GABRIELA VAZ
El médico levantó las gasas que cubrían las heridas, sonrió y dijo: "¡Están fantásticas!, ¿te animás a mirar?" Me animé. "Con quién estará casado este pobre hombre", pensé horrorizada y para salir de dudas pregunté: "¿comparadas con las de quién?" "Bueno -respondió un poco ofendido- quiero decir, ahora se ven un poco desprolijas, pero esperá a que te saque los puntos y vas a ver". Y con la excusa de tener que operar a otra paciente huyó despavorido. Me quedé entonces a solas y volví a mirar a las que habían sido, hasta hacía cuatro horas, unas tetas cincuentonas pero dignas aún de enfrentar un espejo y por qué no, a algún hombre disponible y apetecible que pasara por mi camino. Ahora, dos feas heridas las cruzaban por la mitad, y para colmo, estaban cosidas con unos hilos gruesos negros que me hacían la candidata ideal para ser la madre sustituta del chimpancé abandonado por su mamá en el zoológico de Buenos Aires".
No es un monólogo cómico ni un cuento inventado. Así comienza ¡Ay mama!, tenés cáncer, el relato verídico de una mujer que tuvo cáncer de mama, sintió miedo, lloró, peleó, y eligió narrar su experiencia desde una óptica diferente: con inesperado humor.
La periodista uruguaya-argentina Lilly Morgan (60 años), tiene un largo historial familiar en esta enfermedad: tías, prima, abuela y hermana lo padecieron. Así que la posibilidad de desarrollarlo siempre fue muy concreta, y por eso mismo nunca olvidó hacerse la mamografía anual. Sin embargo, el día que lo detectaron, y a pesar de que ella venía clamando a los cuatro vientos los síntomas que tenía, el tumor tenía cinco años de evolución.
"Un día empecé a sentir algo raro en mi seno izquierdo, algo duro, como cartón. En la mamografía no salía nada. `Es sólo fibrosis, es normal que seas paranoica por tu historia familiar`, me repetían los médicos. Me dolía, y todos me decían `quedate tranquila que el cáncer no duele`. Y así seguí, hasta que llegó un momento en que me dolía hasta el brazo. Me hice todos los chequeos, mamografía, ecografía, no salía nada. Y pensé `alguien me tiene que decir qué tengo, no puede ser que un seno me duela de un día para el otro por nada`. La ecógrafa, la única que me escuchó, repitió el estudio. `Te lo voy a pasar de vuelta (al ecógrafo) como si estuviera planchando un jean, aguantate si te duele`. Y ahí saltó un resultado con tres opciones de lo que podía ser: fibromas, microcalcificaciones o un tumor maligno. El estudio decía "dado el historial del paciente, se sugiere una histología" ("que en idioma de humanos es `hay que operar porque no tenemos idea de qué tiene esta mujer, pero mirá vos, parece que tenía razón después de todo la loca, porque tiene toda la pinta de ser cáncer`", apunta en el libro). Cuando le muestro los estudios, la misma médica que me había dicho que no tenía nada, lo mira y me dice: `Ah, sí, acá se ve, tenés un tumor de unos tres centímetros, debe ser maligno, te van a hacer una mastectomía y hay posibilidades de que se te haya pasado a los ganglios, así que ya te voy a dar hora con el cardiólogo y el cirujano, para que te operes esta semana`. ¿Qué? ¡Vos me convenciste de que no tenía nada! Días antes de la cirugía fui al Roffo, el mejor hospital pú-blico oncológico de Buenos Aires (donde residía en aquel momento), a consultar a uno de los capos, con la esperanza de que contradijera el diagnóstico, pero lo confirmó. Le pregunté cómo podía ser que en un año apareciera un tumor tan grande. Y me contestó: `Está ahí por lo menos hace cinco años`. Fue el primero que me dijo que tengo `mamas densas` o `fibrosas`, que la mamografía no logra atravesar".
-Hasta ese momento no sabías que una mamografía podía fallar…
-No. La mamografía era sagrada, te lo dicen los médicos. Es verdad que dentro de lo que hay, es lo mejor. En Estados Unidos ya existen otras técnicas, que tardarán años en llegar porque son caras, pero menos dolorosas y más precisas. La mamografía puede fallar si tenés mamas densas o "escondedoras", si el técnico erró cuando la maniobraba y también puede equivocarse el que la lee. Son humanos. Sé que después de esto no volveré a ser atendida por ningún médico…
-¿El humor te ayudó a vivir el proceso en aquel momento o recién pudiste encararlo así después?
-A las situaciones que me provocan miedo o no sé cómo manejar, les busco el lado humorístico. Claro que en el momento que me lo dijeron lloré como una Magdalena, me escondí debajo de la cama, "¿por qué yo?", me golpeaba, cosa que no aconsejo porque encima de cáncer, quedás con moretones… Después que me operaron, en la sala de espera de la radioterapia, surgió hablar del tema con otras pacientes. Nos bautizamos "las brujas radiactivas" y empezamos a joder con mucho humor negro, para espanto de las enfermeras que nos pedían "por favor", porque nos íbamos al carajo. Yo había descubierto que nadie quiere hablar del tema. "¿Cómo estás?" "Y, para la mierda, me acaban de operar de cáncer de mama". "Ah, pero ahora estás perfecta". "No, no estoy perfecta, ¿querés que te muestre la teta?" Con lo cual los diálogos se cortan enseguida. Nadie nombra al cáncer. Entiendo que eso de "ya pasó" es para darte ánimo, pero a mí me irritaba profundamente.
-¿Las "brujas radiactivas" te ayudaron en la contención?
-Claro. Porque descubrimos que entre nosotras sí nos bancábamos esos comentarios. Un día una venía bajoneada porque tenía la teta incendiada y si le levantábamos el ánimo lo aceptaba. Si lo decía alguien de afuera, el marido, un hijo, la respuesta era: "¿Qué decís? Vos no entendés, quiero terminar el tratamiento, me duele". Si el consuelo venía de nosotras se aceptaba porque sabías que le podía pasar lo mismo o ya le había pasado o tenía el mismo miedo de que le sucediera. Era como un grupo de autoayuda, pero sin moderador.
-Tener un historial familiar de cáncer de mama, ¿te preparó para enfrentar la situación?
-No. Siempre estás esperando ser la que zafa. "Capaz no me toca a mí". Siempre está la sombra, el temor, pero mientras "voy zafando".
-En el libro denunciás las deficiencias del sistema de salud y las falencias de los médicos en el trato con el paciente...
-No lo hice para eso, pero es lo que sale, al contar mi experiencia. Me di cuenta que a veces no es culpa de los médicos sino de la empresa que los contrata. También pasa que están años estudiando y les molesta que insinúes que sabés más de tu cuerpo que ellos. Yo no sabría cómo operarme de mama, pero sí que me dolía algo que antes no; hace años que llevo mi teta a cuestas. El primer día de radioterapia, el médico me dijo `pregúnte-me todo lo que quiera saber` y a los cinco minutos me dijo que yo hacía demasiadas preguntas y muy precisas, que si estuve averiguando sobre esto. ¡Claro que estuve averiguando! Si es mi vida.
-¿Qué le dirías a una mujer que está atravesando eso ahora?
-Que se informe bien, que no tenga miedo de preguntar, exigir y hacer una pataleta en medio del consultorio si el médico no le hace caso, que si el médico no la escucha cambie de médico. Que se haga el autoexamen y ante la duda más mínima consulte, aunque el doctor diga ¡pero no, señora, esto no es nada! Mejor si no es nada. Que no tenga miedo de consultar ni de averiguar si tiene cáncer. Cuanto más temprano lo agarres, más chance tenés de zafar.
-¿Para vos, ya cerró ese proceso, o todavía está latente?
-Está siempre ahí. Por momentos me olvido, no me miro más en el espejo porque tengo una cicatriz que no me gusta y no me acepto. Y por otro lado, me duele un dedo y pienso "mmm… ¿no será que volvió el cáncer?" Convivís con eso. Trato de no condicionarme. Hago mi vida normal, aunque intento hacer cosas más inmediatas. No dejo nada para muy adelante. El miedo al cáncer queda, pero puedo salir mañana a la calle y morir pisada por un auto, que sería bastante irónico.
-¿Por qué pensaste en escribir tu experiencia?
-Fue cuando terminó todo el tratamiento. Noté las falencias y la poca información que había, cómo los médicos te despachan. Después de decirme "tenés cáncer", la médica me dijo "bueno, y ahora tenés que irte querida, porque tengo otro paciente". Me largó en el medio del pasillo hecha una loca, con los papelitos para el cardiólogo y el cirujano, sin saber ni cómo me llamaba y mientras no podía parar de llorar. Una amiga me dijo ¿por qué no escribís todo eso? Aparte mis amigos estaban hartos de escucharme, porque estaba obsesiva. Cuando terminé el tratamiento de radioterapia, pasó como un año entre que me fui recuperando y asimilando todo, hasta que empecé a escribir. Con humor, para no ponerme dramática ni empezar a llorar de vuelta. El libro fue mi terapia.
Las cifras
1.800 Es la cantidad de nuevos casos de cáncer de mama que se detecta cada año en Uruguay, según datos oficiales.
650 Es la cantidad de muertes al año por esta causa. Uruguay tiene la tasa de incidencia más alta de América Latina.