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MUNDO
Secretos del milagro indio
Crece a un ritmo imparable y va cuarta en número de millonarios, pero millones viven en la indigencia. Bienvenidos a la multifacética cuarta potencia del mundo.

MERCEDES FUNES | LA NACION/GDA

Masala" es el nombre que se da en la India a la mezcla de especias dulces, saladas y picantes que hace que esta cocina sea única por su aroma y su sabor. También se llama así al único género que produce la extraordinaria industria de cine local, Bollywood, por unir en un mismo film elementos de drama, acción, comedia, musical y hasta ciencia ficción en historias con moraleja y final feliz. Y esa misma palabra, o esa misma obsesión por fusionar lo conocido para volverlo único, vale para definir a este país de contrastes, y a la surtida combinación de ingredientes que lo convirtieron en la democracia de libre mercado que más crece, la cuarta economía del planeta y una de las mayores promesas del mundo emergente.

Los McDonald`s de la India sirven hamburguesas de cordero y curry, no Big Mac. Salvo en Bangalore, capital del desarrollo tecnológico y de población más joven, no es común que la gente escuche ritmos occidentales. Prefieren la música pop cantada en hindi -la lengua nacional; la oficial es el inglés- o las clásicas hindustana y carnática. Los indios, muy cinéfilos, casi no conocen a los actores de Hollywood, pero deliran por las estrellas de las megaproducciones nacionales, también habladas en hindi. Es que en este país "masala" de 1.100 millones de habitantes de diverso origen étnico, cultural y religioso, que se comunican en 22 lenguas y cerca de 850 dialectos, todo tiene sabor local.

A los ojos occidentales, la falta de infraestructura salta a la vista. En las principales ciudades, los hoteles cinco estrellas se levantan a la vera de asentamientos asolados por la indigencia. Muchas de las calles centrales son de tierra y la falta de agua potable vuelve un lugar común la imagen de mujeres en saris cargando canastos con agua sobre la cabeza aun en los barrios más acomodados.

Pero entre los olores nauseabundos de las acequias y las aguas servidas, que se huelen en todas partes, también se respira el optimismo de la gente.

A los indios no los une el idioma: no todos hablan hindi y manejan un inglés impregnado de dialectos que dificulta que se entiendan entre sí. Tampoco la religión: aunque el 80% es hinduista, hay 150 millones de musulmanes, además de budistas, cristianos y judíos.

En cambio, hoy prevalece por sobre las diferencias algo parecido al "orgullo indio", y eso no es nada casual. "Vemos los avances todo el tiempo; hemos hecho tantos cambios en tan pocos años... Pronto seremos una nación desarrollada; estoy segura", confía la joven Medha Satam, que con 25 años es gerenta de comunicaciones de una de las mayores compañías farmacéuticas indias. Lejos del look de traje sastre que tendría una ejecutiva con su mismo cargo del otro lado del océano, Medha lleva un típico salwar kameez (túnica, pantalón y pashmina) de seda bordada y se pinta -"sólo por coquetería- un tercer ojo, o bindi, negro, en la frente. Según la tradición hinduista, las mujeres casadas deben usarlo en rojo para demostrar su estado civil. Pero hoy el bindi es también una moda para las solteras, que se dibujan símbolos con delineador o se pegan los que vienen en stickers.

EL BOOM. En los últimos 17 años, la economía india se ubicó, detrás de la china, como la segunda de más rápido crecimiento. Desde 2005, crece a un promedio del 8% anual, mientras los servicios y la industria lo hacen por encima del 10%. Cien millones de indios salieron de la pobreza en el transcurso de las dos últimas décadas. Así, la clase media se cuadruplicó y el aumento de su poder de compra disparó el consumo interno.

Las multinacionales de origen indio adquieren empresas en todo el mundo. El caso más icónico es el de la automotriz india Tata Motors, que acaba de comprarle a Ford las marcas Jaguar y Land Rover por 2.300 millones de dólares. Pero el grupo, con inversiones en comunicaciones, informática, electricidad y consultoría no sólo apunta al mercado de lujo que florece en el país (figura cuarto en la lista de Forbes por su cantidad de millonarios), sino a esa nueva clase media recién salida de la pobreza: a finales de 2008, Tata Motors venderá el auto más barato del mundo, el Nano, por sólo US$ 2.500.

Cuentan que Ratan Tata, actual presidente y sobrino nieto del fundador del imperio, tuvo la idea del Nano luego de ver a una familia entera -padre, madre y dos niños- apilada sobre un scooter, una postal frecuente en estas caóticas calles.

Según prevé el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, la India será la tercera superpotencia mundial en 2020, detrás de Estados Unidos y China. Esto ya empezó a cumplirse. Las empresas de tecnología de la información hicieron del país un polo de servicios contratados desde el exterior. Y la industria farmacéutica, que creció fabricando genéricos -producen el 22% de los que se venden en el mundo-, hoy desarrolla nuevas drogas.

En la historia de la transformación india hay menos de milagro que de convicción, y una clave: haber sabido mirar hacia adelante. No buscaron resultados inmediatos; es evidente incluso para ellos que todavía tienen un largo camino por recorrer.

El crecimiento de hoy tiene anclaje en las reformas estructurales que el gobierno de Nasharima Rao se vio forzado a hacer en 1991 cuando la caída de la Unión Soviética (entonces su principal socio comercial) puso en jaque su economía. La fórmula aplicada no era novedosa: disminuyeron el déficit fiscal, reformaron el sistema impositivo, privatizaron las empresas públicas, desregularon e incentivaron la inversión extranjera. Pero ellos dicen que sumaron algo más importante: un proyecto de país. Y haber heredado una cuota inglesa de respeto por las instituciones hizo que el proceso fuera más gradual que en otros países. En vez de desmantelar las empresas estatales, el Estado mantuvo porcentajes accionarios en áreas clave, como la energía y las puso a competir.

La India no sólo no abandonó su pretensión de tener una pujante industria nacional, sino que se propuso ser líder en sectores que se convirtieron en el motor de su crecimiento, como el informático y el farmacéutico. Y para eso echó mano de su principal arma: los recursos humanos. Con más de 250 universidades y 13.150 instituciones de enseñanza superior, India es uno de los países con mayor (y mejor) oferta educativa del mundo. Cuando se independizó de Gran Bretaña, en 1947, sólo el 14% de la población sabía leer y escribir. Hoy, el guarismo trepa a 65% y la India produce 300.000 ingenieros y 150.000 profesionales en informática por año.

Con el crecimiento actual, todo en el país es un anuncio: la extensión del metro, la disponibilidad de líneas de crédito, las nuevas autopistas, la ampliación de las redes telefónicas y sanitarias, los barrios y complejos edilicios en los suburbios, donde el valor de la propiedad ha aumentado hasta 100%. Y los indios creen firmemente en sus buenos augurios. Después de todo, las películas de Bollywood siempre tienen final feliz.

Castas todavía están vigentes

"Bien relacionada familia de origen brahmín de Delhi busca alianza con joven vegetariano y acomodado para su hija nacida en 1983, con MBA, linda, inteligente y educada en los valores modernos y tradicionales".

Este anuncio matrimonial, publicado en la prensa india, es toda una síntesis de los principios que rigen hoy a la sociedad, donde la apertura de la economía no ha cambiado la costumbre de los matrimonios arreglados por los padres, entre chicos de familias de la misma ciudad y de la misma casta. Este sistema ha sido derogado por ley, pero en los hechos los brahmines (la casta más alta), son quienes acceden a los mejores puestos y los parias (intocables) siguen relegados.

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