Domingo 9 de mayo de 2004 | Año 86 - Nº 29722
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PABLO MARKS Y LA CALLE SARANDÍ
El responsable de un auge

Galería Latina emergió en 1980 en el peor momento de la Ciudad Vieja cuando las demoliciones en serie parecían el único destino. El marchand revertió la tendencia.

Todo parece claro ahora: Sarandí volvió para quedarse. Ya no son los tiempos de Roberto de las Carreras, pero por diversos motivos lo que Milton Schinca bautizó con acierto como "boulevard", el último que existió en el país, el primero también, y el único, es el eje cultural del rescate urbano de la Ciudad Vieja. Pablo Marks, director de "Galería Latina", ha sido uno de los responsables de lo que terminó siendo una teoría de salvataje que de a poco le devuelve a Montevideo su mejor perfil urbano. Hace 23 años que está al frente de "Galería Latina" y casi 50 que trabaja comercialmente en la zona. No es el único. Hasta hace poco estuvieron los Sasson, estos días dedicados al remate de las instalaciones de La Opera, de seguro la última gran tienda que permaneció en pie en Montevideo, disminuida pero orgullosa. Siguen los Sendra en su enclave de Joyería Biarritz junto a otros joyeros que conservan la casa matriz en la península fundacional de la capital uruguaya. Siguen los habitúes primigenios del Club Uruguay, dos o tres libreros de viejo de nota, el corazón episcopal de la Iglesia, la casa del Partido Nacional, los grandes bancos (los que quedan) y los estudios de abogados. Pero ese es el entramado. Los que apostaron todo a Sarandí fue gente como Marks que eligió instalarse allí en el peor momento del barrio, un año después que un infeliz y perverso decreto del Poder Ejecutivo hizo ingresar en 1979 al mercado de la demolición el trabajoso patrimonio cultural que mayormente Pivel Devoto había salvaguardado durante décadas. Desde el punto de vista edilicio fue un momento de crisis y de enorme peligro. ¿Por qué lo hicieron? Algún día se sabrá. Pero aunque el capricho se llevó por delante, o ayudó a que se llevaran por delante, tesoros como el Conventillo MedioMundo, la ya arrasada Barrio Reus al Sur y el petit hotel de los Taranco en el final de San José después de pasar bajo la bóveda del Palacio Municipal, lo que entró en estado de jaque fue la Ciudad Vieja, el mayor reservorio arquitectónico del país en obras del Siglo XVIII, XIX y principios del XX.

En los hechos, cuando Pablo Marks se instala en Sarandí 671, lo que había sido el edificio consular de Sedería París, inicia sin saberlo del todo el camino regresivo de un desastre piquetero (a la uruguaya, no a la argentina) que parecía destinado a liquidar el escenario de los grandes esplendores del Novecientos. La esquina de Sarandí y Policía Vieja, clausurada, tapiada, pronta para ser arrasada preanunciaba un clima de tragedia. Tirar abajo el edificio de tres plantas coronado con mansardas y levantado en ladrillo sílico calcáreo de la Companía de Materiales de Construcción del Ing. José Foglia, en los albores de 1905, hubiera significado un atropello arqueológico sin posibilidad de marcha atrás. La desaparición de esa construcción hubiera interrumpido la estética de la calle Sarandí, sus entronque con las calles transversales y arruinado irremediablemente todo intento de reciclaje genérico. Ahora que el BID en pleno renacimiento milagroso, brotó como si fuera una flor de invernadero en los que fueron los espacios del Hotel Colón, que unos metros más abajo España rescató otro importantísimo espacio cultural, que la movida nocturna de Bartolomé Mitre y Bacacay ocupa ya un tercio de la Ciudad Vieja y llega hasta la Plaza Matriz a la que encapsula como un fortín y no hay una alternativa ni por lejos a la altura de esas tentadoras ofertas en el resto de la ciudad, parece fácil imaginar la renovada vigencia de la Ciudad Vieja. Veintitrés años atrás cuando Pablo Parks resolvió instalarse en Sarandí y Policía Vieja, compartiendo geometría con "Becasse", la calle Sarandí era un tembladeral y parecía acercarse el principio del fin.

CIRUGIA MAYOR. El reciclaje, pintado y enarenado del edificio con 320 metros cuadrados de exposición en su planta baja fue un golpe de oxígeno para toda la zona. Y una especie de alerta que remarcó la situación de bisagra institucional que planteó el Plebiscito de 1980. Aunque no se notaran a simple vista se venían tiempos de cambio y como sucede siempre la transformación fuerte vino por el lado cultural. La apertura de Galería Latina frente por frente de lo que era Galería Bruzzone pareció inexplicable para la gente común. La muerte de Argul, el arrinconamiento de Julieta Moretti y muy pronto el traslado de algunas de las mejores casas de remate acentuaban la situación de riesgo. Sólo la infraestructura financiera parecía sostener a la Ciudad Vieja. Dentro de ese marco nada auspicioso abre sus puertas Galería Latina. Salir a competir con Kurt Speyer ya era de por sí una apuesta difícil.

En parte porque no se advirtieron lo que fueron ventajas para el nuevo negocio. La concentración cultural era un beneficio, no un prejuicio, y le devolvía a Sarandí su impronta cultural. Luego otras galerías se aglutinaron en torno a ese concepto del amuchamiento. El otro aporte vino por el lado estructural. Bruzzone había nacido como casa de venta y arreglo de lapiceras de fuentes y se había transformado en una galería de arte sin mucha ostentación.

La nueva Galería Latina, lo hacía desde un edificio acorde con la lustrosa historia de Sarandí, desde espacios más amplios y como se vería desde la propia entrada con una política cultural ambiciosa. Pero eso se remarca aun más en el futuro. Lo que sí quedó establecido en el acta fundacional fue la postura juvenil de Pablo Marks y esa carga de adrenalina que le facilitó transformarse en un raro ejemplo del self-made-man uruguayo. La vitalidad de Marks fue un dato de enorme importancia. No llegaba para alargar los plazos de la supervivencia. Arribó para permitir los grandes cambios.

A casi cuarto siglo de distancia Marks ve con bastante naturalidad y sin sobresaltos esos momentos de riesgo. Destaca el papel del mecenas italiano que le posibilitó instalarse con todo brillo en el corazón mismo de Sarandí e iniciar una actividad que no se quedó sólo en el terreno de la plástica sino que puso en marcha un movimiento editorial que hoy es también un patrimonio nacional, comprometió al resto de las actividades artísticas, cambió la operativa de las exhibiciones que empezaron a multiplicarse en el exterior pero también en el interior del país.

El sostiene que el despegue, inusual y llamativo, tiene mucho que ver con el trabajo de equipo. Que venía formativamente de las tiendas del Teatro independiente (¿cuánto valdría hoy una entrada para ver a Marks de mujik de "El bosque de los cerezos?) y que esa etapa, con su aporte humanístico y su aire colectivo, se le quedó incorporada como forma operativa. Dice y es cierto que en el Circular su papel de rústico ruso iba enancado en una tarea donde muchachos hacían de boleteros, de porteros, de acomodadores y desde luego de limpiadores. Trabajaban también cuando terminaba la función y el encantado clima chejoviano se desprendía como si fuera un cristal roto. Había que barrer los pasillos, las gradas y lo que había sido un escenario de tinte nostálgico y caminar detrás de las poderosas nubes de polvo que no hacían otra cosa que levantarse de un lugar para caer sobre otros. No había aspiradoras al alcance del teatro independiente en aquel entonces (me temo que aún no las haya ahora) pero el polvo debía ser acorralado y trasladado como si fuera un imperativo sanitario. La mecánica impuesta por Beto Fontana, Nelly Goitiño, los Hermanos Reyno demostró ser aplicable en otras lides y cuando Pablo Marks inaugura Galería Latina logrará repetir esas actitudes: involucrar en el montaje de las exposiciones a los artistas plásticos, como antes se hizo con las actores.

Irrumpe con espléndidos laderos. Es un lugar nuevo con un muchacho creíble al frente y se le suman nombres prestigiosos. Lo acompaña gente consagrada y de repercusión como Germán Cabrera, Ernesto Aroztegui, el tempranamente fallecido Félix Bernasconi, Jorge Satut, Miguel Bresciano, Denry Torres, Federico Moller de Berg, Héctor Sgarbi que pretextó en su momento una retrospectiva de enorme impacto; Hilda López que con su habitual carácter había tomado las tareas de la Galería como una prolongación de las de su propia casa y llegaba de mañana a Sarandí 671, se iba de noche y durante el día calentaba café, hacía sándwiches, pintaba lienzos, erizaba los parantes de clavos. Repetía lo que hacían otros.

NUEVOS TIEMPOS. El lanzamiento de Galería Latina había tenido un despegue de lujo. Cuando Pablo Marks prepara la galería tiene muy claro que debe hablar con Manolo Espínola Gómez. El, que hace años que trabajaba con Speyer, sólo había tenido contacto visual con Espínola. Nunca había intercambiado una palabra, compartido un café, recibido un consejo de ese personaje medular de la cultura uruguaya. Pero tenía que tratar de involucrarlo en sus futuros planes. "Era evidente su condición de referente. Debía hablar con Espínola". Lo hizo en un café de Pocitos donde Manolo recalaba antes de su afincamiento final en el Centro y lo conquistó desde su entusiasmo y la credibilidad de su propuesta. El artista por excelencia del ostracismo nacional (por decisión propia) no había conversado nunca con Pablo Marks, porque Manolo no era trabajado por las galerías, estaba fuera de la cotización y la plaza pictórica. Volvió a integrarse con el entusiasmo de su personalidad avasallante, a partir de la Retrospectiva que inauguró Latina con su obra, acompañado de una publicación que abrió las puertas del operativo editorial que se montó a continuación.

Detrás de Galería Latina y su nuevo foco cultural aparecen Galería Ciudadela y sus dos locales enfrentados, las instalaciones de la Fundación Torres García, los nuevos emprendimientos de Karlen Gugelmeier. Es como un carretel de hilo que se desmadra. Ahora que el edificio del BID titila como una joya, los vecinos de Pablo Marks están de moda. Por un lapso no lo estuvieron aunque Pablo Marks recuerda sus inicios en la zona como "tiempos de oro". Es otra vez su adrenalina y las visiones de una juventud extrema. Viene de Florida de una niñez pobre pero amparada en el amor materno, entra rápidamente en contacto con Kurt Speyer, cumple tareas en el Cerro, trabaja en una cantina y lleva el ardor de su entrega y su sed de conocimiento estampado en la frente como si fuera un sello. Speyer, que tiene buen ojo, se lo lleva con él en el 56 a la empresa que mantiene con socios en la Ciudad Vieja y Pablo entre cosas se recibe de técnico en esferográficas. Será mensajero también en los años de adolescencia y en esos pasos conocerá el barrio a fondo. El atractivo mayor provenía de la escalera mecánica de La Tienda Inglesa, las vidrieras de "El Telégrafo", los bailes para otros en el Solís cuando se clausuraba el espacio lateral para aumentar el área de danza. Inundado por la testosterona el puber vivía días de fiesta. La mayor parte del elenco laboral era femenino y provenía de las grandes tiendas que se desplegan sobre Sarandí desde la filial más peninsular de Tienda Soler, Smart, Sedería París, el local de los Henderson y desde luego que la Opera. Cuando venían los bailes de los fines de semana, en el Rowling, en Quinta de Galicia que tenía dos pistas, una para gaitas, en el Platense Patín Club, las jóvenes muchachas se disputaban a los escasos compañeros de trabajo.

UN CARRERON. Y además estaba el mundo en que lo venía sumergiendo Speyer. El invento de Biro, un alemán de residencia argentina puso en peligro el imperio de las estilográficas. Cuando el derecho uruguayo admitió el uso de la birome en las firmas de los documentos el negocio de Bruzzone se vino abajo. Luego Biro le vendería la patente a los franceses y aparecía la bic. Pero para entonces Speyer había dado un giro en sus negocios. Ese alemán de ascendencia judía que debió emigrar con su familia a Europa durante el nazismo era un europeo cortés en el trato, un lince en los negocios y un deportista que, junto con su familia, hizo como pocos un trabajo de divulgación del patinaje y del hockey sobre patines.

Speyer era un hombre de la cultura, además. Mantenía una amistad muy estrecha con Neulander, entonces muy famoso bajo su adaptación castellana de Novas Terra. Su pieza "Todos en París Conocen" fue, junto con "Caracol col col" uno de los hitos musicales de un teatro uruguayo donde la gente no sabía que con la garganta también se podía cantar. Los enredos de Madame Milene convulsionaron el Uruguay, volvieron famoso a su autor y a su esposa que estaba deliciosa como protagonista femenina e incluso notorio el pianista Enrique Almada. El escenógrafo de "Todos en París Conocen", José Echave, se quería ir de viaje a Europa, Speyer terminó armándole una exposición que fue todo un éxito y en 1968 Bruzzone desde su nuevo local, en la acera de enfrente, se dedicó íntegramente a montar una galería de arte en Sarandí, pionera en muchos sentidos, entre ellos el de apostar a la juventud y la modernidad y el vender por cuotas. Speyer inventó el mercado plástico en el Uruguay y bajo su atenta vigilancia creció y se formó Pablo Marks, su discípulo directo. El resto es historia conocida. Pablo terminó abriendo galería propia a pocos metros, Galería Latina empezó en los Ochenta una carrera de crecimiento que la ha convertido en la gran galería montevideana, con una copiosa cartera de pintores y una actividad que permanentemente borra fronteras, además de una actividad editorial que puso al país en el mapa de los libros de arte. Detrás de todos esos pasos está el hombre que ahora se acerca rápidamente al medio siglo de vida cultural en medio de la reconquistada Sarandí. Sin Pablo Marks muchos de los milagros que suceden ahora no hubieran sido posibles.



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