¿Qué tiene este hombre petiso y setentón de ojitos
vivaces y hablar pausado al que las escuelas solicitan
continuamente? Algo muy envidiable que muy pocos
tienen: el don de saber contar. Nacido y criado en
Treinta y Tres, cuando el campo abierto estaba a cinco
o seis cuadras del centro, sus frecuentes rabonas
escolares fueron para pescar en el río Olimar, fumar a
escondidas en las orillas del Yerbal o matrerear en los
montes todavía salvajes de los alrededores de la
ciudad. No se precisa mucho más para madurar con
rapidez. Años más tarde, cuando empezó a trabajar
para pagarse el tabaco y las partidas de billar, se
enredó en mil oficios. Hubo uno que lo marcó hasta
hoy: el de ayudante de su padre, que era escribano. En
las permanentes recorridas por la campaña,
registrando transferencias o haciendo testamentos,
pudo escuchar los cuentos más inverosímiles y más
llenos de inocente fantasía. Sin darse cuenta, los fue
guardando. Su excepcional memoria y su capacidad
para repetirlos (y agrandarlos) ha hecho el resto. Hoy
es Presidente de la Academia Nacional de Letras y
vale la pena escucharlo.
–Usted es del año 24, así que sus primeros recuerdos
claros de la ciudad de Treinta y Tres donde nació,
deben ser del 1928 o 29.
–Sí, pero habría que aclarar que en aquellos años, a la
capital departamental difícilmente se le hubiera podido
llamar ciudad. El Treinta y Tres que yo recuerdo era un
pueblito muy aislado. Probablemente no exista hoy un
pueblo tan dejado de la mano de Dios como aquél. La
única relación que tenía con Montevideo era el
ferrocarril que hacía un trayecto muy fatigoso de doce o
catorce horas. Venir a la capital era todo un
acontecimiento y el viaje solamente se efectuaba
cuando mediaban condiciones muy especiales. No
existía la ruta 8 y el aislamiento era muy marcado. Mi
padrino que vivía a la vuelta de casa y era un hombre
de importancia en el pueblo, recibía los diarios al día
siguiente de haber salido porque se los traía el tren.
Obviamente no había vendedores ambulantes de
diarios porque éstos ya llegaban viejos.
–¿Qué otras características tenía el pueblo?
–Estaba muy penetrado por el campo. Yo nací y viví en
una casa que estaba a tres cuadras de la plaza
principal y otras tres cuadras más allá, empezaba el
campo. De modo que las costumbres eran muy
campesinas. Siempre digo que no había garajes sino
galpones donde se guardaban aperos, bolsas con
alimentos, un mortero, una pila de boniatos en un
rincón, una manta de charque secándose a la sombra,
una ristra de ajos. Eran las mismas costumbres del
campo. El pueblo tenía luz eléctrica pero solo en
algunas partes. En mi barrio sí, felizmente. Tampoco
existía la radio. Cuando vi el primer aparato que
pertenecía al ingeniero Echegoyen recibí una tremenda
sorpresa: era un mueble de madera, largo, bajo, que
tenía encima una gran bocina. Yo le hacía mandados a
la señora y le pregunté para qué servía aquel aparato
tan extraño. Me contestó que era para escuchar y lo
encendió para mí. Pero de adentro apenas si salieron
ruidos de todo tipo, así que me quedé sin saber cual
era su utilidad. Ella me explicó que ese día había
muchas descargas. Con el tiempo me habitué a
escuchar estaciones argentinas porque las de
Montevideo apenas si llegaban. Hubo incluso un
bolichero muy hábil que los sábados y los domingos
de tarde ponía una radio en la ventana de su comercio,
sacaba sillas y mesas a la vereda y juntaba a la gente
para escuchar los partidos de fútbol. La verdad es que
se oía con mucha dificultad. Las personas
conversaban o jugaban al truco y solamente paraban
la oreja cuando había algún grito de gol.
–¿De qué año me está hablando?
–De los años treinta y uno o treinta y dos. En el pueblo
había también un cine parroquial para concurrir al cual
había que acumular puntos que los curas otorgaban
por la asistencia a las clases de catequesis.
–Perece un lejano antecedente de los premios que
otorgan los supermercados por la cantidad de puntos
sumados.
–Exactamente ( se ríe). Con tantos puntos uno ganaba
una entrada al cine. Los teóricos de la publicidad
moderna deben haberse enterado de aquellas
promociones. El repertorio de la parroquia estaba
integrado por películas mudas de Chaplin, de Harold
Lloyd o de Buster Keaton. A veces tocaba un pianista
acompañando a las escenas o se utilizaba una
ortofónica que tenía un disco grandísimo lleno de
valses. Lo malo era que había que darle cuerda todo el
tiempo. Había ocasiones en las que Tom Mix
parseguía a tiros a los bandidos al compás del vals
Los patinadores por ejemplo.
–¿Usted aprendía catequesis?
–E incluso hice la Primera Comunión.
–¿Lo hacía porque tenía fe o por las entradas al cine?
–No me pida ahora esas definiciones (se ríe). Han
pasado como setenta años. No sé si tenía fe, pero
nunca se me arraigó demasiado. Pese a que también
las Hermanas Carmelitas invitaban a los niños del
pueblo a unas reflexiones que terminaban con cocoa y
biozcochos. Era muy difícil resistirse a asistir a esas
reuniones o a escuchar la catequesis. Por eso culminé
haciendo la Primera Comunión.
En aquel mundo más rural que ciudadano, los niños
se autoabastecían de juguetes. Las cometas eran
caseras, las pelotas, hechas con trapos, los trompos,
con perillas viejas de cama en las que se colocaban
púas. En el pueblo no se podían acceder a muchas
cosas pero se tenía lo fundamental: el arroyo Yerbal, el
río Olimar, montes en abundancia y campos abiertos.
En esa abundancia de vida libre y salvaje, cualquier
carencia era pasada por alto. Allí se crió el futuro
maestro José María Obaldía, a quien las fotos de
aquellos años lo muestran retacón y de piernas
sólidas. En aquellos pagos nació también el
sobrenombre que habría de acompañarlo siempre:
Tronco, un mote ganado en buena ley en los campitos
olimareños, aunque él se apura a aclarar que se debió
a su fortaleza física y no a su falta de habilidad técnica.
–Olimareños es una forma de nombrar a los nacidos
en Treinta y Tres que no nació pero sí se popularizó a
partir del dúo de Pepe Guerra y Braulio López. Es muy
cierto que teníamos el Olimar y el Yerbal para
nosotros. Pero había una gran rivalidad entre una zona
y otra. Hasta creo no equivocarme si digo que éstos
últimos son muy localistas y capaz que no les gusta
que les digan olimareños en lugar de treintaitresinos.
Ellos son primero yerbalenses. Dentro de los nacidos
en Treinta y Tres diría que existe no una fisura pero sí
un límite impreciso entre los del Olimar y los del
Yerbal.
–Hace diez años le hice un reportaje en el cual usted
me dijo "no creo que a mi casa se le pudiera llamar
hogar". ¿Por qué llegó a esa conclusión un tanto
patética?
–No me crié guacho ni nada que se le parezca. Es que
nuestra forma de vida hacía que las cosas funcionaran
así. Eramos cinco hermanos muy dispersos. Nunca
jugábamos entre nosotros. Cada uno tenía su grupo
generacional fuera del ambiente familiar. La
integración de un hogar como se concibe
normalmente se daba a veces en algunas noches de
invierno cuando la luz se iba temprano, el sueño
demoraba y nos templábamos en la cocina. Ahí
aparecían los cuentos. A veces teníamos la suerte que
viniera un tío que vivía afuera y al cual esperábamos
con ansia porque era de esos adultos que se
acercaban a los niños, lo que en aquella época no era
muy común. Mi tío se llamaba Lino y nos explicaba que
le habían puesto ese nombre porque había nacido el
25 de agosto que es cuando se toca "lino" nacional (
se ríe). El tío Lino no tenía muchos cuentos pero había
uno de un perro que lo repetía siempre.
–¿Lo recuerda?
–El contaba que tenía un perro muy fiel llamado Sobeo
y que siendo joven cuando trabajaba como tropero,
había salido muy lejos llevando ganado. En una feria
consiguió trabajo, luego fue a dar a otra y concluyó
yendo al Brasil, mucho más allá de la frontera. Al
regresar a las casas, varios meses después, cruzó el
arroyo, se acercó a la cuchillita donde tenía su rancho y
le extrañó que el Sobeo no viniera a alcanzarlo. Al
llegar, su mujer le enteró de la desgracia. Al perro lo
había picado una crucera y había quedado muerto allá
entre las pajas. No pudo aguantarse y fue a ver el
cuerpo del pobre bicho. Estaban los huesitos nomás.
"me entró una tristeza" –nos decía– "que no pude
menos que hablarle. "Sobeo viejo, ya estoy de vuelta".
Y los huesitos de la cola se revolearon para todos
lados como saludándome". (Se ríe) Lo curioso es que
nosotros nunca sabíamos si creerle o no.
–¿Es cierto que era un gran rabonero en la escuela?
–Por supuesto. Era muy lindo hacerse la rabona. El
Olimar y el Yerbal tenían la culpa. Más el primero
porque nos quedaba más accesible. Pasábamos la
tarde en la costa del río. A veces mojarreábamos y
otras veces armábamos una gran fogata sin ningún
motivo, por ver el fuego nomás. Eso era lo más lindo
de todo. También aprovechábamos la ocasión para
fumar a escondidas. Juntábamos plata entre todos y
comprábamos medio paquete de tabaco, porque había
un bolichero que partía en dos los paquetes con un
cuchillo para venderlos más fácil. Eran tabacos que ya
ni se ven, marca Peruano, Tijuca, Colosal o Ganador.
Los armábamos en hojas de chala y los prendíamos
en los tizones que es mucho más lindo que hacerlo
con yesquero. Y si el tiempo era lindo nos tirábamos al
agua a jugar al "capincho y los perros", una variante
acuática de "ladrones y policía". El mejor nadador era
el capincho y los demás éramos los perros. El que lo
agarraba, pasaba a ser el capincho y él ingresaba a la
categoría de perro. Eran ejercicios de natación muy
singulares en los que uno aprendía a nadar sin darse
cuenta. Son esos juegos de campaña a los que la
gente de Montevideo ni conoce.
–¿No jugaban a "los matreros"?
–¡Cómo no! Ese juego era una secuela de los circos
que venían al pueblo. Los circos tenían pruebistas en
su primera parte y en la segunda, representaban algo
que aunque fuera gracioso, era denominado
igualmente "drama". Generalmente daban una
comedia llamada "La virgencita de madera" y otro de
origen español titulado "En un burro tres baturros".
Pero además representaban nada menos que "Juan
Moreira", y cuando se iban los circos quedaban
encendido el juego de "los matreros". Jugábamos de
noche en plena plaza del pueblo. Cuando éramos más
grandes empezamos a jugar a los cowboys que era
una variante del anterior, motivada por el cine. Por ahí
comenzó la globalización en Treinta y Tres (se ríe). Con
todo no era mal alumno porque tuve una maestra que
otorgaba puntos y premiaba a los mejores con un lápiz
o un cuadernito de esos que repartía Primaria y yo los
ganaba siempre. Y más de una vez me eligieron para
recitar, que en aquellos tiempos configuraba el
máximo del destaque.
–¿Y en el liceo raboneaba también?
–No por una razón muy sencilla: empecé a ir al liceo a
los veinte años y como consecuencia fui un brillante
alumno (se ríe).
–¿Qué pasó entre la salida de la escuela y el ingreso
al liceo?
–Bueno... a los trece o catorce años ya tenía unas
ganas bárbaras de trabajar. Yo tenía mis gastos y
precisaba dinero. Fumaba a escondidas, jugaba al
billar que costaba no me acuerdo cuanto la hora y
alquilaba bicicletas que estaba muy de moda en el
pueblo. El dinero me daba logros inmediatos. Por eso
trabajé en mucha cosa. Cuando estuve pasando una
temporada en Montevideo, agarré como repartidor de
una farmacia y luego de una panadería y de un
almacén. En esos años se me planteó ser ayudante
de camionero. Estábamos en plena guerra y el país
vivía en plena crisis de combustible. En el barrio había
un señor que tenía camión y se enteró que la Ancap
daba nafta para trabajar en unas carboneras enormes
que se habían establecido en el norte del río Negro
que iban a quedar bajo el agua cuando empezara a
funcionar la represa. Como el carbón se consumía
mucho, porque muchos autos tenían el motor
adaptado al gas que producía este combustible, la
venta era segura. Este vecino me invitó a trabajar con
él como capataz porque nunca en su vida había ido
más allá de La Paz. Estuve meses trabajando con él.
Ibamos desde la estación Blanquillo, pasábamos en
balsa y luego de pasar el arroyo Carpintería nos
metíamos campo adentro. Allí trabajaban cientos de
personas que habian fundado un pueblo carbonero.
Había cerros de carbón y no exagero. Nos volvimos a
Montevideo el día en que empezó la famosa seca del
año 42.
–¿Qué hizo después?
–Ingresé en la empresa de ferrocarriles donde
trabajaban dos hermanos mayores. Fui a Vergara y me
emplearon como "meritorio". Debía hacer de todo sin
cobrar sueldo y a los seis meses, luego que me hacía
baqueano podía dar examen. Ahí trabajaba por la
propina y los asados de cordero con que se concluía la
operación. Estaba ya por ingresar en forma definitiva,
porque no podía perder el examen, cuando un viejo
amigo de la familia apodado El Chinche, que también
estaba en la empresa poco menos que me obligó a
estudiar. Era un hombre leído, que tenía tres hijos:
Esmeralda, por la gitana de El jorobado de Notre
Dame, Leucipo, por una parábola de Rodó y Aldebarán
por una estrella. No sé por qué razón, este hombre me
inscribió en el liceo de Treinta y Tres y allí marché.
Como fui buen estudiante me becaron para hacer
Preparatorios en Montevideo.
En esos años, trabajando como amanuense de su
padre, que era escribano, el Tronco Obaldía comenzó
a conocer personajes cuyos cuentos fue atesorando.
La escribanía trabajaba mucho en la campaña y hacia
allá marchaba con su padre con la maleta de papeles
sellados y un tintero involcable de los que se usaban
en la época. Registraban hasta testamentos de
personas de mucha edad que no podían desplazarse
hasta la oficina notarial. Todo eso le fue dando
oportunidad para conocer mucha gente y conversar
con ella, familiarizándose incluso con el vocabulario.
Eso y su facilidad para el relato oral, lo fueron
transformando, lentamente en uno de los grandes
memorialistas del país.
-Gracias a esos recorridos por la campaña pude
conocer a un viejo conductor de carretas llamado Juan
Pérez que había peleado con Aparicio en la Revolución
de 1904 y participado en la batalla de Paso del Parque,
culminada con derrota. Un día le mostré una
reproducción en bronce de la carreta de Belloni para
que se enorgulleciera del trabajo que había llevado a
cabo toda su vida. Ante mi asombro no entendió para
qué se le había hecho un monumento a algo tan
vulgar. Pensaba que nadie podía interés en ver una
cosa que era para ganarse la vida y no para estarla
mirando. Sin embargo la estudió y me dijo: "se ve que
el que va a arriba es carrero mismo, porque ella está
peludeando y el hombre está donde hay que estar
cuando se peludea". Siguió observando y agregó: "acá
se boleó el autor porque estos bueyes delanteros no
pueden estar nunca allí. Los de adelante son las que
llevan la carreta con el óido nomás. La picana no hay ni
por qué usarla. Y el buey hecho no tira con la cabeza
gacha sino con la cabeza levantada".
–Me gustaría ubicar a usted desde el punto de vista
intelectual. Primero es un cultivador de la memoria y
trata de perpetuar los hechos del pasado. Pero
además es un contador de relatos fantasiosos
ubicados en el interior. Ambos aspectos integran su
trabajo.
–Yo creo que las dos cosas que usted menciona son
facetas de un mismo panorama. Todo lo que he
escrito son recuerdos de niño, reproducciones de
cuentos fantasiosos que me han hecho. Soy un
memorialista no de sucedidos reales sino de
sucedidos de fantasía. Una vez siendo maestro les
conté a los niños una de estas mentiras y tuvo tal éxito
que debí seguir repitiéndolas. Luego, hacer cuentos de
este tipo se me hizo habitual.
–¿Todos sus cuentos tienen una raíz nacional?
–No. Las raíces andan desparramadas por el mundo.
Cuando dieron El Herrero y la muerte, anunciado como
una adaptación de un cuento del colombiano Tomás
Carrasquilla, recordé que lo mismo estaba en Don
Segundo Sombra y que además, lo había escuchado
cuando niño en Treinta y Tres. Yo creo que los cuentos
llegan a algún lugar y se impregnan de los elementos
locales. Yo escribí un libro Veinte mentiras de verdad y
se lo presté a una amiga andaluza que pasaba ya los
ochenta años. Ella lo leyó y me comentó que muchas
de esas mentiras ya las había escuchado en su aldea
española y yo las había cambiado un poco. Yo hablaba
de un tigre y un león y ella me dijo que los
protagonistas verdaderos eran los perros de un
marqués de su tiempo.
–Lo invito a ponerse serio: ¿cómo tomó la carta de
sesenta y nueve intelectuales uruguayos ante la
inclusión del doctor Julio Sanguinetti como jurado del
concurso Onetti organizado por la Embajada Española
y la editorial Santillana? Usted también era miembro
del jurado.
–Quienes firmaron están en uso de un derecho y no
puedo decir más nada. No quisiera hablar de esto.
–No me saque el cuerpo.
–Es que saber si una persona está o no capacitada en
un terreno como ese, no es fácil de determinar. No hay
título que habilite para ser jurado.
–¿Usted hubiera tenido problemas en compartir el
jurado con Sanguinetti?
–Francamente no y esto no significa que esté cercano
políticamente a él. Tampoco quiero enjuiciar a quienes
lo repudiaron. No me resulta grato hablar de estas
cosas.
–Son los riesgos de las entrevistas. ¿Usted renunció,
como otros miembros del jurado? ¿Fue presionado?
–No, para nada. Yo representé el jurado como
Presidente de la Academia Nacional de Letras y no he
renunciado porque esta decisión debo tomarla
formalmente ante la Academia.
–¿Si el año que viene volvieran a designarlo en otro
jurado en el cual estuviera de nuevo Sanguinetti,
aceptaría? Respóndame con uno de sus cuentos, si
se anima.
–¡Cómo no! Cuando iba al liceo tenía de compañero a
un muchacho grande llamado Ceferino y una vez en
clase de filosofía el profesor le hizo esta pregunta: "Si
usted fuera ateo y tuviera una novia muy católica que le
planteara que si no se casaban por la iglesia
abandonaba la relación. ¿Usted qué posición
tomaría?" Y Ceferino dio una respuesta que parece
simple pero merecería un análisis más profundo:
–Yo agarraría igual. Uno es hombre y no se le pega
nada.
César di Candia