Domingo 26 de diciembre de 2004 | Año 87 - Nº 29950
Internet Año 9 - Nº 3061 | Montevideo - Uruguay
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El Maracaná de la literatura nacional

Jorge Arbeleche acepta el rol de DT y reubica parámetros

¿Quién puede hacer un Canon tipo Harold Bloom? ¿Quién está capacitado para hacer una lista de lo mejor de la literatura uruguaya, en realidad? Sin el sesgo etnocéntrico, escandaloso hasta la ostentación, que le imprimió Bloom. Que trabajó para él, no para otros: "primero desato la poémica y después me vendo". La cultura actual es demasiado pop para que las letras orientales asuman un perfil destacado. ¿Qué se han hecho los críticos que formularon el Uruguay actual? Se refugian en las corporaciones, el ambiente universitario y las revistas y páginas especializadas pero no acceden a las vidrieras. La televisión sólo admite, con excepciones, lo banal. El resto se retrae. Antes por lo menos contaban con las candilejas del café. Alberto Zum Felde tenía un altar propio. Los gestores de la Generación del 45 armaron una fogata: el fuego se divisaba de lejos. ¿Dónde está la nueva gente? ¿En la trinchera? En pleno lugar del combate siguen Alsina Thevenet, Jorge Abbondanza e incluso Pablo Rocca. ¿Y los demás? ¿Quién puede hacer una selección confiable y creíble del quehacer literario? Quedan proscritos los adeptos a la informática. Se informan en dos minutos y se equivocan en uno. Se desconfía de los modernistas, también. ¿Quién es capaz de asumir un Canon, entonces? Alguien serio (pero no aburrido), bien informado, creíble. ¿Independiente? Lo independiente que se pueda, aunque todo el mundo tiene su capilla con círculos concéntricos y el corazón expuesto. ¿Jorge Arbeleche puede hacer el Canon? Es de los pocos que puede.

—Arbeleche, ¿quiénes deben ir y quiénes no en la lista?

—Hay que hacer algunos reacomodos antes. Hay figuras que tienen mala prensa o menos prensa de los que debieran. Podemos empezar por ahí.

—¿Para irritar?

—Para sedimentar.

—De acuerdo. ¿A quiénes perjudicó la prensa, entonces? Descuento que usa una metáfora.

—La Generación del 45 tiene mucho que ver con eso. Fue hipercrítica, lo que no está mal, pero de pronto no fue justa.

—Usó el gamezán como sistema. Y tuvo la virtud de incinerar la chirca cultivada por la generación anterior. Aquello de yo te elogio a ti y tú me elogias a mí. Que es la mejor forma de hacer caja, pero muy dañina desde el punto de vista cultural.

—Terminó con las chircas, de acuerdo. Y estableció pautas, enseñó una nueva forma de ver la literatura. Hubo críticos y docentes excepcionales como Rodríguez Monegal, Angel Rama y Real de Azúa. Pero se pasaron de rígidos y dejaron al país huérfanos de referentes. Y los referentes son mucho más que un valor literario.

—Quedamos sin referentes, entonces.

—Sin referentes inmediatos, que son los que arman la cadena. Ellos tomaron como referente único a la Generación del 900: todo lo que estaba lejos. Lo más distante posible. Tenían buen paladar y no se equivocaron en el gusto. Pero fueron arbitrarios.

—¿Qué hicieron bien?

—Varias cosas. Entre ellas no seguir mirándose el ombligo. Enseñaron a mirar hacia afuera.

EL CATALEJO

—Y lo hicieron con gran éxito. Yo, que pertenezco a la generación siguiente, sólo valoraba lo de afuera. Me mostraron las luces de Nueva York y de París y subvalué el paisaje nacional. Tuvo que morir Juan José Morosoli para empezar a saldar la deuda.

—En los 50, algunos a finales de los 40, los intelectuales nacionales descubren el mundo. Emir Rodríguez Monegal, primero, Angel Rama después son los pilares de la nueva mirada internacional. Emir valoriza lo anglosajón y Rama, después, lo latinoamericano. Pero dijiste algo de Morosoli.

—Que cuando él muere descubro la literatura nacional. Me hago cargo de mi omisión. La literatura estaba pero no la sabía ver. Visca le dedica una doble página a Morosoli en EL PAIS Y allí leo algunos fragmentos de su narrativa. Insisto en mi culpa. Pierdo los prejuicios de golpe. Sólo con algunos escritores extranjeros había sentido una cosa igual.

—No era sólo tu culpa. La gente del 45 no trabajó debidamente a Morosoli. Yo alguna vez dije que si hubiera tenido más marketing Morosoli hubiera sido un Rulfo. Y digo un Rulfo.

—Por algo.

—Por mucho. Comparten la misma estructura de la parquedad, esa cosa austera. Ambos son grandes narradores y pintan con concisión y un lenguaje casi mínimo una realidad, ¿mágica?, que se sostiene sola. Por eso rumbeé hacia Rulfo cuando hablo de Morosoli.

—De pronto aparece un Arbeleche nativista.

—(Risas). Está bien, porque yo nunca me tuve que plantear la dicotomía entre lo urbano y lo rural. Por eso lo decís, por el pintoresquismo de rumbear. (Risas de vuelta). La Generación del 45 de alguna forma desaprovechó a Morosoli que pertenece a una generación anterior.

—Pero es posterior a la del 900. Y hacia ahí enfocaron...

—No sólo por eso. También en el 900 pasaron por alto a alguien, que en parte por ese desdén, diría aunque es un término fuerte, ahora también se lo mira de soslayo. Hablo de Rodó. En la actualidad lo miran como si fuera una figura de bronce.

—De granito sería más apropiado.

—(Risas). Desde luego.

—Me incluyo en esa apreciación de costado, como de desconfianza. Y eso que conozco su dimensión y su alcance. Por razones periodísticas recorro América Central y el Caribe cuando entran en erupción las repúblicas bananeras. A finales de los 60, 70, en esas latitudes, el único uruguayo que conocen es a Rodó. El único que respetan cuando en Uruguay nadie se acuerda de él. Lo tienen, para usar un concepto que usaste, como un referente.

—Así es.

—Lo respetan afuera. ¿Y aquí qué pasa? ¿Por qué no existe? ¿Por qué lo confunden con la cultura oficial?

—Pero Rodó no fue tan oficial, desde el momento que no contó con el apoyo de Batlle y Ordóñez cuando se marcha a Europa. Incluso fue contestatario, contrario al Colegiado. Un intelectual del todo comprometido con su tiempo.

—Y con América Latina.

EJERCICIO

—Por eso el eco continental se mantiene.

—Pero el nacional se difumó del todo. ¿Por qué?

—Porque se le pide algo anacrónico. Se le aplican pautas que no condicen con sus circunstancias ni con su contexto.

—Eso es anacronismo, claro. ¿Qué Rodó buscan?

—Hay muchos Rodó. Está el Rodó americanista, que idealizó demasiado pero apostó a esa carta. El Rodó de páginas memorables. Hay un enorme brillo en parte de "El Mirador de Próspero". "Motivos de Proteo" es un poco más arduo. Se destacan también sus últimos libros, "El Camino de Paros" tiene páginas espléndidas.

—¿No es demasiado "heavy"? En el sentido del exceso. Y de lo monolítico.

—Yo lo sigo defendiendo. No quiero decir con esto que sea un escritor actual. Hay diferencia entre ser vigente y ser actual. El discurso de Rodó sigue siendo vigente.

—¿También su lenguaje? ¿No es algo pomposo o retórico?

—Tiene momentos de una gran precisión. En una de las parábolas de "Motivos de Proteo" se ocupa de la "Despedida de Gorgias". Con una economía de mercado, como dicen ahora, puntualiza lo siguiente: "Gorgias ha enseñado en la ciudad que fue su cuna, nueva filosofía. La suspicacia, la delación, han hecho que ella ofenda y atemorice a poderosos. Borgias va a morir".

—De memoria y hasta con los puntos y las comas. Arbeleche, eso es un despliegue. Pero es cierto ahí aparece un Rodó duro y vigente.

—Siempre me impresionó, desde la primera lectura, la rotundidad de esa presentación. Rodó es una de esas figuras que no se pueden echar al cajón y después cerrarlo. Eso se hizo a nivel nacional. Lo mismo se hizo a nivel internacional con Darío. Se lo arrinconó. En el Uruguay, no en el extranjero.

—Le acaban de hacer una especie de homenaje en el Congreso de Rosario. Se le dio el lugar de una piedra angular en el idioma. Desde la poesía refunda el español. Lo airea. Estuviste en Rosario. ¿No fue así?

—Lo fue. Darío actualmente es un autor que se da en el liceo pero no se lee.

—Se daba en mi época y no sé si se lo leía.

—Pero era una ventana abierta en un habitación oscura.

—Volvamos a los del 45. ¿No iluminaron más los fundamentos del país? Con seriedad.

BIEN CERCA

—Sin lugar a dudas. Capaz que demasiado serios. Pienso en Sara de Ibáñez. El entorno impedía que despertara estremecimientos. Y era y sigue siendo una gran poeta.

—Con un marido en la misma competencia, como se decía entonces con cierta maldad.

—¿Cierta? Yo creo que Roberto Ibáñez fue también un gran poeta.

—Y una autovaloración excedida. Fui alumno suyo en Humanidades y algo amarillo como un nimbo oscurecía su cabeza.

—Pero fue un intelectual muy importante: crítico, ensayista, docente. En lo personal incidió mucho en mí, que era un profesor joven y un escritor novato. Me advirtió sobre aspectos fundamentales.

—Lo personal de tu relación te impedía ver su ego ¿puede decirse?

—No, para nada, era un poco inocente.

—De todo inocente. Por eso no ocultaba su aura indiscreta. Y me consta que me tiro encima a su familia y sus alumnos. Pero no le falto el respeto.

—Se habla poco de Sara, ahora. Y también poco de Clara Silva, que no debe caer en el olvido.

—Y que también tenía problemas de desenfoque y de inocencia. No era fácil ser la mujer de Zum Felde, pero resultaba malsano rehuir los reflectores.

—Tenía un aire como de sacerdotisa y era una mujer hermosa.

—Muy hermosa. Fallaba un poco de piernas.

—(Risas). Eso no es una mirada, es una radiografía.

—A Clara se la leía y se la veía. ¿Y qué pasaba con su hermanita, solitaria y rodeada de gatos? Y su obsesión pueril por ganar un Nobel.

—No hacía pie en la realidad. Logra destellos en su poesía, escribe algunos versos rutilantes, pero no alcanza la coherencia final que un texto de arte debe tener.

—Le daba por el jardín como a Marosa (di Giorgio) por el huerto.

—Pero Marosa es una de las grandes. Construyó un mundo, organizó conceptualmente su fantasía, trascendió.

—Es obvio. No quiero minimizar a di Giorgio, sólo marcar la compartida predilección por la exuberancia vegetal. Pero continuemos con las omisiones, por favor.

—Carlos Sabat Ercasty, por ejemplo, que es excesivo, y a veces, muy excesivo.

—(Risas). Es realmente muy. Pero Neruda lo destaca como antecedente suyo.

—A eso iba. Le hace justicia. Creo que respecto a mucho gente existe una mala memoria o un recuerdo confuso. Sucede hasta con Fernán Silva Valdés, que se lo escolarizó demasiado. Su famoso poema del indio pertenece hace años al imaginario popular. "Venía no se sabe de donde, usaba...".

—Y se atribuye a otros, o a todos. ¿Por qué se lo asocia con Zorrilla?

—"Zorrilla es otra cosa", dice Arbeleche muy rápido. ¿Hay algo de disgusto en su voz? "Se lo asocia por ‘Tabaré’. Pero nada que ver. Es el caso de las canciones de cuna de Juana (de Ibarbourou). "La loba, la loba,", etc. Llegan a sentirse como de autor anónimo. Y Juana las publicó en el 42 (1942). Allí logra un puente de comunicación con el lector como pocos escritores tuvieron. Integran el acervo infantil. Silva Valdés integra el acervo popular.

—¿Quiénes más marchan por fuera del andarivel?

—Ni siquiera eso. Basso Maglio que es un pintor interesante. Y Alvaro Figueredo. Y Pedro Piccatto.

—Arbeleche se pasó a la espeleología, me temo. Bajo el sol, bien expuesto, están Falco y Cunha. La Generación del 45 se solazó con ambos.

—Son excelentes.

—Sin duda. Pero no fueron los únicos. Casi lo fueron. ¿Qué pasó con Juana? No era la nena mimada de esa Generación. Era la nena mimada de ella misma.

—Cuando se publica Capítulo Oriental, al final de los 60, como que se acuerdan de Juana y le dedican un volumen entero. Al cumplirse los 50 años de la publicación de "Las lenguas de Diamante" sale un recuadro de Rama, en otra doble página de EL PAIS, donde se ajustan cuentas.

—Parámetros que planean incluso por encima del valor intrínseco. Anidan en el imaginario colectivo y no se pueden desterrar sin daño. Por eso hablaste de un defecto de la Generación del 45: podar varios parámetros válidos. Pero construyen otros. Benedetti es uno de ellos. ¿Qué une a Benedetti con su legión de lectores? Son muchos para no verlos Y no es sólo una coincidencia política. Ni siquiera es eso.

—Yo creo que es una cuestión de dimensión, de escala. Benedetti y Montevideo se corresponden. Comparten un nivel entre humano y cálido, un sentido de lo cotidiano, lo inmediato.

—¿Ciertos códigos de ética?

—También.

—¿Pero qué pasa con los parámetros que se borraron? ¿Por qué siempre son, los críticos antes que todo, y Falco y Cunha, y Vilariño, y de pronto Mario Arregui. ¿Y los otros?

—Existe una tendencia a la repetición. Se reiteran los mismos nombres y quedan incorporados para siempre. Y se borran los otros. Y no se trata de calidad. La poesía no puede medirse, incluso. ¿Quién se acuerda hoy de Yamandú Rodríguez? ¿Qué pasó con Serafín J. García?

—"Tacuruses" fue el gran best-seller uruguayo. ¿No es el texto más leído de la literatura nacional?

—Claro que sí. Y se filtró en el folklore con Los Olimareños. "El Orejano" es de Serafín J. García.

—¿Dónde aterrizaron algunos que fueron grandes cuando empieza el siglo?

—María Eugenia tiene una obra exigua e irregular, pero 6 o 7 poemas suyos son extraordinarios. Ejerzamos una mirada más global, de aliento más grande. Carlos Brandy ha quedado un poco apartado. A Taco Larreta se lo arrincona en el crítico y en el teatro y es un narrador de primera. Benedetti fue un crítico importante, también. Y Real de Azúa fue un lucero. Ellos y otros formaron las primeras generaciones del IPA y de Humanidades.

—A Paco (Espínola) lo respetaron todos. ¿A quién más?

—Felisberto (Hernández) burló el instinto del Rodríguez Monegal, que lo desestimó. José Pedro Díaz y Rama lo supieron ver de entrada. Idea Vilariño es otro autor con puente propio para los lectores. Sobre todo en sus poesías de amor. Amanda Berenguer para mí sigue siendo la mejor de su generación.

—Y no hablamos de Martínez Moreno.

—Que fue otro crítico de relieve. Y dejó una narrativa que se expande. Y están Circe Maia, y Nancy Bacelo.

—Y el mundo que detectó Visca. ¿O no? Decir que tuvo mal ojo sería ofensivo.

—Hay que decir que tuvo ojos y lentes. Pero operó desde fuera de la generación del 45. Otro que fue importante, desprolijo pero importante, fue Guido Castillo.

—¿Y qué acaece después?

—Yo diría que la contemporaneidad.

—Si nos quedamos a ese nivel lo que hicimos fue casi arqueología.

—Formulamos una especie de Canon, con referentes muy lejanos. ¿No suena bien uruguayo?



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