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El mandato de ser feliz

LIC. VERÓNICA MASSONNIER

SIN PAUTAS

Cuáles son las metas y aspiraciones de un individuo promedio? ¿Cuáles son los símbolos que indican que una persona puede considerarse satisfecha con su vida? Estos paradigmas van cambiando con el tiempo y con la sociedad. Hoy nos encontramos un escenario en el que, cada vez más, la felicidad personal es un imperativo, el horizonte que deseamos alcanzar.

Si comparamos con un pasado no tan lejano, observamos que algunas generaciones atrás la supervivencia económica y la prosperidad material marcaron objetivos centrales. Se aceptaba incluso que, en el ámbito de la vida privada y el matrimonio, la seguridad material primará muchas veces frente a la felicidad subjetiva. Lo mismo ocurría en el trabajo y en la carrera. La expectativa de duración era más fuerte que el impulso de cambio.

Esto ha sido gradualmente reemplazado por la sensación de que si no somos "felices", si no nos sentimos "plenos", todo lo demás no es suficiente: la felicidad y la realización personal se convierten en los grandes motivadores de nuestra época. En consecuencia, ya no basta con preguntarse una única vez cuál es la vocación o con quién deseamos estar. A lo largo de la vida, el individuo se replantea muchas veces si ese lugar y estas personas serán lo que desea realmente para su vida. ¿Encontrará en otra pareja o en otra actividad un nivel de plenitud que las actuales no le brindan? Las preguntas atenazan y sus respuestas muchas veces son los grandes motores del cambio: un cambio cada vez más frecuente en las carreras (durante los estudios o incluso en la mitad de la vida), rupturas de pareja, cambios de trabajo y muchas veces de país. La búsqueda pesa, en estos casos, por encima de los costos que trae aparejado cualquier modificación en el statu quo. ¿Egoísmo? ¿Individualismo? Tal vez. Pero son las reglas del juego.

Sin embargo, aunque a simple vista se nos presenta como un avance con respecto a un mundo más restrictivo (y más guiado por el "deber ser" que por el auténtico deseo), en ocasiones todo esto se convierte en una expectativa inalcanzable y opresiva. Así, la felicidad y la realización personal se convierten en un imperativo social: el grupo evalúa al individuo en función de esos logros, y tiende a descalificar a quienes no son capaces de mostrarlos. En consecuencia, se genera en la persona la sensación de que es su "culpa" si no lo ha logrado y es su "responsabilidad" seguir buscando, frente a una mirada social se torna por momentos severa "¿Qué pasa que no has encontrado tu vocación?" ¿Cómo es que todavía estás dentro de ese matrimonio?" Quienes no se atreven al cambio o no logran encontrar su camino son, en cierto aspecto, juzgados.

En este marco, incluso la salud se convierte en una expectativa (propia y social), y la enfermedad se asocia con un cierto "fracaso": la persona "no hizo lo suficiente" (no se alimentó de manera suficientemente sana, no hizo ejercicio, no se supo cuidar o "se estresaba demasiado"). Es como si todo el poder -y toda la responsabilidad- estuvieran en el individuo, y expresa lo que algunos autores llaman "el ansia de perfección". El discurso social está, así, lleno de personas "sanas y felices", que exhiben frente al grupo sus reglas para lograrlo y a quienes es muy difícil, cuando este equilibrio se rompe, exponer la "carencia".

¿Qué nos espera a futuro? Así como va ocurriendo en otros ámbitos, es muy posible que en el futuro cercano experimentemos una saturación de este modelo. Del mismo modo que ocurre con la belleza, los modelos de exigencia extrema coexistirán con el desafío de exhibir "lo real", de mostrar "las cosas como son" y aceptar que somos, simplemente, humanos.

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