MICHAEL SESIT | BLOOMBERG
La inflación es como el patán que entra en el restaurante de moda de la ciudad sin reserva, pasa torpemente al lado del maître y arrebata una silla, negándose a irse. El restaurante puede ubicar al cliente no deseado, esperar que finalmente se vaya por propia voluntad o tratar de sacarlo por la fuerza.
Entre los dos principales bancos centrales del mundo, la Reserva Federal se ubica entre el paso uno y el dos, mientras que el Banco Central Europeo (BCE) está afianzado en la segunda opción pero advirtiendo que podría avanzar hacia la tercera.
Situada en el 4 por ciento, la inflación estadounidense amenaza con socavar la credibilidad de un banco central que ha reducido las tasas de interés siete veces hasta 2 por ciento desde 5,25 por ciento en los últimos ocho meses, en un intento por mantener el crecimiento de la economía estadounidense. Entretanto, el BCE no modificó las tasas y están en 4 por ciento desde junio del 2007. La inflación de la eurozona fue de 3,3 por ciento en abril frente a la meta del BCE de apenas un poco menos de 2 por ciento. En marzo, la tasa fue de 3,6 por ciento, casi un máximo de los últimos dieciséis años.
El dilema para los inversores es si los precios subirán más o si la desaceleración del crecimiento y las limitaciones crediticias matarán el dragón de la inflación.
"Llegar a la pregunta correcta es crítico: no sólo tiene implicancias importantes de largo plazo para todos los mercados de inversiones sino que también impacta en cómo terminará la crisis", dice Chen Zhao, estratega mundial de BCA Research Ltd., con sede en Montreal.
Los inversores parecen confundidos. Una tercera parte de los gestores de capitales que asistieron a una conferencia sobre crédito internacional organizada a mediados del pasado mes de abril en Venecia por Morgan Stanley ubicó a la inflación como su principal preocupación. Tres cuartas partes de los encuestados dijeron que esperaban que la inflación estadounidense subyacente -que incluye energía y alimentos- promedie 3 por ciento o más en los próximos cinco años.
PANORAMA PESIMISTA. Al mismo tiempo, los profesionales se mostraron pesimistas sobre las perspectivas de la economía estadounidense. Tampoco se dejaron convencer por la tesis de que Europa y China podrían escapar de las consecuencias de un debilitamiento de la economía estadounidense. Más aún, la tasa de inflación de equilibrio de cinco años del mercado de TIPS estadounidenses (Treasury Inflation Protected Securities, bonos cuyo capital aumenta a la misma tasa que el índice de precios al consumidor), que refleja tanto el pronóstico de precios al consumidor como una estimación de volatilidad, es de apenas 2,3 por ciento.
La buena noticia es que la inflación podría no resultar tan mala como piensan los pesimistas. La mala noticia es que, de cualquier manera, probablemente no hay mucho que los gobernadores de los bancos centrales puedan hacer para controlarla.
Es importante diferenciar entre un aumento general de precios -una situación en la que la demanda acumulativa de bienes y servicios supera a su oferta agregada- y una conmoción de precios relativos. Esta última refleja un brusco cambio en la demanda u oferta de bienes o servicios determinados. Tome los precios más elevados de la energía. Son producto de la creciente demanda de crudo, una oferta menguante y riesgos geopolíticos.
CONMOCIÓN DE PRECIOS. "La inflación generalizada puede curarse con una gestión activa de la demanda mediante una política monetaria más rígida", dijo Chen. "No obstante, ni la política monetaria ni la fiscal son efectivas para lidiar con una conmoción relativa, tal como los crecientes precios del petróleo y los alimentos. Ningún país puede hacer bajar los precios del crudo o los alimentos mediante la compresión de la demanda agregada a través de un fortalecimiento agresivo de la política monetaria".
Una conmoción específica de precios puede generalizarse si los productores pueden trasladarla a los costos. Hasta ahora, la competencia global dificultó eso a las empresas mientras que los mayores costos salariales se han visto en gran medida neutralizados por la creciente productividad del trabajo y eficiencias corporativas. Desde el 2003, la inflación básica, que excluye los alimentos y la energía, promedió menos de 2 por ciento por año en los treinta estados miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.
INFLACIÓN ASIÁTICA. La desaceleración del crecimiento de Estados Unidos, el endeudamiento de los consumidores, un mercado laboral flexible y una economía que está abierta a competidores extranjeros deberían limitar la demanda y evitar que las empresas suban los precios. Y la historia nos muestra que las explosiones de las burbujas de activos son deflacionarias. Aumentan el desempleo, restringen la creación de puestos de trabajo y retardan el crecimiento del ingreso. La zona del euro padece la rigidez del mercado laboral que contribuye a un crecimiento débil y acelera la inflación. El crecimiento económico en la región que integran quince países ha estado por debajo del estadounidense por diez años.
El Asia emergente es el que está lejos: la suba de los precios de la energía y los alimentos está haciendo crecer también la inflación. No obstante, la otra inflación, la subyacente que excluye energía y alimentos, también comenzó a subir como consecuencia de las bajas tasas de interés, las monedas subvaluadas, la ampliación del superávit comercial, grandes reservas en monedas extranjeras y un aumento en el gasto de los consumidores.
No obstante, la inflación es atemperada por la persistente deflación de Japón y la intensa presión competitiva que obligó a Corea del Sur, Singapur y Taiwán a cerrar fábricas. Y aunque las exportaciones chinas se están encareciendo, aún presionan a la baja a los precios internacionales.
"Poniendo todo en la misma bolsa, parece que todo el mundo está convergiendo hacia una inflación de 2 o 3 por ciento", dijo Chen.
SENDERO BIEN MARCADO. La crisis de las hipotecas de alto riesgo también modera la inflación. Aunque aún no ha concluido, la crisis "sigue un camino muy andado establecido por siglos de necedad financiera", escribieron Carmen Reinhart, profesora de economía de la Universidad de Maryland, y Kenneth Rogoff, profesor de economía de la Universidad de Harvard, en un estudio reciente de dieciocho crisis bancarias en países industrializados tras la Segunda Guerra Mundial.
El costo fiscal del saneamiento tras las quiebras bancarias de Suecia en 1991 fue de 6 por ciento del producto interno bruto y de 8 por ciento en la crisis de Noruega de 1987, según el estudio. Los infortunios de España tras la crisis política de 1977 le costaron más de 16 por ciento del PIB y muchos estiman que el pánico de Japón, que comenzó en 1992, ubicó la cifra en más de 20 por ciento del PIB.
La historia también sugiere que la apuesta de la Fed de que la desaceleración del crecimiento va a poner grilletes a la inflación subyacente es una apuesta ganadora. El riesgo es que si los consumidores estadounidenses no creen que se desacelerarán los aumentos de precios, las expectativas crecientes de inflación pueden volverse reales.
Si es así, el restaurante necesitará un guardia de seguridad más grandote.