Sábado 12 de abril de 2003- Año 85 -Nº 29338
Internet Año 8 - Nº 2448 | Montevideo - Uruguay
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Una historia que va de 1853 a 1925
Hace hoy 150 años, se inauguró el primer servicio de transporte colectivo de Montevideo

Durante más de 70 años los vehículos tirados por caballos, llamados indistintamente trainways, tramways, tramvías, trenvías o tranvías, transportaron a la población de Montevideo

Desde el momento en que el primer transporte colectivo tirado por caballos empezó a unir las distancias de la ciudad de Montevideo, los problemas de los servicios pasaron a ser parte de la conversación habitual de quienes debían padecerlos. Igual que en nuestros días, se criticaba su precio, los excesos de carga, su falta de comodidades mínimas, el poco respeto por los horarios, las demoras en los trayectos, el deterioro de los vehículos y el mal estado de las calles a recorrer.

En realidad los primeros medios utilizados para trasladar pasajeros dentro de la capital, no fueron los tranvías de caballitos como suele creerse. No bien concluida la Guerra Grande con la Paz de Octubre de 1851 y una vez rehabilitada la corriente de comunicación entre las dos partes en que se había segmentado la ciudad: el casco de Montevideo y la Villa de la Restauración, se vio claramente la necesidad de que ambas zonas volvieran a vincularse con la mayor rapidez posible. Pero esa tarea con ser imprescindible, no resultaba fácil. Todos conocían la existencia de no menos de veinte zonas pantanosas que interrumpían el tránsito entre el centro de la ciudad y la Unión. El historiador José María Fernández Saldaña en sus Historias del viejo Montevideo fue el primero en describir aquellas trampas que se interponían entre los proyectos de los que pretendían enlazar estos barrios, entonces tan alejados.

"Frente al Cementerio Inglés, hoy entre Olimar y Médanos, ya se encontraba un pantano que para ser rellenado más tarde requirió 1.320 pies cúbicos de piedra, tierra y pedregullo. Y este era el primero pero no por cierto el peor: el que existía entre la calle Tacuarembó y la Plaza de los Treinta y Tres - dos cuadras- consumió 4. 050 pies cúbicos de relleno". Había muchos otros lodazales casi inaccesibles, cuyas denominaciones se basaban en referencias de vecinos o en hechos de la historia reciente: el del Cristo, frente a la actual Universidad, el de la Casa Volada, cercano a la hoy calle Sierra, el de Gallinita, que se asentaba en el lugar que ocupa en nuestros días la calle Municipio, el de Reyes, el del Inglés, el de Pedemonte, el de Peña, que era el más grande y profundo.

"Pues bien" -continúa Fernández Saldaña- "con semejante camino y todo era preciso resolver el problema de la comunicación barata y regular pues los vecinos vivían a merced de la voluntad de los "carruajeros" (término de la época) empleados en el tráfico. Cobraban los dueños de volantas y coches medio patacón -cuarenta y ocho centésimos- por la ida y vuelta, precio sujeto siempre a las alteraciones que a ellos se les antojase hacer. Un grupo de vecinos de la Unión, progresistas y adinerados a cuyo frente estaba el respetable ciudadano Norberto Larravide, encabezó un rápido y eficaz esfuerzo colectivo del que nació en pocos días, la llamada "Sociedad de ómnibus". El 9 de abril de 1853 quedó constituida la nueva empresa con un capital dividido en ochenta acciones de noventa patacones cada una y quince días después (seguramente los vehículos de fabricación inglesa ya habían sido encargados) tuvo lugar el viaje inaugural. "Los coches tenían capacidad para unas veinticuatro personas distribuidas adentro y en el imperial, pero cargaban bien veintiocho o treinta. Hicieron los dos coches tres viajes redondos en el primer día, movilizando cada uno en total unas trescientas personas. El precio del pasaje era un real, o sea diez centésimos. La carrera se extendía desde la Plaza Independencia hasta la parada de las diligencias en la Unión; a la puerta de una hermosa fonda y posada donde podía tomarse un confortante refrigerio. Hubo ese domingo memorable apretones sin cuento para entrar en los ómnibus y para acomodarse una vez adentro. La empresa pensó en establecer tarjetas de pasaje expedidas con debida anticipación que evitaran accidentes. A crédito se compró el equipo, se instaló la estación y se adquirieron las primeras ochenta y cuatro mulas requeridas para los tiros. El gobierno de Giró favoreciendo a la progresista iniciativa, había exonerado los dos primeros coches de los derechos aduaneros. Cuando las cosas marchaban muy bien, se encargaron a Francia a las pocas semanas tres nuevos ómnibus de construcción moderna y antes de finalizar el año 53, estaban aquí los flamantes coches del modelo de los que circulaban por las calles de París. (...) Pero esta vez hubo que pagar la mitad de los derechos de aduana después de vencer algunas dificultades pues el proteccionismo oficial parecía llegado a su límite".

Si se leen con detención los detalles de esta primera experiencia de transporte colectivo en Montevideo, que tuvo lugar hace exactamente ciento cincuenta años, se sacará la impresión de que a través del tiempo, los hechos y las circunstancias se repiten incesantemente.

El negocio de los llamados "omnibuses" (y no diligencias) que a rueda rigurosa cubrían penosamente pero con buen éxito comercial el difícil camino que separaba el centro de Montevideo con la Unión, tuvo una vida efímera. Trece años después, el gobierno autorizó el funcionamiento de trenes que rodaban sobre vías que fueron denominados pomposamente "el ferrocarril a sangre de la Unión" y que -ya en esos años la ética solía dejarse de lado cuando mediaba el dinero- habrían de recorrer paso por paso, el mismo trayecto de sus antecesores pero con una comodidad infinitamente mayor. Como era de esperarse, los anteriores concesionarios protestaron porque sus esfuerzos se derrumbaban. La gente iba a preferir para sus traslados a los nuevos coches, que al deslizarse sobre planchuelas de hierro evitaban saltos, tumbos y brusquedades. Utilizando el progreso como arma dialéctica, las autoridades desecharon los reclamos y a principios de 1867 se empezaron a instalar los rieles. La expectativa era mucha porque ésta iba a ser la primera línea férrea a instalarse en el Uruguay. Las contínuas revoluciones habían impedido que uno de los hitos del proceso civilizatorio continental, de uso habitual ya en la mayor parte de los países, fuera adoptado por el nuestro. En mayo del año siguiente, fueron inaugurados oficialmente los nuevos servicios. La crónica del diario El Siglo correspondiente al 27 de mayo de 1868, decía al respecto bajo el título La Inauguración del tren-way a la Unión. "Como estaba anunciado tuvo lugar esta fiesta antes de ayer en medio de un numeroso concurso del pueblo estacionado en toda la extensión del trayecto que debían recorrer los coches desde la Plaza Independencia hasta la estación principal de frutos de Maroñas. (...) Doce hermosos carruajes partieron a las doce del día desde la Plaza Independencia conteniendo aproximadamente doscientas cincuenta personas. (...) En los primeros de esos carruajes iban el Presidente de la República, el Ministro de Hacienda, sus edecanes, ayudantes, el Jefe Político, los miembros de la Junta Económico Administrativa, llevando los demás carruajes ciudadanos de todos los colores políticos y extranjeros de todas nacionalidades. (...) Tal vez nunca como anteayer nos ha parecido tan animado Montevideo, cubierta su calle más hermosa de una muchedumbre agitada por la curiosidad entre la cual se abrieron paso los vehículos que por primera vez en nuestro país huellan el hierro. El viaje se realizó perfectamente en medio del contento general que debía producir una fiesta tan simpática a todo el pueblo. En mitad del trayecto algunos carros se manifestaron rebeldes a la vía, cuyo incidente sólo sirvió para aumentar el buen humor de los viajeros".

Pero los hechos posteriores no fueron tan felices como estos que describe el diario. Luego del viaje inicial, que fue alentado por la población situada a ambos lados de las calles, se produjeron los primeros inconvenientes: amparadas en la noche, manos anónimas comenzaron a aguardar a los nuevos vehículos colocando obstáculos en las vía, arrojando piedras contra sus vidrios y tirando artefactos explosivos a las patas de los caballos, los que se asustaban y echaban a correr provocando descarrilamientos y heridos. Como no era difícil de imaginar, la empresa concesionaria supuso que los autores de los desmanes eran los cocheros de los ómnibus-diligencias anteriores que se quedaban sin trabajo y ante la posibilidad de que los hechos continuaran se vio obligada a contratar guardias especiales. El propio diario El Siglo se alarmó ante los atentados criticándolos duramente bajo el título Guerra al tremway en un editorial del 14 de junio de 1868, transcrito por el excelente libro de Marcos Silveira Antúnez Historia del Transporte en el Uruguay de donde han sido sacados estos datos. "La policía debiera meter en la cárcel a los malintencionados que se empeñan en hacer descarrilar los carruajes de los tremways, colocando piedras sobre los rails. Esta guerra ha obligado a la empresa a costear un peón para que con una linterna en la mano vaya reconociendo el camino; pero es materialmente imposible que siempre tenga buen resultado esa inspección de un trayecto tan largo y en muchos puntos despoblado. La audacia de los malintencionados va en aumento y han de seguir así mientras la autoridad no logre escarmentar a alguno. El lunes por la noche desde una pulpería de las Tres Cruces arrojaron a las patas de los caballos porción de paquetes de cohetes, cuyo estrépito los hizo separarse de las vías arrastrando a los wagones a riesgo de volcarse y causar desgracias".

Las líneas de los tramways tirados por caballos llenaron con sus servicios más de cuarenta años de la historia montevideana. Generalmente la tracción la realizaban tres animales y en los repechos era colocado un cuarto, cuyo complicado enganche en plena marcha del vehículo era realizado hábilmente por un experto denominado "cuarteador", quien mantenía al caballo ayudando al remolque hasta que este volvía a territorio llano. Los coches, que pronto castellanizaron su nombre inglés por el de tranvías o "trenvías" que era el más correcto, admitían hasta veinticuatro pasajeros, tenían varias ventanillas de cada lado y cuando viajaban de noche encendían dos faroles a querosén. Durante los veranos eran utilizados vehículos abiertos, con asientos colocados mirando hacia afuera.

La historia no ha recogido la caída económica de aquellos que habían apostado su dinero a los primeros ómnibus sin vías, que trabajaron durante quince años trasladado usuarios entre el centro y la Unión. Se sabe sí que el negocio posterior tuvo un éxito inmediato al punto que un año después, otras personas (o las mismas) implantaron el servicio de tranvías de caballos desde el centro hasta el Paso Molino, un trayecto que estaba atendido por las diligencias de "Rosita del Miguelete", que tenían dos frecuencias por día. Al respecto hubo grandes discusiones. Se ha contado que la mayoría de los montevideanos sostenía que no había caballos capaces de superar los repechos de la calle Agraciada, uno a la altura de Nueva York y otro al cruzar Suárez. El negativismo de los orientales que nada aportan salvo las críticas, ya era común en 1869. Cuando en agosto de este año se realizó el primer ensayo, una multitud de ociosos se agrupaba en la parte alta de la subida, cruzando apuestas. Finalmente contra todos los malos augurios, los caballitos criollos sumados al que aportó un solo cuarteador superaron la prueba. Alentada por sus ganancias (el promedio diario de viajeros pronto superó las tres mil personas) y por el auge que estaba tomando el barrio residencial del Prado, la empresa extendió sus líneas hasta el Pantanoso y el Cerro. Esto ocurrió en 1877. Pronto se fueron sucediendo los recorridos llegando a los barrios de Los Pocitos y Buceo, el Reducto y la línea norte y sud que llegaba hasta la estación Goes. Referido precisamente a los "trenvías" que llegaban a este último destino, no se puede soslayar una crónica de Juan Carlos Patrón en su imperdible libro Goes y el viejo café Vaccaro.

"Nueve años después de instalada la Plaza de las Carretas, el movimiento comercial de la zona hizo imprescindible un servicio de locomoción permanente que facilitara el desplazamiento de Goes al Centro. En 1875 se inauguró el "trenvía" de caballitos El Oriental que llegó primero hasta la estación, después hasta la Figurita, hoy Garibaldi y finalmente hasta Larrañaga. (...) Los "trenvías" eran abiertos en verano y cerrados en invierno. Los de treinta y dos pasajeros eran arrastrados por tres caballos y los de veinticuatro, por una yunta. En los repechos empinados se recurría a la ayuda del cuarteador. En la esquina de San Fructuoso, Félix Ramis, el último cuarteador de Goes, todavía en 1906 esperaba con su zaino la llegada del "trenvía". Cuando éste arribaba, prendía el caballo y entre todos lograban subir lentamente el largo repecho que separa la estación de Garibaldi. En la calle Andes había otro cuarteador para ayudar a que el tren trepara de Orillas del Plata hasta Uruguay. (...) El paso del "trenvía" era anunciado por un toque de cornetín motivando que manos femeninas entreabrieran las ventanas para admirar al arrogante mayoral. Los montevideanos de aquella época tenían el privilegio de que el ¨trenvía" se detuviera exactamente frente a la puerta de sus casas.Y de mañana temprano, si un funcionario público se dormía el mayoral lo despertaba a fuerza de cornetín.

En verano se reforzaba el servicio a la Playa Ramírez. Los pasajeros de Goes podían usar sin aumento de precio que era de dos vintenes, combinaciones que los llevaban hasta la playa. El "trenvía" continuaba viaje por la terraza que penetraba en la arena y se extendía unos cien metros río adentro. Al final de la línea, ya sobre el agua, los pasajeros descendían por dos escaleras. A la izquierda, las mujeres gozaban de una zona de baños reservados con absoluta prohibición de acceso para los hombres que tenían su campo de concentración a la derecha. Pero desde que el mundo es mundo, inventada la prohibición automáticamente se inventó el contrabando. Las siluetas femeninas lejanas en la realidad se acercaban a los ojos ávidos por medio de un largavistas que se alquilaba a real la hora. El arrendamiento de la casilla costaba veinte centésimos incluyendo un traje de baño demasiado corto o demasiado largo, una toalla habitualmente agujereada y una ducha familiarmente llamada regadera.

Durante las tres últimas décadas del siglo XIX los servicios de tranvías de caballitos vivieron un período de auge excepcional que recién comenzó a decaer en 1906 cuando se inauguraron los recorridos de los vehículos eléctricos. Una de estas empresas Tranvías del este, llegó incluso a extender en 1877 una línea hacia la llamada entonces Playa de los Pocitos, que iba por 18 de julio, luego tomaba Rivera y por último Pereyra hasta la rambla, con pasajes que incluían el uso de las casillas de baño que la misma empresa había mandado construir. Además de estos carritos, donde las personas podían cambiar sus ropas, la empresa tranviaria edificó el primer Hotel de los Pocitos, promoviendo la venida de los turistas argentinos.

Pero no todas eran flores. El personal de las compañías trabajaba doce horas diarias descansando solamente los domingos y como si eso fuera poco, eran chicos los salarios. Los guardas y los mayorales con cornetín y todo ganaban veintiocho pesos por mes y los cuarteadores dieciocho. A principios del siglo XX, la influencia de la inmigración anarquista provocó una sacudida en el mundo laboral. Uno de los gremios que se levantó en huelga por el exceso de sus horas de trabajo y lo magro de sus ingresos fue el del personal de los tranvías de caballitos. El episodio que era absolutamente novedoso en aquel pacífico Montevideo, fue reprimido duramente por la policía. La revista Rojo y Blanco de noviembre de 1901, publicó varias fotos e informó al respecto: "Excepción hecha de las líneas del Reducto, Pocitos y Este, ardió Troya en todas las demás. La coqueta ciudad ha tenido un aspecto guerrero. A las manifestaciones de los huelguistas, se han opuesto las manifestaciones de la policía a pie y a caballo armadas de lanzas, sables, machetes y revólvers". En su número siguiente, la misma revista publicó otras fotos que ilustraban una gran fiesta campera en la que los gerentes de las compañías tranviarias agradecían a las autoridades y personal de la policía su eficaz intervención contra los huelguistas.

Mucho menos seria y más solidaria con el movimiento gremial, la crónica del doctor Patrón en el libro antes citado, decía: "La empresa contrató personal de emergencia que fue insultado y apedreado por los huelguistas desde las principales esquinas de Goes. Al paso del "trenvía", el rompehuelgas tenía que oír con las orejas coloradas los versos que una comparsa carnavalera había difundido.

Cuando un carnero mi negra

te haga el amor

dile al instante mi negra

que no, que no...

Porque un carnero mi negra

no puede ser

que con su guampa ni negra

tenga mujer".

Pese al empleo de los tranvías eléctricos, los de caballitos continuaron funcionando aunque sólo en algunas líneas, por casi veinte años más. En 1925, en una esquina que nadie recuerda ya, el cornetín del último mayoral se despidió para siempre.

Por César di Candia



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