Por César Di Candia
Ni don Olegario Sánchez ni doña Jovita Musante
pensaron que la venida al mundo de su primogénito
Florencio iba a coincidir con uno de los períodos más
difíciles de la historia nacional. Comenzaba 1875 -el
Año Terrible, lo denominaron los historiadores- y a la
inoperancia del gobierno del presidente José Ellauri,
se unían los motines (uno de ellos lo había
encabezado el coronel Lorenzo Latorre el 15 de enero,
dos días antes de nacer Florencio) las persecuciones
políticas, la miseria generalizada y la epidemia de
fiebre amarilla. Los Sánchez y los Musante pertenecían
a dos familias de arraigo nacionalista y en ambas
ramas, algunos de sus miembros tenían gran
prestigio en los cuadros partidarios del interior. Su
matrimonio había sido de los comunes en aquella
época. Ella tenía quince años, él muy poco más.
Después de Florencio tendrán otros once hijos. Pero la
vida en la capital no les era fácil ni desde el punto de
vista laboral ni del político. El futuro dramaturgo tenía
apenas veinticinco días cuando sus padres debieron
abandonar la casa de la entonces Avenida Agraciada
entre Cuareim y La Paz para radicarse en Treinta y
Tres donde los Sánchez, en especial su abuelo y su tío
eran hombres fuertes del Partido Nacional. Allí vivirá
siete años y hará el primer año de escuela,
correteando a orillas del Olimar. Según su biógrafo
Fernando García Esteban en su libro Vida de Florencio
Sánchez, "es un niño arisco que no desea se metan
en sus cosas o con su persona. A veces ensilla el
caballo y huye durante horas a las cuchillas. Algo
aindiado había también en su físico típicamente
criollo." A partir de 1882, su familia se trasladó a Minas
donde el niño completó su instrucción primaria.
Es muy poco lo que se sabe de los primeros años de
Florencio Sánchez. Algunos datos biográficos han sido
rescatados de algunas entrevistas hechas a su madre
alrededor de 1913. A los quince años, el tío Antonio
Sánchez, presidente de la Junta Económico
Administrativa de la capital de Lavalleja (antecedente
de las Juntas Departamentales actuales) logró
hacerlo entrar mediante un claro acto de nepotismo en
las oficinas de la institución con el cargo de
escribiente, para realizar tareas que no hacían falta.
Pero al adolescente no le interesaba mayormente el
trabajo. "Mi tarea era tan descansada" - escribió una
vez refiriéndose a aquel período- "que para distraer mi
aburrimiento hacía versos o artículos de crítica política
poniendo algún expediente abierto sobre mi mesa
para simular que lo revisaba... Así produje mis
primeros párrafos literarios, con el índice de la
izquierda corriendo sobre el expediente y la derecha
dentro del cajón". Justamente esa facilidad para la
burla, inspirada en la familiaridad con lo que decían y
hacían en la Junta los miembros del partido rival, hizo
que empezara a escribir sueltos en La Voz del Pueblo
un periódico local dirigido por el caudillo blanco
Bernardino Orique. Allí pudo despacharse a gusto
haciendo notas satíricas y mordaces contra
determinadas figuras del ambiente político local. Esos
artículos aparecieron en 1892 firmados por los
seudónimos Jack o Jack sin destripador. La firma
Jack el destripador que se le atribuye habitualmente,
sólo la utilizó años después, en 1900, cuando escribió
para las revistas La Alborada de Montevideo y El Sol
de Buenos Aires. Fue precisamente en aquel año en
que sus pullas y sus denuncias hirientes tenían
conmocionado al pueblo, que el periódico en el cual
escribía dejó de aparecer. Y casi simultáneamente el
joven Florencio fue despedido de su cargo en la Junta,
una decisión en la que debe haber tenido mucho que
ver su identificación como autor de los artículos. Fue
entonces que decidió buscar mejor suerte en
Argentina emigrando a la ciudad de La Plata.
Tampoco fue allí a la buena de Dios. Pese a la
holgazanería, la abulia y la poca contracción al trabajo
que lo acompañaron durante toda su corta vida,
Florencio siempre contó con el apoyo de familiares y
amigos. En La Plata un pariente le consiguió un
puesto en la oficina de Estadística y Antropometría en
la cual su tarea era tomar huellas digitales. Tenía
entonces diecisiete años y una mente muy abierta a
los problemas sociales. No fue de extrañar que
entablara amistad con Antonio Masoni de Lis, un
compatriota de concepciones avanzadas quien lo
instruyó en las doctrinas ideológicas que,
emigraciones mediante, habían llegado con fuerza al
Río de la Plata en aquellos años. Florencio se volvió
entonces un liberal y un todavía más furioso
anticlerical, al punto que al finalizar aquel año envió a
su amigo para que se lo juzgara, un artículo
periodístico llamado Un regalo...al natural en el que se
burlaba de las prácticas de los sacerdotes,
acompañado de una carta que finalizaba de esta
manera. "Termino pues enviándole un cariñoso saludo
en este día y haciendo votos para que el año que entra
sigan las ideas liberales avanzando a pasos
agigantados, siempre abriendo brecha y veamos al
finalizar el 93 al clericalismo fanático caído, revolcarse
impotente, furioso entre sus babas, en el lodazal
inmundo de sus vicios".
La oficina de La Plata tuvo corta vida y Florencio se vio
obligado a regresar a su país, aunque esta vez procuró
mejor suerte recalando en Montevideo. En la capital
volvió a tener padrino protector y su tío Teófilo Sánchez
logró ubicarlo en la redacción del diario La Razón,
dirigido por el doctor Carlos María Ramírez. El nuevo
trabajo le dio la posibilidad de pulir su estilo, al lado de
periodistas legendarios como Samuel Blixen y conocer
a personalidades políticas de notoria influencia como
Aureliano Rodríguez Larreta, Eugenio Garzón o
Eduardo Acevedo Díaz. Seguramente Florencio
Sánchez se encontraba en esos años tironeado por
dos corrientes de ideas. Por un lado el nacionalismo
que había asimilado desde su infancia a través de sus
ancestros maternos y paternos y por el otro el de una
rebelde interpretación de los hechos sociales muy
próxima al anarquismo, generada por su sensibilidad,
por sus lecturas, por la influencia de sus amigos y por
sus charlas de café. La revolución encabezada por
Aparicio Saravia que tuvo su principio en 1896 y su
culminación al año siguiente lo impulsaron a escuchar
la voz de la sangre y las arbitrariedades del presidente
Idiarte Borda terminaron por empujarlo a un
levantamiento en el cual creyó ciegamente. Salió
subrepticiamente de Montevideo y ya en la estancia de
su tío en Treinta y Tres donde había vivido, marchó
hacia Brasil, se integró a un batallón de jóvenes
denominado Patria y regresó a sumarse al
movimiento revolucionario. En éste estuvo pocos
meses y la suerte no lo acompañó. Su primera
intervención como alférez fue en la batalla de Arbolito.
En aquella extensión yerma y pedregosa más propia
para pencas que para batallas, se desplegó la gente
de Aparicio. Más arriba, protegidas por higuerones, las
tropas de Muniz, el general blanco que peleaba junto al
gobierno. Luego de un largo y estéril intercambio de
disparos Antonio Floricio Saravia, conocido como
Chiquito y hermano menor de Aparicio decidió cargar
sin ninguna orden previa contra las tropas enemigas,
acompañado de algunos hombres. La empresa era
imposible y su gente se le fue quedando por el
camino. Llegó casi solo, junto a dos compañeros que
al igual que él, solamente portaban chuzas. A los tres
los mataron y a partir de ese hecho las fuerzas
revolucionarias se dispersaron. Ese primer revés de la
revolución ocurrió el 19 de marzo de 1897. Menos de
sesenta días después, el 15 de mayo ocurrió el
desastre de Cerros Blancos. Allí Florencio fue testigo
de la huída de muchos de los integrantes de las
tropas, que ya sin municiones y absolutamente
agotados, escapaban de la probable degollatina sin
escuchar los gritos de Aparicio que apostrofaba:
-¡Flojos!
Nunca pudo comprobarse, pero es más que probable
que Florencio haya sido uno de los que escapó.
Carecía de físico para soportar las noches a la
intemperie, los largos días a caballo comiendo sin
apearse, el frío, la lluvia, la pesadilla de las balas, la
falta de sueño ante el temor ante las emboscadas. Se
vuelve a tener noticias de sus actividades a fines de
julio, cuando comenzó a redactar una suerte de hoja
de información denominada El Combate. Era natural
que lo hiciera: este era su oficio y no la lucha armada.
Estaba escrito a mano, medía cerca de medio metro
cuadrado y su difusión se efectuaba de compañero a
compañero. El primer ejemplar decía lo siguiente.
"Julio 29 de 1897. Campamento en marcha. Año 1
número 1. "El Combate". Dirección Juan el Tano.
Secretario de Redacción Roberto el Diablo. Diario
político noticioso y social. Nota: los manuscritos no se
devuelven. Suscripción: en la localidad. $ 10. En otra
parte, nada". El denominado "diario" salió algunas
veces hasta que su prédica, demasiado crítica y
burlona, provocó el enojo del coronel Francisco Mena,
jefe de su división, quien lo llamó al orden en términos
poco cordiales. Ese episodio, sumado a su disgusto
por una actitud totalmente fuera de control de las
tropas de Mena al ocupar la ciudad de Rivera, hizo que
Florencio Sánchez abandonara la lucha trasladándose
a Río Grande do Sul. Sus experiencias revolucionarias
y en especial sus decepciones, las trasladó años
después a un par de folletos llamados El caudillaje
criminal en Sudamérica y Cartas de un flojo. En este
último, cuyo contenido es muy corto y comprende a tres
artículos redactados en forma de misiva personal,
detracta injustamente y con resentimiento a su antiguo
jefe e ídolo político con estas palabras: "¿Te acuerdas
de Aparicio Saravia? ¿Lograste durante la campaña
descubrirle otras condiciones que mucho coraje,
bastante astucia indígena y algunos hábiles recursos
estratégicos como general?". Tanto El Caudillaje
como las Cartas fueron publicadas bajo su firma en
tres números del semanario El Sol de Buenos Aires en
setiembre y octubre de 1900. Ese mismo año las leyó
en Montevideo. Otros párrafos de increíble actualidad
que merecen ser citados, podrán leerse algunos
párrafos más adelante.
Terminada la contienda bélica y definitivamente
desengañado de lo que podía significar la violencia
como forma de solucionar las diferencias políticas,
Florencio Sánchez viajó a Buenos Aires buscando una
forma de ganarse la vida. Trabajo no encontró pero en
cambio por mediación de una tía en cuya casa se
alojaba, conoció a Catalina Rabentos quien con los
años sería la única relación sentimental de su vida. Al
regresar a Montevideo retomó su cargo en La Razón y
colaboró en El Nacional, el diario que dirigía Eduardo
Acevedo Díaz. Sin embargo se iba alejando
lentamente del partido en el cual él y toda su familia
habían militado siempre. Se afilió al Centro
Internacional de Estudios Sociales, una institución
anarquista cuyo lema era "el individuo libre en la
comunidad libre" y comenzó a leer, ávida y
desordenadamente a Reclus, Enrico Malatesta,
Bakunin y Kropotkine, los principales teóricos del
anarquismo cuyos libros en ediciones muy baratas
habían inundado el Río de la Plata. Junto con su nueva
ideología, incorporó la bohemia que llevaría consigo
hasta su muerte.
Al año siguiente, un golpe de suerte lo llevó a
incorporarse a la redacción del diario rosarino La
República, que dirigía el eminente dirigente político
argentino Lisandro de la Torre, pero pronto dejaría el
cargo. Su falta de disciplina para el trabajo, su forma
de vida que no se sujetaba a horarios ni
responsabilidades, hizo que tuviera frecuentes reyertas
con su director. La consecuencia fue su renuncia y de
nuevo la inseguridad y la pobreza. Vivió un tiempo en
Montevideo y otro en Buenos Aires y hasta llegó a
dirigir en la ciudad de Mercedes durante pocos meses,
un periódico de orientación blanca llamado El
Teléfono, prueba clara de que pese a su pretendido
apego al anarquismo, en ese momento su orientación
ideológica era todavía vacilante. Finalmente al
comenzar el nuevo siglo, ya afincado en Buenos Aires,
empezó a colaborar en el diario El País, dirigido por
Carlos Pelegrini y más habitualmente en el semanario
anarquista El Sol que estaba a cargo de Alberto
Ghiraldo, firmando crónicas de agresiva crítica social
con los seudónimos Jack de Ripper y Luciano Stein.
Allí lo encontró un día el excepcional humorista
español Julio Camba, también ácrata, quien describió
su trabajo de esta manera: "La luz de "El Sol" era una
mala vela que daba a la asamblea todo el carácter de
un aguafuerte de Rembrandt. Cuando llegué (...)
encontré a Florencio Sánchez que ignoraba que un
periodista no debe manejar la pluma como un
tintorero. Muy ocupado en hacer el suplemento se
había arremangado los brazos y los presentaba de tal
suerte bañados en tinta que a uno se le ocurría pensar
cómo se las habría arreglado para pintarse de un
modo tan difícil y perfecto".
Los biógrafos de Florencio Sánchez se han detenido
demasiado brevemente en el análisis de sus valores
como periodista. El éxito nunca antes alcanzado en el
Río de la Plata de su obra teatral, parece haber
opacado a sus trabajos en prensa escrita al extremo
de haberla dejado casi escondida. Ha sido un error.
Tanto en sus artículos satíricos en los que demuestra
un humor fuera de lo común y una puntería magistral
en la colocación de sus banderillas, como en los que
estudia con profundidad y buen juicio los problemas
sociales de su época, merecen ser leídos hoy con
igual atención que los de otros cronistas de su tiempo.
Las tres notas que integran las Cartas de un flojo una
vez despojadas de sus opiniones lapidarias y
circunstanciales, contienen tan sorprendente
actualidad y están escritas con tal agudeza que
deberían ser releídas con mayor frecuencia. "Nacidos
de chulo y de charrúa - decía en una- "nos queda de la
india madre un resto de sus rebeldías indómitas, su
braveza, su instinto guerrero, su tenacidad y su
resistencia y del chulo que la fecundó la afición al
fandango, los desplantes atrevidos, los dobleces, la
fanfarronería, la verbosidad comadrera y el salivazo por
el colmillo, elementos constitucionales más que
suficientes ambos para generar los vicios y defectos
de eso que ha dado en llamar nuestra megalomanía,
raza de los Treinta y Tres. De tal herencia fisiológica
conservamos muy acentuados los rasgos del chulo
padre. (...)Te declaro con toda franqueza, que quisiera
ser más optimista acerca de la suerte de este país;
pero no puedo, no puedo ver de color de rosa lo que se
está poniendo de un gris muy oscuro. (...) No creo en
ustedes, patriotas, guapos y politiqueros".
Auque escritos para otro Uruguay y a más de cien años
de distancia, estos conceptos del entonces simple
periodista Florencio Sánchez, deberían ser analizados
con detención.
Errante como casi toda su vida, Florencio regresó una
vez más a Montevideo. Ya anarquista convencido, leyó
sus Cartas de un flojo en el Centro de Estudios
Sociales con un éxito resonante y volvió a la vida
nocturna de la que no podía prescindir, integrada por
copas sin fin y madrugadas permanentes. Felizmente
también en ese período comprendió la importancia
que tendría el teatro en su vida. Primero hizo de actor
de alguna representación y luego escribió una pieza
corta llamada Ladrones que en definitiva no fue más
que el primer borrador de su obra posterior Canillita.
Sumergido en la bohemia literaria, frecuentó el
cenáculo denominado La Torre de los Panoramas que
presidía el inigualado poeta Julio Herrera y Reissig.
Aunque sin obra escrita, Florencio tenía a su favor su
amistad con Rubén Darío y el haber sido perseguido
por la policía por su condición de ácrata. Pero su
permanencia montevideana no se prolongó mucho. En
1901, ya había regresado a Rosario a la redacción de
La República. No sería tan mal periodista si pese a su
conducta y a su vida irregular lo volvían a llamar.
Pero allí tampoco las cosas eran como antes. El nuevo
propietario Emilio Schiffner no estaba dispuesto a
tolerar vagancias y lo tuvo entre ojos desde el principio.
Los hechos se precipitaron cuando al producirse una
huelga del personal, Florencio Sánchez se puso en
contra de su patrón y fue despedido. En esas
semanas de ocio forzado, escribió una obra de teatro a
la que llamó La gente honesta en la que se burlaba de
varias personalidades de la ciudad, incluido el dueño
del diario del que había sido echado, quien podía ser
fácilmente identificable porque su personaje había
sido denominado Chifle. A nadie llamó la atención que
el señor Schiffner, presidente del Consejo Deliberante
de la ciudad moviera sus influencias para que la obra
no fuera representada. La noche de la primera función,
con la gente aglomerada para entrar al teatro, atraída
por las ridiculizaciones se se les prometían, la policía
prohibió el espectáculo en medio de un gran
escándalo. Esa misma noche Florencio, utilizando un
recurso publicitario de extraordinario ingenio, hizo
publicar en La Epoca, un diario que acaba de fundar, el
texto íntegro de su obra agotando la edición.
Aunque de una manera poco ortodoxa, el nombre del
dramaturgo Florencio Sánchez había comenzado a
tomar estado público. La fama estaba ahora mucho
más cerca. Casi a la vuelta de la esquina.
Próxima semana, segunda parte. La resistencia al
noviazgo, el estreno de M’ hijo el dotor, el casamiento,
otras obras escritas para sobrevivir, el viaje a Italia, la
muerte.