Sábado 26 de abril de 2003- Año 85 -Nº 29351
Internet Año 8 - Nº 2461 | Montevideo - Uruguay
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José María Obaldía, maestro y narrador oral
Entré al liceo a los veinte años, obligado por un amigo de mi familia

Maestro legendario de Treinta y Tres, como Ruben Lena, José María Obaldía, apodado el Tronco, ha guardado en la memoria, docenas de cuentos fantasiosos que escuchó en el campo.

¿Qué tiene este hombre petiso y setentón de ojitos vivaces y hablar pausado al que las escuelas solicitan continuamente? Algo muy envidiable que muy pocos tienen: el don de saber contar. Nacido y criado en Treinta y Tres, cuando el campo abierto estaba a cinco o seis cuadras del centro, sus frecuentes rabonas escolares fueron para pescar en el río Olimar, fumar a escondidas en las orillas del Yerbal o matrerear en los montes todavía salvajes de los alrededores de la ciudad. No se precisa mucho más para madurar con rapidez. Años más tarde, cuando empezó a trabajar para pagarse el tabaco y las partidas de billar, se enredó en mil oficios. Hubo uno que lo marcó hasta hoy: el de ayudante de su padre, que era escribano. En las permanentes recorridas por la campaña, registrando transferencias o haciendo testamentos, pudo escuchar los cuentos más inverosímiles y más llenos de inocente fantasía. Sin darse cuenta, los fue guardando. Su excepcional memoria y su capacidad para repetirlos (y agrandarlos) ha hecho el resto. Hoy es Presidente de la Academia Nacional de Letras y vale la pena escucharlo.

–Usted es del año 24, así que sus primeros recuerdos claros de la ciudad de Treinta y Tres donde nació, deben ser del 1928 o 29.

–Sí, pero habría que aclarar que en aquellos años, a la capital departamental difícilmente se le hubiera podido llamar ciudad. El Treinta y Tres que yo recuerdo era un pueblito muy aislado. Probablemente no exista hoy un pueblo tan dejado de la mano de Dios como aquél. La única relación que tenía con Montevideo era el ferrocarril que hacía un trayecto muy fatigoso de doce o catorce horas. Venir a la capital era todo un acontecimiento y el viaje solamente se efectuaba cuando mediaban condiciones muy especiales. No existía la ruta 8 y el aislamiento era muy marcado. Mi padrino que vivía a la vuelta de casa y era un hombre de importancia en el pueblo, recibía los diarios al día siguiente de haber salido porque se los traía el tren. Obviamente no había vendedores ambulantes de diarios porque éstos ya llegaban viejos.

–¿Qué otras características tenía el pueblo?

–Estaba muy penetrado por el campo. Yo nací y viví en una casa que estaba a tres cuadras de la plaza principal y otras tres cuadras más allá, empezaba el campo. De modo que las costumbres eran muy campesinas. Siempre digo que no había garajes sino galpones donde se guardaban aperos, bolsas con alimentos, un mortero, una pila de boniatos en un rincón, una manta de charque secándose a la sombra, una ristra de ajos. Eran las mismas costumbres del campo. El pueblo tenía luz eléctrica pero solo en algunas partes. En mi barrio sí, felizmente. Tampoco existía la radio. Cuando vi el primer aparato que pertenecía al ingeniero Echegoyen recibí una tremenda sorpresa: era un mueble de madera, largo, bajo, que tenía encima una gran bocina. Yo le hacía mandados a la señora y le pregunté para qué servía aquel aparato tan extraño. Me contestó que era para escuchar y lo encendió para mí. Pero de adentro apenas si salieron ruidos de todo tipo, así que me quedé sin saber cual era su utilidad. Ella me explicó que ese día había muchas descargas. Con el tiempo me habitué a escuchar estaciones argentinas porque las de Montevideo apenas si llegaban. Hubo incluso un bolichero muy hábil que los sábados y los domingos de tarde ponía una radio en la ventana de su comercio, sacaba sillas y mesas a la vereda y juntaba a la gente para escuchar los partidos de fútbol. La verdad es que se oía con mucha dificultad. Las personas conversaban o jugaban al truco y solamente paraban la oreja cuando había algún grito de gol.

–¿De qué año me está hablando?

–De los años treinta y uno o treinta y dos. En el pueblo había también un cine parroquial para concurrir al cual había que acumular puntos que los curas otorgaban por la asistencia a las clases de catequesis.

–Perece un lejano antecedente de los premios que otorgan los supermercados por la cantidad de puntos sumados.

–Exactamente ( se ríe). Con tantos puntos uno ganaba una entrada al cine. Los teóricos de la publicidad moderna deben haberse enterado de aquellas promociones. El repertorio de la parroquia estaba integrado por películas mudas de Chaplin, de Harold Lloyd o de Buster Keaton. A veces tocaba un pianista acompañando a las escenas o se utilizaba una ortofónica que tenía un disco grandísimo lleno de valses. Lo malo era que había que darle cuerda todo el tiempo. Había ocasiones en las que Tom Mix parseguía a tiros a los bandidos al compás del vals Los patinadores por ejemplo.

–¿Usted aprendía catequesis?

–E incluso hice la Primera Comunión.

–¿Lo hacía porque tenía fe o por las entradas al cine?

–No me pida ahora esas definiciones (se ríe). Han pasado como setenta años. No sé si tenía fe, pero nunca se me arraigó demasiado. Pese a que también las Hermanas Carmelitas invitaban a los niños del pueblo a unas reflexiones que terminaban con cocoa y biozcochos. Era muy difícil resistirse a asistir a esas reuniones o a escuchar la catequesis. Por eso culminé haciendo la Primera Comunión.

En aquel mundo más rural que ciudadano, los niños se autoabastecían de juguetes. Las cometas eran caseras, las pelotas, hechas con trapos, los trompos, con perillas viejas de cama en las que se colocaban púas. En el pueblo no se podían acceder a muchas cosas pero se tenía lo fundamental: el arroyo Yerbal, el río Olimar, montes en abundancia y campos abiertos. En esa abundancia de vida libre y salvaje, cualquier carencia era pasada por alto. Allí se crió el futuro maestro José María Obaldía, a quien las fotos de aquellos años lo muestran retacón y de piernas sólidas. En aquellos pagos nació también el sobrenombre que habría de acompañarlo siempre: Tronco, un mote ganado en buena ley en los campitos olimareños, aunque él se apura a aclarar que se debió a su fortaleza física y no a su falta de habilidad técnica.

–Olimareños es una forma de nombrar a los nacidos en Treinta y Tres que no nació pero sí se popularizó a partir del dúo de Pepe Guerra y Braulio López. Es muy cierto que teníamos el Olimar y el Yerbal para nosotros. Pero había una gran rivalidad entre una zona y otra. Hasta creo no equivocarme si digo que éstos últimos son muy localistas y capaz que no les gusta que les digan olimareños en lugar de treintaitresinos. Ellos son primero yerbalenses. Dentro de los nacidos en Treinta y Tres diría que existe no una fisura pero sí un límite impreciso entre los del Olimar y los del Yerbal.

–Hace diez años le hice un reportaje en el cual usted me dijo "no creo que a mi casa se le pudiera llamar hogar". ¿Por qué llegó a esa conclusión un tanto patética?

–No me crié guacho ni nada que se le parezca. Es que nuestra forma de vida hacía que las cosas funcionaran así. Eramos cinco hermanos muy dispersos. Nunca jugábamos entre nosotros. Cada uno tenía su grupo generacional fuera del ambiente familiar. La integración de un hogar como se concibe normalmente se daba a veces en algunas noches de invierno cuando la luz se iba temprano, el sueño demoraba y nos templábamos en la cocina. Ahí aparecían los cuentos. A veces teníamos la suerte que viniera un tío que vivía afuera y al cual esperábamos con ansia porque era de esos adultos que se acercaban a los niños, lo que en aquella época no era muy común. Mi tío se llamaba Lino y nos explicaba que le habían puesto ese nombre porque había nacido el 25 de agosto que es cuando se toca "lino" nacional ( se ríe). El tío Lino no tenía muchos cuentos pero había uno de un perro que lo repetía siempre.

–¿Lo recuerda?

–El contaba que tenía un perro muy fiel llamado Sobeo y que siendo joven cuando trabajaba como tropero, había salido muy lejos llevando ganado. En una feria consiguió trabajo, luego fue a dar a otra y concluyó yendo al Brasil, mucho más allá de la frontera. Al regresar a las casas, varios meses después, cruzó el arroyo, se acercó a la cuchillita donde tenía su rancho y le extrañó que el Sobeo no viniera a alcanzarlo. Al llegar, su mujer le enteró de la desgracia. Al perro lo había picado una crucera y había quedado muerto allá entre las pajas. No pudo aguantarse y fue a ver el cuerpo del pobre bicho. Estaban los huesitos nomás. "me entró una tristeza" –nos decía– "que no pude menos que hablarle. "Sobeo viejo, ya estoy de vuelta". Y los huesitos de la cola se revolearon para todos lados como saludándome". (Se ríe) Lo curioso es que nosotros nunca sabíamos si creerle o no.

–¿Es cierto que era un gran rabonero en la escuela?

–Por supuesto. Era muy lindo hacerse la rabona. El Olimar y el Yerbal tenían la culpa. Más el primero porque nos quedaba más accesible. Pasábamos la tarde en la costa del río. A veces mojarreábamos y otras veces armábamos una gran fogata sin ningún motivo, por ver el fuego nomás. Eso era lo más lindo de todo. También aprovechábamos la ocasión para fumar a escondidas. Juntábamos plata entre todos y comprábamos medio paquete de tabaco, porque había un bolichero que partía en dos los paquetes con un cuchillo para venderlos más fácil. Eran tabacos que ya ni se ven, marca Peruano, Tijuca, Colosal o Ganador. Los armábamos en hojas de chala y los prendíamos en los tizones que es mucho más lindo que hacerlo con yesquero. Y si el tiempo era lindo nos tirábamos al agua a jugar al "capincho y los perros", una variante acuática de "ladrones y policía". El mejor nadador era el capincho y los demás éramos los perros. El que lo agarraba, pasaba a ser el capincho y él ingresaba a la categoría de perro. Eran ejercicios de natación muy singulares en los que uno aprendía a nadar sin darse cuenta. Son esos juegos de campaña a los que la gente de Montevideo ni conoce.

–¿No jugaban a "los matreros"?

–¡Cómo no! Ese juego era una secuela de los circos que venían al pueblo. Los circos tenían pruebistas en su primera parte y en la segunda, representaban algo que aunque fuera gracioso, era denominado igualmente "drama". Generalmente daban una comedia llamada "La virgencita de madera" y otro de origen español titulado "En un burro tres baturros". Pero además representaban nada menos que "Juan Moreira", y cuando se iban los circos quedaban encendido el juego de "los matreros". Jugábamos de noche en plena plaza del pueblo. Cuando éramos más grandes empezamos a jugar a los cowboys que era una variante del anterior, motivada por el cine. Por ahí comenzó la globalización en Treinta y Tres (se ríe). Con todo no era mal alumno porque tuve una maestra que otorgaba puntos y premiaba a los mejores con un lápiz o un cuadernito de esos que repartía Primaria y yo los ganaba siempre. Y más de una vez me eligieron para recitar, que en aquellos tiempos configuraba el máximo del destaque.

–¿Y en el liceo raboneaba también?

–No por una razón muy sencilla: empecé a ir al liceo a los veinte años y como consecuencia fui un brillante alumno (se ríe).

–¿Qué pasó entre la salida de la escuela y el ingreso al liceo?

–Bueno... a los trece o catorce años ya tenía unas ganas bárbaras de trabajar. Yo tenía mis gastos y precisaba dinero. Fumaba a escondidas, jugaba al billar que costaba no me acuerdo cuanto la hora y alquilaba bicicletas que estaba muy de moda en el pueblo. El dinero me daba logros inmediatos. Por eso trabajé en mucha cosa. Cuando estuve pasando una temporada en Montevideo, agarré como repartidor de una farmacia y luego de una panadería y de un almacén. En esos años se me planteó ser ayudante de camionero. Estábamos en plena guerra y el país vivía en plena crisis de combustible. En el barrio había un señor que tenía camión y se enteró que la Ancap daba nafta para trabajar en unas carboneras enormes que se habían establecido en el norte del río Negro que iban a quedar bajo el agua cuando empezara a funcionar la represa. Como el carbón se consumía mucho, porque muchos autos tenían el motor adaptado al gas que producía este combustible, la venta era segura. Este vecino me invitó a trabajar con él como capataz porque nunca en su vida había ido más allá de La Paz. Estuve meses trabajando con él. Ibamos desde la estación Blanquillo, pasábamos en balsa y luego de pasar el arroyo Carpintería nos metíamos campo adentro. Allí trabajaban cientos de personas que habian fundado un pueblo carbonero. Había cerros de carbón y no exagero. Nos volvimos a Montevideo el día en que empezó la famosa seca del año 42.

–¿Qué hizo después?

–Ingresé en la empresa de ferrocarriles donde trabajaban dos hermanos mayores. Fui a Vergara y me emplearon como "meritorio". Debía hacer de todo sin cobrar sueldo y a los seis meses, luego que me hacía baqueano podía dar examen. Ahí trabajaba por la propina y los asados de cordero con que se concluía la operación. Estaba ya por ingresar en forma definitiva, porque no podía perder el examen, cuando un viejo amigo de la familia apodado El Chinche, que también estaba en la empresa poco menos que me obligó a estudiar. Era un hombre leído, que tenía tres hijos: Esmeralda, por la gitana de El jorobado de Notre Dame, Leucipo, por una parábola de Rodó y Aldebarán por una estrella. No sé por qué razón, este hombre me inscribió en el liceo de Treinta y Tres y allí marché. Como fui buen estudiante me becaron para hacer Preparatorios en Montevideo.

En esos años, trabajando como amanuense de su padre, que era escribano, el Tronco Obaldía comenzó a conocer personajes cuyos cuentos fue atesorando. La escribanía trabajaba mucho en la campaña y hacia allá marchaba con su padre con la maleta de papeles sellados y un tintero involcable de los que se usaban en la época. Registraban hasta testamentos de personas de mucha edad que no podían desplazarse hasta la oficina notarial. Todo eso le fue dando oportunidad para conocer mucha gente y conversar con ella, familiarizándose incluso con el vocabulario. Eso y su facilidad para el relato oral, lo fueron transformando, lentamente en uno de los grandes memorialistas del país.

-Gracias a esos recorridos por la campaña pude conocer a un viejo conductor de carretas llamado Juan Pérez que había peleado con Aparicio en la Revolución de 1904 y participado en la batalla de Paso del Parque, culminada con derrota. Un día le mostré una reproducción en bronce de la carreta de Belloni para que se enorgulleciera del trabajo que había llevado a cabo toda su vida. Ante mi asombro no entendió para qué se le había hecho un monumento a algo tan vulgar. Pensaba que nadie podía interés en ver una cosa que era para ganarse la vida y no para estarla mirando. Sin embargo la estudió y me dijo: "se ve que el que va a arriba es carrero mismo, porque ella está peludeando y el hombre está donde hay que estar cuando se peludea". Siguió observando y agregó: "acá se boleó el autor porque estos bueyes delanteros no pueden estar nunca allí. Los de adelante son las que llevan la carreta con el óido nomás. La picana no hay ni por qué usarla. Y el buey hecho no tira con la cabeza gacha sino con la cabeza levantada".

–Me gustaría ubicar a usted desde el punto de vista intelectual. Primero es un cultivador de la memoria y trata de perpetuar los hechos del pasado. Pero además es un contador de relatos fantasiosos ubicados en el interior. Ambos aspectos integran su trabajo.

–Yo creo que las dos cosas que usted menciona son facetas de un mismo panorama. Todo lo que he escrito son recuerdos de niño, reproducciones de cuentos fantasiosos que me han hecho. Soy un memorialista no de sucedidos reales sino de sucedidos de fantasía. Una vez siendo maestro les conté a los niños una de estas mentiras y tuvo tal éxito que debí seguir repitiéndolas. Luego, hacer cuentos de este tipo se me hizo habitual.

–¿Todos sus cuentos tienen una raíz nacional?

–No. Las raíces andan desparramadas por el mundo. Cuando dieron El Herrero y la muerte, anunciado como una adaptación de un cuento del colombiano Tomás Carrasquilla, recordé que lo mismo estaba en Don Segundo Sombra y que además, lo había escuchado cuando niño en Treinta y Tres. Yo creo que los cuentos llegan a algún lugar y se impregnan de los elementos locales. Yo escribí un libro Veinte mentiras de verdad y se lo presté a una amiga andaluza que pasaba ya los ochenta años. Ella lo leyó y me comentó que muchas de esas mentiras ya las había escuchado en su aldea española y yo las había cambiado un poco. Yo hablaba de un tigre y un león y ella me dijo que los protagonistas verdaderos eran los perros de un marqués de su tiempo.

–Lo invito a ponerse serio: ¿cómo tomó la carta de sesenta y nueve intelectuales uruguayos ante la inclusión del doctor Julio Sanguinetti como jurado del concurso Onetti organizado por la Embajada Española y la editorial Santillana? Usted también era miembro del jurado.

–Quienes firmaron están en uso de un derecho y no puedo decir más nada. No quisiera hablar de esto.

–No me saque el cuerpo.

–Es que saber si una persona está o no capacitada en un terreno como ese, no es fácil de determinar. No hay título que habilite para ser jurado.

–¿Usted hubiera tenido problemas en compartir el jurado con Sanguinetti?

–Francamente no y esto no significa que esté cercano políticamente a él. Tampoco quiero enjuiciar a quienes lo repudiaron. No me resulta grato hablar de estas cosas.

–Son los riesgos de las entrevistas. ¿Usted renunció, como otros miembros del jurado? ¿Fue presionado?

–No, para nada. Yo representé el jurado como Presidente de la Academia Nacional de Letras y no he renunciado porque esta decisión debo tomarla formalmente ante la Academia.

–¿Si el año que viene volvieran a designarlo en otro jurado en el cual estuviera de nuevo Sanguinetti, aceptaría? Respóndame con uno de sus cuentos, si se anima.

–¡Cómo no! Cuando iba al liceo tenía de compañero a un muchacho grande llamado Ceferino y una vez en clase de filosofía el profesor le hizo esta pregunta: "Si usted fuera ateo y tuviera una novia muy católica que le planteara que si no se casaban por la iglesia abandonaba la relación. ¿Usted qué posición tomaría?" Y Ceferino dio una respuesta que parece simple pero merecería un análisis más profundo:

–Yo agarraría igual. Uno es hombre y no se le pega nada.

César di Candia



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