió salir, cabría
hacerse varias preguntas. ¿Se estaba ante una
necesidad popular o se canalizaba la avidez del
público como una estrategia política? ¿Había
realmente creadores importantes o éstos eran el
resultado de promotores de recitales y fabricantes de
grabaciones? ¿Aquel movimiento que jamás contó con
la prensa, que no dispuso de un aparato publicitario y
nunca fue convocado por la televisión ejerció alguna
influencia en el final de la dictadura? Ninguna de esas
preguntas tiene una respuesta categórica. Es
preferible pensar que vivió su fantástica primavera
porque tenía valores excepcionales, más allá de sus
pretendidos alardes contestatarios. Nada de política
pueden tener temas que hablan de las cosas
pequeñas y queribles de los pueblos, de los boliches
viejos, de las murgas del barrio, de las calles de la
infancia, del pago borroso y añorado, de aquellos
personajes perdidos en el tiempo que todos
conocimos. La poesía simple de las cosas simples,
enriquecida por los simples músicos.
Porque tantos años después, lo único válido es
alinearse detrás de lo que alguna vez escribió el
maestro Ruben Lena: "El canto popular, como el
antiguo poema árabe sobre la guitarra, debe ser como
ella. Que la toque la mano llagada del mendigo y la
uña pulida del señor y por su boca pasen todas las
alegrías y todas las tristezas del mundo". ©