La pantalla y los desvelos

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Los griegos decían que la verdad es aletheia, desvelamiento de lo esencial que se esconde tras lo aparente. Esta idea, que nos acompaña hasta el día de hoy, nos enseña que la verdad no es lo que meramente vemos; hay que aprender a mirar: descubrir lo implícito en una declaración política, las armonías ocultas de las palabras, los engranajes de la naturaleza que a primera vista no se ven. Hay que correr el velo.

Este problema de saber como mirar el mundo cobró una nueva dimensión cuando apareció uno de los inventos más poderosos de la humanidad: la televisión. Una vez que, en la década del sesenta del siglo pasado, se masificó el electrodoméstico empezaron los debates: ¿qué nos muestra la televisión? ¿Qué rol tiene que cumplir en una sociedad o en la vida de cada uno? ¿Dónde poner la cámara? ¿Cuándo apretar "rec" y cuando "stop"?

Las primeras discusiones daban por sentado un hecho: de un lado está la realidad y del otro lado aquello que la televisión elige representar. Nadie negaba estos dos planos diferentes. Pero apenas pasados los primeros años comenzó a ponerse en entredicho esta premisa de que un lado está lo real y del otro la pantalla. Ésta última abarcaba cada vez más el ámbito de la realidad y comenzaba a ser parte integrante de ella. Esto generó en las sociedades occidentales un cambio radical en las formas de comportamiento.

El teórico Guy Debord en su estudio La sociedad del espectáculo diagnostica que la televisión es la consolidación de la irrealidad como modo de vida. Lo que produce la alienación de los humanos ya no es la manera de trabajar, como creía Carlos Marx, sino que es la espectacularización en la representación de la realidad. La imagen espectacular es el nuevo opio de los pueblos, el mero hecho de "ver por ver". Economía, cultura, política, todo se produce en clave de espectáculo. El sistema capitalista, nacido de la ética puritana, paradójicamente necesita hoy sujetos consumistas de placeres y shows. El motor de este mecanismo es la pantalla.

Una de las tantas consecuencias que se desprenden de la confusión realidad-televisión y de la intromisión cada vez mayor de esta última en la primera, es la degradación de la celebridad. Un ejemplo: comparar las viejas revistas de farándula con las nuevas. En las primeras, los famosos lo eran por algo que excedía a la revista misma. Las vacaciones de los príncipes serían vacaciones con o sin fotografías. Las actuales revistas, objetivamente más burdas, crean la fama por y para la revista, no hay otra realidad que la de la tapa. Y esto surge en la televisión, ya no es necesario tener una característica que te lleve a la pantalla (buen cantante, buena actriz, buen deportista) sino que la televisión misma crea a seres famosos que no tienen otro valor que ser parte de la irrealidad.

Algunos programas buscan, justamente, desarrollar una virtud (generalmente es cantar o bailar) para justificar tanto ser anónimo bajo la luz de los focos.

Una de las peores características de estos famosos irreales, carentes de virtuosismo y sutileza, es que se descubren completamente. No sólo confunden el espacio privado con el público, sino que pierden el pudor, algo que jamás puede perder una verdadera celebridad. Por eso esta fama dura poco, porque la ventilación de las intimidades es un espectáculo que debe ser cambiado por otros que revelen las suyas y traigan nuevas lágrimas a la pantalla.

Recuperar la categoría de realidad que está más allá de la pantalla es la batalla cultural de nuestro tiempo. No se trata de desacreditar la televisión sino de reconocer su frontera, recuperar lo que está afuera de ella, que podría representarse en la pantalla sí, pero que si esta un día se apagara, seguiría allí esperando su desvelamiento.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar