FACUNDO PONCE DE LEÓN
Las cartas privadas de la madre de Teresa de Calcuta, que ahora publica en español la editorial Planeta, no son secretas como algunos piensan. Y no lo son por una sencilla razón: son cartas, textos que ella escribió y envió a sus pares espirituales, sobre todo al padre Picachy. Cuando uno escribe está realizando un acto íntimo, cosa muy distinta a realizar un acto secreto. El hecho de que ella se pusiera frente a una hoja en blanco y lanzara allí sus tribulaciones, convierte su acción en un acto para compartir, lo contrario de ocultar, que es la esencia de lo secreto.
Escribimos y hablamos porque necesitamos compartir cosas, por eso es tan incómoda una persona que habla sin parar o escribe sin leer nunca lo de otros. Traicionan el objetivo principal de la comunicación, que es el intercambio, el ida y vuelta entre nuestras soledades. Las cartas de Teresa de Calcuta son entonces un acto íntimo que hoy ve la luz porque ella ha muerto y su intimidad se ha hecho pública. Es el riesgo de escribir, cuando dejamos la tierra lo que escribimos ya no nos pertenece.
Aclarado este punto, hay un segundo elemento digno de notar: las cartas han generado el asombro porque Teresa de Calcuta no sería tan creyente como parecía cuando caminaba por la India. Para algunos, hoy sabemos que ella no estaba tan segura de su fe como aparentaba. El error de este pensamiento es grave. Ya lo dijo Miguel de Unamuno, "el que no duda, no cree." La fe ciega es hija del fanatismo o es hija de la estupidez. Tanto creyentes como ateos suelen perder de vista este elemento central: la fe no es sinónimo de certezas y justamente por eso, las cartas de Teresa de Calcuta no hacen otra cosa que mostrar la profundidad de su fe, no su ausencia. (La hipótesis de acoso del demonio que llevó a que se le practicara un exorcismo en 1996, como cuenta el padre Brian Kolodiejchu, no elimina lo que venimos diciendo. Nada podría interesarle menos al diablo que una persona vacía de fe).
Si los creyentes tuvieran certeza de la fe, no serían necesarias iglesias, sinagogas, mezquitas, rituales, rezos, ceremonias. Cuando uno le pregunta a un cura, monja, rabino o budista sobre qué conversa con sus creyentes, se encontrará que una gran mayoría justamente los interroga y le confiesa sus dudas. ¿Por qué rezar? ¿Si existe por qué no lo vemos? ¿Si existe por qué pasan las cosas que pasan? El creyente que se haga estas preguntas no está dudando de su fe, la está buscando. Los líderes espirituales, sean de la religión que sean, tienen la tarea de guiarlos, que es algo muy distinto que resolver los misterios. Me atrevo a decir que un guía espiritual que busca eliminar el elemento misterioso y llenarlo de certezas no entendió la religión. Ni entendió al ser humano, que tarde o temprano volverá a preguntarse.
Por último, quisiera citar un fragmento de una carta escrita el 3 de septiembre de 1956 en la que Teresa de Calcuta dice: "Jesús mío, haz conmigo lo que Tú desees, el tiempo que Tú desees, sin una sola mirada a mis sentimientos y dolor". Por detrás de este pedido creo que se encuentra uno de los elementos más salientes de la vida pública de Teresa de Calcuta. Saber que su dolor no era lo importante. Ella siempre se mostraba tranquila a pesar de su tormento interior. Deberíamos reparar en la importancia de esta dicotomía. Hoy en día, que se nos suele pedir, y hay hasta razones médicas para ello, que afloremos nuestros sentimientos, que mostremos hacia fuera todo lo que nos pasa dentro, es interesante replantearnos que a veces nuestro dolor no es lo importante, que sacarlo de su intimidad no tiene por qué ser la decisión correcta. No hay mejor prueba para ello que la obra que realizó Teresa de Calcuta durante 39 años, mientras el alma se le estrujaba y nos regalaba a todos su sonrisa.