SABADO 29 de marzo de 2003- Año 85 -Nº 29324
Internet Año 8 - Nº 2434 | Montevideo - Uruguay
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Historias Coleccionables - Florencio: un genio que vivió apenas 35 años (I)
Un hombre arisco, desaliñado y bohemio que hace cien años cautivó multitudes

Primogénito de un hogar de humilde en el que no existían antecedentes de escritores, Florencio recorrió un largo camino antes consagrarse el másimportante autor teatral de América.

Por César Di Candia

Ni don Olegario Sánchez ni doña Jovita Musante pensaron que la venida al mundo de su primogénito Florencio iba a coincidir con uno de los períodos más difíciles de la historia nacional. Comenzaba 1875 -el Año Terrible, lo denominaron los historiadores- y a la inoperancia del gobierno del presidente José Ellauri, se unían los motines (uno de ellos lo había encabezado el coronel Lorenzo Latorre el 15 de enero, dos días antes de nacer Florencio) las persecuciones políticas, la miseria generalizada y la epidemia de fiebre amarilla. Los Sánchez y los Musante pertenecían a dos familias de arraigo nacionalista y en ambas ramas, algunos de sus miembros tenían gran prestigio en los cuadros partidarios del interior. Su matrimonio había sido de los comunes en aquella época. Ella tenía quince años, él muy poco más. Después de Florencio tendrán otros once hijos. Pero la vida en la capital no les era fácil ni desde el punto de vista laboral ni del político. El futuro dramaturgo tenía apenas veinticinco días cuando sus padres debieron abandonar la casa de la entonces Avenida Agraciada entre Cuareim y La Paz para radicarse en Treinta y Tres donde los Sánchez, en especial su abuelo y su tío eran hombres fuertes del Partido Nacional. Allí vivirá siete años y hará el primer año de escuela, correteando a orillas del Olimar. Según su biógrafo Fernando García Esteban en su libro Vida de Florencio Sánchez, "es un niño arisco que no desea se metan en sus cosas o con su persona. A veces ensilla el caballo y huye durante horas a las cuchillas. Algo aindiado había también en su físico típicamente criollo." A partir de 1882, su familia se trasladó a Minas donde el niño completó su instrucción primaria.

Es muy poco lo que se sabe de los primeros años de Florencio Sánchez. Algunos datos biográficos han sido rescatados de algunas entrevistas hechas a su madre alrededor de 1913. A los quince años, el tío Antonio Sánchez, presidente de la Junta Económico Administrativa de la capital de Lavalleja (antecedente de las Juntas Departamentales actuales) logró hacerlo entrar mediante un claro acto de nepotismo en las oficinas de la institución con el cargo de escribiente, para realizar tareas que no hacían falta. Pero al adolescente no le interesaba mayormente el trabajo. "Mi tarea era tan descansada" - escribió una vez refiriéndose a aquel período- "que para distraer mi aburrimiento hacía versos o artículos de crítica política poniendo algún expediente abierto sobre mi mesa para simular que lo revisaba... Así produje mis primeros párrafos literarios, con el índice de la izquierda corriendo sobre el expediente y la derecha dentro del cajón". Justamente esa facilidad para la burla, inspirada en la familiaridad con lo que decían y hacían en la Junta los miembros del partido rival, hizo que empezara a escribir sueltos en La Voz del Pueblo un periódico local dirigido por el caudillo blanco Bernardino Orique. Allí pudo despacharse a gusto haciendo notas satíricas y mordaces contra determinadas figuras del ambiente político local. Esos artículos aparecieron en 1892 firmados por los seudónimos Jack o Jack sin destripador. La firma Jack el destripador que se le atribuye habitualmente, sólo la utilizó años después, en 1900, cuando escribió para las revistas La Alborada de Montevideo y El Sol de Buenos Aires. Fue precisamente en aquel año en que sus pullas y sus denuncias hirientes tenían conmocionado al pueblo, que el periódico en el cual escribía dejó de aparecer. Y casi simultáneamente el joven Florencio fue despedido de su cargo en la Junta, una decisión en la que debe haber tenido mucho que ver su identificación como autor de los artículos. Fue entonces que decidió buscar mejor suerte en Argentina emigrando a la ciudad de La Plata.

Tampoco fue allí a la buena de Dios. Pese a la holgazanería, la abulia y la poca contracción al trabajo que lo acompañaron durante toda su corta vida, Florencio siempre contó con el apoyo de familiares y amigos. En La Plata un pariente le consiguió un puesto en la oficina de Estadística y Antropometría en la cual su tarea era tomar huellas digitales. Tenía entonces diecisiete años y una mente muy abierta a los problemas sociales. No fue de extrañar que entablara amistad con Antonio Masoni de Lis, un compatriota de concepciones avanzadas quien lo instruyó en las doctrinas ideológicas que, emigraciones mediante, habían llegado con fuerza al Río de la Plata en aquellos años. Florencio se volvió entonces un liberal y un todavía más furioso anticlerical, al punto que al finalizar aquel año envió a su amigo para que se lo juzgara, un artículo periodístico llamado Un regalo...al natural en el que se burlaba de las prácticas de los sacerdotes, acompañado de una carta que finalizaba de esta manera. "Termino pues enviándole un cariñoso saludo en este día y haciendo votos para que el año que entra sigan las ideas liberales avanzando a pasos agigantados, siempre abriendo brecha y veamos al finalizar el 93 al clericalismo fanático caído, revolcarse impotente, furioso entre sus babas, en el lodazal inmundo de sus vicios".

La oficina de La Plata tuvo corta vida y Florencio se vio obligado a regresar a su país, aunque esta vez procuró mejor suerte recalando en Montevideo. En la capital volvió a tener padrino protector y su tío Teófilo Sánchez logró ubicarlo en la redacción del diario La Razón, dirigido por el doctor Carlos María Ramírez. El nuevo trabajo le dio la posibilidad de pulir su estilo, al lado de periodistas legendarios como Samuel Blixen y conocer a personalidades políticas de notoria influencia como Aureliano Rodríguez Larreta, Eugenio Garzón o Eduardo Acevedo Díaz. Seguramente Florencio Sánchez se encontraba en esos años tironeado por dos corrientes de ideas. Por un lado el nacionalismo que había asimilado desde su infancia a través de sus ancestros maternos y paternos y por el otro el de una rebelde interpretación de los hechos sociales muy próxima al anarquismo, generada por su sensibilidad, por sus lecturas, por la influencia de sus amigos y por sus charlas de café. La revolución encabezada por Aparicio Saravia que tuvo su principio en 1896 y su culminación al año siguiente lo impulsaron a escuchar la voz de la sangre y las arbitrariedades del presidente Idiarte Borda terminaron por empujarlo a un levantamiento en el cual creyó ciegamente. Salió subrepticiamente de Montevideo y ya en la estancia de su tío en Treinta y Tres donde había vivido, marchó hacia Brasil, se integró a un batallón de jóvenes denominado Patria y regresó a sumarse al movimiento revolucionario. En éste estuvo pocos meses y la suerte no lo acompañó. Su primera intervención como alférez fue en la batalla de Arbolito. En aquella extensión yerma y pedregosa más propia para pencas que para batallas, se desplegó la gente de Aparicio. Más arriba, protegidas por higuerones, las tropas de Muniz, el general blanco que peleaba junto al gobierno. Luego de un largo y estéril intercambio de disparos Antonio Floricio Saravia, conocido como Chiquito y hermano menor de Aparicio decidió cargar sin ninguna orden previa contra las tropas enemigas, acompañado de algunos hombres. La empresa era imposible y su gente se le fue quedando por el camino. Llegó casi solo, junto a dos compañeros que al igual que él, solamente portaban chuzas. A los tres los mataron y a partir de ese hecho las fuerzas revolucionarias se dispersaron. Ese primer revés de la revolución ocurrió el 19 de marzo de 1897. Menos de sesenta días después, el 15 de mayo ocurrió el desastre de Cerros Blancos. Allí Florencio fue testigo de la huída de muchos de los integrantes de las tropas, que ya sin municiones y absolutamente agotados, escapaban de la probable degollatina sin escuchar los gritos de Aparicio que apostrofaba:

-¡Flojos!

Nunca pudo comprobarse, pero es más que probable que Florencio haya sido uno de los que escapó. Carecía de físico para soportar las noches a la intemperie, los largos días a caballo comiendo sin apearse, el frío, la lluvia, la pesadilla de las balas, la falta de sueño ante el temor ante las emboscadas. Se vuelve a tener noticias de sus actividades a fines de julio, cuando comenzó a redactar una suerte de hoja de información denominada El Combate. Era natural que lo hiciera: este era su oficio y no la lucha armada. Estaba escrito a mano, medía cerca de medio metro cuadrado y su difusión se efectuaba de compañero a compañero. El primer ejemplar decía lo siguiente. "Julio 29 de 1897. Campamento en marcha. Año 1 número 1. "El Combate". Dirección Juan el Tano. Secretario de Redacción Roberto el Diablo. Diario político noticioso y social. Nota: los manuscritos no se devuelven. Suscripción: en la localidad. $ 10. En otra parte, nada". El denominado "diario" salió algunas veces hasta que su prédica, demasiado crítica y burlona, provocó el enojo del coronel Francisco Mena, jefe de su división, quien lo llamó al orden en términos poco cordiales. Ese episodio, sumado a su disgusto por una actitud totalmente fuera de control de las tropas de Mena al ocupar la ciudad de Rivera, hizo que Florencio Sánchez abandonara la lucha trasladándose a Río Grande do Sul. Sus experiencias revolucionarias y en especial sus decepciones, las trasladó años después a un par de folletos llamados El caudillaje criminal en Sudamérica y Cartas de un flojo. En este último, cuyo contenido es muy corto y comprende a tres artículos redactados en forma de misiva personal, detracta injustamente y con resentimiento a su antiguo jefe e ídolo político con estas palabras: "¿Te acuerdas de Aparicio Saravia? ¿Lograste durante la campaña descubrirle otras condiciones que mucho coraje, bastante astucia indígena y algunos hábiles recursos estratégicos como general?". Tanto El Caudillaje como las Cartas fueron publicadas bajo su firma en tres números del semanario El Sol de Buenos Aires en setiembre y octubre de 1900. Ese mismo año las leyó en Montevideo. Otros párrafos de increíble actualidad que merecen ser citados, podrán leerse algunos párrafos más adelante.

Terminada la contienda bélica y definitivamente desengañado de lo que podía significar la violencia como forma de solucionar las diferencias políticas, Florencio Sánchez viajó a Buenos Aires buscando una forma de ganarse la vida. Trabajo no encontró pero en cambio por mediación de una tía en cuya casa se alojaba, conoció a Catalina Rabentos quien con los años sería la única relación sentimental de su vida. Al regresar a Montevideo retomó su cargo en La Razón y colaboró en El Nacional, el diario que dirigía Eduardo Acevedo Díaz. Sin embargo se iba alejando lentamente del partido en el cual él y toda su familia habían militado siempre. Se afilió al Centro Internacional de Estudios Sociales, una institución anarquista cuyo lema era "el individuo libre en la comunidad libre" y comenzó a leer, ávida y desordenadamente a Reclus, Enrico Malatesta, Bakunin y Kropotkine, los principales teóricos del anarquismo cuyos libros en ediciones muy baratas habían inundado el Río de la Plata. Junto con su nueva ideología, incorporó la bohemia que llevaría consigo hasta su muerte.

Al año siguiente, un golpe de suerte lo llevó a incorporarse a la redacción del diario rosarino La República, que dirigía el eminente dirigente político argentino Lisandro de la Torre, pero pronto dejaría el cargo. Su falta de disciplina para el trabajo, su forma de vida que no se sujetaba a horarios ni responsabilidades, hizo que tuviera frecuentes reyertas con su director. La consecuencia fue su renuncia y de nuevo la inseguridad y la pobreza. Vivió un tiempo en Montevideo y otro en Buenos Aires y hasta llegó a dirigir en la ciudad de Mercedes durante pocos meses, un periódico de orientación blanca llamado El Teléfono, prueba clara de que pese a su pretendido apego al anarquismo, en ese momento su orientación ideológica era todavía vacilante. Finalmente al comenzar el nuevo siglo, ya afincado en Buenos Aires, empezó a colaborar en el diario El País, dirigido por Carlos Pelegrini y más habitualmente en el semanario anarquista El Sol que estaba a cargo de Alberto Ghiraldo, firmando crónicas de agresiva crítica social con los seudónimos Jack de Ripper y Luciano Stein. Allí lo encontró un día el excepcional humorista español Julio Camba, también ácrata, quien describió su trabajo de esta manera: "La luz de "El Sol" era una mala vela que daba a la asamblea todo el carácter de un aguafuerte de Rembrandt. Cuando llegué (...) encontré a Florencio Sánchez que ignoraba que un periodista no debe manejar la pluma como un tintorero. Muy ocupado en hacer el suplemento se había arremangado los brazos y los presentaba de tal suerte bañados en tinta que a uno se le ocurría pensar cómo se las habría arreglado para pintarse de un modo tan difícil y perfecto".

Los biógrafos de Florencio Sánchez se han detenido demasiado brevemente en el análisis de sus valores como periodista. El éxito nunca antes alcanzado en el Río de la Plata de su obra teatral, parece haber opacado a sus trabajos en prensa escrita al extremo de haberla dejado casi escondida. Ha sido un error. Tanto en sus artículos satíricos en los que demuestra un humor fuera de lo común y una puntería magistral en la colocación de sus banderillas, como en los que estudia con profundidad y buen juicio los problemas sociales de su época, merecen ser leídos hoy con igual atención que los de otros cronistas de su tiempo. Las tres notas que integran las Cartas de un flojo una vez despojadas de sus opiniones lapidarias y circunstanciales, contienen tan sorprendente actualidad y están escritas con tal agudeza que deberían ser releídas con mayor frecuencia. "Nacidos de chulo y de charrúa - decía en una- "nos queda de la india madre un resto de sus rebeldías indómitas, su braveza, su instinto guerrero, su tenacidad y su resistencia y del chulo que la fecundó la afición al fandango, los desplantes atrevidos, los dobleces, la fanfarronería, la verbosidad comadrera y el salivazo por el colmillo, elementos constitucionales más que suficientes ambos para generar los vicios y defectos de eso que ha dado en llamar nuestra megalomanía, raza de los Treinta y Tres. De tal herencia fisiológica conservamos muy acentuados los rasgos del chulo padre. (...)Te declaro con toda franqueza, que quisiera ser más optimista acerca de la suerte de este país; pero no puedo, no puedo ver de color de rosa lo que se está poniendo de un gris muy oscuro. (...) No creo en ustedes, patriotas, guapos y politiqueros".

Auque escritos para otro Uruguay y a más de cien años de distancia, estos conceptos del entonces simple periodista Florencio Sánchez, deberían ser analizados con detención.

Errante como casi toda su vida, Florencio regresó una vez más a Montevideo. Ya anarquista convencido, leyó sus Cartas de un flojo en el Centro de Estudios Sociales con un éxito resonante y volvió a la vida nocturna de la que no podía prescindir, integrada por copas sin fin y madrugadas permanentes. Felizmente también en ese período comprendió la importancia que tendría el teatro en su vida. Primero hizo de actor de alguna representación y luego escribió una pieza corta llamada Ladrones que en definitiva no fue más que el primer borrador de su obra posterior Canillita. Sumergido en la bohemia literaria, frecuentó el cenáculo denominado La Torre de los Panoramas que presidía el inigualado poeta Julio Herrera y Reissig. Aunque sin obra escrita, Florencio tenía a su favor su amistad con Rubén Darío y el haber sido perseguido por la policía por su condición de ácrata. Pero su permanencia montevideana no se prolongó mucho. En 1901, ya había regresado a Rosario a la redacción de La República. No sería tan mal periodista si pese a su conducta y a su vida irregular lo volvían a llamar.

Pero allí tampoco las cosas eran como antes. El nuevo propietario Emilio Schiffner no estaba dispuesto a tolerar vagancias y lo tuvo entre ojos desde el principio. Los hechos se precipitaron cuando al producirse una huelga del personal, Florencio Sánchez se puso en contra de su patrón y fue despedido. En esas semanas de ocio forzado, escribió una obra de teatro a la que llamó La gente honesta en la que se burlaba de varias personalidades de la ciudad, incluido el dueño del diario del que había sido echado, quien podía ser fácilmente identificable porque su personaje había sido denominado Chifle. A nadie llamó la atención que el señor Schiffner, presidente del Consejo Deliberante de la ciudad moviera sus influencias para que la obra no fuera representada. La noche de la primera función, con la gente aglomerada para entrar al teatro, atraída por las ridiculizaciones se se les prometían, la policía prohibió el espectáculo en medio de un gran escándalo. Esa misma noche Florencio, utilizando un recurso publicitario de extraordinario ingenio, hizo publicar en La Epoca, un diario que acaba de fundar, el texto íntegro de su obra agotando la edición.

Aunque de una manera poco ortodoxa, el nombre del dramaturgo Florencio Sánchez había comenzado a tomar estado público. La fama estaba ahora mucho más cerca. Casi a la vuelta de la esquina.

Próxima semana, segunda parte. La resistencia al noviazgo, el estreno de M’ hijo el dotor, el casamiento, otras obras escritas para sobrevivir, el viaje a Italia, la muerte.



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