EL PAÍS DE MADRID | FRANCESC RELEA
Aquellos que no conocen Tepito, no conocen México, dicen con orgullo los vecinos del barrio más bravo del país. Los tepiteños se revuelven contra la maldición de vivir en el territorio más peligroso, reducto del narcomenudeo, la fayuca (contrabando), los tianguis (mercado ambulante) y la piratería. En Tepito es posible comprar de todo. Desde marihuana y cocaína hasta un fusil AK-47, el arma más usada por los sicarios. Y por supuesto, todo tipo de productos de dudosa procedencia, ropa, complementos, películas en DVD, discos compacto. Sólo es cuestión de precio. Todo ocurre en pleno centro de la gigantesca capital mexicana, a 15 minutos del Zócalo, el corazón de la ciudad.
En los últimos tiempos, Tepito ha suscitado el interés de antropólogos sociales, investigadores, devotos, impostores y curiosos de diverso pelaje. Y no por la violencia, el narcotráfico o la piratería, sino por el culto a la Santa Muerte, que crece día a día. A la postre, es otro motivo para excomulgar el barrio desde las mentes biempensantes.
El primer martes de cada mes, miles de personas se concentran en la Calle 12, entre Mineros y Panaderos. Llegan desde distintos rincones de la Ciudad de México y alrededores para rezar el rosario ante la Santa Muerte. A las siete de la tarde, la cola es interminable. "Sean breves, por favor", se desgañita doña Queta, la maestra de ceremonias, entre música de mariachis y consignas más propias de una manifestación que de una celebración religiosa. "Se siente, se siente, la santa está presente". Los fieles llegan al altar, tocan el vidrio, se santiguan y dan media vuelta. Está repleto de imágenes e iconos de la Santa Muerte, y de ofrendas como flores, velas y botellas de tequila y whisky.
Centenares de manifestantes ataviados con tatuajes, medallas, escapularios con una calavera, o transportando la imagen de la muerte desfilan como si se tratara de la Virgen de Guadalupe en Semana Santa. La devoción ha adquirido notoriedad en diversos puntos de México, donde la imagen permanecía oculta en hogares, pueblos e, incluso, algunas iglesias. Los detractores identifican a estos devotos con el mundo del crimen, y es cierto que narcos, políticos y delincuentes rinden culto a la Santa Muerte porque, a fin de cuentas, "no juzga a nadie". En Tepito hay de todo. Entre los devotos de la Santa Muerte puede haber desde la señora que reza por la salud de su hijo gravemente enfermo, hasta el tipo que la víspera de cometer un delito pide ayuda para que todo le salga bien. El escritor Homero Aridjis, estudioso del fenómeno, describe la veneración a la Santa Muerte como "un sincretismo de la tradición religiosa europea que llegó a México con los españoles, o sea, la tradición cristiana, con los cultos mexicanos a la muerte".
Algunos de los asistentes rocían el ambiente con aerosoles. "Abre camino" para darle "buenas vibras a la santa". Chamanes improvisados limpian con humo de puros habanos la imagen de la Santa Muerte. No faltan a la fiesta jóvenes mareros (pandilleros), tatuados, colocados con cerveza, marihuana, pegamento y otras sustancias poco recomendables. Hay buenos y malos. Algunos, muy mal carados. Todos con la santa. "Le debemos un respeto".
Está por empezar la misa y doña Queta anima al personal: "Alabí, alabá, alabim, bomba. La santa, la santa, ra, ra, ra". El oficiante pide permiso a Dios "para invocar a la Santísima Muerte, nuestra niña blanca". "Santísima Muerte, quita todas las envidias, trae la luz para los malos espíritus…". Los asistentes repiten la plegaria. Pide por "los hermanos que están en cárceles y presidios, que son muchos".
Enriqueta Romero, doña Queta, de 62 años, madre de siete hijos, con 58 nietos y 18 bisnietos, puso el primer altar a la Santa Muerte hace siete años. Ahora hay unos 1.500 en toda la Ciudad de México, especialmente en colonias como Iztapalapa e Itztacalco. "Soy devota de la Santa Muerte desde hace 49 años. Para mí, es un rayo de luz muy grande. Claro, que te voy a decir una cosa: primero Dios y después la Santa Muerte", dice en su declaración de principios. ¿Y la Virgen de Guadalupe? ¿Es compatible con la Santa Muerte? "Para mí, sí. Yo salgo mucho a la calle, voy al centro, y soy de las que si veo una iglesia, entro y le doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado. Luego veo a la Virgen de Guadalupe y a San Juditas, y les doy gracias. Y llego a mi casa y visito a mi niña y le digo: `Ya llegué, bonita". La relación con los narcos no es ninguna leyenda, confirma doña Queta. "Ellos creen en la Santa Muerte. Nadie les quita su derecho a creer, para lo bueno y lo malo. Todos podemos creer en ella, todos".
EL TIRANTES. Arturo Ayala Plascencia, de 57 años, es uno de los personajes genuinos de Tepito. Suele vestir el clásico pachuco -traje de solapa ancha y pantalón holgado-, con camisas vistosas y tirantes, que hacen honor a su apodo. "Me molesta que la gente se arregle sólo cuando va ir a un baile. No debe ser así. A mí me gusta estar siempre presentable, bien vestido".
El Tirantes se siente "muy orgulloso de haber nacido en la Rinconada, que está justamente a un costado de la iglesia de San Francisco de Asís. Y ese sitio está considerado el lugar de origen de Tepito". "Yo soy comerciante, hermano, vivo del comercio. Fíjate, que, bendito sea Dios, mi mamá tenía un puesto de legumbres en el mercado de Tepito". Una vida ajustada hasta que irrumpió la fayuca (contrabando). "Afortunadamente, a los 20 años me hice fayuquero y pude sacar a mis nueve hermanos del mercado. Ahora son unos prósperos fayuqueros". Hoy todavía mantiene su puesto en el mercado, donde vende discos "de pasta". ¿La piratería ha desplazado al contrabando? "Lo que pasa es que incursionaron los coreanos, los panameños, los chinos… Tepito se convirtió en internacional. ¡Pues sí, hermano!".
EL MAGO. Cada día a la hora del almuerzo, un tipo alto y delgado, con una cola de caballo interminable y una baraja de cartas en la mano, recorre las mesas del Correo Español, uno de los restaurantes más clásicos. Es Carlos Suárez del Solar, más conocido como El Mago. Estudiaba diseño industrial en la Universidad Iberoamericana hasta que lo dejó por la prestidigitación, la cartomancia y la hipnosis. El Mago lleva 12 años en el barrio. Cuando le contrataron no creían que aguantaría más de 3 meses. "Me gusta la gente de Tepito. Los oriundos de aquí son gente excelente. Desgraciadamente, la mala publicidad de los medios mancha este concepto, por todo lo que hay, por todo lo que rodea. Han satanizado Tepito por el narcomenudeo y porque había que elegir un lugar para el discurso del día a día de los políticos. Le tocó a Tepito".
Drogas y contrabando son principal ocupación
Ubicado en el segundo perímetro del centro histórico, Tepito bordea el corredor turístico catedral-basílica y corre el riesgo de ser presa de la especulación inmobiliaria. Es un refugio de delincuentes, sí, y también de la creatividad, donde se recicla el lenguaje, el pensamiento y los objetos usados. Las incursiones de la policía en el barrio suelen degenerar en batallas campales. La última fue el 22 de abril y duró hasta altas horas de la madrugada. Medio millar de agentes incautaron 150 toneladas de perfumes de contrabando, pero para lograr su objetivo tuvieron que doblegar la tenaz resistencia de grupos de jóvenes que quemaron vehículos y levantaron barricadas.
Una de las primeras medidas del jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, en febrero de 2007, fue la expropiación de un predio de Tepito conocido como El 40, que culminó con un espectacular operativo policial para desalojar y demoler 144 viviendas. Según las autoridades, era el mayor centro de distribución de droga, donde se comercializaba diariamente más de media tonelada de marihuana y entre 7 y 8 kilos de cocaína, es decir, el 10% de la droga que se distribuye a escala minorista en la Ciudad de México.
El alcalde destaca la importancia de la cultura popular que genera un barrio tradicional y con historia propia como Tepito. Pero no minimiza su cara más negra. De los 38.000 habitantes, unos mil están presos. Si se añaden los que han pasado por la cárcel, la cifra es alarmante. "La densidad de criminalidad es muy elevada", dice Marcelo Ebrard, que no duda en calificar Tepito de fábrica de delincuentes.
"No somos la lacra de la sociedad", replica con mala cara Alfonso Hernández, cronista, y director del Centro de Estudios Tepiteños. En su oficina, rodeada de puestos de venta ambulante, Hernández (63) habla del barrio que "mejor ha resistido la embestida de la modernización urbana a la hora de implantar nuevos patrones en las costumbres".
GÉNESIS. Hay que remontarse a tiempos prehispánicos para encontrar los orígenes de Tepito y de la fuerza y bravura de sus moradores. Aquí se atrincheró Cuauhtémoc, el último rey azteca, 93 días durante el sitio de Tenochtitlán, en una feroz resistencia a las tropas de Hernán Cortés. "Fuimos el primer barrio que empezó a defender su solar nativo con un discurso artístico y cultural", explica Hernández.
El barrio ha cambiado, dicen los más viejos del lugar cuando recuerdan con nostalgia las cantinas, cines, tiendas, tlapalerías y fondas que ya no están. El comercio informal tiene la culpa. Calles, plazas, viviendas y comercios son ahora "bodegas" para guardar mercadería. "Ha llegado de distintas partes gente extraña que se ha adueñado del lugar del tepiteño en el comercio, en sus casas y en liderar a su gente", dice Hernández.