César Di Candia
Aunque haya dudas con respecto a la fecha en que la
conoció y hasta en la grafía exacta de su apellido, es
un hecho incontrovertible que a partir de su noviazgo
con Catalina Rabentós (o Raventos), la vida de
Florencio Sánchez experimentó, al menos durante
períodos, un poco de sosiego. No le fue fácil entablar
relaciones con ella y mucho menos contraer
matrimonio. En realidad, la imagen física del futuro
dramaturgo dejaba mucho que desear. Tal como lo
describió su biógrafo Fernando García Esteban, "era
en verdad poco atrayente; se achicaba bastante al
caminar, porque dejaba caer hacia adelante el cuerpo,
dando impresión de que los huesos habían logrado
absurda independencia en el conjunto; por si fuera
poco, no ponía voluntad para sostenerlos; y se
evidenciaban como si el traje tuviera un saco de
patatas. De él salían dos brazos largos rematados por
manos huesudas y la cabeza con el mechón
renegrido. Este le caía a intérvalos sobre la frente y lo
echaba para atrás con un gesto que pasó a constituir
un hábito". Julio Piquet, uno de los periodistas que lo
conocieron cuando tenía veintitrés años y trabajaba en
El Siglo lo pintó con trazos aún más crueles. "Tenía un
físico singular, delgado, fino hasta amenazar
quebrarse. Tenía manos delgadas casi simiescas que
quedaban distanciadas de la bocamanga. Después de
las manos me chocó el cabello que parecía partir en
dos mitades la cabeza. Las manos pasaban a veces
por el pelo echándolo para atrás. Al hacer este
movimiento, descubríanse los ojos velados por largos
párpados pesados. Los ojos eran oscuros, redondos
con la córnea algo encarnada, ojos que parecían
destinados a rehuir la visión del mundo exterior.
Candidato a la tuberculosis".
Si su presencia no resultaba, para la sociedad de
principios del siglo XX de las más satisfactorias,
menos todavía lo era su forma de vivir. Se le sabía
carente en absoluto de dinero, trasnochador,
aficionado a la bebida, falto de religión, de poca
voluntad para el trabajo y escasamente respetuoso de
las costumbres burguesas. Y como si eso no bastara
para definir a un mal partido, había llegado a los oídos
de la familia de su novia Catita, que simpatizaba con
las ideas anarquistas. Y como era sabido, éstos
despreciaban la sagrada institución del matrimonio.
En ese mismo año, uno de sus compañeros de
trabajo lo había retratado de esta manera: "Su silueta
era alta, escuálida, deshilachada. Pasaba sus noches
en la sala de billares de "El País", tendido sobre un
sofá". Con esos antecedentes, la familia Rabentós no
podía aceptarlo. Y naturalmente le puso plazo para
que se aviniera a la vida de la gente juiciosa.
Florencio trató de cambiar. Prueba de sus buenos
propósitos es una carta que le envía a su novia: "Catita
mía: tú me has hecho reflexionar juiciosamente; me
has inducido a abandonar para siempre la vida
anormal que llevara; me has hecho soñar con el
reposo anhelado de un hogar. Y por la felicidad de
nosotros dos, todo sacrificio me parecerá leve. Hoy
como nunca las circunstancias se me presentan
favorables y sabré aprovecharlas, cueste lo que
cueste. (...) Dicen que soy otra persona, que me han
hecho de nuevo. Yo me río y digo entre mí:
pregúntenselo a Catita, mi nena querida. (...) ¡Deliciosa
y santa criatura! ¡Te quiero cada vez más! ¡Voy
cosechando laureles en esta jornada para tí, para
tejerte con ellos la corona de novia!"
A juzgar por la expresión "circunstancias favorables",
podría creerse que Florencio ya tenía en la cabeza el
proyecto de M’ hijo el dotor la obra con la cual en
agosto de 1903 deslumbró a la opinión pública de
Buenos Aires. M’ hijo el dotor fue escrita con increíble
rapidez. En dos noches estructuró los dos primeros
actos, que llevó de inmediato a don Joaquín de Vedia
su amigo y uno de los grandes actores de la época,
para que se los juzgara. Una vez que éste le dio su
aprobación, terminó el tercero en otra noche de
insomnio. Luego hizo tres copias que escribió en la
parte trasera de formularios de telegramas robados en
las oficinas del Correo y reuniendo a la familia de
Catita en pleno, le leyó la obra para demostrarles que
podía trabajar en serio, si se lo proponía.
El 13 de agosto de 1903, el diario La Nación de
Buenos Aires publicó el siguiente anuncio: "Estreno en
la Comedia. En el teatro de la calle Artes se estrenará
esta noche una comedia en tres actos de D. Florencio
Sánchez titulada "M’ hijo el dotor", obra enteramente
nacional por el lugar de la acción, el ambiente, los
caracteres y demás y en la que sus conocedores
fundan muchas esperanzas".
Con tal que se conociera su producción, a Florencio
que era terriblemente supersticioso, no le importó que
el estreno se efectuara un día trece y tuvo razón. Se
agotaron las entradas y el éxito fue estruendoso. Al
terminar la representación atrapado por el público y los
viejos amigos, el autor distinguió a Catita que lo
aguardaba. La señaló a todos y les dijo:
-Esa es mi novia señores y antes de un mes será mi
esposa.
El anarquista Florencio, partidario del amor libre
acababa de abatir la bandera de sus más caros
principios y ahora cumpliendo lo prometido, estaba
dispuesto a casarse lo más pronto posible. No era
para menos. Convencidos que se trataba de una obra
maestra, sus mentores no solamente le habían dado
cien pesos para que se vistiera decentemente el día
del estreno sino que le habían asegurado diez pesos
por acto mientras duraran las representaciones. Más
dinero que el que el autor había visto en toda su vida.
Pocos días después sus amigos le hicieron una gran
despedida frente al Mercado del Plata entre guirnaldas
de flores, un organillero y mucho alcohol, que terminó
con varios de los participantes rodando por las
escaleras. Cuando le tocó agradecer, Florencio entre
hipos llorosos, pronunció una de sus frases más
recordadas:
-¡Ahora que tengo con qué comer, me dan banquetes!
El 25 de setiembre, un mes y días después del
estreno de M’ hijo el dotor, Florencio Sánchez y
Catalina Rabentós se casaron apadrinados por
Joaquín de Vedia y José Ingenieros. Poco antes de la
ceremonia, un amigo de la familia había dicho a Catita
que cuidara a su futuro marido porque estaba enfermo
del pulmón, pero ésta no le creyó.
A las semanas, la obra se dio en Montevideo con la
presencia en sala del propio Presidente de la
República don José Batlle y Ordóñez, quien la aplaudió
de pie desde su palco. Sin embargo, como a veces
ocurre, Samuel Blixen uno de los más reputados
críticos uruguayos que además había sido compañero
de Sánchez cuando éste trabajaba en el diario La
Razón, no estuvo conforme y en su crónica le
recomendó que se dejara de personajes de tesis y se
dedicara al sainete que era para lo que tenía
condiciones. Florencio, que conocía a sus
compatriotas y venía dispuesto a los palos, no le dio
importancia. En Buenos Aires su obra ya estaba
llegando a las cincuenta funciones sin que la
asistencia llevara miras de decaer. Fue entonces que
se animó a proponer la puesta en escena de Canillita,
una obra escrita y ya representada en Rosario, que
tiempo atrás había sido rechazada por todos los
elencos de la capital argentina.
Inspirada en su conocimiento del gremio de los
vendedores de diarios, en otros tiempos cofrades de
copas, juergas y bohemia, Canillita fue aceptada de
inmediato por Jerónimo Podestá quien ya había dado
M’ hijo el dotor un poco porque el triunfo de ésta le iba
a acarrear mucho público y otro poco porque la obra
realmente lo valía. No se equivocó. Uno de los críticos
de la prensa bonaerense llegó a escribir,
apropiándose de paso de la nacionalidad del autor,
que "si Florencio Sánchez hubiera escrito solamente
esta obra, ella le bastaría para destacarse a la
vanguardia de los dramaturgos nacionales".
Los jugosos ingresos de las dos obras, que malgastó
con la misma celeridad con la que le entraron, el
deseo de ser ahora un hombre responsable ante la
familia de su esposa y un nunca disimulado anhelo de
llegar a la cumbre y quedarse allí, hicieron de Florencio
un escritor compulsivo. "Encerrado en su cuarto" -lo
describe García Esteban- "se sentaba a la mesa con
papel, pluma, tinta y mate. Si hacía frío, usaba una
manta. Y así trabajaba convulso, hasta que no podía
más o hasta que daba fin; entonces, quedaba
exhausto". Mientras tanto, su salud se deterioraba.
En agosto de 1904, seis meses después del estreno
de Canillita el mismo Jerónimo Podestá representó
Las Cédulas de San Juan, en octubre Angelina
Pagano La pobre gente en el teatro San Martín y en
diciembre la misma actriz La Gringa. Ese mismo año,
Florencio vendió a Jerónimo Podestá los derechos de
sus tres primeras obras en $ 879, una cifra que sus
amigos entendieron insuficiente, pero que a Florencio,
en plena crisis económica como le era habitual, le
convino.
Pese a sus éxitos, tal vez por su continua falta de
dinero al que nunca aprendió a administrar o por sus
crisis alcohólicas que le provocaban remordimientos
ante su esposa, poco tiempo después, Florencio entró
en una etapa depresiva que lo obligó a refugiarse en
casa de sus padres, situada en 8 de Octubre al lado
de la iglesia Tierra Santa. Cuentan testigos que allí se
le solía ver, armando canastas de mimbre para la
venta. En esa paz, lejos de los problemas de su hogar
pero sin abandonar en ningún momento las copas ni
la noche, encontró tiempo para escribir su mejor
trabajo, una de las obras maestras del teatro
sudamericano: Barranca Abajo. Fernando García
Esteban recuerda que cuando años después Camila
Quiroga dio esta obra en Madrid, un crítico español
escribió: "don Zoilo es el rey Lear gaucho".
Aquel año 1905, Florencio Sánchez vivió vivió sus
momentos de mayor tranquilidad económica y
bonanza matrimonial. Habiendo vendido Barranca
Abajo en $ 2.000 a don José J. Podestá, pudo alquilar
una casa en Banfield donde se mudó con Catita, su
hermano Alberto, una calandria llamada Kiki a la que
silbaba canciones anarquistas para que aprendiera a
repetirlas y un juangrande, un zancudo de bañado
parecido a las garzas al que muchos biógrafos que
poco han salido de la capital mencionan con error
como si el escritor le hubiera puesto de nombre Juan
Grande. En Banfield escribió tres obras que fueron
estrenadas por Pepe Podestá ese mismo año: el
sainete cómico Mano Santa, estrenado en junio, En
Familia y Los Muertos, ambos en el mes de octubre.
Esta última obra fue gestada en una sola noche de
hotel y con Catita de regreso en casa de sus padres
pues el alquiler de la casa de Banfield había
sucumbido a causa de los dispendios económicos de
Florencio. Cabría agregar, como una anécdota que
redondea la personalidad de su autor, que En Familia
al igual que M’hijo el dotor, fue escrita en el reverso de
los formularios del Telégrafo argentino. Sus originales
se encuentran en la Biblioteca Nacional de Montevideo.
Los adelantos de dinero sobre Los Muertos volvieron
a darle a Florencio Sánchez, que siempre había vivido
por adelantado, la posibilidad de una recuperación
económica, pero su físico se seguía deteriorando. Los
continuos esfuerzos intelectuales, la mala
alimentación, el exceso de cigarrillos y la dependencia
alcohólica habían afectado seriamente su salud, que
siempre había sido delicada. En enero de 1907, vivió la
excepcional situación de que la misma noche, los
hermanos Podestá le estrenaran dos obras: José Los
Curdas en el teatro Apolo y Pablo La Tigra en el
Argentino y que seis días después, un tercer hermano,
Jerómino, hiciera lo propio con Moneda Falsa. En
mayo el mismo Jerónimo le estrenó Nuestros Hijos
en el Nacional y en diciembre se representó Los
derechos de la salud en el teatro Solís de Montevideo.
Este fue su primer estreno en su país natal. Cinco
obras en un año, demasiado esfuerzo físico y mental
para una persona con el cuerpo quebrantado. Para
reponerse, accedió a pasar una temporada en la
estancia Santa Elisa, en Florida, propiedad de su
primo Joaquín Sánchez, mientras aguardaba las
gestiones que le estaban haciendo algunos amigos
ante el Presidente Williman para que le facilitara un
viaje a Europa. En la tranquilidad del campo, sometido
a un régimen alimenticio a base de leche y verduras,
recuperó siete quilos. El doctor Fernández, un médico
de la ciudad de Florida lo asustó diciéndole que tenía
la aorta de un viejo de sesenta años. Pero apenas
volvió a Montevideo, el cigarrillo y las interminables
ruedas de copas, se ecargaron de dominarlo.
Pese a su mala vida, siguió siendo el gran dramaturgo
del Río de la Plata. En 1908, la revista Nosotros le
dedicó un número entero en el cual colaboraron los
mejores críticos teatrales de Uruguay y Argentina, un
honor jamás alcanzado por ningún otro autor. Sin
embargo este homenaje no lo sacó de la depresión en
la cual había vuelto a sumirse. Poco después le
escribió a su primo Joaquín: "No achaques a otra cosa
que a la murria que me iba consumiendo mi silencio
prolongado. Tengo una yeta bárbara. Te conté el final
desastroso de mis aventuras de empresario. A él
siguieron una serie de contratiempos de la peor
especie, contratiempos económicos. Es cosa del
diablo que nunca pueda adquirir el sentido práctico de
la vida. Creo que si me cayera la lotería del millón, a
los quince días andaría galgueando por un peso".
Las demoras burocráticas y políticas de su esperado
viaje a Europa parecían no tener fin y concluyeron por
exasperarlo. A mediados de año, la Cámara de
Diputados le votó una pensión de $ 200 a instancias
del legislador colorado José Enrique Rodó y en julio
tuvo lugar el estreno de Marta Gruni en el teatro
Politeama. Tendrá que esperar todavía más de un año
para que el Presidente Williman lo designe delegado
oficial del gobierno "para informar sobre la posible
concurrencia del Uruguay a la exposición artística
internacional que se realizaría en Italia". La propia
denominación de su misión demuestra que lo que se
buscaba era un subterfugio para que pudiera visitar
aquel país en uso de una disimulada subvención
oficial. Florencio estaba cada vez más enfermo y
probablemente ya intuía la gravedad de su mal porque
escribió: "Si yo muero, cosa difícil dado mi amor a la
vida, muero porque he resuelto morir. La única
dificultad que no he sabido vencer en la vida ha sido la
de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de
quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no
haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que
mi cadáver sea llevado sin ruido y con olor a la
Asistencia Pública y de allí a la Morgue. Sería para mí
un honor único que un estudiante de medicina fundara
su saber provechoso para la humanidad en la
disección de cualquiera de mis músculos".
Luego de dos memorables y copiosas despedidas de
sus amigos, una en el Hotel Lanata de Montevideo y
otra en el París Hotel de Buenos Aires el 25 de
setiembre de 1909 Florencio Sánchez partió para
Europa en el Príncipe de Udine, con la esperanza de
hacerse conocer y vender algunas de sus obras a los
empresarios italianos. Además del dinero oficial, iba
con un doble sueldo: las corresponsalías de Ultima
Hora de Buenos Aires y La Razón de Montevideo.
Semanas antes de partir consultó a un médico amigo
acerca de la posibilidad de llevar a Catita, pero éste se
manifestó por la negativa.
-Mal no estás -le dijo- pero bien tampoco.
En realidad, su tuberculosis estaba ya muy avanzada.
Apenas llegado a Génova, luego de veinte días de
navegación le escribió a su amigo Julián Nogueira una
carta desalentadora: "Caro Nogueira: la gran desgracia
nacional. estoy enfermo y a lo que parece, seriamente.
(...) Se trata de una bronquitis con serias proyecciones
sobre el pulmón izquierdo. (...) ¡La gran flauta que
tengo yeta! Estoy desconsolado y con ganas de
dejarme morir. (...) Cada vez que esputo sangre se me
llenan los ojos de lágrimas. ¡Este viaje a la celebridad
me puede resultar un viaje a la tuberculosis!".
En Italia no se encontró solo. Conocía en Génova al
cónsul Callorda, viejo compañero de juergas en el
Polo Bamba y en Roma al Ministro Eduardo Acevedo
Díaz, junto al cual había trabajado antes de la
revolución del 97 en El Nacional y a su secretario el
poeta Pablo Minelli con quien había alternado en la
Torre de los Panoramas. Pero el frío de la capital no le
hizo bien, tampoco la escasa atención que le dedicó el
Ministro y regresó a Génova donde entregó al eximio
actor Ermette Zacconi un par de obras, las que éste
semanas después negó a haberlas recibido
aduciendo que ni siquiera había conocido al autor.
Pese a ese fracaso, logró vender en tres mil francos al
actor siciliano Giovanni Grasso la mitad de los
derechos sobre su obra Los muertos y con ese dinero
viajó a Niza dilapidando hasta la última moneda en
quince días consecutivos de mujeres fáciles y alcohol
sin medida. También dejó allí los restos de su salud. A
fines de octubre los médicos le revelaron que su mal
era incurable y debía hospitalizarse de inmediato. Uno
de sus amigos de Rosario, el cantante lírico Santiago
Devic se encargó de sus gastos y hasta de comprarle
ropa y una silla de ruedas. Luego de ser rechazado de
todos los sanatorios debido a la gravedad de su
estado logró ser admitido en un establecimiento
religioso llamado Fate bene fratelli. En este lugar
falleció el 7 de noviembre de 1910, luego de negarse a
todo auxilio de la religión, siendo enterrado sin
velatorio a causa de su enfermedad. Sus últimas
palabras fueron dirigidas a su amigo, el único que lo
acompañó hasta el final: "¿Quién dijo miedo, Devic?".
Tuvieron que pasar diez años para que su cadáver
fuera traído a Montevideo.
Libros consultados
Vida de Florencio Sánchez.- Fernando García Esteban.
Ed. Alfa,1968.
Florencio Sánchez.- Jorge Pignataro. Ed. Arca, 1979.
Florencio Sánchez.- Jorge Lafforgue. Ed. CEDAL 1967
Prólogo a "El Caudillaje criminal en Sud América".
E.M.S. Danero. Ed. EUDEBA. 1966.