Sábado 5 de abril de 2003- Año 85 -Nº 29331
Internet Año 8 - Nº 2441 | Montevideo - Uruguay
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Florencio: un genio que vivió apenas 35 años (II)
"Mi viaje a la celebridad se ha convertido en un viaje a la tuberculosis"

Fue el más grande dramaturgo de América, pero bohemio y alcohólico hasta el final, Florencio Sánchez terminó devorado por la tuberculosis en Italia, en un hospital de caridad atendido por monjas, el único que accedió a recibirlo debido a su estado.

César Di Candia

Aunque haya dudas con respecto a la fecha en que la conoció y hasta en la grafía exacta de su apellido, es un hecho incontrovertible que a partir de su noviazgo con Catalina Rabentós (o Raventos), la vida de Florencio Sánchez experimentó, al menos durante períodos, un poco de sosiego. No le fue fácil entablar relaciones con ella y mucho menos contraer matrimonio. En realidad, la imagen física del futuro dramaturgo dejaba mucho que desear. Tal como lo describió su biógrafo Fernando García Esteban, "era en verdad poco atrayente; se achicaba bastante al caminar, porque dejaba caer hacia adelante el cuerpo, dando impresión de que los huesos habían logrado absurda independencia en el conjunto; por si fuera poco, no ponía voluntad para sostenerlos; y se evidenciaban como si el traje tuviera un saco de patatas. De él salían dos brazos largos rematados por manos huesudas y la cabeza con el mechón renegrido. Este le caía a intérvalos sobre la frente y lo echaba para atrás con un gesto que pasó a constituir un hábito". Julio Piquet, uno de los periodistas que lo conocieron cuando tenía veintitrés años y trabajaba en El Siglo lo pintó con trazos aún más crueles. "Tenía un físico singular, delgado, fino hasta amenazar quebrarse. Tenía manos delgadas casi simiescas que quedaban distanciadas de la bocamanga. Después de las manos me chocó el cabello que parecía partir en dos mitades la cabeza. Las manos pasaban a veces por el pelo echándolo para atrás. Al hacer este movimiento, descubríanse los ojos velados por largos párpados pesados. Los ojos eran oscuros, redondos con la córnea algo encarnada, ojos que parecían destinados a rehuir la visión del mundo exterior. Candidato a la tuberculosis".

Si su presencia no resultaba, para la sociedad de principios del siglo XX de las más satisfactorias, menos todavía lo era su forma de vivir. Se le sabía carente en absoluto de dinero, trasnochador, aficionado a la bebida, falto de religión, de poca voluntad para el trabajo y escasamente respetuoso de las costumbres burguesas. Y como si eso no bastara para definir a un mal partido, había llegado a los oídos de la familia de su novia Catita, que simpatizaba con las ideas anarquistas. Y como era sabido, éstos despreciaban la sagrada institución del matrimonio. En ese mismo año, uno de sus compañeros de trabajo lo había retratado de esta manera: "Su silueta era alta, escuálida, deshilachada. Pasaba sus noches en la sala de billares de "El País", tendido sobre un sofá". Con esos antecedentes, la familia Rabentós no podía aceptarlo. Y naturalmente le puso plazo para que se aviniera a la vida de la gente juiciosa.

Florencio trató de cambiar. Prueba de sus buenos propósitos es una carta que le envía a su novia: "Catita mía: tú me has hecho reflexionar juiciosamente; me has inducido a abandonar para siempre la vida anormal que llevara; me has hecho soñar con el reposo anhelado de un hogar. Y por la felicidad de nosotros dos, todo sacrificio me parecerá leve. Hoy como nunca las circunstancias se me presentan favorables y sabré aprovecharlas, cueste lo que cueste. (...) Dicen que soy otra persona, que me han hecho de nuevo. Yo me río y digo entre mí: pregúntenselo a Catita, mi nena querida. (...) ¡Deliciosa y santa criatura! ¡Te quiero cada vez más! ¡Voy cosechando laureles en esta jornada para tí, para tejerte con ellos la corona de novia!"

A juzgar por la expresión "circunstancias favorables", podría creerse que Florencio ya tenía en la cabeza el proyecto de M’ hijo el dotor la obra con la cual en agosto de 1903 deslumbró a la opinión pública de Buenos Aires. M’ hijo el dotor fue escrita con increíble rapidez. En dos noches estructuró los dos primeros actos, que llevó de inmediato a don Joaquín de Vedia su amigo y uno de los grandes actores de la época, para que se los juzgara. Una vez que éste le dio su aprobación, terminó el tercero en otra noche de insomnio. Luego hizo tres copias que escribió en la parte trasera de formularios de telegramas robados en las oficinas del Correo y reuniendo a la familia de Catita en pleno, le leyó la obra para demostrarles que podía trabajar en serio, si se lo proponía.

El 13 de agosto de 1903, el diario La Nación de Buenos Aires publicó el siguiente anuncio: "Estreno en la Comedia. En el teatro de la calle Artes se estrenará esta noche una comedia en tres actos de D. Florencio Sánchez titulada "M’ hijo el dotor", obra enteramente nacional por el lugar de la acción, el ambiente, los caracteres y demás y en la que sus conocedores fundan muchas esperanzas".

Con tal que se conociera su producción, a Florencio que era terriblemente supersticioso, no le importó que el estreno se efectuara un día trece y tuvo razón. Se agotaron las entradas y el éxito fue estruendoso. Al terminar la representación atrapado por el público y los viejos amigos, el autor distinguió a Catita que lo aguardaba. La señaló a todos y les dijo:

-Esa es mi novia señores y antes de un mes será mi esposa.

El anarquista Florencio, partidario del amor libre acababa de abatir la bandera de sus más caros principios y ahora cumpliendo lo prometido, estaba dispuesto a casarse lo más pronto posible. No era para menos. Convencidos que se trataba de una obra maestra, sus mentores no solamente le habían dado cien pesos para que se vistiera decentemente el día del estreno sino que le habían asegurado diez pesos por acto mientras duraran las representaciones. Más dinero que el que el autor había visto en toda su vida. Pocos días después sus amigos le hicieron una gran despedida frente al Mercado del Plata entre guirnaldas de flores, un organillero y mucho alcohol, que terminó con varios de los participantes rodando por las escaleras. Cuando le tocó agradecer, Florencio entre hipos llorosos, pronunció una de sus frases más recordadas:

-¡Ahora que tengo con qué comer, me dan banquetes!

El 25 de setiembre, un mes y días después del estreno de M’ hijo el dotor, Florencio Sánchez y Catalina Rabentós se casaron apadrinados por Joaquín de Vedia y José Ingenieros. Poco antes de la ceremonia, un amigo de la familia había dicho a Catita que cuidara a su futuro marido porque estaba enfermo del pulmón, pero ésta no le creyó.

A las semanas, la obra se dio en Montevideo con la presencia en sala del propio Presidente de la República don José Batlle y Ordóñez, quien la aplaudió de pie desde su palco. Sin embargo, como a veces ocurre, Samuel Blixen uno de los más reputados críticos uruguayos que además había sido compañero de Sánchez cuando éste trabajaba en el diario La Razón, no estuvo conforme y en su crónica le recomendó que se dejara de personajes de tesis y se dedicara al sainete que era para lo que tenía condiciones. Florencio, que conocía a sus compatriotas y venía dispuesto a los palos, no le dio importancia. En Buenos Aires su obra ya estaba llegando a las cincuenta funciones sin que la asistencia llevara miras de decaer. Fue entonces que se animó a proponer la puesta en escena de Canillita, una obra escrita y ya representada en Rosario, que tiempo atrás había sido rechazada por todos los elencos de la capital argentina.

Inspirada en su conocimiento del gremio de los vendedores de diarios, en otros tiempos cofrades de copas, juergas y bohemia, Canillita fue aceptada de inmediato por Jerónimo Podestá quien ya había dado M’ hijo el dotor un poco porque el triunfo de ésta le iba a acarrear mucho público y otro poco porque la obra realmente lo valía. No se equivocó. Uno de los críticos de la prensa bonaerense llegó a escribir, apropiándose de paso de la nacionalidad del autor, que "si Florencio Sánchez hubiera escrito solamente esta obra, ella le bastaría para destacarse a la vanguardia de los dramaturgos nacionales".

Los jugosos ingresos de las dos obras, que malgastó con la misma celeridad con la que le entraron, el deseo de ser ahora un hombre responsable ante la familia de su esposa y un nunca disimulado anhelo de llegar a la cumbre y quedarse allí, hicieron de Florencio un escritor compulsivo. "Encerrado en su cuarto" -lo describe García Esteban- "se sentaba a la mesa con papel, pluma, tinta y mate. Si hacía frío, usaba una manta. Y así trabajaba convulso, hasta que no podía más o hasta que daba fin; entonces, quedaba exhausto". Mientras tanto, su salud se deterioraba.

En agosto de 1904, seis meses después del estreno de Canillita el mismo Jerónimo Podestá representó Las Cédulas de San Juan, en octubre Angelina Pagano La pobre gente en el teatro San Martín y en diciembre la misma actriz La Gringa. Ese mismo año, Florencio vendió a Jerónimo Podestá los derechos de sus tres primeras obras en $ 879, una cifra que sus amigos entendieron insuficiente, pero que a Florencio, en plena crisis económica como le era habitual, le convino.

Pese a sus éxitos, tal vez por su continua falta de dinero al que nunca aprendió a administrar o por sus crisis alcohólicas que le provocaban remordimientos ante su esposa, poco tiempo después, Florencio entró en una etapa depresiva que lo obligó a refugiarse en casa de sus padres, situada en 8 de Octubre al lado de la iglesia Tierra Santa. Cuentan testigos que allí se le solía ver, armando canastas de mimbre para la venta. En esa paz, lejos de los problemas de su hogar pero sin abandonar en ningún momento las copas ni la noche, encontró tiempo para escribir su mejor trabajo, una de las obras maestras del teatro sudamericano: Barranca Abajo. Fernando García Esteban recuerda que cuando años después Camila Quiroga dio esta obra en Madrid, un crítico español escribió: "don Zoilo es el rey Lear gaucho".

Aquel año 1905, Florencio Sánchez vivió vivió sus momentos de mayor tranquilidad económica y bonanza matrimonial. Habiendo vendido Barranca Abajo en $ 2.000 a don José J. Podestá, pudo alquilar una casa en Banfield donde se mudó con Catita, su hermano Alberto, una calandria llamada Kiki a la que silbaba canciones anarquistas para que aprendiera a repetirlas y un juangrande, un zancudo de bañado parecido a las garzas al que muchos biógrafos que poco han salido de la capital mencionan con error como si el escritor le hubiera puesto de nombre Juan Grande. En Banfield escribió tres obras que fueron estrenadas por Pepe Podestá ese mismo año: el sainete cómico Mano Santa, estrenado en junio, En Familia y Los Muertos, ambos en el mes de octubre. Esta última obra fue gestada en una sola noche de hotel y con Catita de regreso en casa de sus padres pues el alquiler de la casa de Banfield había sucumbido a causa de los dispendios económicos de Florencio. Cabría agregar, como una anécdota que redondea la personalidad de su autor, que En Familia al igual que M’hijo el dotor, fue escrita en el reverso de los formularios del Telégrafo argentino. Sus originales se encuentran en la Biblioteca Nacional de Montevideo.

Los adelantos de dinero sobre Los Muertos volvieron a darle a Florencio Sánchez, que siempre había vivido por adelantado, la posibilidad de una recuperación económica, pero su físico se seguía deteriorando. Los continuos esfuerzos intelectuales, la mala alimentación, el exceso de cigarrillos y la dependencia alcohólica habían afectado seriamente su salud, que siempre había sido delicada. En enero de 1907, vivió la excepcional situación de que la misma noche, los hermanos Podestá le estrenaran dos obras: José Los Curdas en el teatro Apolo y Pablo La Tigra en el Argentino y que seis días después, un tercer hermano, Jerómino, hiciera lo propio con Moneda Falsa. En mayo el mismo Jerónimo le estrenó Nuestros Hijos en el Nacional y en diciembre se representó Los derechos de la salud en el teatro Solís de Montevideo. Este fue su primer estreno en su país natal. Cinco obras en un año, demasiado esfuerzo físico y mental para una persona con el cuerpo quebrantado. Para reponerse, accedió a pasar una temporada en la estancia Santa Elisa, en Florida, propiedad de su primo Joaquín Sánchez, mientras aguardaba las gestiones que le estaban haciendo algunos amigos ante el Presidente Williman para que le facilitara un viaje a Europa. En la tranquilidad del campo, sometido a un régimen alimenticio a base de leche y verduras, recuperó siete quilos. El doctor Fernández, un médico de la ciudad de Florida lo asustó diciéndole que tenía la aorta de un viejo de sesenta años. Pero apenas volvió a Montevideo, el cigarrillo y las interminables ruedas de copas, se ecargaron de dominarlo.

Pese a su mala vida, siguió siendo el gran dramaturgo del Río de la Plata. En 1908, la revista Nosotros le dedicó un número entero en el cual colaboraron los mejores críticos teatrales de Uruguay y Argentina, un honor jamás alcanzado por ningún otro autor. Sin embargo este homenaje no lo sacó de la depresión en la cual había vuelto a sumirse. Poco después le escribió a su primo Joaquín: "No achaques a otra cosa que a la murria que me iba consumiendo mi silencio prolongado. Tengo una yeta bárbara. Te conté el final desastroso de mis aventuras de empresario. A él siguieron una serie de contratiempos de la peor especie, contratiempos económicos. Es cosa del diablo que nunca pueda adquirir el sentido práctico de la vida. Creo que si me cayera la lotería del millón, a los quince días andaría galgueando por un peso".

Las demoras burocráticas y políticas de su esperado viaje a Europa parecían no tener fin y concluyeron por exasperarlo. A mediados de año, la Cámara de Diputados le votó una pensión de $ 200 a instancias del legislador colorado José Enrique Rodó y en julio tuvo lugar el estreno de Marta Gruni en el teatro Politeama. Tendrá que esperar todavía más de un año para que el Presidente Williman lo designe delegado oficial del gobierno "para informar sobre la posible concurrencia del Uruguay a la exposición artística internacional que se realizaría en Italia". La propia denominación de su misión demuestra que lo que se buscaba era un subterfugio para que pudiera visitar aquel país en uso de una disimulada subvención oficial. Florencio estaba cada vez más enfermo y probablemente ya intuía la gravedad de su mal porque escribió: "Si yo muero, cosa difícil dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en la vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido y con olor a la Asistencia Pública y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos".

Luego de dos memorables y copiosas despedidas de sus amigos, una en el Hotel Lanata de Montevideo y otra en el París Hotel de Buenos Aires el 25 de setiembre de 1909 Florencio Sánchez partió para Europa en el Príncipe de Udine, con la esperanza de hacerse conocer y vender algunas de sus obras a los empresarios italianos. Además del dinero oficial, iba con un doble sueldo: las corresponsalías de Ultima Hora de Buenos Aires y La Razón de Montevideo. Semanas antes de partir consultó a un médico amigo acerca de la posibilidad de llevar a Catita, pero éste se manifestó por la negativa.

-Mal no estás -le dijo- pero bien tampoco.

En realidad, su tuberculosis estaba ya muy avanzada. Apenas llegado a Génova, luego de veinte días de navegación le escribió a su amigo Julián Nogueira una carta desalentadora: "Caro Nogueira: la gran desgracia nacional. estoy enfermo y a lo que parece, seriamente. (...) Se trata de una bronquitis con serias proyecciones sobre el pulmón izquierdo. (...) ¡La gran flauta que tengo yeta! Estoy desconsolado y con ganas de dejarme morir. (...) Cada vez que esputo sangre se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Este viaje a la celebridad me puede resultar un viaje a la tuberculosis!".

En Italia no se encontró solo. Conocía en Génova al cónsul Callorda, viejo compañero de juergas en el Polo Bamba y en Roma al Ministro Eduardo Acevedo Díaz, junto al cual había trabajado antes de la revolución del 97 en El Nacional y a su secretario el poeta Pablo Minelli con quien había alternado en la Torre de los Panoramas. Pero el frío de la capital no le hizo bien, tampoco la escasa atención que le dedicó el Ministro y regresó a Génova donde entregó al eximio actor Ermette Zacconi un par de obras, las que éste semanas después negó a haberlas recibido aduciendo que ni siquiera había conocido al autor. Pese a ese fracaso, logró vender en tres mil francos al actor siciliano Giovanni Grasso la mitad de los derechos sobre su obra Los muertos y con ese dinero viajó a Niza dilapidando hasta la última moneda en quince días consecutivos de mujeres fáciles y alcohol sin medida. También dejó allí los restos de su salud. A fines de octubre los médicos le revelaron que su mal era incurable y debía hospitalizarse de inmediato. Uno de sus amigos de Rosario, el cantante lírico Santiago Devic se encargó de sus gastos y hasta de comprarle ropa y una silla de ruedas. Luego de ser rechazado de todos los sanatorios debido a la gravedad de su estado logró ser admitido en un establecimiento religioso llamado Fate bene fratelli. En este lugar falleció el 7 de noviembre de 1910, luego de negarse a todo auxilio de la religión, siendo enterrado sin velatorio a causa de su enfermedad. Sus últimas palabras fueron dirigidas a su amigo, el único que lo acompañó hasta el final: "¿Quién dijo miedo, Devic?". Tuvieron que pasar diez años para que su cadáver fuera traído a Montevideo.

Libros consultados

Vida de Florencio Sánchez.- Fernando García Esteban. Ed. Alfa,1968.

Florencio Sánchez.- Jorge Pignataro. Ed. Arca, 1979.

Florencio Sánchez.- Jorge Lafforgue. Ed. CEDAL 1967

Prólogo a "El Caudillaje criminal en Sud América". E.M.S. Danero. Ed. EUDEBA. 1966.



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