Wanda Cabella: Tasa de divorcios es de un 35%-40%

—¿Cuáles han sido los principales cambios ocurridos en la familia uruguaya en los últimos veinte años?

—A partir de la segunda mitad de los años ochenta comienzan a producirse grandes modificaciones en las características de la familia uruguaya, destacándose el descenso en la nupcialidad y el aumento de las uniones consensuales (llamadas antiguamente "concubinatos"), sobre todo en las generaciones más jóvenes. Sin embargo, el cambio más notorio en términos numéricos es el aumento de los divorcios, según se desprende de los últimos censos, estadísticas vitales y encuestas de hogares del Instituto Nacional de Estadística.

—¿Qué características presenta ese descenso en la nupcialidad?

—La reducción en el número de matrimonios en términos absolutos es espectacular, ya que pasa de la celebración de 20.000-25.000 matrimonios anuales a principios de la década de los setenta a unos 13.000 en 2002. También la caída es impactante en términos relativos, ya que la tasa de nupcialidad (matrimonios en el total de personas de quince o más años) disminuye más de un 50%. Esta caída de la nupcialidad se acompaña también del retraso en la edad del matrimonio. Que el número de matrimonios haya descendido no significa necesariamente que la tendencia a la formación de uniones sea menor, sino que su formalización por la vía legal va perdiendo vigencia. Entre los quince y los veinticuatro años de edad es muy alta la proporción de personas que viven en una unión libre, pero este nivel desciende notablemente a partir de los veinticinco años en la medida que varias parejas deciden legalizar su unión luego de un período de convivencia.

—¿Es el divorcio en Uruguay más o menos frecuente que en el resto del mundo?

—Aunque la legalización del divorcio es muy temprana en Uruguay (1907) en relación al resto del continente e incluso a buena parte del mundo, recién se generaliza a partir de 1985, cuando registra una inflexión muy pronunciada en la curva que duplica los valores del indicador de los años setenta. En la década de los cincuenta, el indicador coyuntural de divorcialidad señalaba que el 10% de las parejas unidas legalmente iban a divorciarse, en 1975 el mismo era del 13%-14% y en 2000-2002 ha sido del 35%-40%. De acuerdo con esta cifra, el nivel de divorcios de la sociedad uruguaya es alto, similar al de Francia, aunque menor que la tasa del 60% de Estados Unidos, que registra los niveles más altos del mundo. En Uruguay, otro hecho a destacar es la importante proporción de uniones de duración muy corta. Según los datos de nuestra encuesta, el 13% de las mujeres unidas o casadas entre 1991 y 1996 se separó antes de que la unión alcanzara los cuatro años de duración.

—¿A qué obedece ese comportamiento de las parejas uruguayas tanto en lo que se refiere al bajo índice de nupcialidad como a la alta tasa de divorcios?

—Todos los cambios en la familia tienen un carácter global, adaptado a la realidad local. No hay una sola explicación para estos procesos, que no son necesariamente correlativos. Al igual que lo ocurrido en los años setenta en las sociedades industrializadas, las interpretaciones giran en torno a la emancipación de la mujer, en particular al aspecto económico y a la posibilidad de tener más contactos sociales al participar en la actividad laboral remunerada. También puede explicarse por la revolución contraceptiva, que le ha permitido controlar el número de hijos deseados y disociar la sexualidad de la reproducción.

Hay otro cambio cultural que subyace en todas las razones mencionadas que son los procesos de "individuación", es decir que la gente empieza a perder ciertas referencias, como la tradición, la religión, etc. y las relaciones entre las parejas quedan más libradas a la negociación que a las normas institucionales.

—¿Cómo ha evolucionado la estructura de los hogares uruguayos en este período de grandes cambios familiares?

—Los cambios estructurales experimentados por las familias uruguayas en los últimos veinte años son varios. El tipo de hogar que más aumentó es el unipersonal, siendo más notorio en Montevideo donde comprende el 18% de los hogares. Estos hogares están formados en su inmensa mayoría por personas mayores de sesenta años, en particular mujeres, lo que muestra el grado de envejecimiento de la población uruguaya.

Si bien la estructura de hogar nuclear mantiene su predominancia en el total de hogares con más de un 60%, los hogares nucleares típicos, o sea la pareja con sus hijos, se redujeron de un 39% a sólo un tercio del total en Montevideo en los últimos veinte años. A su vez, los hogares nucleares monoparentales tuvieron un aumento, aunque de menor magnitud, pasando a representar el 10% del total de hogares.

—¿Cuál es la situación de las familias monoparentales?

—En Uruguay los hogares monoparentales, que en el 86% de los casos consisten de mujeres con hijos a su cargo, no son particularmente vulnerables. Si bien quienes están al frente de los mismos se hallan en peor situación económica que las mujeres que viven en familias nucleares completas, ambas tienen niveles educativos similares. Además, las mujeres divorciadas en Uruguay tienen muy buenas tasas de participación laboral, ya que generalmente aumentan sus horas de trabajo remunerado. Ese no es el caso en algunas sociedades post-industriales, como la norteamericana o la inglesa, en donde las jefas de familia tienen menores posibilidades de acceder y/o mantenerse en el mercado laboral y deben recurrir a la ayuda estatal.

—¿Ha acompañado Uruguay a las sociedades económicamente más desarrolladas en cuanto al retraso en la edad de la reproducción de la mujer?

—Aunque todavía está pendiente una investigación más profunda, las cifras y las tendencias conocidas muestran la existencia de dos grupos de mujeres con comportamientos reproductivos bien diferenciados en la sociedad uruguaya, lo que no difiere de los cambios ocurridos en los países industrializados hace dos décadas.

Las mujeres con mayores niveles educativos entran en una unión legal o consensual más tarde que en el pasado y, luego, también pasan más tiempo sin engendrar hijos, teniendo su primer vástago, en promedio, a los veintisiete años. Ocurre lo contrario con las mujeres que tienen bajos niveles de educación formal, que se unen en pareja muy jóvenes y dan a luz su primer hijo, en promedio, a los veintiún años. En este segundo grupo, se destacan dos fenómenos: la fecundidad adolescente, que ha tenido gran resonancia en los últimos tiempos pese a que ese aumento no ha sido de gran espectacularidad en términos numéricos, y la fecundidad de mujeres que están fuera de una unión estable.

En promedio, las mujeres con peor nivel educativo, o sea que sólo cursaron la escuela primaria, acumulan tres hijos cuando terminan su ciclo de vida fértil, mientras que las que cuentan con estudios terciarios tienen dos hijos al final de dicho ciclo. Si bien, a primera vista, un hijo más parecería una diferencia menor, esa brecha es significativa dado que la sociedad uruguaya tiene una tasa global de fecundidad muy baja.

—¿Qué sucede con las mujeres luego del divorcio?

—Según los datos censales, los hombres vuelven a entrar con mayor rapidez a una unión legal o consensual. Sin embargo, más de un 50% de las mujeres divorciadas constituye una nueva unión antes de transcurridos cuatro años de la separación y el hecho de tener hijos no incide mayormente en la formación de una nueva pareja. En cambio, reviste importancia la edad de la mujer. Aquellas que se separan a edades más tardías así como las que permanecen solas más de seis años luego de la separación tienen menos posibilidades de acceder a una nueva unión.

—¿Cómo afecta el aumento de la tasa de divorcio a la tasa de reproducción?

—Contrariamente a lo que ocurre en otros países, el divorcio no ha afectado la tasa de fecundidad femenina en Uruguay. Las mujeres que se divorcian tienden a tener más hijos que las que no lo hacen.

—¿Cuáles han sido las consecuencias socio-económicas más graves de estos cambios en la familia uruguaya?

—El impacto más claro es el deterioro de la situación económica de las mujeres y sus hijos luego del divorcio porque, entre otros problemas derivados de ese hecho, los niveles de transferencias económicas de parte de los padres son muy bajos.

—¿Cuál es el impacto de las uniones consensuales y el aumento del divorcio sobre la socialización de los niños y sus posibilidades de desempeño futuro en Uruguay?

—Si bien queda mucho por investigar dada la complejidad del tema, los sociólogos Filgueira y Kaztman consideran que el impacto es muy negativo ya que ellos lo asocian con las formas de familias más inestables. A nivel individual, sus efectos tenderían a resquebrajar los lazos entre los padres (hombres) y sus hijos no corresidentes así como a menoscabar el capital social de los hijos. Me refiero a que se reduce la capacidad de obtener ayudas extra-escolares, o sea de educación no formal, y se debilitan las redes sociales por la línea paterna para luego insertarse en el mercado laboral.

No obstante, la evidencia internacional muestra que es muy difícil probar una relación causal entre estructura familiar y desempeño de los niños porque se necesita información recabada en varias etapas (rondas) y procesada en el muy largo plazo. Por tanto, se requiere discriminar entre el corto y largo plazo. Si se observa una fotografía de lo que hoy está sucediendo, probablemente se detecte la existencia de una correlación fuerte entre las rupturas parentales y el desempeño escolar, especialmente por desórdenes de conducta, de los hijos; pero luego de tres o cuatro años, los efectos de los cambios familiares tienden a disminuir e incluso a desaparecer. Muchos estudios coinciden en afirmar que más que la estructura familiar en sí misma, los factores que contribuyen a predecir los desempeños futuros de los niños son el nivel de conflicto parental y el deterioro de la situación económica que frecuentemente acompañan las transiciones familiares.

FICHA TECNICA

Wanda Cabella, uruguaya, es licenciada en Antropología por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República y se desempeña como investigadora en el Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR). En los últimos años ha desarrollado diversas investigaciones en torno a los cambios de la nupcialidad y la familia en Uruguay y, en particular, sobre la evolución del divorcio durante la segunda mitad del siglo XX.

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