La lógica del Fútbol

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Las explicaciones antropológicas para explicar el fútbol varían entre los investigadores: algunos creen que la atracción de ese deporte se encuentra en una conexión ancestral, tribal. Ver un partido es revivir en nosotros el instinto por ganar una batalla llevando un objeto (la pelota) al objetivo planteado (el arco contrario). Otros ven en este deporte la clave de nuestra estructura lúdica, de la necesidad humana de diversión y dispersión.

Si buena parte de la sociedad no tuviera semana a semana la oportunidad de descargarse gritando un gol es probable que el mundo fuera mucho más violento. Por eso es tan absurda la violencia en el fútbol. La esencia del deporte es eliminar tensiones que lleven a la violencia y no realizarla. La diferencia es sutil pero determinante.

En Egipto se jugaba a algo parecido al fútbol hace 2.300 años, los chinos inventaron la pelota de cuero, los ingleses bautizaron el deporte inventando una palabra que conjugara el pie y el balón, generando hace poco más de 100 años un reglamento universal.

Lo demás es historia conocida: copas, mundiales, mercado de pases, victorias y derrotas. Pensemos sólo en el miércoles pasado: Defensor-Peñarol: pierde el grande. Alemania-Turquía: gana el grande. Racing-Belgrano: empate. Liga Deportiva Universitaria de Quito-Fluminense: un equipo de Ecuador le gana a uno de Brasil, ergo, no hay lógica. Todos estos partidos fueron el mismo día alrededor del mundo. Como reza una publicidad española: pocas cosas hacen feliz a tanta gente al mismo tiempo como el fútbol.

Los desinteresados en este deporte deberían reparar en esta cuestión sociológica global: el fútbol atraviesa culturas y unifica al mundo de una manera que no logra ninguna manifestación humana. ¿Por qué? Volvemos a la cuestión antropológica. Pensemos en un aspecto de la vida humana que se materializa paradigmáticamente en el fútbol: la mezcla de lo planificado y lo inesperado. Creo que ahí hay una clave. Lo imprevisible, ése es el magnetismo del fútbol frente a todos los demás deportes.

Es imposible que un tenista uruguayo le gane a Federer, que un equipo de basquetbol local triunfe ante los Lakers, que Los Teros venzan a los All Blacks, o que un buen jugador le hiciera jaque mate a Gasparov en su momento de apogeo. En todos estos deportes, y que me perdonen los apasionados de ellos, se da la lógica; en el fútbol no. Y en la vida tampoco. Se da la mezcla, la interconexión entre la planificación y la sorpresa.

Lo previsible siempre está en crisis en un partido, lo inesperado puede suceder en cualquier momento. Sólo por este elemento esencial el fútbol es algo tan fascinante y los chicos (Uruguay 1950, Peñarol 1966, Nacional 1988) le pueden ganar a los grandes (Brasil, Real Madrid, PSV Eindhoven).

Y este elemento de que en el fútbol todo puede cambiar en un segundo es lo que logra que el mundo de los negocios, que está tan cerca de este deporte, nunca pueda colonizarlo por completo. Es incalculable el dinero que mueven los campeonatos y las grandes figuras internacionales. Ojo, mucha gente en el mundo vive del fútbol lícita y transparentemente. También hay una mafia, como en todo rubro que tiene posibilidades de ganancia rápida. Se trata de arreglar un partido, se coimean jueces, se les paga extra a directores técnicos para que pierdan campeonatos.

Pero estos arreglos ilegales e inmorales nunca pueden consumarse por completo. Porque la plata es objetiva y el fútbol no lo es. Porque cuando pita el árbitro y da comienzo al encuentro, el misterio de lo impredecible se instaló entre todos nosotros. Porque la lógica del fútbol es precisamente que en la vida no siempre se da la lógica.

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