Todo parece claro ahora: Sarandí volvió para quedarse.
Ya no son los tiempos de Roberto de las Carreras,
pero por diversos motivos lo que Milton Schinca bautizó
con acierto como "boulevard", el último que existió en
el país, el primero también, y el único, es el eje cultural
del rescate urbano de la Ciudad Vieja. Pablo Marks,
director de "Galería Latina", ha sido uno de los
responsables de lo que terminó siendo una teoría de
salvataje que de a poco le devuelve a Montevideo su
mejor perfil urbano. Hace 23 años que está al frente de
"Galería Latina" y casi 50 que trabaja comercialmente
en la zona. No es el único. Hasta hace poco estuvieron
los Sasson, estos días dedicados al remate de las
instalaciones de La Opera, de seguro la última gran
tienda que permaneció en pie en Montevideo,
disminuida pero orgullosa. Siguen los Sendra en su
enclave de Joyería Biarritz junto a otros joyeros que
conservan la casa matriz en la península fundacional
de la capital uruguaya. Siguen los habitúes
primigenios del Club Uruguay, dos o tres libreros de
viejo de nota, el corazón episcopal de la Iglesia, la
casa del Partido Nacional, los grandes bancos (los
que quedan) y los estudios de abogados. Pero ese es
el entramado. Los que apostaron todo a Sarandí fue
gente como Marks que eligió instalarse allí en el peor
momento del barrio, un año después que un infeliz y
perverso decreto del Poder Ejecutivo hizo ingresar en
1979 al mercado de la demolición el trabajoso
patrimonio cultural que mayormente Pivel Devoto había
salvaguardado durante décadas. Desde el punto de
vista edilicio fue un momento de crisis y de enorme
peligro. ¿Por qué lo hicieron? Algún día se sabrá. Pero
aunque el capricho se llevó por delante, o ayudó a que
se llevaran por delante, tesoros como el Conventillo
MedioMundo, la ya arrasada Barrio Reus al Sur y el
petit hotel de los Taranco en el final de San José
después de pasar bajo la bóveda del Palacio
Municipal, lo que entró en estado de jaque fue la
Ciudad Vieja, el mayor reservorio arquitectónico del
país en obras del Siglo XVIII, XIX y principios del XX.
En los hechos, cuando Pablo Marks se instala en
Sarandí 671, lo que había sido el edificio consular de
Sedería París, inicia sin saberlo del todo el camino
regresivo de un desastre piquetero (a la uruguaya, no a
la argentina) que parecía destinado a liquidar el
escenario de los grandes esplendores del
Novecientos. La esquina de Sarandí y Policía Vieja,
clausurada, tapiada, pronta para ser arrasada
preanunciaba un clima de tragedia. Tirar abajo el
edificio de tres plantas coronado con mansardas y
levantado en ladrillo sílico calcáreo de la Companía de
Materiales de Construcción del Ing. José Foglia, en los
albores de 1905, hubiera significado un atropello
arqueológico sin posibilidad de marcha atrás. La
desaparición de esa construcción hubiera
interrumpido la estética de la calle Sarandí, sus
entronque con las calles transversales y arruinado
irremediablemente todo intento de reciclaje genérico.
Ahora que el BID en pleno renacimiento milagroso,
brotó como si fuera una flor de invernadero en los que
fueron los espacios del Hotel Colón, que unos metros
más abajo España rescató otro importantísimo
espacio cultural, que la movida nocturna de Bartolomé
Mitre y Bacacay ocupa ya un tercio de la Ciudad Vieja y
llega hasta la Plaza Matriz a la que encapsula como un
fortín y no hay una alternativa ni por lejos a la altura de
esas tentadoras ofertas en el resto de la ciudad,
parece fácil imaginar la renovada vigencia de la Ciudad
Vieja. Veintitrés años atrás cuando Pablo Parks
resolvió instalarse en Sarandí y Policía Vieja,
compartiendo geometría con "Becasse", la calle
Sarandí era un tembladeral y parecía acercarse el
principio del fin.
CIRUGIA MAYOR. El reciclaje, pintado y enarenado del
edificio con 320 metros cuadrados de exposición en su
planta baja fue un golpe de oxígeno para toda la zona.
Y una especie de alerta que remarcó la situación de
bisagra institucional que planteó el Plebiscito de 1980.
Aunque no se notaran a simple vista se venían
tiempos de cambio y como sucede siempre la
transformación fuerte vino por el lado cultural. La
apertura de Galería Latina frente por frente de lo que
era Galería Bruzzone pareció inexplicable para la gente
común. La muerte de Argul, el arrinconamiento de
Julieta Moretti y muy pronto el traslado de algunas de
las mejores casas de remate acentuaban la situación
de riesgo. Sólo la infraestructura financiera parecía
sostener a la Ciudad Vieja. Dentro de ese marco nada
auspicioso abre sus puertas Galería Latina. Salir a
competir con Kurt Speyer ya era de por sí una apuesta
difícil.
En parte porque no se advirtieron lo que fueron
ventajas para el nuevo negocio. La concentración
cultural era un beneficio, no un prejuicio, y le devolvía a
Sarandí su impronta cultural. Luego otras galerías se
aglutinaron en torno a ese concepto del
amuchamiento. El otro aporte vino por el lado
estructural. Bruzzone había nacido como casa de venta
y arreglo de lapiceras de fuentes y se había
transformado en una galería de arte sin mucha
ostentación.
La nueva Galería Latina, lo hacía desde un edificio
acorde con la lustrosa historia de Sarandí, desde
espacios más amplios y como se vería desde la
propia entrada con una política cultural ambiciosa.
Pero eso se remarca aun más en el futuro. Lo que sí
quedó establecido en el acta fundacional fue la postura
juvenil de Pablo Marks y esa carga de adrenalina que
le facilitó transformarse en un raro ejemplo del
self-made-man uruguayo. La vitalidad de Marks fue un
dato de enorme importancia. No llegaba para alargar
los plazos de la supervivencia. Arribó para permitir los
grandes cambios.
A casi cuarto siglo de distancia Marks ve con bastante
naturalidad y sin sobresaltos esos momentos de
riesgo. Destaca el papel del mecenas italiano que le
posibilitó instalarse con todo brillo en el corazón
mismo de Sarandí e iniciar una actividad que no se
quedó sólo en el terreno de la plástica sino que puso
en marcha un movimiento editorial que hoy es también
un patrimonio nacional, comprometió al resto de las
actividades artísticas, cambió la operativa de las
exhibiciones que empezaron a multiplicarse en el
exterior pero también en el interior del país.
El sostiene que el despegue, inusual y llamativo, tiene
mucho que ver con el trabajo de equipo. Que venía
formativamente de las tiendas del Teatro
independiente (¿cuánto valdría hoy una entrada para
ver a Marks de mujik de "El bosque de los cerezos?) y
que esa etapa, con su aporte humanístico y su aire
colectivo, se le quedó incorporada como forma
operativa. Dice y es cierto que en el Circular su papel
de rústico ruso iba enancado en una tarea donde
muchachos hacían de boleteros, de porteros, de
acomodadores y desde luego de limpiadores.
Trabajaban también cuando terminaba la función y el
encantado clima chejoviano se desprendía como si
fuera un cristal roto. Había que barrer los pasillos, las
gradas y lo que había sido un escenario de tinte
nostálgico y caminar detrás de las poderosas nubes
de polvo que no hacían otra cosa que levantarse de un
lugar para caer sobre otros. No había aspiradoras al
alcance del teatro independiente en aquel entonces
(me temo que aún no las haya ahora) pero el polvo
debía ser acorralado y trasladado como si fuera un
imperativo sanitario. La mecánica impuesta por Beto
Fontana, Nelly Goitiño, los Hermanos Reyno demostró
ser aplicable en otras lides y cuando Pablo Marks
inaugura Galería Latina logrará repetir esas actitudes:
involucrar en el montaje de las exposiciones a los
artistas plásticos, como antes se hizo con las actores.
Irrumpe con espléndidos laderos. Es un lugar nuevo
con un muchacho creíble al frente y se le suman
nombres prestigiosos. Lo acompaña gente
consagrada y de repercusión como Germán Cabrera,
Ernesto Aroztegui, el tempranamente fallecido Félix
Bernasconi, Jorge Satut, Miguel Bresciano, Denry
Torres, Federico Moller de Berg, Héctor Sgarbi que
pretextó en su momento una retrospectiva de enorme
impacto; Hilda López que con su habitual carácter
había tomado las tareas de la Galería como una
prolongación de las de su propia casa y llegaba de
mañana a Sarandí 671, se iba de noche y durante el
día calentaba café, hacía sándwiches, pintaba lienzos,
erizaba los parantes de clavos. Repetía lo que hacían
otros.
NUEVOS TIEMPOS. El lanzamiento de Galería Latina
había tenido un despegue de lujo. Cuando Pablo
Marks prepara la galería tiene muy claro que debe
hablar con Manolo Espínola Gómez. El, que hace años
que trabajaba con Speyer, sólo había tenido contacto
visual con Espínola. Nunca había intercambiado una
palabra, compartido un café, recibido un consejo de
ese personaje medular de la cultura uruguaya. Pero
tenía que tratar de involucrarlo en sus futuros planes.
"Era evidente su condición de referente. Debía hablar
con Espínola". Lo hizo en un café de Pocitos donde
Manolo recalaba antes de su afincamiento final en el
Centro y lo conquistó desde su entusiasmo y la
credibilidad de su propuesta. El artista por excelencia
del ostracismo nacional (por decisión propia) no había
conversado nunca con Pablo Marks, porque Manolo no
era trabajado por las galerías, estaba fuera de la
cotización y la plaza pictórica. Volvió a integrarse con el
entusiasmo de su personalidad avasallante, a partir de
la Retrospectiva que inauguró Latina con su obra,
acompañado de una publicación que abrió las puertas
del operativo editorial que se montó a continuación.
Detrás de Galería Latina y su nuevo foco cultural
aparecen Galería Ciudadela y sus dos locales
enfrentados, las instalaciones de la Fundación Torres
García, los nuevos emprendimientos de Karlen
Gugelmeier. Es como un carretel de hilo que se
desmadra. Ahora que el edificio del BID titila como una
joya, los vecinos de Pablo Marks están de moda. Por
un lapso no lo estuvieron aunque Pablo Marks
recuerda sus inicios en la zona como "tiempos de oro".
Es otra vez su adrenalina y las visiones de una
juventud extrema. Viene de Florida de una niñez pobre
pero amparada en el amor materno, entra rápidamente
en contacto con Kurt Speyer, cumple tareas en el
Cerro, trabaja en una cantina y lleva el ardor de su
entrega y su sed de conocimiento estampado en la
frente como si fuera un sello. Speyer, que tiene buen
ojo, se lo lleva con él en el 56 a la empresa que
mantiene con socios en la Ciudad Vieja y Pablo entre
cosas se recibe de técnico en esferográficas. Será
mensajero también en los años de adolescencia y en
esos pasos conocerá el barrio a fondo. El atractivo
mayor provenía de la escalera mecánica de La Tienda
Inglesa, las vidrieras de "El Telégrafo", los bailes para
otros en el Solís cuando se clausuraba el espacio
lateral para aumentar el área de danza. Inundado por
la testosterona el puber vivía días de fiesta. La mayor
parte del elenco laboral era femenino y provenía de las
grandes tiendas que se desplegan sobre Sarandí
desde la filial más peninsular de Tienda Soler, Smart,
Sedería París, el local de los Henderson y desde luego
que la Opera. Cuando venían los bailes de los fines de
semana, en el Rowling, en Quinta de Galicia que tenía
dos pistas, una para gaitas, en el Platense Patín Club,
las jóvenes muchachas se disputaban a los escasos
compañeros de trabajo.
UN CARRERON. Y además estaba el mundo en que lo
venía sumergiendo Speyer. El invento de Biro, un
alemán de residencia argentina puso en peligro el
imperio de las estilográficas. Cuando el derecho
uruguayo admitió el uso de la birome en las firmas de
los documentos el negocio de Bruzzone se vino abajo.
Luego Biro le vendería la patente a los franceses y
aparecía la bic. Pero para entonces Speyer había dado
un giro en sus negocios. Ese alemán de ascendencia
judía que debió emigrar con su familia a Europa
durante el nazismo era un europeo cortés en el trato,
un lince en los negocios y un deportista que, junto con
su familia, hizo como pocos un trabajo de divulgación
del patinaje y del hockey sobre patines.
Speyer era un hombre de la cultura, además. Mantenía
una amistad muy estrecha con Neulander, entonces
muy famoso bajo su adaptación castellana de Novas
Terra. Su pieza "Todos en París Conocen" fue, junto
con "Caracol col col" uno de los hitos musicales de un
teatro uruguayo donde la gente no sabía que con la
garganta también se podía cantar. Los enredos de
Madame Milene convulsionaron el Uruguay, volvieron
famoso a su autor y a su esposa que estaba deliciosa
como protagonista femenina e incluso notorio el
pianista Enrique Almada. El escenógrafo de "Todos en
París Conocen", José Echave, se quería ir de viaje a
Europa, Speyer terminó armándole una exposición que
fue todo un éxito y en 1968 Bruzzone desde su nuevo
local, en la acera de enfrente, se dedicó íntegramente
a montar una galería de arte en Sarandí, pionera en
muchos sentidos, entre ellos el de apostar a la
juventud y la modernidad y el vender por cuotas. Speyer
inventó el mercado plástico en el Uruguay y bajo su
atenta vigilancia creció y se formó Pablo Marks, su
discípulo directo. El resto es historia conocida. Pablo
terminó abriendo galería propia a pocos metros,
Galería Latina empezó en los Ochenta una carrera de
crecimiento que la ha convertido en la gran galería
montevideana, con una copiosa cartera de pintores y
una actividad que permanentemente borra fronteras,
además de una actividad editorial que puso al país en
el mapa de los libros de arte. Detrás de todos esos
pasos está el hombre que ahora se acerca
rápidamente al medio siglo de vida cultural en medio
de la reconquistada Sarandí. Sin Pablo Marks muchos
de los milagros que suceden ahora no hubieran sido
posibles.